Fragmento:
El olor a ozono y clorofila fermentada colma la Avenida de las Mutaciones. Las luces verdes y ámbar de los invernaderos-torre ondean muy arriba como luciérnagas enjauladas. Una niebla pálida, húmeda, se arremolina debajo de las bóvedas acristaladas, cruzada por los andadores de carne viva que mueven, con músculos rojos bien visibles, las pasarelas colgantes. Cada noche, Selene sale del refugio de su madriguera—antigua estación de metro, ahora cicatriz de raíces y venas artificiales—mientras la ciudad repta como un organismo gigante bajo el dosel de células solares.
Duración: 09:05
El olor a ozono y clorofila fermentada colma la Avenida de las Mutaciones. Las luces verdes y ámbar de los invernaderos-torre ondean muy arriba como luciérnagas enjauladas. Una niebla pálida, húmeda, se arremolina debajo de las bóvedas acristaladas, cruzada por los andadores de carne viva que mueven, con músculos rojos bien visibles, las pasarelas colgantes. Cada noche, Selene sale del refugio de su madriguera—antigua estación de metro, ahora cicatriz de raíces y venas artificiales—mientras la ciudad repta como un organismo gigante bajo el dosel de células solares.
Su pie desnudo aplasta una superficie viscosa: el asfalto ya no existe, devorado por el humus de bacterias sintéticas y el moho eléctrico. Los edificios rezuman savia y gotean lágrimas saladas. Las fachadas, cubiertas de bio-paneles, laten con una bioluminiscencia azul cada vez que pasa el monorraíl de organismos híbridos, que gimen un poco en cada estación, como si supieran demasiado sobre el sufrimiento.
Selene lleva una máscara respiratoria conectada a su cuello mediante injertos de seda reforzada. Sus ojos, irisados tridimensionalmente, buscaron entre la multitud mutada a su presa de esta noche: un biocultor, portador del código madre.
En los mercados negros de Protoplasa, el código madre equivale a cien años de vida sin dolor, a la promesa de descendencia viable. Pero para Selene, tiene un valor mucho menos abstracto: ella quiere recomponer a Atenas, su amante, vuelta un amasijo de estática neural y carne fibrosa tras el sabotaje de los Sabuesos del Silicio. Si consigue acceder a ese código, podrá reescribir la realidad de su amada.
Desliza su figura entre arácnidos transhumanos y broncos replicantes de insectos; sus propios huesos, flexibles y semitranslúcidos, crujen dulcemente. Ha gastado buena parte de su ADN almacenado en injertos de polen para camuflar aromas y poros. Camina hacia el núcleo comercial: una gran cúpula donde las paredes vibran con himnos genéticos, insertados por los transcriptores coralinos.
En la entrada, un conector uterino la detiene. La examina, olfatea poros, busca trazas del virus cataléptico, pero no la reconoce. El precio de la anonimidad son los microtumores de silicio en la tráquea; el costo de la transgresión, la mutación espontánea. Selene sonríe—lo aprendió de Atenas—y se deja inyectar una docena de nanofagos para eliminar su estela biológica. Adentro, cada sorpresa es posible: pulmones brasileros de clorofila, dedos ramificados en esporas, ojos extirpados por pupilas reptilianas.
El biocultor aguardaba en el centro de la cúpula, rodeado de exoesqueletos con capuchas de cuero-fungi. Lleva consigo el estuche hermético que todos codician: el frasco con la simiente madre, una substancia traslúcida, como leche derramada con lluvia de fuego, en cuyo interior giran esferas micronucleares. Su piel es de corteza entrelazada por nervaduras doradas: trabajos de injerto tan sutiles que parecen naturales.
Selene no tiene tiempo; su propio epitelio empieza a degenerar, marcas de la última conversión biológica. Debe actuar antes de que la metástasis avance a zonas vitales.
La estrategia es rápida y brutal: inserta una cápsula de feromonas en la palma de su mano y avanza empujada por la multitud. El olor a sexo y miedo atrae la atención, pero los exoesqueletos no pueden aislarla—el caos la protege. Se escurre por debajo de un tentáculo colgante y lanza la cápsula contra el estuche. La explosión es silenciosa, una nube de esporas negras que enturbia el aire como una neblina orgánica. En el tumulto, Selene arranca el estuche del cinturón del biocultor y arremete contra la salida, cruzando entre cuerpos y extremidades, tal vez alguna humana, tal vez no.
En la carrera, siente cómo el recipiente, sellado aún, tiembla como si portara vida animal. Nada se compara a la sensación de robarle el alma a una ciudad y salir ilesa, piensa. Pero los Sabuesos del Silicio no perdonan. Muy pronto, en los corredores retorcidos de los subterráneos, la cazan: cuatro, cinco, seis cuerpos tatuados, con dientes de tungsteno y ojos catalíticos. No quieren matarla. Solo buscan el código, la simiente.
