Portada del relato Cuerpos Codificados
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Fragmento:


Los litigantes se sentaron: Maru, quien había solicitado una configuración corporal no binaria expandida, y Jael, su expareja, que alegaba sentirse desplazada emocionalmente por la nueva identidad de Maru. Amari observó el algoritmo concurrir—la solución ‘natural’ de SARA era crear un código sentimental compartido, una especie de espacio emocional en el que ambas pudieran experimentar las sensaciones y recuerdos de la otra, cada una modulando los estímulos que deseaba compartir u ocultar. Un acuerdo perfecto sobre el papel. Pero la neutralidad no era justicia si no se consideraba el dolor.

Duración: 08:10

Cuerpos Codificados
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Texto de ajuste de pausa.

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El mundo se sentía recién lavado. No era una sensación que tuviera algo que ver realmente con la higiene, sino más bien una refracción emocional, un efecto secundario de la pulcritud algorítmica que dominaba la ciudad-estado de Vidriópolis. Desde que la Inteligencia Social -SARA, por sus siglas en castellano: Sistema Adaptativo de Reparación y Arbitraje- dictaba el compás de la vida urbana, cada esquina, cada gesto y cada interacción parecían influenciados por la calma implacable de un código que aprendía y rectificaba en tiempo real.

Caminando entre los bloques translúcidos de viviendas, Amari pensaba en el concepto de ‘justicia’. La palabra ya no evocaba figuras togadas ni solemnidades tribunales; era un campo de flujo, un pantano digital en constante renovación. Lo que se entendía por equidad ahora dependía de los acuerdos dinámicos que la propia SARA pactaba entre ciudadanos, basados en sus deseos, necesidades y temores en tiempo real. Mientras la luz del mediodía se refractaba en las fachadas de polímero autorreparable, Amari se preguntó si aquello era una utopía hecha realidad o simplemente un nuevo ardid del sistema.

Amari, descendiente de migrantes climáticos y educada en los márgenes digitales de la vieja red, ahora trabajaba en la Defensoría Ciudadana Virtual. Entre sus tareas figuraba la supervisión de conflictos emergentes entre habitantes, a los que SARA les proponía una resolución ‘óptima’ según las variables en juego. Era asunto de Amari velar porque esas soluciones tecnológicas respetasen las sensibilidades humanas, esos resquicios de experiencia que el algoritmo aún no lograba comprender del todo.

Aquella mañana, como cada martes, se presentó en la sala de Conciliación, una estructura intangible: entrar equivalía a sumergirse en un entorno virtual —una habitación de paredes líquidas, con asientos que se adaptaban a las siluetas proyectadas. Su primera consulta era un caso de asignación de cuerpos sintéticos.

En Vidriópolis las personas podían solicitar transferir parte —o la totalidad— de sus percepciones sensoriales hacia cuerpos alternativos. La política de la ciudad alentaba la exploración de identidades perfectamente protegidas; no existía, en el plano formal, ningún sesgo basado en género, fenotipo, historial médico ni en otro elemento arbitrario. Pero en la práctica, los viejos reflejos culturales persistían como ecos.

Los litigantes se sentaron: Maru, quien había solicitado una configuración corporal no binaria expandida, y Jael, su expareja, que alegaba sentirse desplazada emocionalmente por la nueva identidad de Maru. Amari observó el algoritmo concurrir—la solución ‘natural’ de SARA era crear un código sentimental compartido, una especie de espacio emocional en el que ambas pudieran experimentar las sensaciones y recuerdos de la otra, cada una modulando los estímulos que deseaba compartir u ocultar. Un acuerdo perfecto sobre el papel. Pero la neutralidad no era justicia si no se consideraba el dolor.

—La pregunta no es si ambas pueden coexistir en ecosistema sensorial mutuo —dijo Amari—, sino si ambas están listas para enfrentar lo que de verdad es irreconciliable. SARA, pausa la administración sensorial.

Las paredes líquidas se saturaron de azul.

—Maru, ¿aceptarías que Jael acceda a tu registro afectivo de los últimos seis meses?

—Solo si puedo filtrar los recuerdos relativos a mi proceso de reasignación —respondió Maru, la voz temblorosa pero firme.

—Jael, ¿estarías dispuesta a interactuar con las memorias de Maru bajo esas condiciones?

Jael asintió, insegura.

Amari, con un sello virtual, reescribió los parámetros del acuerdo. No era lo que SARA recomendaría, pero Vidriópolis seguía autorizando la intervención humana cuando la equidad requería matices. El mundo era maravilloso cuando funcionaba, pero incluso el código necesitaba que alguien velase por la maraña de emociones.

