Portada del relato Cenizas de Prometeo
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


“Vamos a verlo”, decidió sin consultarlo más. “Envío dron.”

Duración: 09:08

Cenizas de Prometeo
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El silbido del aire reciclado era lo más parecido a un susurro que Tanya Crowe escucharía esa semana. El silencio gobernaba en la nave, solo interrumpido por el traqueteo momentáneo de alguna compuerta o los pitidos modulados del sistema de soporte vital. Tamaña quietud de la Tormenta Danzante, una nave de menos de un kilómetro y medio de eslora —piezas de titanio, matrices de conmutadores, placas de blindaje capaces de resistir meteoritos y ráfagas de partículas solares—, contrastaba con el estrépito que había devorado al mundo allá abajo.

Tanya se desplazó ingrávida a lo largo del corredor central, flotando entre tubos y barras de mano con la naturalidad de quien lleva casi siete años fuera de la atmósfera. Un destello parpadeó en el panel derecho situado sobre la esclusa de popa: alarma de radiación, nivel incongruente. Ajustó su comunicador: “Doctor Ebadi, hay un pico en Comp.12, ¿me recibe?”

La voz de Ebadi respondió, ronca, entrecortada. “Sí, lo detecto en mi panel también. Recomiendo desplazarnos al laboratorio, podríamos tener una brecha en el escudo secundario.” Ebadi siempre pensaba lo peor. En el espacio, la paranoia era la forma más fiable de autocuidado.

Cuando Tanya llegó al laboratorio, Ebadi, con sus cabellos grises siempre desordenados por el campo antivibraciones, ya revisaba las lecturas con una furia metódica. Cables desparramados, cajas de muestras etiquetadas con cientos de siglas, una pandemia de sílabas científicas. “Delta de rayos gamma, intensidad subiendo. No se debe a maquinaria interna”, masculló.

“¿Algo procedente de abajo?” inquirió Tanya.

Ebadi negó. “El Planeta, después de las detonaciones, ya no tiene la capacidad de emitir así. No quedan reactores funcionales, ni siquiera volcanes suficientes. Y la estratósfera colapsada lo absorbería todo.”

La palabra ‘detonaciones’ flotó como metralla. Después del pulso, después del resplandor. Telarañas aurorales en el cielo, cadenas de ciudades fundidas, un ballet de nubes venenoso. Todos los que quedaban en la Tormenta Danzante habían visto algo así, perdieron algo o a alguien.

Tanya miró hacia el domo del laboratorio, tras la barrera de polivinilo. Marte, un punto apenas rojizo, titilaba perezosamente. Hacía seis ciclos que no recibían comunicaciones ni del Venturo ni del Perseverancia. La flotilla de la ESA probablemente orbitaba ya a la deriva, sus sistemas electrónicos muertos por algún pulso EMP que nadie había previsto.

“¿Tenemos vector?” preguntó Tanya.

Ebadi lo introdujo en el terminal. “Proviene del vector G5-27. Está fuera de las rutas de chatarra, pero cerca del cinturón Neptuniano. Aproximación a 12.000 kilómetros por hora.”

Las matemáticas le saltaron a la mente con reflejo automático. A esa velocidad, cualquier cuerpo principal sería una amenaza catastrófica. No parecían meteoritos: demasiado regular el patrón de radiación. Tanya detuvo la línea de pensamiento que se avecinaba: naves. Sistemas de misiles, reactores desintegrándose. Objetos muertos y rabiosos entre la oscuridad.

“Vamos a verlo”, decidió sin consultarlo más. “Envío dron.”

Horas después, en la sala de observación, la pantalla del dron muestra la causa: Una nave, tal vez dos veces mayor que la Tormenta, a la deriva. El casco hecho jirones, con un lado derretido como un helado pasado por soplete, grandes números chinos en el costado, entre sílabas peladas por la radiación. Había explotado desde adentro. El exceso de radiación era atroz.

“¿Crees que…?” preguntó Tanya.

Ebadi murmuró: “Un núcleo sobrecalentado. Quizás sabotaje. Podría haber sido alguna superpotencia en los últimos días del conflicto, podían estar tratando de evacuar… o de llevarse algo.”

“Las cajas negras”, dijo Tanya.

Se intercambiaron una mirada de la que colgaban muchas cosas: culpa, convicción técnica, esperanza de que en aquellos últimos registros, pulsos de datos, hubiera algo —una hoja de ruta, un aviso, algo útil para la humanidad que quedaba.

Bajaron a la bahía del hangar. Su equipo de incursión: trajes pressurizados de aleación ligera, los guantes gruesos impregnados en polímeros antifuego, una pantalla de cabeza triple que apretaba la piel con promesas de no dejar entrar la muerte invisible. Cruzar a esa nave era como poner la lengua en un enchufe, pensó Tanya durante el chequeo.