“Devuélvelo”, gruñe el líder, su voz mezclada de humanos y fractal. “No tienes derecho.”
Selene ignora la amenaza. Y entonces, Atenas aparece entre las sombras, arrastrando su cuerpo cuando mitad aún arde en descargas eléctricas. Las extremidades de Atenas tiemblan, pero su mirada —con pupilas multifacéticas y deseo antiguo— ruge de furia.
“Déjala”, ordena Atenas, y su voz es como ácido sobre aceite. “Ella me pertenece.”
Los Sabuesos vacilan. Nadie desafía una reclamación validada por el Pacto Sanguíneo. Entre ellos y la presa ahora hay solo las leyes no escritas de la biociudad.
Selene aprovecha el momento: muerde su pulgar y activa una secuencia de bioluminiscencia, proyectando datos sensoriales sobre la pared viscosa. Muestra el destino de la simiente: devolver a Atenas lo perdido. Los Sabuesos retroceden, titubean. No es la primera vez que la compasión desacelera el ciclo de caza, pero siempre es peligrosa. La ciudad devora a los indecisos.
Atenas cae de rodillas. Selene la abraza, e inserta cuidadosamente el frasco bajo la piel residuo del torso. Lo activa mientras la carne de Atenas se contrae y dilata como una flor de medianoche. El código madre entra en su torrente. Ella gime, se dobla, y la piel se abre en bocas nuevas que recitan secuencias ARN prohibidas. El aire se satura de olas bioeléctricas, la niebla parpadea, y por un momento, hasta los Sabuesos bajan la vista.
Atenas revive, pulseando. Sus ojos ya no se mueven en arritmia nerviosa, sino que encuentran a Selene, la reconocen, y en ese instante las extremidades de ambas se trasforman: las de Selene en zarcillos fotosintéticos, las de Atenas en filamentos de memoria, entrelazándose en un lazo imposible entre máquinas y materia.
Juntas, inicio el éxodo hacia las fronteras prohibidas de la ciudad-jardín. La persecución es implacable: mutantes desollados, enjambres de microbios sentientes, enjambres de células de rastreo. Pero en los nuevos cuerpos de Selene y Atenas ya no hay miedo: solo simbiosis acelerada, adaptación sin limitaciones.
En los días siguientes, Selene observa cómo las criaturas de la ciudad mutan frente a ellas — cómo brotan para aplaudir, para aullar, para suplicar un fragmento de su renacimiento. La simiente madre, al propagarse en Atenas, reprograma el sustrato biológico a su paso: cada piedra, cada raíz, cada fragmento muerto empieza a latir, primero tímidamente, luego como un corazón rampante, contagiando deseo de vivir.
“¿Qué somos ahora?”, pregunta Selene, embriagada de poder, aterrada por el abismo genético que ha abierto.
“Religión y herejía. Origen y fin,” dice Atenas, con voz forrada en magma. “La ciudad nos temerá. O nos amará. Quizá ambas.”
Su huida intersecta los cónclaves de injertadores, los templos de la carne fractal, los cuarteles de la policía de microbios. Por donde pasan, la rebelión se vuelve pandemónium; los mutantes más extremos, los inadaptados, emergen de las cloacas para verlas, tocarlas, sentir el eco de la simiente madre en su médula. Los Sabuesos del Silicio intentan frenar la ola vital, pero son transformados ellos mismos, involuntaria y dolorosamente, en luces bioluminiscentes que se arrastran como ríos en las antiguas autopistas.
Selene y Atenas alcanzan las murallas, viejos resquicios de hormigón comido por musgo y ojos mecánicos soplados en vidrio. Allá afuera, nadie recuerda la ciudad original. Selene, sin saber qué esperar, besa el cuello reanimado de Atenas. Bajo el contacto, la piel de ambas brota en racimos de flores: orquídeas translúcidas, circuitos de savia, rizomas de recuerdo. El silencio fuera de la ciudad es total, como un útero oscuro.
El tiempo se pliega: días, semanas, segundos que no cuentan porque todo es génesis perpetua. Selene, por primera vez sin dolor residual, teme amar a Atenas más allá de su forma, de lo que los cuerpos puedan llegar a ser. Se pregunta si la vida fuera de un laboratorio viviente puede soportar tanta mutación, tanta hambre.
Un siglo más tarde —o tal vez en apenas un suspiro— el mundo es irreconocible. Allí donde Selene y Atenas cruzaron, hay selvas que piensan, cuerpos-árbol que sueñan, insectos cantores en infinidad de tonos. La ciudad legendaria de Protoplasa ya no existe: es fantasma, raíz, canción.
En ese horizonte mutante, dos siluetas aún se entrelazan, inseparables. No hay más huida. Solo una promesa: que el amor, bajo todas sus formas posibles, puede incluso superar el miedo a la transformación.
Y que la carne, el hueso y la memoria son solo el inicio de todas las historias.
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