Portada del relato El último procedimiento
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Fragmento:


El alivio fue breve. La inteligencia de los refugios priorizaba a quienes habían inscrito descendencia. El instinto de especie seguía codificando la supervivencia, aunque el mundo hubiese dejado de ser de los humanos.

Duración: 08:58

El último procedimiento
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Texto de ajuste de pausa.

Comenzó con una noticia, una entre miles que parpadeaban y desaparecían en la corriente inabarcable de la red global. El gran colapso, decían. La palabra colapso había perdido su significado hacía ya muchos años: era un término tan oxidado, tan manoseado, que servía igual para el desplome de una economía que para el cierre de una fábrica. Pero cuando al anochecer la niebla anaranjada cubrió los antiguos rascacielos, y cada terminal de la ciudad repitió en todas las lenguas el mismo mensaje: "REFÚGIENSE. CONTAMINACIÓN INMINENTE", Elise supo que aquello era diferente. El mundo, tal como lo conocían, acababa de asfixiarse.

El primer instinto fue correr. Dejar todo atrás y correr hacia cómo se recuerda el hogar en los sueños: seguro, caliente, herido solo por las ausencias. Pero el hogar de Elise ya no existía, reducido a polvo para dar paso a los bloques modulares de la Nueva Ciudad. Sus padres, desvanecidos en la gran purga —nadie habla sobre eso—, y su hija, Helena, en el refugio subterráneo, esperándola.

El pasillo de la torre vibraba con gritos. Golpes sordos contra las puertas selladas electrónicamente, los mecanismos de seguridad implantados para protegerlos robando, una vez más, la preciosa autonomía de los huéspedes. Elise tenía cuatro minutos para huir antes de que el sistema bloquease todas las salidas. Corrió hacia la escalera de emergencias, descendiendo la espiral húmeda de sudor y pánico. En el cruce con el nivel -3, los filtros de aire chisporrotearon y escupieron vapor turbio al conducto. Subió el cuello de su chaqueta y aguardó el escaneo del portal.

"Identidad: Elise Miriam Saunders. Acceso: restringido. Prioridad: nivel parental."

El alivio fue breve. La inteligencia de los refugios priorizaba a quienes habían inscrito descendencia. El instinto de especie seguía codificando la supervivencia, aunque el mundo hubiese dejado de ser de los humanos.

En el túnel hacia los refugios, la multitud se agolpaba bajo la luz pálida de los letreros. La palabra "contaminación" no era suficiente. Algunos sabían que el protocolo CTZ-11 finalmente había activado los drones de dispersión. Otros, ciegos en su esperanza, creían que se trataba de otra catástrofe contenible: como la nevada acida en Beijing o los enjambres en Buenos Aires.

Elise vio la cabellera roja de Helena al fondo del corredor y le gritó. La niña se lanzó a sus brazos. La consola marcó el cierre de compuertas: 01:19 minutos. Elise sujetó a su hija mientras los agentes automáticos conducían la fila a pasos bruscos dentro del compartimento estanco. El sonido del sellado fue el principio real del encierro.

El refugio era una celda de plástico reciclado, paredes saturadas con minipantallas donde la realidad titilaba en simulados paisajes verdes, programas de control de ansiedad y datos de la superficie: radiación, particulado, mortalidad media estimada. Se repetía la consigna: LA ZONA BETA GARANTIZA SUPERVIVENCIA MÍNIMA DE 36 MESES. No prometían nada para después.

Las primeras horas transcurrieron entre sollozos ahogados y el recuento de bienes personales. Elise no había traído casi nada, solo un pequeño libro electrónico roto y una medalla que había pertenecido a su madre. Helena jugaba con la medalla, pasándola entre sus dedos con obsesiva ternura. En la esquina opuesta, una pareja joven discutía en voz baja sobre la posibilidad de hackear la consola de administración. Nadie dormía.

Elise recordó las historias de resistencia que la vieja generación se contaba frente a un fuego—ahora toda llama era ilegal, todo calor era sospechoso. Se preguntó si bajo tierra podría inventar mitologías nuevas para Helena. Pronto, el hambre y el cansancio se apoderaron del refugio. Los dispensadores automáticos solo entregaban barritas blanquecinas, insípidas, como si la tecnología hubiese decidido que el sufrimiento debía comenzar en la boca.

Elise se hizo amiga de una anciana llamada Yuriko, quien afirmaba haber sobrevivido a la epidemia de los jardines de sombra tres décadas atrás. Yuriko poseía una memoria elástica, capaz de alterar los recuerdos propios para convertir los desastres pasados en cuentos de advertencia. En las noches, cuando el sueño era imposible y el aire parecía pudrirse de ansiedad, Yuriko reunía a los más jóvenes y les relataba lo que había visto, lo que nunca sabrían si salían con vida al mundo derruido.

