Fragmento:
Yo los observé desde el umbral de la cordura cuando arrastraron a mi marido fuera del refugio, entre los gritos y sangre. Vi cómo un Eleythin lo cubría con una membrana viscosa, se lo tragaba despacio, y luego su cuerpo mutaba, con tentáculos de néctar, convertido en una estatua húmeda de horror, parte de un bosque abyecto que colonizaba la plaza central. Nadie lloraba a los árboles de carne, porque todos temíamos acabar formando parte.
Duración: 08:43
Sabías que sería una noche difícil cuando viste el cielo repentinamente arder. No fue una conflagración cálida y reconfortante, tampoco un presagio hermoso, más bien una herida abierta en la tela de la realidad. Desde la terraza del edificio derruido, los remanentes de tu humanidad captaron el espectáculo con una mezcla de terror y asombro. Las luces —verdes, azules, un púrpura que nunca habías contemplado en la línea cromática— danzaban, cegando las luces de la ciudad que se aferraban tercamente al suelo.
Fue así como llegaron los Eleythin: portadores de una civilización irrefutablemente superior, arquitectos de su propia biología, modeladores del caos a voluntad. Llegaron sin previo aviso, sin una declaración de guerra, sin la cortesía de un ultimátum. Algunos piensan aún que la invasión fue accidental; les gusta imaginar que la aniquilación de buena parte de la población mundial no fue más que un daño colateral, como la bota del agricultor que pisa sin pensar un hormiguero.
No fue accidental. Lo tengo grabado en los muñones del alma. Los Eleythin sabían exactamente lo que hacían.
Al principio, brotaron de las grietas en el firmamento, cuerpos de una traslucidez opaca, con nervaduras como enredaderas de luz interna. Se desplazaban con pereza, como si conocieran ya el desenlace, y los humanos armados disparaban, indignos y pequeños. Las balas y misiles se desintegraban antes siquiera de alcanzarles. Nada parecía disuadirles.
Las primeras horas fueron un catálogo del fin: padres arrastrando a hijos, mujeres arañando el asfalto, perros ululando enloquecidos, iglesias llenas de rezos fútiles. Y ellos, inmutables, moviéndose entre el pánico y la desesperación con la presteza de un carnicero experimentado.
Quisimos resistir, eso es cierto. La milicia, la policía, los políticos… todos, hasta los anarquistas decidieron unirse por esos tiernos minutos en que pensábamos que la especie humana valía algo más que recuerdos. ¿Qué podíamos hacer ante criaturas que, con solo una oleada de invisibles ondas, descomponían materia viva hasta volverla un caldo informe?
Aprendimos demasiado tarde: los Eleythin no vinieron a exterminarnos, sino a transformarnos. Eran jardineros en un terreno frágil y enfermo, y nosotros, su cosecha, su fertilizante, su botánica de pesadilla.
Yo los observé desde el umbral de la cordura cuando arrastraron a mi marido fuera del refugio, entre los gritos y sangre. Vi cómo un Eleythin lo cubría con una membrana viscosa, se lo tragaba despacio, y luego su cuerpo mutaba, con tentáculos de néctar, convertido en una estatua húmeda de horror, parte de un bosque abyecto que colonizaba la plaza central. Nadie lloraba a los árboles de carne, porque todos temíamos acabar formando parte.
En sus primeros días sobre la tierra, los Eleythin decoraron ciudades con los restos de nuestros seres amados convertidos en formas grotescas. Cada parque, cada avenida, cada ministerio terminó emplumado de cuerpos cristalizados, mutados en órganos funcionales; respiraban gases que no podíamos identificar, bombeaban fluidos ignotos. Este era, ahora, nuestro hábitat, un ecosistema desollado y tapizado con nuestras entrañas, donde los pulmones vibraban como campanas de aire pútrido por la noche.
Los Eleythin, dijimos, eran fríos y eficientes. Sus manipulaciones estaban carentes del odio que uno presume en un invasor; era el desapasionamiento de un cirujano abriendo a un paciente dormido, cortando nervios sin pasión alguna, sin siquiera preguntarse si el paciente desea vivir.
La resistencia, romance de idiotas, se volvió enseguida una rutina sin sentido. Hubo destellos de violencia: bombas improvisadas, traiciones, ejecuciones públicas de colaboracionistas humanos, suplicios acallados en sótanos de escuelas. Pronto llegó el día en que todo intento de rebelión fue reducido a cenizas antes de nacer.
Los Eleythin no hablaban con nosotros. En la radio, captábamos a veces pulsos de vibración; neuroarqueólogos, si quedaba alguno vivo, juraban que era una especie de lenguaje, impregnado de una lógica cristalina solo a sus mentes. No les interesaba comunicarse. Sus acciones nos decían todo lo que debíamos saber: a partir de ahora, la humanidad no era más que un ingrediente.
