Portada del relato Sombras de redención
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Fragmento:


El escenario es aquel de muchas urbes muertas y otras que surgen, densas y férreas, presas de una tecnología que iguala y aparta; naciones olvidadas que, al soñar con la equidad, tejieron por accidente desigualdades nuevas y más sutiles. Entre las cenizas de la vieja política y el retorcido acero de las modernas costumbres, surgieron los edictos della Asamblea Universal para la Inclusión, rectoras de toda ley y toda vida. Pero bajo la superficie regulada, movediza y temblorosa, ardía una fuerza sin nombre, nutrida por las más espectrales energías: la Oscura y la Luminosa.

Duración: 09:41

Sombras de redención
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Texto de ajuste de pausa.

El tiempo en que se den los acontecimientos que ahora refiero ha de ser indeterminado, pues incluso yo, que viví sus estertores y descubrí sus fulgores, no podría ubicarlo con precisión sobre las tablas ruinosas del calendario humano. Una época dormida, como mar muerto, pero en el fondo de cuyo sedimento yacían, encadenadas, fuerzas cuya liberación —¡ay!— cambiaría el propio ser de la equidad y la justicia.

El escenario es aquel de muchas urbes muertas y otras que surgen, densas y férreas, presas de una tecnología que iguala y aparta; naciones olvidadas que, al soñar con la equidad, tejieron por accidente desigualdades nuevas y más sutiles. Entre las cenizas de la vieja política y el retorcido acero de las modernas costumbres, surgieron los edictos della Asamblea Universal para la Inclusión, rectoras de toda ley y toda vida. Pero bajo la superficie regulada, movediza y temblorosa, ardía una fuerza sin nombre, nutrida por las más espectrales energías: la Oscura y la Luminosa.

Les relataré cómo aquellos adultos que vivían desterrados—hombres y mujeres de mediana edad, trabajadores y soñadores, quienes nunca obtuvieron acceso igual a los frutos del mundo—recibieron un destino insólito. Su historia, más audaz y portentosa de lo que pudiera intuir un cronista doctrinal, comienza en las vísperas de la más extraña aurora.

Así conocí a Lysander, un electricista jubilado, quien, siendo aún vigoroso, sufría bajo el estigma de la tardía edad y el prejuicio de la sociedad joven; y a Soraya, una abogada que, pese a su brío intelectual, fue relegada, oh ironía, a trabajos menores por un comité que valoraba lo nuevo sobre lo sabio. Ambos, inconformes, acudían por las noches al Café de las Negaciones, donde cientos de adultos se congregaban, invisibles a las cámaras, un hilo dorado de dignidad atravesando su cansancio.

Aquella noche, la penumbra en el local tenía, diríase, una textura especial. Entre risas incrédulas y quejas contra el reglamento de equidad laboral, Lysander, siempre escéptico, observó cómo una tenue vibración recorría los objetos del café. Los cubiertos tintinearon, luces estallaron suavemente, y de las sombras emergió un desconocido. Su voz era un zumbido: "¿Sabéis qué es la energía oscura? Es la fuerza invisible que dilata el universo, que separa las estrellas y, en la tierra, separa los poderes, las clases, las esperanzas. Solo otra energía podrá equilibrarla."

Los presentes, duchos en dudas, se burlaron al principio. Pero el extraño, nombrándose a sí mismo Arcturus, dejó sobre la mesa una esfera pálida y, rozándola, la infundió de tal luz que todos vieron por un instante el recuento invisible de sus propias vidas: oportunidades denegadas, puertas cerradas, logros a medias. Luego aquellos segundos palidecieron, pero el sentido de lo visto persistió, ardiendo en cada memoria.

En horas posteriores, una extraña efervescencia se apoderó del grupo. Lysander, pese a sus achaques, sintió brotar de sí un ímpetu nuevo: al día siguiente, exigió su reincorporación en la compañía de distribución de energía, proponiendo un sistema para redistribuir la energía eléctrica según necesidades auténticas y no meras cuotas estadísticas, como dictaba la ley. Su plan, visionario, suponía que los barrios pobres recibirían más en invierno; los hospitales nunca sufrirían apagón; los adultos mayores obtendrían prioridad. Soraya, por su parte, redactó demandas para que las asambleas evaluaran capacidades reales en vez de fechas de nacimiento.

Contra toda expectativa, sus propuestas fueron aceptadas. Ciertos indicios sutiles —otros adultos rejuvenecidos, enfermedades crónicas que retrocedían, tímidas sonrisas en rostros antes mustios—hacían suponer que una corriente benigna se derramaba, invisible y cálida como un río subterráneo. Si la energía oscura era separación, esto era comunión. Se instaló un clima de mutua ayuda. Los viejos enseñaban; los jóvenes escuchaban y, lejos de molestarse, asumían un respeto naciente por aquellos llamados, hasta ese punto, "irrelevantes" por la administración algorítmica.