Se impulsaron con el pequeño transbordador impulsado por iones. El monstruo destrozado emergió delante como el esqueleto de una ballena rota, un recordatorio macabro de que el espacio era más sarcófago que camino.

Accedieron por una compuerta de servicio que colgaba abierta como una mandíbula dislocada. Dentro, la radiación era un diluvio. Cada parpadeo en el dosímetro era una rociada invisible de muerte futura, un recordatorio de que incluso la tecnología de vanguardia tenía límites cuando el átomo cedía.

El interior de la nave estaba congelado en la muerte: fundas de asientos carbonizadas, paneles reventados, los restos de lo que alguna vez fueron servidores de datos colgando de la matriz central. Pasaron de módulo en módulo en silencio, hasta hallar la caja negra instalada dentro de una coraza de material cerámico.

Tanya la desconectó con manos firmes, aunque el sudor se pegaba bajo el casco.

“Nos quedan quince minutos antes de exceder la dosis acumulativa”, advirtió Ebadi.

Con movimientos de automatismo extenuado, aseguraron la caja negra y regresaron pocos minutos antes de que la luz de sus dosímetros alcanzara la zona naranja.

De regreso en la Tormenta, mientras pasaban los escáneres de descontaminación, la ansiedad flotaba con más intensidad que cualquier toxina. Ebadi arrancó los sellos de la caja y la conectó al decodificador, tras varios minutos de contraseñas, asómbrense, un archivo de 750 gigas comenzó a descargar.

Entonces escucharon la emergencia: “Propulsor secundario inestable. Reactores principales fuera de red.”

El corazón de Tanya se comprimió. En los paneles las señales chisporroteaban en rojo.

—¿Corto circuito por la radiación residual? — Ebadi tipeaba como un poseso.

Pero no era un fallo convencional: del canal auxiliar llegó una transmisión.

Al principio era estática, pero el espectro de radio comenzó a alinearse. Un ping modulado, probablemente una baliza automatizada.

Lo decodificaron:

—Zhaiyun 4. Do not approach. Containment compromise. Nuclear risk.

El mensaje, en mandarín primero y luego en inglés, se repetía con una serenidad casi inhumana.

“Ya lo hemos hecho”, murmuró Tanya, sabiendo que cualquier envenenamiento radioactivo podía estar ya en su sangre.

Pero el archivo era más importante que la amenaza inmediata. Lo revisaron.

Bits de conversación entre el puente y una base subterránea de Xinjiang. Órdenes de evacuar instalaciones después del ataque, mapas fractales de contaminación sobre Eurasia, y el dato clave: la localización exacta de una estación de arcología lunar, aún autosostenida meses después del colapso terrestre.

Eran fragmentos de humanidad, últimos actos de refugio.

—Si esa base está activa… —Ebadi se detuvo, con los ojos abiertos como soles— Puedes establecer una ruta orbital y vivir los años necesarios.

—O esperar a que salve a alguno más.

Se miraron, y fue como si cada uno pudiera ver a través del otro los años de espacios vacíos y cielos ardientes que quedaban.

Pero los sistemas de la Tormenta continuaron degradándose. El núcleo de energía secundaria, erosionado por la radiación, sufrió un pico que incendió los fusibles de la red de soporte.

La vida era ahora una suma de minutos.

“Tienes tiempo de llegar a la cápsula de escape, Ebadi. Con tus manos, podrías sobrevivir a la desorbitación inicial y poner rumbo a la Luna. Llévate la caja negra,” ordenó Tanya, tragando veneno y resignación a partes iguales.

Sin protestar, Ebadi obedeció. La cápsula era pequeña, un ataúd brillante de grafeno y esperanza.

Cuando Ebadi lanzó la secuencia de eyección, Tanya volvió al núcleo de control, a pelear contra un enemigo sin rostro.

Los registros de la caja negra eran ya el último grito de la raza humana en el frío vacío. Un eco de lo que fuimos, ya no en la Tierra, sino errando entre fragmentos de estaciones moribundas, pilotando sueños nuclares por encima de los restos de la civilización.

Tanya se quedó junto a la consola, monitoreando la trayectoria de Ebadi rumbo a la gravedad lunar. El pulso de comunicaciones de la Tormenta Danzante se fue desvaneciendo.

En los instantes finales, pensó en la superficie devastada bajo nubes de estroncio y cesio, en las mentes empeñadas en conquistar el átomo, en torcerlo a su voluntad, sin advertir que en el final solo se conquistaban a sí mismos. El Apocalipsis, pensó, no era la tecnología, sino la arrogancia de su portador.

Cerró los ojos. El ápice de la ciencia rugió en el panel del reactor. Y con el último fulgurante estallido, la nave, y Tanya con ella, pasó al olvido, dejando tras sí una estela radiactiva y el vago, electrónico susurro de una esperanza, deslizándose hacia un refugio lunar entre los astilleros apagados del Sistema Solar.

Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.