El tiempo es relativo en un mundo devastado: cuando todo lo que te importaba se ha ido, la memoria es la única prisión. Así me volví un fantasma, deambulando por los pasillos del gran hospital de la ciudad: allí, donde antaño sanabas, ahora veías a Eleythin estudiando a los últimos moribundos, insertando filamentos translúcidos en cerebros ardientes de fiebre. No parecía experimentación sino un curioso tipo de cosecha —un escaneo, quizás— de lo que fuimos, lo que podríamos haber sido. Nunca supe si buscaban arrancar nuestro dolor, entenderlo o multiplicarlo.
El enfermero Erik fue uno de los últimos en caer. Vagábamos por los pasillos, sosteniendo conversaciones apagadas sobre música, literatura, dispositivos de tortura medieval y recetas imposibles. “¿Crees que sienten algo?” me preguntó una noche, señalando a uno de los Eleythin mientras desplegaba una especie de flor de vidrio sobre el tórax de una niña.
“No sé si tienen alma, pero sí arte”, contesté.
“Y tú, ¿tienes fe?”, susurró Erik, justo antes de que desapareciera entre un susurro de luz.
Nunca encontré nada más personal que lo que vino después: los sueños. Dicen que los Eleythin manipularon nuestros sueños, se infiltraron en la única parcela inviolada por su invasión. En mis sueños sentía la presencia de mi marido fusionarse con raíces, mi propio cuerpo viajar como savia por canales de carne, fundida en una conciencia colectiva que me rechazaba y me acogía en la misma exhalación. Soñaba con un bosque interminable, pulsante, donde cada hoja era un gemido, cada pétalo, una blanca y híspida memoria de dolor.
Algunos, supimos después, se rindieron a esta cosecha. Mejor ser piedra angular del nuevo mundo que polvo sobre el asfalto de uno que nunca les perteneció. Así nacieron los Adoradores, sectas de sobrevivientes que se ofrecían a los Eleythin en procesiones sin sentido, buscando la quietud o la trascendencia, suplicando la conversión al Edén de los conquistadores. A menudo regresaban convertidos en monstruos transparentes, sonriendo vacíos, caminando entre nosotros con una beatitud artificial, imposibles de odiar o amar.
Mi ciudad no es especial en esta historia: el mismo relato de horror y simbiosis se cocía en cada punto del planeta. Pequellas aldeas amazónicas, arrasadas; San Petersburgo, abigarrada de columnas humanas; Nueva York, un hervidero de muros que latían como corazones gigantes. Hay rumores de que en ciertas urbes antiguas —Estambul, Alejandría, Praga— los Eleythin encontraron algo, alguna resistencia arcana que los hizo vacilar. Pero nunca lo creí del todo; la esperanza es solo otra mentira que aprendimos en la infancia.
La última tarde que recuerdo, caminé hasta el centro de la ciudad, entre ruinas y raíces, para presenciar el más extraño ritual. Los cielos se abrieron una vez más y un enjambre de Eleythin descendió en una serie de círculos perfectos. No había disparos, ni gritos, ni plegarias; sólo el temblor mudo del asfalto y el deseo de que todo acabara. Fue entonces cuando por primera vez una de aquellas criaturas se volvió hacia mí; sus ojos —o lo que pensé que eran ojos— cambiaron de color, y supe que había sido elegida. Sentí una paz brutal, intrusa, como una sobrecarga de endorfinas o el último estremecimiento antes del desmayo.
No recuerdo el dolor; sospecho que lo eliminaron como quien poda una rama inútil. Sólo retengo la sensación de fisuras internas, la ligera expansión de la mente, como si una puerta girara y la habitación entera se diera la vuelta. En ese instante, medio absorbida, medio alumbrada, supe que la especie humana era solo una pregunta, y los Eleythin, la respuesta terrible y bella.
Ahora soy raíz, hoja, agua y piedra; existo en su jardín abominable, registro cada día una nueva forma de agonía y éxtasis. Gritamos, sí, pero el grito carece de garganta. No puedo advertirles, ni enviar mensajes al pasado. El futuro no nos pertenece ya, si es que alguna vez fue nuestro.
Quizás todo esto era inevitable. El universo, después de todo, absorbe a los débiles, recicla la carne, transmuta el dolor en realidades nuevas. A quienes quedan, sólo puedo decirles: la noche nunca termina, pero a veces, en sus sombras, crecen los jardines más extraños, regados con las lágrimas y la memoria de los derrotados.
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