Pero la energía oscura, esa sutil araña en el telar del cosmos, no cesaba su trabajo. Ante el avance de la equidad, ciertos intereses ocultos —empresas tecnológicas empeñadas en maximizar su lucro, gobernantes temerosos por su status—instigaron una campaña para rebajar el movimiento. Usaron viejos chismes, estadísticas amañadas y leyes de excepción: alegaban que si unos recibían más, otros, forzosamente, padecerían. Se infiltró una nueva frialdad en la ciudad.

Fue entonces cuando las reuniones del Café de las Negaciones cambiaron la naturaleza de su asamblea. Usando la esfera de Arcturus —ese prodigio de material y vibración desconocidas—comenzaron a crear campos de “justicia energética”. En la práctica, esto significaba que cada vez que una situación de injusticia surgía en la ciudad, quienes portaban la esfera podían concentrar en ella su voluntad colectiva y redirigir, aunque solo fuera por minutos, la corriente subjetiva de la energía hacia donde era más preciada: una madre enferma recibía en su casa una extra inyección de calor, un trabajador solitario hallaba la fuerza para protestar ante un abuso, una joven con miedo al encierro de su empleo encontraba la ventana abierta.

El fenómeno creció. Pronto, otras ciudades enviaban delegaciones preguntando por el secreto de aquel “despertar”. Arcturus, que surgía y desaparecía como niebla, solo decía: “La ecuanimidad no es una fórmula: es un campo de energía viva. Lo que aquí nació, solo vive por la constancia de vuestro propósito.” Soraya, llena de fervor, propuso a la Asamblea una enmienda radical: que la justa redistribución de todas las formas de energía —física, mental, social—debía hacerse no sobre el mero cálculo de carencias cuantificables, sino sobre la base de la voz y el deseo de la comunidad adulta. El eco fue ensordecedor.

Pero, como toda revolución interior, la batalla no estuvo exenta de sombras. Algunos adultos, antaño desoídos, tornáronse ávidos, ansiando para sí más de lo que realmente precisaban. Brotes de egoísmo surgieron como maleza en campos nutridos. El poder de la esfera comenzó a fluctuar: la energía, desviada por mentes ansiosas, perdía pureza y fuerza, y para cada acto de verdadero equilibrio, surgían dos de agravio oculto. Lysander enfermó, postrado en cama, presa del cansancio de tantos años de negación luchada, y Soraya fue víctima de espionaje, sus datos personales expuestos ante el público.

Fue entonces—oh, quienes hayáis sentido la verdadera crisis del corazón humano me entenderéis—que Arcturus se hizo ver abiertamente. Tomando la esfera, la levantó sobre toda la congregación y la dejó estallar en mil fragmentos de luz oscura y clara. Era un espectáculo sobrecogedor: veíamos desparramarse, como un río de fuego y calígine, la suma indiferenciada de todo anhelo y de toda frustración del conjunto.

“Es la última elección”, sentenció el extraño, su voz más grave y profunda. “La energía—sea visible u oscura, honesta o corrupta—fluye siempre. La justicia no es cuestión de mera repartición, sino de sincero reconocimiento y mutua vigilancia. Si queréis verdaderamente avanzar en equidad, habéis de aprender a reintegrar lo disperso, a mezclar la luz y la sombra en vuestros corazones, a repartir no solo aquello que se ve, sino también lo invisible.”

Y entonces, por un instante y solo ahí, toda la asamblea —adultos cansados y jóvenes atentos, autoridades y obreros—sintió un estremecimiento: una corriente cálida surgió de todos los presentes, como si un lazo invisible los uniera, más allá del cálculo, de las viejas ofensas y de la autocompasión. Era, al decir de algunos, la “energía reconciliadora”: ese equilibrio fugaz por el que se reconcilian el deseo de justicia y la necesidad de perdón.

La esfera no se reconstituyó nunca más; pero en las semanas siguientes, muchas cosas cambiaron. No hubo grandes leyes nuevas, ni doctrinas verborrágicas. Pero la gente, singularísima, comenzó a confiar —no tanto en los decretos, sino en la energía mutual que podían despertar. Se eliminaron Zonas de Exclusión para adultos mayores, se instauraron Consejos Intergeneracionales con poder deliberativo. Los errores, por supuesto, persistieron; pero el equilibrio, fluctuante y delicado, ya no podía ser descuidado. La asamblea universal, temerosa al principio, acabó reconociendo una verdad: que ninguna energía, oscura o brillante, podía embridarse totalmente por una sola convención.

Hoy, cuando la marea de las reformas se ha aquietado y la ciudad ha vuelto a la calma peculiar de todo amanecer tras la tormenta, a veces me encuentro, en un reflejo u oído, con Lysander y Soraya. Caminan juntos, como dos símbolos y dos seres, conscientes quizá de que toda justicia duradera es energía: invisible, constante, y dignificada solo por quienes, con manos callosas o con voces temblorosas, se atreven a intentar el equilibrio entre el ansia y la compasión.

Así se escribió ese capítulo, del que apenas soy espectador y testigo. Porque si he aprendido algo de los que lucharon bajo las sombras y la luz, es que cualquier avance en equidad no proviene del reparto ciego de bienes, sino del reparto lúcido de las energías que conforman, en secreto, el alma de cada colectividad humana.

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