Portada del relato Hijos del Engrama
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Fragmento:


El agujero en mi muslo nunca sana. Bajo la luz amarillenta de la lámpara, el borde de la herida palpita como la boca de un pez, suplicando por oxígeno o, tal vez, por alivio. Me vendé el muslo noche tras noche, inyectando nanobots coagulantes que zumban y giran en la carne viva, pero la lesión siempre regresa, fresca y roja, cuando despierto. La doctora dice que es estrés—que mi rechazo celular es psicosomático. Qué palabra tan pulida y hueca, psicosomático, tan blanca como el polvo de la sala de espera. Pero mi herida existe, la siento cada instante, y en esta ciudad, la carne nunca estuvo perfectamente bajo nuestro control.

Duración: 06:28

Hijos del Engrama
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Texto de ajuste de pausa.

El agujero en mi muslo nunca sana. Bajo la luz amarillenta de la lámpara, el borde de la herida palpita como la boca de un pez, suplicando por oxígeno o, tal vez, por alivio. Me vendé el muslo noche tras noche, inyectando nanobots coagulantes que zumban y giran en la carne viva, pero la lesión siempre regresa, fresca y roja, cuando despierto. La doctora dice que es estrés—que mi rechazo celular es psicosomático. Qué palabra tan pulida y hueca, psicosomático, tan blanca como el polvo de la sala de espera. Pero mi herida existe, la siento cada instante, y en esta ciudad, la carne nunca estuvo perfectamente bajo nuestro control.

Así es la vida en Nido, donde los rascacielos se elevan en tramas de músculo sintético, donde los techos exudan savia translúcida para alimentar a los enjambres bio-lumínicos que se alimentan de las emisiones de los coches viejos. Los niños nacen con piel reticulada de malla para resistir las esporas y gases tóxicos. Yo misma me encontré con tubos de refuerzo injertados a mis arterias cuando era apenas una adolescente con sueños de abandonar la fábrica, sueños de no convertir mi cuerpo en un campo de batalla entre partes biológicas y sintéticas.

Hay una comunidad en Nido que llaman El Zoco. La palabra flota ingenuamente sobre calles cubiertas de detritus: láminas de queratina, dedos protésicos descartados, mandíbulas de titán flexible. El Zoco es mercado y basurero: se comercian códigos genéticos, fluidos de memoria, prótesis de origen turbio que pulsan al ritmo de la ciudad como si de órganos exiliados se tratara. Es aquí donde ahora camino, mi muslo palpitando, buscando lo que nadie puede encontrar en las clínicas blancas o las farmacias clandestinas.

Cruzo miradas con Kellen, el artista de trasplantes, aunque ni yo misma podría asegurar que aún es humano. Su piel es translúcida, una cortina ligera que deja entrever los insectos bio-adaptados que navegan sus linfas, reparando microdesgarros, limpiando las impurezas. Le cuento de la herida eterna; no sonríe, apenas un gesto de reconocimiento. “La carne recuerda,” dice, “lo que la mente quiere olvidar”.

Me lleva detrás de su taller, donde las paredes gotean óleo y los tentáculos de enredaderas modificadas se adhieren a los cables de luz. “Hay soluciones”, murmura, “pero exigen una sinceridad que muchos no pueden sostener.”

Me acomoda en una camilla de fibroquitrina y coloca sobre mi cabeza una diadema de monitorización neural, pico de ave extendiéndose sobre mi sien. “¿Sabías que la mayoría de nuestras piezas ya no nos reconocen? Que las prótesis, los injertos, se hartan de nosotros igual que nosotros de ellas. Quieren volver a la tierra, al caos.”

Adormecen mis piernas. El umbral entre el dolor y el alivio es difuso, una masa de sensaciones translúcidas que se refractan en los bordes de mi conciencia.

En el breve instante de lucidez, veo el taller—las máquinas impresoras de tejidos girando lentamente, las burbujas de bacterias genéticamente alteradas creciendo hasta romperse, liberando su contenido en bandejas. Kellen manipula algo bajo la carne de mi muslo. Un zumbido se eleva; siento fragmentos extraños moviéndose dentro de mí, mordiendo, adaptándose. La herida cambia de textura; la carne se crispa, como si se riera de mi sufrimiento.

—No es sólo biología —dice, voz amortiguada por la mascarilla de polímero—. Tus nanobots mienten a tu sistema inmune. Se fingen salvadores, pero son prisioneros, y tú eres su prisión.

Quiere saber por qué insisto en retener partes que mi cuerpo, claramente, quiere expulsar. Le cuento lo que no le he contado a nadie: que mi abuelo murió de la fiebre roja por negarse a un trasplante de hígado animal, que el gobierno hizo obligatorio el fluido reparador en la sangre para acudir al trabajo, que yo prefiero la descomposición lenta al olvido repentino de lo que soy.

—¿Y si no hay elección? —pregunto—. ¿Y si soy esta mezcla de carne y cable, esta herida que nunca sana?

En El Zoco, los relatos importan más que los diagnósticos. Acepto la oferta de Kellen: una simbiosis, un injerto de memoria–no sólo carne nueva, sino recuerdos vivos, tomados de las colonias bacterianas labradas con cuidado en tanques flotantes.

—Vas a vivir en la frontera, siempre —dice mientras una jeringa se acerca, translúcida y verde, como una promesa venenosa—. Pero dejarás de pelearte contigo misma.

Siento entrar el frío, una corriente que atraviesa mi médula y deshace por un instante el terror. Imágenes brotan, forzadas por las bacterias: una versión de mí desplomándose bajo una tormenta de esporas, buscando a tientas la caliente luz de un reactor genealógico donde los cuerpos se disuelven en nutrientes para la Tierra Prometida que nunca existió. Otra visión: mis manos desarmando órganos ajenos, catalogando con terror y placer las piezas intercambiables de la vida urbana.

Cuando despierto, la herida ha cambiado. No es ni cicatriz ni hueco: es una abertura tranquila, rodeada de carne nueva, más suave y cálida que cualquier cosa que sintiera en las últimas décadas. Kellen me limpia con suavidad, sin preguntas ni veredictos.

Nadie en Nido está completo; la ciudad entera es un experimento de simbiosis forzadas, un mar de transmigraciones y adaptaciones sin fin. Camino de regreso a casa, el muslo palpitando dulcemente, la mente repleta ahora de recuerdos ajenos y propios fusionados. He cambiado—menos por la intervención química o biológica que por el hecho de permitir que partes de otros, incluso de bacterias cultivadas, se hospeden en mí.

En la angosta escalera que lleva a mi cubículo, de pronto me detengo, presiono la carne renovada y compruebo: ya no sangra, pero tampoco es sólo mía. La frontera entre mi yo y lo que me fue injertado es difusa, una membrana casi poética, casi trágica.

Desde la ventana, la ciudad late con los mil ojos de sus criaturas cambiantes—humanos, no humanos, cuerpos llenos de cicatrices que, tal vez, tampoco sanan nunca, pero que al menos saben coexistir. Pienso en El Zoco, en Kellen, en el rumor de la carne mudándose bajo la piel. Me sonrío, no exactamente feliz, pero satisfecha por ahora.

Porque en Nido, ninguna curación es eterna, pero hay belleza en la herida persistente. La simbiosis elegida, el no renunciar del todo a la memoria, la apuesta por un cuerpo que es siempre, sin remedio, un territorio en disputa.

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