Fragmento:
Cuando la depresión nos arrasó a todos fue en el primer aniversario. A la primera muerte por “agotamiento” (ese eufemismo universal), siguieron peleas por nimiedades: el derecho a usar agua caliente, los turnos en la zona “privada”. Como coordinador del grupo, me tocó repartir justicias minúsculas a adultos frágiles y temblorosos como niños malnutridos. La pandemia de insomnio hizo que la gente se deslizara por los pasillos a horas inverosímiles, buscando compañía sólo para comprobar que el abrazo no existía fuera del recuerdo.
Duración: 08:42
---
Semana 63 desde el Evento Terminal.
Me llamo Preacher. Antes era físico, ahora soy el tipo que mantiene el Depósito-12 funcionando, donde dormimos, comemos y odiamos enrevesadamente a quienes sobrevivieron por sorteo. Han pasado dos años desde que la superficie fue laminada con el fuego rojo de la fisión. No sé exactamente cuántas veces se ha contado la historia de nuestra salvación miserable, pero aquí va de nuevo.
Cuando el satélite militar ruso desvió el asteroide XG-84X hacia la Tierra para hacerlo caer sobre la posición china durante la guerra caliente, lo que en realidad nos alcanzó fue la extinción. Sólo que tampoco fue la paz. El impacto, a pesar de los mil cálculos y rezos, detonó reservas de armas químicas y nucleares ocultas en los santuarios de Asia Central y desencadenó una reacción en cadena.
Vi los estallidos en pantalla mientras el sistema de apoyo profundo nos selló bajo la montaña, más allá de Colorado Springs. En la superficie, sopló el viento blanco y rojo durante semanas. Desde entonces, hemos vivido a base de setas, proteínas cultivadas y los mitos que nos contamos antes de dormir para olvidar quién tuvimos que dejar fuera cuando se cerró la compuerta automatizada. Dentro estamos 198 almas, dos menos desde la semana pasada; un suicidio (lo llamaré así, aunque la palabra se queda corta) y un miembro del equipo de biología que no despertó. Todavía no sabemos por qué.
En los primeros días, algunos creyeron que la NSA o el antiguo gobierno militar se pondrían en contacto. Esperaban que alguien entrara, abriera la compuerta y nos encendiera la luz de “hora de salir”. Pero cada semana el silencio es igual de denso. No puedo culparlos, sería consolador esperar rescate. Yo también lo hice, hasta que dejamos de recibir señales en todas las frecuencias.
El aire aquí huele a etanol y metal. Los sistemas de reciclaje funcionan, los alimentos racionados, y las tuberías apenas gotean. Si piensas que es puro ingenio humano, una hazaña del progreso, imagina vivir día tras día bajo tubo fluorescente, hablando siempre con las mismas voces amargas, sin más paisaje que la galería húmeda.
Cuando la depresión nos arrasó a todos fue en el primer aniversario. A la primera muerte por “agotamiento” (ese eufemismo universal), siguieron peleas por nimiedades: el derecho a usar agua caliente, los turnos en la zona “privada”. Como coordinador del grupo, me tocó repartir justicias minúsculas a adultos frágiles y temblorosos como niños malnutridos. La pandemia de insomnio hizo que la gente se deslizara por los pasillos a horas inverosímiles, buscando compañía sólo para comprobar que el abrazo no existía fuera del recuerdo.
Esa es la primera catástrofe: la soledad estructurada.
La segunda fue la más concreta.
Empezó con una señal en los sensores de comunicación, un destello intermitente desde uno de los antiguos refugios hermanos, Loc-3, a apenas 60 kilómetros al este. El mensaje era simple:
“AYUDA. RESPIRA. EQUIPO. ESTOY. MÁS ABAJO. POR FAVOR.”
Una y otra vez.
Algunos quisieron ignorarlo, recelosos de una trampa, o peor: como niños esperando que todo peligro desaparezca si uno no lo mira de frente. Pero el mensaje siguió durante horas, hasta que no pudimos más. Organizamos un grupo de expedición: tres mujeres, dos hombres, incluyéndome. Ari, la bióloga aún cuerda; Josh, seguridad, tres décadas de servicio en la Guardia Nacional; Sadia, especialista en biofiltración; María, la única capaz de operar la cápsula de salida.
Vestimos los trajes, comprobamos los monitores Geiger, y encendimos las cámaras para grabar cualquier rareza. Extendimos cables de comunicación y nos conectamos a los sistemas de soporte vital, con apenas siete horas de autonomía. La superficie nos recibió como una herida fresca: cenizas volando, niebla ácida, nada reconocible excepto el esqueleto de algún tronco. Los caminos, borrados. Sólo nos quedaba GPS y la suerte.
