Portada del relato Tierras Desconocidas: El Pacto de Eirath
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Fragmento:


Fuimos llevados, uno a uno, ante los delegados Eirath. Eran cuatro, cada uno con un tórax de donde emergían tentáculos etéricos, vasos comunicantes en perpetua fluctuación, semejando nervios ópticos y raíces de lirio en suspensión. He visto océanos hirvientes en Ganímedes, auroras saturninas descompuestas en espectro: nada se asemejaba a la presencia, al mismo tiempo etérea y terminantemente material, de esos observadores sigilosos.

Duración: 07:51

Tierras Desconocidas: El Pacto de Eirath
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Texto de ajuste de pausa.

Debo empezar este relato asegurando al lector —si existe alguno cuando lo lean— que todo lo que voy a narrar es verídico, o al menos tan verídico como pueden serlo los hechos que desafían razón y memoria. Mi nombre es Marcus Elroy, exoplanetólogo retirado. Y la noche en que aquello ocurrió, la noche en que la humanidad comprendió que no estaba sola ni nunca lo había estado, había llovido fuertemente en Nuuk, Groenlandia. Soplaba un viento tan poderoso que sentía como si removiese no sólo la nieve del exterior, sino también siglos de polvo acumulado en el interior de nuestra especie.

Fui reclutado para la misión Arcana después de años de investigación en atmósferas imposibles de mundos lejanos, estudiados por haces de radio y penumbras inferidas desde telescopios remotos. Nadie me preparó para el desembarco de las naves negras y silenciosas sobre el casquete ártico. Tampoco para los seres que descendieron, impersonales, cóncavos, desafiando todo cuanto habíamos conjeturado sobre vida inteligente no terrestre. Los expedicionarios alienígenas eran entidades biomecánicas, con cuerpos asimétricos que evocaban tanto a organismos marinos como a ingenios cuidadosamente diseñados por una mente desusadamente lúcida.

El primer contacto, oficialmente, no se llevó a cabo en la ONU, ni en ninguna gran capital. Ocurrió en las entrañas de una base subterránea cuyos pasillos, azotados por ecos y luces parpadeantes, adoptaron de pronto la cualidad de un útero oscuro expectante. Éramos veinticinco los involucrados en la bienvenida: científicos, agentes de inteligencia, dos poetas y, extrañamente, una anciana chamana inuit cuya presencia nadie osó discutir.

El encuentro fue protocolar apenas por la delgada línea de la cortesía. Ellos no hablaban; transmitían conceptos, infundían emociones en nuestra mente como quien vierte pigmentos en un recipiente de agua. Nos invadió una serenidad turbadora, diluyendo el miedo y excitando en nosotros la memoria profunda de algo familiar y, a la vez, ancestralmente extraño. Los traductores automáticos solo captaron un mensaje dúctil, flexible, casi líquido: “Buscamos simetría. Ofrecemos Concordia”.

Ellos se llamaban a sí mismos Eirath, aunque había algo en esa denominación que se deslizaba, cambiaba, como la palabra para el mar en lenguas extinguidas. Su nave era más un entorno que una máquina; fungía como eco y paisaje, adaptándose a cuanto percibía de nosotros, respondiendo a nuestros temores más íntimos con formas suaves, aéreas, a nuestras ansias de poder con geometría estrictamente fractal. La nave era, en muchos sentidos, una metáfora viviente: un mensaje tan grande en escala como intraducible en mensaje.

Fuimos llevados, uno a uno, ante los delegados Eirath. Eran cuatro, cada uno con un tórax de donde emergían tentáculos etéricos, vasos comunicantes en perpetua fluctuación, semejando nervios ópticos y raíces de lirio en suspensión. He visto océanos hirvientes en Ganímedes, auroras saturninas descompuestas en espectro: nada se asemejaba a la presencia, al mismo tiempo etérea y terminantemente material, de esos observadores sigilosos.

Los militares querían contratos; los científicos, información. Los poetas, epifanías. La anciana inuit callaba, mirando fijamente a un punto invisible sobre los Eirath. No había palabras fuera del círculo mental inducido por ellos, donde la comunicación, despojada de sus abismos semánticos, se deslizaba de nuestra conciencia a la suya como una extensión de voluntad. Así supimos que no era la primera vez, ni la última, que visitaban mundos habitados.

