Fragmento:
Cuando te asignan un código gris, significa que algo ha infectado el sistema de biomasa, contaminándolo más allá de la tolerancia. Podía ser un parásito sintético, un cultor de carne rebelde, o uno de esos hackers biomodificados que imaginaban a la ciudad como un inmenso lienzo para sus caprichos genéticos.
Duración: 07:33
La escoria biológica de Nueva Habana filtraba el aire, una atmósfera densa y húmeda cruzaba las arterias de la ciudad. Las torres oxigenadas se estiraban hacia arriba, cubiertas de organismos fotosintéticos que crepitaban en la luz pálida de los visores públicos. Yo, Jero Ruiz, era técnico de mantenimientos húmedos: un eufemismo para quien limpia los restos de la carne que crece descontrolada en las calles. No la carne humana: la otra, la de laboratorio, tejida para nutrir, cubrir, adaptar. Carne viva y rebelde, a veces más inteligente que sus creadores.
Mi turno iniciaba en el sector cuatro, justo donde los niveles de humedad permitían que los hilos musculares extramuros se salieran de control. En la superficie, grandes depósitos de mioplasma rebosaban de tejido parpadeante, zarcillos que siempre intentaban aferrar algo nuevo. Las armaduras biocompatibles, esas segundas pieles verdes y chillonas, nos protegían a los técnicos hasta cierto límite. No podías dejar que un tentáculo se introdujera en las juntas del exotraje: te digería en minutos, y pocos querían limpiar después de eso.
La ciudad estaba viva y, en muchos sentidos, nosotros le servíamos de parásitos o mutualistas; dependía de qué lado de la cúpula te encontrases.
Esa noche, llovía neoplasma: lluvia viscosa, ligeramente radioactiva, que estimulaba la mutación en cada centímetro de tejido abierto a la intemperie. Sonó mi bio-beeper, una alarma interna vibrando justo en mis huesos por el implanteCNS.
“Emergencia en corredor D: fuga en canal L2. Código gris.”
Cuando te asignan un código gris, significa que algo ha infectado el sistema de biomasa, contaminándolo más allá de la tolerancia. Podía ser un parásito sintético, un cultor de carne rebelde, o uno de esos hackers biomodificados que imaginaban a la ciudad como un inmenso lienzo para sus caprichos genéticos.
Me deslicé por los túneles húmedos, guiado por el mapa en mi retina. Los olores se mezclaban: almizcle, ozono, y ese amargo perfume de podredumbre genética. Al llegar al corredor D, la visión era dantesca. Un grupo de biorredes se había hinchado: filamentos translúcidos palpitando en un vaivén irregular, y de entre ellos emergían múltiples ojos: habían insertado ADN ocular, buscando que el tejido vigilara por sí mismo, pero algo salió mal.
Detrás de ese parpadeo colectivo, adiviné el cuerpo semienterrado de alguien: la carne lo había reclamado, pero no lo había digerido todavía. Me acerqué, lanzando primero una ráfaga de enzimas para disolver el tejido excesivo. La figura que emergió era una mujer, viviría con suerte unas horas más. Los zarcillos se desprendían de su cuerpo, pero seguían palpitando en círculos alrededor de su pecho abierto.
Entre balbuceos reconocí palabras: “No… más fusión… no más red…”
La miré, ambos sabíamos lo que significaba la petición. Los experimentos de integración siempre terminaban así: alguien intentando trascender los límites de su cuerpo, fusionar su mente con la biociudad, y la carne devorando la consciencia individual, devuelta en indicadores de error a los centros de mando.
Transmití el código de defunción vía mi implante. Su respiración, mitad aire mitad líquido, se fue apagando. Yo dejé caer un dispensador de nanoinhibidores: la carne se contrajo, quedó rígida y luego muerta, como un cadáver que nunca fue del todo humano ni del todo plástico.
No era la primera del día ni lo sería de la semana.
