Portada del relato Cuerpos en Suspensión
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Fragmento:


Mientras Lira ajustaba el panel de nutrición del huésped 231, alertas rojas pulularon por la interfaz. El gen ARK-7, restringido. Su corazón, empotrado en un pecho modificado para resistir arritmias, dio un vuelco. Una mutación prohibida significaba auditoría, y probablemente perdida de licencia. El ARK-7 no era simplemente un gen cualquiera: era una semilla ancestral, vestigio de los primeros experimentos que llevaron a la creación de los biociudadanos.

Duración: 08:20

Cuerpos en Suspensión
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Texto de ajuste de pausa.

Las cosechadoras llegaban antes de que la ciudad terminara de amanecer bajo el fulgor pálido de las luces LED que sustituían al ya olvidado sol. No era un amanecer, en sentido estricto; más bien un degrade constante desde azul metálico hasta blanco, calibrado por ingenieros de espectro cuántico para mantener a la población dentro de los límites permitidos de fotoperíodo. Los tejados de BioCiudad IV, una sucesión agobiante de páneles vivos y jardines tubulares, ardían con una fina escarcha de clorofila que se desprendía con el leve zumbido de los drones recolectores. Allí comenzaba otra jornada para Lira, cultora de órganos y sembradora de simientes humanas.

Desde la perspectiva de la cámara dorsal que flotaba por encima de su hombro, todo parecía en orden. Filas de huéspedes encapsulados pululaban en los tanques bioreactivos que bordeaban los largos corredores de su unidad. Los genes de cada uno, codificados en tiras iridiscentes, flotaban como banderas minúsculas a lo largo de los tubos; era fácil perderse observando la simetría inquietante de cada burbuja de gestación. Algunos eran cultivos de páncreas, otros de córneas; los premios se reservaban para las rarezas: simpátéticos regeneradores, lenguas bifurcadas para clientes fetichistas, corazones con nano-láminas de platino puro.

Los supervisores de la Comuna de Salud llamaban a aquello "progresión humana". Lira pensaba en otra palabra, pero se la tragaba junto con el gel translúcido de nutrientes que le servía de desayuno. Uno aprende a callar en BioCiudad IV, donde todo puede ser monitoreado, y el arte de la discreción es la más cotizada de las habilidades. Eso, y los pulgares verdes, claro.

Le quedaban cuatro huéspedes aptos ese día, cuatro potenciales recompensas si completaba el ciclo. El trabajo del biocultor variaba entre la maternidad y la carnicería: había afección al evaluar las simientes, ternura al limpiar la mucosa de los recién despuntados órganos; pero también había eficiencia fría al aplicar la enzima de detención, cuando alguno mostraba una mutación disonante. Los desperdicios se reciclaban en la Planta Central. Nada se perdía, ni la carne ni el pensamiento.

Mientras Lira ajustaba el panel de nutrición del huésped 231, alertas rojas pulularon por la interfaz. El gen ARK-7, restringido. Su corazón, empotrado en un pecho modificado para resistir arritmias, dio un vuelco. Una mutación prohibida significaba auditoría, y probablemente perdida de licencia. El ARK-7 no era simplemente un gen cualquiera: era una semilla ancestral, vestigio de los primeros experimentos que llevaron a la creación de los biociudadanos.

―No puede estar aquí ―murmuró, deslizando sus dedos nerviosos sobre la pantalla. El huésped 231 era una niña, al menos lo sería si maduraba más allá del estado larvario, con circuitos de inteligencia basal conectados a la red local. El ARK-7 serpenteaba dentro de su secuencia genética como una cicatriz luminosa.

La tentación era palpable: podría abortar el huésped, deshacerse del problema, reescribir los datos en los registros y rogar que no hubiera copias redundantes. Pero existía un atisbo de algo más fuerte que el miedo: la curiosidad. ¿Qué haría una criatura portadora de ARK-7 en una generación postergada como la suya? ¿Podría sobrevivir? ¿Cambiaría algo su existencia programada, su pequeña revolución de carne y código?

En la penumbra del corredor, el zumbido de los drones de la Comuna la sobresaltó. Pasaron de largo, patrullando los tejados en busca de signos de infección o sabotaje. Lira soltó el aire aprisionado en su pecho e ingresó una línea de comando secreta en la consola, desviando los sistemas automáticos del huésped 231. Si iba a arrojar los dados, sería ahora.