— ¿Cuál es vuestro propósito? —pensé, temblorosamente.

Su respuesta fue un vertiginoso desfile de imágenes: raíles ardiendo en rojo en planetas nuevecitos; simetría y caos cohabitantes; civilizaciones reptiliformes con poesía líquida; formas de vida que comerciaban con ecos. En cada mundo, en cada ciclo, los Eirath intervenían en el momento donde el conflicto parecía irreversible. Planteaban un pacto: compartirían la Máquina.

La Máquina de la Concordia — término humano, claro está — era un artefacto tallado en la membrana más pura de cuanto pueden concebir materia y energía. “Equilibrio”, transmitieron. “Cohesión”. Era capaz de neutralizar cualquier forma de hostilidad, inhibiendo en las especies inteligentes la propensión a la violencia. Algunas civilizaciones la habían aceptado, abriendo rutas hacia una convivencia pacífica e ilimitada. Otras la rechazaron, eligiendo sus propios cataclismos.

No era coerción. Era elección pura. Y aquí radicaba la trampa fundamental: el libre albedrío, ese tótem dorado de la humanidad, encarnaba por primera vez una responsabilidad inequívoca. ¿Podíamos, deseábamos, dejar de ser belicosos? ¿Era la paz un valor universal, o tan solo una ilusión compartida por momias cansadas y niños que aún creen en milagros?

La base se dividió. Recuerdo discusiones secretas, propuestas sibilinas entre pasillos subterráneos. Algunos veían la Máquina como redención, salvación absoluta. Otros la rechazaban, temerosos de perder la llama que forjara todo cuanto habíamos conseguido, incluso nuestras mayores miserias. “¡Y si la creatividad muere junto con la violencia!”, gritó la poeta bielorrusa. “¡Si es el conflicto el motor último del arte, de la búsqueda, de todo?”

Mientras la discordia se elevaba, noté el cambio en la anciana inuit. Comenzó a murmurar palabras en su lengua ancestral, palabras como agua rodando sobre hielo agrietado, y los Eirath respondieron con luz suave y respuestas que parecían lore antiguos. No fui capaz de interpretarlas. Lo supe después: la anciana les narraba la historia de Sedna, la diosa mutilada del mar, y les preguntaba por qué ofrecían soluciones a los hombres mientras el hielo, desde donde provenía toda vida, seguía pudriéndose bajo sus pies.

En aquella noche sin tiempo, la elección se plasmó en voto secreto. ¿Debíamos, como especie, abrazar la Máquina y abdicar de la violencia? Muchos votaron sí. Unos cuantos, no, temerosos de aplacar la ferocidad de la pasión y el genio. Fue la chamana quien, finalmente, proclamó: “La paz impuesta no es paz verdadera. La violencia domada sigue devorando en silencio”.

Los Eirath escucharon, tal vez comprendieron. Ofrecerían la Máquina, pero bajo condiciones: ninguna generación que no viviese los horrores del conflicto podría apretar el interruptor de su desactivación total. Era una dádiva y una advertencia. Quien olvida, repite.

Celebramos la velada en silencio, a la luz espectral de su nave. La humanidad había dado un paso hacia la convergencia, sí, pero no renunciando a su complejidad, sino integrándola en otro plano. Los Eirath partieron, sus formas diluyéndose en geometría imposible, mientras la aurora danzaba fuera en un cielo herido de preguntas.

Han pasado décadas desde aquella elección. La Máquina yace, inerte — ¿o esperando su momento? — en algún lugar bajo el hielo ártico. La violencia persiste, sí, pero más consciente de su monstruosidad. Nos legaron lo que toda especie inteligente anhela y teme: la libertad de decidir no destruirnos, o fracasar intentándolo.

Y, quizá, algún día, uno de nuestros nietos elegirá. Quizá ese día los Eirath regresen, para testificar si somos, finalmente, simétricos a su esperanza, o apenas un eco más en la larga galería de mundos fracasados.

Ahí termina mi testimonio. Confieso no tener respuestas. Solo sé que en aquella noche de Groenlandia aprendí que la verdadera ciencia ficción no la inventan los escritores, sino los dioses y monstruos que acechan en todo miedo colectivo. O, quizás, en los regalos traídos en silencio por visitantes del tiempo inverso.

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