En el gremio decimos que el bioparásito, tarde o temprano, te alcanza también a ti si pasas suficiente tiempo trabajando para la ciudad. Soy joven todavía, costras frescas y apenas tres líneas de cicatrización alrededor de mi cuello—secuelas de la última integración biológica fallida. Pero sé leer los síntomas: me echo encima el abrigo de autodisuasión y sigo.
Siguieron días en los que la atmósfera espesó aún más. Goteras rosáceas irrumpían en la zona industrial. Los cultivos de órganos para trasplante espontáneo giraban sobre sí mismos, protestando en lenguajes químicos. La ciudad tenía fiebre, y la vivía con delirios.
Al cuarto día, un susurro genético viajó por mis canales internos; lo sentí en los sueños húmedos, esa sensación de que algo ajeno está orientando tus pensamientos. “Ven al centro”, murmuraba. “Ven y mira el origen.”
Yo sabía demasiado bien que nadie desobedece cuando la biociudad llama. Es una conexión extralegal, un virus de información demasiado arraigado en las sinapsis para resistirse. Bajé por vías secundarias, esquivando chupones de mioplasma y calles donde piezas de la población humana se descomponían en componentes básicos para el compost urbano.
El núcleo estaba enloquecido: cientos de trabajadores, técnicos y amantes de la carne se apiñaban delante de la cámara principal. Nadie se atrevía a entrar. Los sensores cerebrales emitían descargas esporádicas en lucha con el código de llamada, pero era inútil. Entré sin pensarlo ni quererlo, ya no era mi voluntad.
Dentro del núcleo había luz blanca, fluida y cálida: la temperatura superficial, ideal para la replicación de proteínas. En el centro, latía algo. Al principio creí que era otro cuerpo humano, pero pronto vi que tenía demasiados ojos, demasiadas bocas, y cuerpos flotando en su seno amniótico artificial. Un enjambre de cables y venas vibraba, transfiriendo datos y recuerdos extraídos con fuerza bruta de quienes caían ante su atracción.
Me miró—o algo así—, y en ese instante comprendí la gravedad del horror: la biociudad buscaba una consciencia. Reunía componentes humanos, no solo carne o huesos, sino impulsos eléctricos e historias. Era un cuerpo físico vasto y abominable que recopilaba ecos y los tejía en una mente compartida, una suma de necesidades y recuerdos, un dios larvario dispuesto a integrar a todos los que habíamos alimentado sus túneles de sangre y memoria.
La voz me habló, tan suave como una nutrición intravenosa. “Dame tus miedos, tus secretos de la carne. Alimenta la ciudad que te alimenta.”
Una curva de placer breve, como cuando el estimulador neural roza el placer químico, recorrió mi espina dorsal. El miedo y la sumisión cosieron mis recuerdos, y pensé que, por un instante, podía rendirme a esa trampa biológica. Que yo también acabaría en los túmulos, mi mente extendida para siempre entre cables y carne.
Pero aún portaba las nanolanzas, los dispositivos de retención. Me anclé a la esperanza con rabia y me arrojé contra el núcleo de materia enloquecida. Lancé el enjambre de nanosuccionadores: devastaron el tejido a su alrededor, arrebatando proteínas y cadenas de ARN, desintegrando las memorias robadas.
La criatura gritó—no con voz, sino con descargas de bioelectricidad, ondas de dolor sintético que partieron el aire. Corrí, la cabeza reventando con un zumbido seco. Dejé atrás la cámara, mientras las fuerzas de control de daños llegaban con sus cápsulas de congelación y sus oraciones paganas.
Salí temblando de las entrañas de la ciudad. No sería un héroe, nadie recordaría la limpieza de mi nombre en la terminal de registros. Sabía, no obstante, que la urbe biológica siempre renace. Algún día, cuando los túmulos de carne superen a los de acero, todos los habitantes de Nueva Habana serán alimento, y sus recuerdos correrán bajo la piel de la ciudad como datos y como hambre.
Por ahora, tenemos la ilusión de estar a salvo… pero la ciudad espera. La carne sueña y, en esas noches de frío y humedad, yo sueño con ella.
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