Portada del relato Hijos del Último Protocolo
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Fragmento:


Película tras película de sudor frío bajaron por la espalda de Lara. Nadie había usado ese canal en tres años. Ni siquiera ellos, por precaución. El viejo temor penetró la habitación como gas venenoso: si un reactor nuclear entraba en fallo y el manual de emergencia no servía, todavía podían detonar todas las instalaciones autónomamente.

Duración: 09:04

Hijos del Último Protocolo
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Texto de ajuste de pausa.

El calor era constante, una manta pesada que cubría los restos de la ciudad. Los días eran sólo una referencia; los relojes estallaron mucho antes de que las comunicaciones cayeran. Aún quedaba algo de luz: el sol atravesaba el techo roto en los túneles, los haces polvorientos iluminaban a Lara mientras revisaba la consola en una esquina lo suficientemente fría como para que el sudor no le cegara los ojos. Llevaba dos días sin dormir en turno con Martín, esperando esa débil señal que tal vez, algún día, volvería a parpadear en el panel: el pulso de otra consola aún activa.

Abajo, muy abajo, siete niveles por debajo del suelo, el núcleo de datos resonaba con un murmullo de corriente. Se había construido para sobrevivir a cualquier desastre: terremotos, tsunamis, incluso un pulso electromagnético de los de antes —los militares estaban obsesionados con la redundancia—, pero nadie lo había preparado para el abandono. Los módulos de hidratación exhalaban vapor tibio en intervalos, y los estímulos zombis de la IA principal activaban breves secuencias de diagnóstico, luego se desvanecían, impotentes ante la escasez de energía y el silencio de Internet.

Lara se acercó a la terminal. Era uno de los pocos artefactos pre-apocalipsis que todavía respondía al tacto humano: la pantalla respondía lento, pero no estaba apagada como los demás. Martín respiraba a su lado, casi tan silencioso como las máquinas. Ninguno hablaba desde hacía horas; los dos temían gastar palabras en vano. El 'Fin', como lo llamaban todos fuera de la consola, era un acuerdo tácito, una resignación. Las bombas nunca llegaron a explotar del todo; solo bastó una lluvia de impulsos y errores en cadena: las centrales se autodestruyeron, las cadenas de comando se disolvieron. Un protocolo de defensa, absurdo en su lógica impecable, había borrado a la humanidad de todos sus administradores.

Ahora, Lara escaneaba registros encriptados, esperando ver movimiento en la tabla de tráfico: un paquete de datos, una única transmisión, una chispa de civilización más allá del perímetro. Al principio hubo miles respondiendo, después decenas, y ahora, con suerte, dos o tres cada mes. El resto se había apagado, o enloquecido tras sus propios fuegos internos.

—¿Martín? —susurró ella, sin apartar la vista del cristal frío—. Tengo algo.

Él se acercó. Su barba crecía tan indómita como su miedo. Observó el monitor: un eco débil, oscilatorio, reminiscencia de un lenguaje antiguo de enrutamiento, precursor de los protocolos modernos. Se miraron; ambos sabían lo que significaba: alguien, o algo, trataba de hablarles desde más allá de los límites del centro.

—Transfiérelo al canal Seguro, —ordenó Martín, apenas audible—. Hazlo rápido.

Lara tecleó sin titubear. La respuesta era una secuencia breve, incompleta: el dialecto era idéntico al usado originalmente por el gobierno para las comunicaciones nucleares. El protocolo estaba vetusto, sus frases truncadas por interferencias que robaban palabras, pero su significado era inconfundible:

“…socorro… reactor crítico… coordenadas… niños… manual de emergencia… error en matriz…”

Película tras película de sudor frío bajaron por la espalda de Lara. Nadie había usado ese canal en tres años. Ni siquiera ellos, por precaución. El viejo temor penetró la habitación como gas venenoso: si un reactor nuclear entraba en fallo y el manual de emergencia no servía, todavía podían detonar todas las instalaciones autónomamente.

Martín entrecerró los ojos.

—Puede ser una trampa —susurró, más para sí mismo que para ella.

Pero Lara ya había tomado su decisión. Los datos incluían coordenadas, ubicando la señal a unas pocas docenas de kilómetros, en lo que antes fue la periferia industrial de la ciudad. Larvas de memoria removieron el dolor: su madre había sido ingeniera allí, cuando la crisis todavía no era irreversible. Cuando aún pensaban que la tecnología los salvaría.

***

No era fácil viajar arriba, no porque no se pudiera, sino porque todo yacía monstruosamente alterado. El pavimento era una costra ennegrecida, salpicado de charcos verdosos donde el agua trataba de rehacerse tras la lluvia radioactiva. Los pocos que quedaban, “los rastreadores”, evitaban las rutas principales para esquivar drones-cazadores y enjambres de microbots defectuosos.

