Portada del relato Sincronos de Mielina
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Fragmento:


La existencia de Ombra era un laberinto: años atrás había sido famosa pionera en los deportes sinápticos, una disciplina donde los jugadores alteraban su personalidad de forma instrumental, construyendo y demoliendo sub-egos para sortear entornos virtuales interconectados. Famosa, y luego infame: había ocurrido el llamado “Desgarro de Kyoto”, cuando su red neuronal colapsó y casi mató a tres compañeros durante una competencia. Desde entonces Ombra apenas era un mito, leída sólo en foros clandestinos donde los hackers de biología fantaseaban con glorias perdidas.

Duración: 07:45

Sincronos de Mielina
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Texto de ajuste de pausa.

El olor a ozono y antiséptico era el perfume de la Ciudadela Viva. El sol de la mañana entraba a través de un domo repleto de ventanas hexagonales, cada una cubierta de biopaneles translúcidos. Entre las losas del pasillo brotaban filamentos de musgo fotorreactivo, y los zócalos murmuraban nanotextos publicitarios a cualquier retina sin filtrar. Santiago Q. Márquez siempre sentía náusea bajo esta luz; cuando migró de la Margen al Centro no pensó que extrañaría los viejos relés de silicio ni las paredes sudorosas de plásticos reciclados.

Al principio navegaba la megápolis como quien pilota un cuerpo ajeno. Su trabajo: cortador de filamentos neuronales en la Planta Rydberg. Literalmente. Allí, entre biomatrices y racks de tejido vivo clonado, él y otros técnicos reconfiguraban la sustancia misma del pensamiento: circuitos cerebrales diseñados a medida para clientes que exigían mejoras psíquicas que la evolución nunca imaginó. Clientes viejos como la aristocracia, pero con cráneos brillantes de titanio, y jóvenes como los hackers de moda con glándulas sudoríparas que segregaban feromonas artificiales.

Era la era de las ciudades síncronas. Las mentes humanas se interconectaban en enjambres temporales usando polipéptidos emisores; las emociones podían traficar como drogas, y la empatía era un canal comprimido, vendido a precio de oro. Santiago era un tallador de rutas axonales: bisturí y genoma eran su doble filo. No creía en la ética, solo en el diseño elegante y la paga.

El día comenzó como otro cualquiera. El nodo de pulsatrones estaba congestionado de nuevas órdenes – bancos corporativos pidiendo “sinapsis hiperflexibles”, una coreógrafa solicitando memoria muscular en flash, un adolescente adicto al feedback linfático que quería reconstruirse el sistema límbico desde los cimientos. Nada fuera de lo común, hasta que una orden titulada “Identidad Recombinante – Prioridad Beta” apareció en su visor.

El paciente era privado. Datos casi vacíos, solo un nombre-clave: Ombra F. La bioficha mostraba un mapa cerebral cubierto de zonas negras — áreas con acceso denegado incluso a los sistemas internos. Lo único accesible era la solicitud: “reintegración de subpersonalidades tras partición traumática, sin pérdida de competencia cognitiva o creativa, compatible con protocolo de sincronía límbica.”

Tan pronto abrió el archivo, sintió una presión en la sien, una jaqueca suave, y supo que estaba siendo monitoreado. Quizás la propia Ombra observaba. Santiago se colocó los guantes táctiles, conectó la mesa quirúrgica, y activó el simulador de mentes.

La existencia de Ombra era un laberinto: años atrás había sido famosa pionera en los deportes sinápticos, una disciplina donde los jugadores alteraban su personalidad de forma instrumental, construyendo y demoliendo sub-egos para sortear entornos virtuales interconectados. Famosa, y luego infame: había ocurrido el llamado “Desgarro de Kyoto”, cuando su red neuronal colapsó y casi mató a tres compañeros durante una competencia. Desde entonces Ombra apenas era un mito, leída sólo en foros clandestinos donde los hackers de biología fantaseaban con glorias perdidas.

Ahora exigía que sus subpersonalidades, divididas y exiliadas durante el escándalo, fueran reagrupadas en un solo flujo consciente. El motivo era confidencial. Santiago estudió el mapa cerebral, reconoció patrones gestálticos: fragmentos de estructura “puente” sobresalían como ramas de un árbol talado a medias. Le intrigó la precisión y salvajismo de la cicatrización neural. Incluso para un profesional como él, el caso exigía admiración.