El resto de la jornada transcurrió en una nube de ansiedad. Entregó tres órganos, todos certificados, pero la pantalla secundaria la mantenía atenta al progreso de la niña pero-no-niña, en su tank traslúcido. Sintió, por primera vez en mucho tiempo, una punzada de esperanza, dolorosa y eléctrica.

Esa noche, la ciudad desplegó su capa de sueños inducidos sobre la población. Las cápsulas de morfeo exudaban feromonas calibradas a los niveles socio-genéticos de cada sector. Lira, sin fuerzas siquiera para fingir un descanso, se sintonizó a la red oscura de los cultores: un enjambre secreto de técnicos, traficantes y viejos científicos que compartían datos prohibidos desde la Edad Verde, cuando aún había árboles que crecer y animales que observar.

Allí conoció el alias de Vassa: una bioingeniera renegada que controlaba varios nodos de la red saneada. Vassa, famosa por haber trasplantado un cerebro de ballena en un quimera humanoide, sabía de mutaciones y riesgos, de huir bajo el radar de la Comuna.

―Déjamela ver ―le ordenó a Lira, tras compartir la secuencia genética. La conexión étaiténue, codificada en doble capa de ADN sintético.

―No puedo transferirla. Está en mi red interna y la Comuna inspecciona cada byte.

―Despiértala, entonces. Muéstramela viva.

Despertar un huésped antes de su ciclo era equivalente a permitirle nacer a ciegas y sin dedos; exponía peligros de autolisis, desintegración acelerada, desórdenes cognitivos. Y sin embargo, Lira sentía que debía ser testigo. Aplicó un pulso mínimo de neuroeléctrico. El tanque burbujeó.

La niña flotó de manera laxa; primero sus párpados vibraron, luego un leve movimiento de labios, una exhalación sin pulmón. Sus ojos, de un azul tempestuoso, buscaron la luz a través del fluido amniótico.

―Es hermosa ―dijo Vassa, y su voz, por primera vez, sonó vulnerable.

Por segundos eternos contemplaron el milagro incómodo de ese cuerpo en suspensión, portando un legado genético que la historia habría querido borrar. Las pantallas parpadearon. Vassa, con la experticia de los viejos magos digitales, envió una secuencia de códigos.

―Puedo extraerla. Convertirla en señal, llevármela en ondas. Pero solo si estás lista para perderla.

Lira entendió el sacrificio; dejarla ir sería renunciar a la única cosa nueva nacida en años, pero mantenerla en la ciudad sería condenarla a la peor de las muertes: anonimato, reciclaje, borrado.

Mientras sellaba la transmisión, los drones de la Comuna rondaban su puerta. El sistema de emergencia se activó solo una vez: luces blancas, voces mecánicas pidiendo acceso, amenazas envueltas en protocolos legales. Lira, mientras esperaba la inevitable irrupción, sintió que todo su cuerpo era una célula prieta, lista para estallar.

Vassa anunció la transferencia completada segundos antes de la entrada del primer supervisor. El tanque estaba vacío. El espacio, donde había flotado la niña, mostraba apenas el eco de una secuencia genética impresa en la escarcha.

―¿Qué ha pasado aquí? ―interrogó el supervisor. Lira elevó los hombros, la cara pétrea de quien acaba de enterrar toda esperanza.

―Hubo una falla. Recuperé lo reciclable. Llevarán los registros y lo cotejarán con la Planta Central.

Al final la dejaron ir, con la advertencia flotando en la atmósfera: un solo error más, y su licencia sería removida. Pero eso no importaba. Al cruzar los corredores, los tanques y reactores ahora mudos, Lira supo que parte de ella circulaba por las ondas, fuera del alcance de la Comuna.

En las semanas siguientes, rumores cruzaban la red oscura: Vassa había llevado a la niña a un enclave antiguo, donde las algas y setas todavía crecían en simbiosis, protegidas de la vigilancia. Decían que la portadora de ARK-7 caminaba ya bajo luz de auroras fotónicas, rodeada de criaturas antiguas y nuevas, mutaciones libres que tejían sus propias narrativas biológicas.

Lira siguió trabajando, aspirando la capa cotidiana de protocolos y bacterias neutras, pero cada día al encender el esquema de comandos secretos en su terminal, veía la estela digital de la niña: una constelación inmodificable, prueba de que incluso en la ciudad más controlada, la vida encontraba una grieta, y en esa grieta florecía lo prohibido, lo salvaje, lo prodigioso.

Sólo entonces se permitió, por fin, llorar ese mundo que nunca conocería más allá de una transmisión subterránea, pero que ayudó, sin saberlo, a engendrar.

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