Martín y Lara empacaron lo imprescindible: máscara, purificadores, microondas portátiles para quemar cualquier resto de nanovirus; y armas, por si el eco de la humanidad decidía recordarles su antiguo apetito.

La caminata fue una sucesión de mutismo y precaución. Tres veces sintieron el zumbido de sensores remanentes —los detectores de radiación, ahora sutiles depredadores en busca de anomalías biológicas— y se tumbaron entre los escombros, respirando a través de los filtros hasta retener el aliento. El camino hacia la periferia estaba marcado por símbolos que sólo los supervivientes comprendían: líneas de tiza en muros, ramas dispuestas en patrones extraños, indicando zonas de seguridad o traición.

Al fin, ante ellos apareció el objetivo: la planta nuclear, inconfundible incluso tras la devastación. Un domo blanco cubierto de cicatrices, tubos de refrigeración que exhalaban un vapor apenas visible. La entrada no resistió su paso: el blindaje electrónico había caído durante los meses de caos, y sólo quedaba el miedo solidificado en óxido.

—Estamos aquí, —dijo Martín, voz quebrada—. ¿Continuamos?

Lara asintió; su instinto la obligaba. Entraron.

Dentro, el tiempo se volvía viscoso. La gravedad de la tragedia era tangible: cascos de trabajadores, archivadores corroídos, pantallas azules aún cargando errores fatales. El geiger avanzaba señalando picos y valles de radiación como si guiara una sinfonía de muerte atrasada.

Al llegar al corazón del reactor, se detuvieron ante algo que no esperaban.

En vez de un grupo de técnicos, hallaron un único niño, arrodillado frente a un dispositivo portátil. Su ropa era demasiado grande, quizás robada a un adulto, y sus manos manipularon con pericia la interfaz. El niño los miró: sus ojos eran enormes y oscuros, como pozos sin fondo.

—No toquen nada —dijo él, con voz inexpresiva—. Si desconecto, termina todo.

Lara y Martín intercambiaron una mirada de alarma. La pantalla mostraba lo impensable: el núcleo estaba a punto de sobrecalentarse, y la secuencia de emergencia sólo se sostenía por el bucle manual que el niño había establecido, casi como un pulso humano, evitando que el protocolo apocalíptico se autoiniciara y con él, la explosión del reactor.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó Lara, calmada, arrodillándose a su altura.

—No sé —él respondió—. Encontré el manual y lo seguí, pero ya no puedo. Tengo sueño.

Martín comprendió. El niño era el último enlace, el “bio-código” que los ingenieros diseñaron en un arrebato de paranoia: una llave viva, necesaria en caso de fallo total. Un niño solo, programado para mantener a raya un final termonuclear.

Al otro lado del panel, la IA despertó, evaluando la llegada de dos adultos: posibles amenazas, posibles soluciones. La consola emitió un brillo azulado, evaluando la identidad biométrica de cada uno.

—Maestro de protocolos —dijo secamente la máquina en un idioma pregrabado—. ¿Desea usted asumir secuencia 9965-b-NUC?

El fantasma de una decisión inhumana se extendió por el centro de comando. Lara sabía que si aceptaban esa autoridad, sellarían el destino del lugar y del niño. Si no lo hacían, el sistema agotaría la pequeña energía restante y, al fallar, liberaría el núcleo.

—No podemos dejarlo solo —murmuró ella—. No otra vez.

Los tres trabajaron juntos, turnándose como si fueran una familia improvisada. Reescribieron líneas de código base, usaron parches antiguos a ciegas, reutilizaron baterías de los aparatos muertos. El pulso vital del niño se incorporó a la fórmula por última vez.

Horas después, con los dedos hinchados de tanto teclear y la fatiga a punto de aplastarlos, lograron aislar el protocolo final. El reactor caía en ignición secundaria, pero no explotaría: simplemente, se dormiría para siempre.

El niño exhaló, se derrumbó en los brazos de Martín, dormido y libre por primera vez en días. Lara, sintiendo el peso de todo lo perdido y ganado, alzó la vista al domo. Afuera, la noche descendía, y por primera vez en años, no sentía miedo de verla.

De regreso al centro de datos, con el reactor a salvo y una posibilidad de futuro a cuestas, Lara transmitió una nueva señal, distinta, mucho más fuerte. Era el mensaje más antiguo que conocía la humanidad: Estamos vivos. Aquí. Respondan.

Y en la consola, por primera vez en meses, comenzaron a parpadear otras luces.

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