Portada del relato La trenza quebrada
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Perdimos la cuenta del tiempo convencional pronto. Sobrevivientes: nueve, en los niveles inferiores del reactor, con víveres para seis días y oxígeno para la mitad. Cada vez que alguien intentaba salir del refugio, había riesgo de que un segmento del corredor estuviera fuera de nuestro flujo, atrapando a quien lo atravesara en otra era. Al principio intentaron marcar rutas seguras, pegando cinta fluorescente y dejando objetos-ángulo. No duraban. A veces volvían hechos polvo y otras simplemente no estaban nunca donde se suponía.

Duración: 08:44

La trenza quebrada
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El momento era el crujido de un puente que se parte. Pocos en el Centro sabían lo cerca que estábamos de perderlo todo; la mayoría iban y volvían entre sus tareas con una confianza que ahora encuentro absurda. Si la amenaza viajaba en línea recta, podíamos advertir y evacuar. Si viajaba en oleadas, tal vez improvisar refugios serviría de algo. Pero la desintegración temporal, eso no—eso simplemente llegó, un telón invisible que rozó la primera celda de espacio y tiempo y se llevó la realidad en jirones, dejando detrás paisajes desconocidos, personas desplazadas por décadas.

Me llamo Lena Havor, y la paradoja es mi legado. Era una de las ingenieras principales en la instalación de monitoreo subcrónico de Norilsk, un nombre anodino para una madriguera de conejos atiborrada de sensores, computadoras y personal nervioso. Empezó en el cuarto del generador, o eso pensamos. La primera vez que la desincronización rasgó nuestro universo, lo percibimos sólo por la ausencia: una bandeja entera de instrumental y el técnico Vlasov desaparecieron en medio del zumbido normal. Muy pronto, detectamos ondulaciones en los relojes atómicos, y la ansiedad rasgó la jerarquía como cortinas de humo.

El Protocolo Aurora indicaba corte de energía, sellado de módulos y espera pasiva. Para entonces, era tarde. Las rupturas fueron expandiéndose, fisuras donde el tiempo se plegaba y surgían imágenes fantasmales: una versión más joven de la sala de mandos, fantaseando con sí misma superpuesta en nuestra visión, parpadeando, luego sustituyéndose ocasionalmente por paisajes terrestres ajenos, tundras o selvas, incluso ciudades industriales que ya no existen o todavía no nacen.

El pánico no llegó de golpe. Era una glaciación, avanzando centímetro a centímetro, congelando toda certeza sobre dónde –o cuándo– nos encontrábamos.

Perdimos la cuenta del tiempo convencional pronto. Sobrevivientes: nueve, en los niveles inferiores del reactor, con víveres para seis días y oxígeno para la mitad. Cada vez que alguien intentaba salir del refugio, había riesgo de que un segmento del corredor estuviera fuera de nuestro flujo, atrapando a quien lo atravesara en otra era. Al principio intentaron marcar rutas seguras, pegando cinta fluorescente y dejando objetos-ángulo. No duraban. A veces volvían hechos polvo y otras simplemente no estaban nunca donde se suponía.

El segundo día, Mershkin cruzó la puerta y gritó que veía nieve y fábricas. “Huele como cuando yo era niño”, dijo, temblando – en la sala de control, la imagen de su propio cuerpo retrocediendo y deshaciéndose nos miró a través del vidrio blindado, como agua que vuelve a la nube.

Recuerdo el hambre, sobre todo el hambre. Había reglas: raciones para todos, turnos sobre el sistema de reciclaje y atención a las señales de pánico para quien “desanclara”. La mente se convierte en enemigo en situaciones así; las memorias se desenrollan como carretes descompuestos, y lo que uno acaba recordando es a veces sólo la proyección de los anhelos más básicos. Más de una vez, soñé con volver sin saber si volver sería sobrevivir o simplemente otro pliegue, otro error.

A la tercera noche, la anomalía dejó de ser pasiva. Empezaron los ecos. Sombras en los túneles. Voces que eran nuestras pero distorsionadas, diciendo cosas que nunca dijimos. Vimos a Magnus sentada contra la pared cerca de los depósitos, llorando. Pero Magnus estaba a mi lado. No preguntamos. Sabíamos que preguntar era tentar a la locura, y que ningún dato recogido tenía ya valor en nuestra física.

El físico Eduard propuso un experimento. “Las rupturas,” dijo, “siguen una pauta, pero hay algo que las ancla: a cada nuevo pliegue surge una correspondencia, una permutación. Tal vez se puede negociar.” Nadie le creyó al principio. La noche siguiente depositó su reloj de pulsera junto a un fragmento de suelo extraído de la sala original en la puerta de acceso superior. Se despertó con un reloj distinto y una esclava de bronce, tallada en un idioma desconocido, allí donde la dejó, como si el universo hubiera aceptado su trueque.