El quirófano estaba climatizado por biofiltros intestinales que reciclaban el CO2 de cada exhalación. En el centro, Ombra esperaba, medio sumida en trance químico, la cabeza revestida en cables y polímeros, la piel translúcida plagada de tatuajes de contenido genético animado. Sus ojos, cuando los abrió, no parpadearon: el iris era una membrana cromática, data encriptada en colores.

—¿Listo, Márquez? —dijo Ombra, sin titubeos.

—Nada preparado para lo que pides puede estar completamente listo —replicó.

—Te pago el doble, si puedo despertar todas a la vez.

—¿No temes perder la cordura? Sabrás los riesgos.

—La cordura es un aburrimiento, Márquez. Por eso personas como tú y yo nos buscamos.

Inició la inducción: una cascada de microdrones introdujo nanobotánicos al córtex de Ombra, fragmentando y enlazando sinapsis a medida que el patrón de subpersonalidades emergía en la pantalla. A su alrededor, las imágenes cerebrales se recortaban en espectros inquietantes: la ira, el miedo, la alegría, la tristeza — cada emoción un diagrama, cada recuerdo, un enjambre de luces pulsantes.

Mientras tallaba el mapa, volvió a sentir la presión en la sien, esta vez más punzante. Documentary de seguridad señalaba que alguien interceptaba datos en segundo plano. Hacker de niveles avanzados, probablemente la propia Ombra o un tercero interesado.

Santiago dejó que ocurriera; a menudo los clientes querían espiar su propio renacimiento. Siguió operando: combinaba recuerdos, reasignaba competencias, restauraba puentes entre clusters emocionales. Cada vez que reajustaba, sentía un eco en su propio cerebro, casi como si Ombra lo estuviese editando a él en tiempo real.

De pronto supo que el proceso se había invertido. Ombra estaba reintegrando sus subpersonalidades no solo en sí misma, sino que el tallador de rutas estaba inserto en la misma red. Era como si alguien le inyectara memorias ajenas; tuvo flashes de infancia en otra ciudad, las manos torcidas de una madre de rostro cambiante, el vértigo de una caída desde un edificio de cristal.

El quirófano se volvió irreal, las luces parpadeaban y en el visor unas palabras superpuestas vibraban: “Red de Identidades Recombinantes Activa / Límite de Sincronía: Superado”.

—No te asustes, Márquez —dijo Ombra, su voz mezcla de ecos—. No esperabas dejar de ser tú mismo, ¿verdad? Casi nadie lo espera. Pero necesito tu silencio, tu olvido conscientemente aceptado. Habíamos pactado el cambio, sólo que aún no lo sabías.

Santiago intentó desconectarse, pero los comandos no respondían. Sintió la invasión total: la propia red de la Planta se replegaba tras sus párpados, ahora reconfigurada en el árbol límbico de Ombra. Ya no era sólo operador, era archivo, era subproceso.

Afuera la Ciudadela seguía su ciclo de luz y oscuridad, la sinfonía sorda de miles de voluntades injertadas, talladas, vueltas y vueltas sobre sí mismas. Para la sociedad posthumana, la individualidad era una convención pasada de moda: la mente líquida ya no era pecado, ni siquiera extravagancia. Era moneda, era contrato, era arte.

En el último destello de autonomía, Santiago evocó un mito arcaico: el hacker original, Adán, recibiendo con temor el soplo de conciencia. Se preguntó si los dioses sintieron esta misma soledad, al hacerse múltiples dentro de su propia creación.

Luego desapareció. Un fragmento más en el jardín anónimo de las conciencias recombinadas. Ombra despertó y sonrió: ya era todas las que fue, y todas las que sería. Su risa resonó por los pasillos llenos de musgo, vibró en los muros vivos, recorrió las rutas axonales de la ciudad eternamente despierta.

Y en cada rincón donde alguien buscaba una mente mejorada, un cuerpo más fuerte, una emoción alquilada, el nombre de Márquez permaneció como una señal secreta, una hebra en la vasta sinfonía biopunk del futuro. Porque nada se pierde, todo se recompone, incluso las promesas rotas entre bisturí y genoma.

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