Portada del relato Los Soles que Caen
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Fragmento:


Grian, el más anciano del grupo, solía sentarse de espaldas a la entrada, como si su silueta curvada fuese capaz de contener la tempestad roja que nos atacaba cada tanto. La Estrella, decíamos, porque aunque eran muchas, solo una de ellas volvía nuestro aire rojo y quedaba después de la lluvia de luz, como un enemigo que se resiste a morir. La catástrofe – el nombre también se gastó, todos le llamábamos así: la Catástrofe – había convertido la atmósfera en un miasma de polvo radioactivo y viento ácido. Las ciudades se deshicieron primero. Los campos murieron poco después. Los cuerpos – muchos, recordaba con un estremecimiento – llenaron los valles todavía templados de la costa, y la lluvia los licuó en fango. Los que pudimos huir hacia el norte, nos convertimos en apenas destellos perezosos sobre un mapa que ya nadie consultaba.

Duración: 08:30

Los Soles que Caen
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Texto de ajuste de pausa.

El refugio no tenía nombre, ni historia. No quedaba nadie suficientemente comprometido con la memoria como para dar nombre a los emplazamientos; apenas éramos un puñado, y los nombres se gastaban en personas, no en ruinas. Todavía creíamos – ingenuamente – que lo importante eran los vínculos. Yo aún recordaba la lengua de mis abuelos, pero la mayoría tenía suficiente con señalar, con asentir, con gruñir entre los dientes como bestias hambrientas. El lenguaje fue de los primeros lujos que se descompusieron bajo el peso del hambre y el miedo.

Grian, el más anciano del grupo, solía sentarse de espaldas a la entrada, como si su silueta curvada fuese capaz de contener la tempestad roja que nos atacaba cada tanto. La Estrella, decíamos, porque aunque eran muchas, solo una de ellas volvía nuestro aire rojo y quedaba después de la lluvia de luz, como un enemigo que se resiste a morir. La catástrofe – el nombre también se gastó, todos le llamábamos así: la Catástrofe – había convertido la atmósfera en un miasma de polvo radioactivo y viento ácido. Las ciudades se deshicieron primero. Los campos murieron poco después. Los cuerpos – muchos, recordaba con un estremecimiento – llenaron los valles todavía templados de la costa, y la lluvia los licuó en fango. Los que pudimos huir hacia el norte, nos convertimos en apenas destellos perezosos sobre un mapa que ya nadie consultaba.

Al principio, intentábamos entender. Traducción, especulación, seudociencia, hasta plegarias en idiomas ya muertos. Quedaron menos respuestas que sobrevivientes. Con el tiempo, olvidar se hizo más importante que recordar, y la supervivencia – la pura e instintiva – nos hizo a todos iguales.

La cueva que habitábamos era más profunda de lo que esperábamos. Cuando la encontramos, erosionada por los antiguos glaciares, parecía un refugio natural aceptable: su entrada angosta ocultaba un pasillo que descendía en zig-zag hasta lo que habíamos acordado llamar “el vientre”. En ese lugar, la temperatura se mantenía constante. El viento no alcanzaba su fuerza, y la radiación apenas lamía las piedras más cercanas a la superficie. Vivian, la más joven – poco más que una adolescente – demostró ser la única con umbrales capaces de adaptarse a la escasez: era la que menos comida necesitaba, la que mejor adivinaba por dónde buscar agua, la primera en entender que las preguntas no llevaban alimento a la boca.

Nos turnábamos para vigilar la entrada, aunque la vigilancia se había vuelto una especie de juego, o tal vez una superstición, hace meses. Nadie venía. Nada venía. Grian me llamaba a menudo para quedarse con él sentado en ese umbral sombrío. No hablábamos, pero su aliento tenía una cadencia rítmica, una especie de canción sin melodía. En esos minutos, entre los murmullos del viento, alcanzaba a oír la memoria de mi madre, de los campos verdes, las casas de madera, el olor de la harina tostándose en la cocina.

Una noche – o lo que asumimos como noche, porque de día y de noche apenas quedaban residuos en los relojes – apareció una vibración distinta en el aire. No era el viento, ni la tierra temblando, ni el eco lejano de una tormenta eléctrica. Era algo más. Vivian, atenta a esos cambios, nos despertó a todos con un chasquido suave. Su sombra, afilada y temblorosa, se recortaba contra la pared. Escuchábamos sin atrevernos a moverse.

La vibración se convirtió en un rumor grave. Grian, el custodio del umbral, se apoyó en mis hombros y murmuró palabras en su idioma antiguo, entre silbidos y melodías rotas.