Eso abrió la compuerta al delirio y también a la esperanza. Tal vez, pensábamos, si dejábamos lo bastante atrás —una memoria, un objeto, una parte de nosotros mismos— podríamos encontrar de vuelta el hilo principal. Tal vez podíamos reparar la trenza.

Pero cualquier esperanza tenía su peaje: el sacrificio debía doler. Intentamos, primero, con cosas inertes—tornillos, notas, fotos. Volvían retorcidas, sustituidas por esqueletos de metal o páginas donde el texto sólo era manchas de sangre. Entonces, por votación, decidimos arriesgar recuerdos. Bajo el efecto de una droga que Eduard compuso con ayuda de la médica, invitamos a cada uno a registrar, o mejor dicho, soltar, un recuerdo crucial en una vieja consola. “Deja ir tu primer amor”, dijo Eduard. “Tu mayor miedo”, propuso Magnus.

La siguiente mañana, la anomalía pareció retirarse de dos corredores. Los ecos comenzaron a desplazarse más lento, y por unas seis horas, las luces dejaron de parpadear. Recuperamos acceso limitado al panel central y, por un parpadeo, recibimos datos de la superficie: era noche fuera, y frío. De nuevo, la esperanza reanimó la disciplina.

Pero algo nos observaba al otro lado de la franja rota. Recuerdo su aparición: un contorno translúcido, superpuesto a nuestras realidades múltiples, fluctuando entre hombre y sombra. Su voz era las voces de toda la sala, atravesadas y arrugadas: “¿Qué estás dispuesto a dejar, Lena?” No respondí. No podía. Mi mente escarbó, mientras mis compañeros caían en silencio. La pregunta colgaba como una guillotina, afilada y final.

Escogí lo más doloroso: una promesa. La promesa de volver a ver a mi hijo cuando todo esto terminara. Grabé su nombre en la consola, sintiendo cómo la memoria de su rostro, la textura de su cabello, las risas compartidas—todo—empezaba a deshacerse, arenilla en mi conciencia.

La anomalía cedió otra vez. Dos corredores más. De golpe, tres personas desaparecieron: sus voces sustituidas por ecos, sus cuerpos por sombras derramadas en las paredes.

Empecé a perder la coordenada de mi identidad. ¿Era Lena, aún, sin mis fantasmas, sin mi promesa, sin su recuerdo?

Los días se arremolinaban, indistinguibles, pero persistimos. Éramos cinco, entonces cuatro. Casi nadie hablaba ya. Me aferré a la rutina: registrar las fluctuaciones, contar el pulso en mi muñeca, anotar símbolos que sólo yo podía entender. Cada registro era menos coherente, pero elegí perseverar.

El último Trueque fue colectivo. Nos sujetamos de las manos. La anomalía exigía algo mayor. Cedimos nuestras biografías: todos los pactos, todos los nombres, todas las certezas de lugar y año. A cambio, los corredores se estabilizaron.

Oímos maquinaria, voces en ruso moderno. Una compuerta cubierta de polvo se abrió: rescatistas, ataviados con trajes de protección, manos extendidas, asomando en el umbral. Salimos a una noche polar, al silencio de una ciudad desierta, pero en el registro del Centro no existíamos; para los demás, éramos sombras.

¿Volvimos? No lo sé. El mundo era gris, y nadie me reconocía. Olvidé mi apellido un día después. A veces siento que soy sólo un eco, un efecto colateral de una fractura que nunca debió remendarse.

En los años siguientes escuché historias esporádicas: un niño que nunca fue reclamado, una descripción fugaz de una mujer de mi edad que deambulaba por San Petersburgo, preguntando por recuerdos que no eran suyos. Viajeros temporales, los llamaban los supersticiosos; monstruos, decían otros.

No reconstruí mi vida. No podía. Descubrí que, aunque el tiempo nos da linealidad, nuestras tragedias viven en círculos. Los fragmentos, los rastros de quienes éramos, quedan como marcas en la corteza descascarada de la memoria. Cada noche espero despertar en otra franja—quizá donde prometí a mi hijo que regresaría, quizá donde nunca existí.

Pero la supervivencia nunca fue luz ni recompensa. Fue un acuerdo con la oscuridad. En cada línea temporal, la ruina aguarda; sólo la pérdida —la aceptación del olvido— sostiene la última hebra de nuestra existencia.

Así, después de todo, sólo quedo yo, o la versión de mí que aún puede escribir estas palabras. La línea prosigue, quebrada, trenzada, disuelta. Detrás dejo la huella de lo que alguna vez importó, sabiendo que, aunque nadie lo recuerde, una vez luchamos por persistir incluso cuando el tiempo mismo se extinguía.

Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.