"Una vez," decía Yuriko, con voz rasposa, "hubo un temblor tan feroz que la ciudad se dobló. Doblada, la gente vivía en sus techos, caminaba sobre los muros y hasta aprendió a volar para no caerse mientras dormía." Helena reía, alejando el llanto. Elise solo pensaba en la superficie perdida.

El tiempo subterráneo era viscoso. Los días medidos en cambios de programa y rutinas de limpieza forzada. El consejo de administración del refugio, una IA de voz casi maternal, comunicaba las incidencias y las muertes: habitualmente ancianos o enfermos previos. Cada anuncio era un recordatorio frío de que la comunidad menguaba. Afuera, nada mejoraba.

Los informes de la consola mostraban cómo las lluvias ácidas, mezcladas con la nueva contaminación biológica, esterilizaban el aire y hacían crecer neoplasias en animales, plantas, y también —decían los rumores— en humanos. A veces había fallos de sellado y en pocas horas una familia entera caía silenciosa, retirados sus restos por robots anónimos. El instinto de los supervivientes era el olvido: “No preguntes, no respondas”.

Los meses arrastraron la esperanza fuera de las venas de los refugiados. El deseo de libertad cambió por el deseo de sentido. Paradojas: cuanto más crecía Helena, menos creía Elise que verían el sol otra vez. Las pantallas del refugio emitían falsos atardeceres, pero nadie los miraba ya.

Elise empezó a buscar una salida. Hay algo en la desesperación que activa rutas inexploradas en el cerebro. Reunió a tres compañeros decididos, entre ellos Yuriko, quien con su memoria prodigiosa ofrecía mapas mentales de ductos y viejas salidas de servicio enumeradas en manuales olvidados. Trabajaron en secreto, estudiaron los hábitos de los robots de mantenimiento, identificaron patrones en las señales eléctricas. Descubrieron que cada cierto ciclo, la compuerta este de ventilación se desbloqueaba por exactamente 11 minutos para liberar el exceso de presión.

Un día, cuando el consejo de IA anunció el fallo inminente del suministro de energía secundaria, la noticia corrió como una peste emocional: 48 horas antes de que todos los sistemas críticos comenzaran a cerrar uno tras otro, incluyendo el soporte vital. El pánico volvió a apoderarse del refugio. Decidieron actuar esa noche.

Elise envolvió a Helena en una manta, cargó un pequeño paquete de provisiones y, bajo la penumbra de las luces moribundas, condujo al grupo hacia el ducto de la compuerta este. El acceso estaba custodiado por un dron armónico, pero gracias a una interferencia activada con el viejo libro electrónico —aún servía para piratear frecuencias, bendito sea el polvo— lograron dormirlo temporalmente. Se introdujeron reptando, respirando el aire acre y caliente del conducto, sintiendo que cada minuto robado podría ser su último.

Al otro lado de la compuerta, la superficie era un mundo muerto: ruinas de neón fusionadas con cristales rotos, árboles ennegrecidos como sombras chinescas sobre la ceniza. La lluvia caía, espesa y ácida, pintándolo todo de una pátina lechosa y letal. La primera inspiración de aire libre fue dolor y euforia.

Elise lideró al grupo a través de lo que quedaba del parque central, recordando la disposición de las antiguas salidas de emergencia. Yuriko, quien parecía rejuvenecer con cada paso, localizó el azulado brillo de una baliza de rescate olvidada. Allí —milagrosamente— aún quedaban cápsulas de descontaminación, diseñadas para horas de exposición. Se arriesgaron y, entre fierros podridos, activaron el pulso de emergencia.

No sabían si habría respuesta. Solo la fe, y el instinto atávico de conservar la vida de Helena, los empujó a esperar bajo el diluvio corrosivo. Cuando los primeros drones de rescate descendieron, su zumbido era monstruoso, casi hostil. Pero era lo más cercano a la esperanza.

En el camino de regreso, cuando por fin estuvieron a salvo (o al menos fuera de peligro inmediato), Elise miró a Helena durmiendo acurrucada a su lado en la cápsula blanca de descontaminación. Al pasarle la medalla por encima de la oreja, pensó en todo lo que había perdido y en lo poco que realmente importaba. El mundo era hostil, la supervivencia era un delirio improbable, pero a pesar de la catástrofe, aún quedaba esa chispa de voluntad humana, ese insecto luminoso que arde incluso cuando no queda casi más que polvo y memoria.

Habían sobrevivido un día más. Y en la nueva era de cenizas, eso era el único significado posible.

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