Se abrió un resplandor en la boca de la cueva. No era una luz violenta, tampoco la fosforescencia azulada de la radiación. Era algo más sutil, más profundo. Durante años, habíamos vivido en la penumbra tibia de la cueva, protegiéndonos del fuego y el veneno que caían del cielo, y de repente ese resplandor nos llamaba como si fuese la luz de un hogar, como si hubiésemos regresado al principio de todo y el mundo exterior volviera a pedirnos confianza.

Vivian se adelantó; extendió la mano y la sumergió en la luz. No gritó, tampoco se encogió de dolor, pero su respiración se agitó. Caminé tras ella, impulsado por esa curiosidad que, hasta ese instante, creí extinta. El resplandor nos rodeó y pude sentir – sí, sentir – el eco de una voz familiar. Como si toda la caverna fuese súbitamente el vientre materno de un planeta envejecido.

El mundo exterior, al otro lado de la luz, había cambiado. El polvo rojo aún flotaba en el aire, pero la tierra era una costra blanquecina, apenas surcada por grietas luminosas, y el cielo, por primera vez desde que tenía memoria, era negro, verdaderamente negro, no el rojo constante al que ya me había resignado. La luz provenía de un filamento, una especie de neón que serpenteaba entre las rocas, emitiendo pulsos regulares, como si se tratara del corazón gigantesco de un animal extraño. Más allá, todo era silencio.

Bajamos, uno a uno: Grian, yo, Vivian, y los pocos que quedaban. Sabíamos que ya no saldríamos de la cueva de la misma forma, o tal vez no saldríamos nunca. Sin embargo, aquel espectáculo nos empujaba, más allá del miedo y el hambre, hacia el borde del mundo.

Dimos paso a paso entre rocas resquebrajadas, intentando no respirar profundamente. El viento, antes maligno, parecía calmado, como si aquel corazón de luz le hubiese curado la fiebre. En la distancia, a través de las columnas de polvo, se vislumbraba una figura humana. Me detuve. El recuerdo de las ciudades sepultadas, de los muertos licuados por la lluvia, me pesaba en los tendones. Pero la figura se movía; avanzaba hacia nosotros, y no parecía ni hostil ni enferma de la Catástrofe.

Cuando nos encontró, noté en sus pupilas un brillo mecánico que nunca había visto en los míos. Era un ser híbrido, o tal vez una persona que había sobrevivido, mutando de formas imposibles. No hablaba, pero extendió la mano, y de su muñeca brotó una chispa azulada que encendió una línea en el suelo a nuestros pies. La figura se sentó, y un temblor eléctrico corrió por la superficie. El corazón de luz a nuestras espaldas vibró al ritmo de algo parecido a una canción.

Vivian fue la primera en arrodillarse a su lado. Le siguió una de las mujeres más jóvenes; yo dudé, y Grian apoyó su mano en mi hombro de nuevo. No hacía falta que me hablara: aprendí en ese instante que el lenguaje había muerto, pero el significado, no.

El ser nos señaló el filamento: era un camino. Por debajo de nosotros, una red sutil de energía parecía arder, templada, como si la vida hubiese encontrado una nueva raíz allí, oculta bajo las capas de destrucción del mundo. El silencio se volvió un remanso. Casi podía escuchar, en mi sangre, el zumbido de ese pulso, ese eco antiguo y futuro de la vida que se niega a desaparecer.

No sabíamos de dónde venía el ser, ni cómo había sobrevivido, ni si era solo o representaba a una comunidad entera. Pero esa noche, bajo el casi-cielo y el calor suave de la estructura, decidimos confiar en él. Nos enseñó a respirar el aire filtrado por las grietas, a extraer la última humedad de los minerales, a dormir sobre la piedra viva de la caverna. Nos mostró, también, que aún podíamos soñar – aunque nuestros sueños ya no tuvieran el mismo color ni la misma melodía de antes.

Vivo aún, aunque el concepto de vivos y muertos se haya fundido con el de sobrevivientes y desaparecidos. Los filamentos continúan extendiéndose; tercos y obstinados como recuerdos. El ser se fue – desapareció una mañana, caminando sobre el fulgor de su propio sendero – y nos dejó solos otra vez. Pero algo permanece. A veces, mientras la caverna suspira bajo nuestros pies y el viento calla, siento que el pulso de la vida, aunque mudo y de otra especie, sigue retorciéndose bajo la costra del mundo, ansioso todavía por brotar. Entonces recordamos la Catástrofe, no para asustarnos o castigarnos, sino para abrazar el lento milagro de la supervivencia.

No sé si mañana podremos salir y recuperar un bosque. No sé si habrá luz del sol, verde, verdadera, otra vez. Pero mientras la canción silenciosa siga fluyendo, mientras el calor templado respire debajo de nosotros, sabremos que hemos encontrado – brevemente, dolorosamente – un umbral nuevo, y quizás, después de todo, un lugar digno de ser nombrado.

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