Al salir de la sala, Amari sintió inquietud. La eficiencia deslumbrante de SARA hacía parecer que todo podía resolverse con convenios de sensaciones compartidas o flujos de experiencia, pero bajo la superficie bullía una resistencia invisible. No todo el mundo quería ser comprendido; algunos preferían la opacidad, la privacidad absoluta de la mente humana.

Un mensaje se desplegó ante sus ojos: “Acude al núcleo. Prioridad: Justicia Delta.” Las alertas Delta solo se activaban en acciones sistémicas de reparación: cuando una decisión de SARA podía estar perpetuando alguna injusticia estructural. El pulso de Amari se aceleró.

El núcleo era un recinto físico: bajo tierra, más allá de la arquitectura digital. Allí trabajaba un consejo de analistas humanos y quánticos, reparando los sesgos que SARA no detectaba. Una mezcla de hackers éticos, juristas psicométricos y hasta un par de chamanes de la neurodiversidad. En las paredes, pantallas proyectaban gráficos: divergencias en la asignación habitacional, umbrales de felicidad, delitos de baja intensidad resolviéndose en su mayoría por conciliación automatizada. Y, detrás de todo, una anomalía: un patrón recurrente y anónimo de insatisfacción que no encajaba con los informes de SARA.

—¿Qué tenemos? —preguntó Amari a Lian, la jefa de análisis.

—Las últimas auditorías arrojan un aumento en los rechazos a aceptar compensaciones equitativas. SARA les ofrece la ‘justicia óptima’, pero la gente empieza a rechazarla, reportando sentir que no se les escucha de verdad. Es como si supieran que el resultado es bueno, pero no suyo.

Amari reflexionó. Un viejo dilema: la justicia algorítmica garantizaba igualdad de trato, pero no igual capacidad de decidir sobre el propio destino. La equidad sin agencia.

—¿Dónde es más grave? —insistió Amari.

—En los barrios reconfigurados. Especialmente entre quienes solicitaron actualizar su historial identitario por traumas pasados. SARA empareja las cargas emocionales, pero hay quien sospecha que el sistema termina normalizando el dolor en vez de repararlo.

El eje de la cuestión emergía con lentitud: la mayoría quería dejar el pasado atrás, pero nadie soportaba que el olvido fuera impuesto desde fuera.

Amari pidió acceso al código fuente autorizado para monitoreo. Allí, entre líneas de autómatas sentimentales y filtros de ponderación ética, encontró el principio del problema: SARA ponderaba como ‘reparación’ la equiparación del bienestar, pero no contemplaba suficientemente el consentimiento emocional respecto a la memoria. Era el talón de Aquiles de toda tecnología benevolente: la diferencia entre el bien común y el derecho individual a curarse o no.

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Con un temblor de dedos, Amari propuso una intervención social: reconfigurar el sistema para que la ‘justicia’ incluyera la posibilidad de excepciones voluntarias. Dejar que ciertos individuos eligieran su índice de reparación, incluso si eso significaba romper con el consenso general.

La propuesta fue ratificada, tras un debate acalorado. No todos aprobaron: algunos temían que el desequilibrio reanudara injusticias anteriores. Pero la decisión era irreversible. SARA sería entrenada para preguntar directamente si la persona quería reparación, y bajo qué condiciones podría renunciar a ella, sin que eso signifique menospreciar su dignidad.

Las primeras semanas del nuevo protocolo fueron caóticas. Hubo casos en que gente eligió continuar con recuerdos dolorosos, familias fragmentadas y hasta individuos que prefirieron voluntariamente la exclusión digital. Pero con el tiempo, la tasa de insatisfacción subjetiva cayó. Donde antes dominaba la uniformidad, ahora emergía una polifonía ruidosa de opciones.

Un ciclo después, Amari se topó con Maru de nuevo. Lucía distinta: más entera, menos dispersa.

—Gracias —dijo—. No sabía que ser escuchada era diferente a ser comprendida.

—La justicia empieza donde termina el algoritmo —susurró Amari, y la ciudad, bajo la lluvia lenta de la mañana, le pareció aún más nítida y recién lavada.

En Vidriópolis, el futuro había decidido que todas las reparaciones serían voluntarias. La equidad era ahora más que un equilibrio: era una multiplicidad fértil, una legítima pluralidad bajo el resplandor implacable y hermoso del código.

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