Durante el trayecto, Ari preguntó por qué arriesgábamos recursos y vidas por una señal así. No supe qué responder sin sonar cursi. Había algo intrínseco en sentirse parte de un puñado de humanos reclamando ayuda: éramos testigos, responsables, culpables y víctimas. En el fondo, podría haber dejado morir ese otro refugio, pero la necesidad de contacto humano es como el hambre, roedora, ineludible, tan fundamental como el deseo de respirar aire sin quemar.
Nos movimos durante horas. El contador Geiger pitaba, pero nada que no pudiéramos soportar a corto plazo. Josh marcaba el ritmo: dos pasos adelante, uno atrás, las máscaras empañadas por el sudor y la claustrofobia. Por el canal general, María comentó entrecortada: “Estamos cerca”.
Llegamos al punto de acceso. Loc-3 estaba peor de lo que temíamos. La compuerta estaba abierta, medio fundida. El pasillo humeaba, forrado de restos orgánicos irreconocibles, como si un incendio químico hubiera regurgitado toda la comida de la tierra y después la hubiera vuelto a tragar. La señal débil venía de más abajo. Bajamos arrastrando las mangueras de aire, abriéndonos paso entre lo que quedaba de muebles y provisiones podridas.
En una cámara, sentada en el suelo, con la pelambre a girones y la piel pegada a los huesos, estaba Juno. O lo que quedaba de ella. El resto eran cadáveres apelmazados en la oscuridad, todos girados hacia un mismo punto, como viendo una peregrinación en diferido. Juno apenas parpadeaba, pero nos reconoció, estiró una mano y, en voz que no era más que un vaho, pidió agua.
La llevamos de regreso, cargando su cuerpo como quien transporta la clave para la salvación, aunque nadie podía decir si tenía ya arreglo. Mientras María la monitorizaba, revisé los archivos en Loc-3. El diario digital era brutal: durante la segunda luna tras el Evento, una fuga en el sistema de biofiltración desencadenó una epidemia de infecciones; los líderes intentaron racionar el agua y los medicamentos. La violencia brotó en las sombras. Al final sólo Juno quedó, recibiendo lo que pudo de una radio de onda corta con una batería solar de bolsillo.
Al regresar, no fuimos recibidos como héroes. Algunos acusaron a Juno de traer consigo una plaga invisible. La vigilancia médica duró semanas, entre análisis, cuarentenas y susurros de miedo. Pero fue Juno quien, lenta y cuidadosamente, nos enseñó a copiar el sistema de purificación portátil que construyó bajo la incomprensión de sus compañeros. Sus métodos de reutilización del agua y el reciclaje celular nos permitieron reducir el consumo mensual en un 14%. El conocimiento salvado de Loc-3 pasó a ser crítico cuando parte de nuestros propios sistemas fallaron por fatiga de materiales ese invierno.
No todos agradecieron la intervención; la paranoia y el miedo nunca se fueron, especialmente después de que dos miembros del equipo de cocina desarrollaran síntomas desconocidos durante la primavera. Sin embargo, la inteligencia de Juno y la esperanza que trajo su supervivencia actuaron como pegamento en la comunidad fragmentada.
Aprendimos así que, bajo tierra, la mayor de las catástrofes sigue siendo interna. Los sistemas técnicos pueden “funcionar” durante años, pero si la voluntad de colaboración muere, la civilización queda mutilada. No fuimos salvados por milagros, ni por la planificación de militares o científicos brillantes, solo por la terquedad de sobrevivir y el insaciable impulso de buscarse en el otro, incluso en medio de la desconfianza y el miedo.
Tres años después del Evento Terminal, seguíamos abajo, viviendo una vida estrecha y gris. Pero salíamos poco a poco, explorando los niveles superiores, buscando alimentos silvestres, recuperando libros abandonados. Y aunque la superficie seguía siendo hostil, ni la lluvia roja ni los vientos de ceniza podían frenar el lento retorno de los líquenes y las primeras hierbas.
El legado de los 200, ahora ya 181, era la perseverancia, quizá más que la esperanza. Antes, creíamos en la política, la ciencia, el progreso. Después, sólo nos quedaba el pacto sagrado de mantenernos vivos unos a otros, aunque fuera por pura obstinación.
Quizás un día alguien leerá este relato, no como advertencia, sino como simple testimonio de que los humanos, aun en la peor catástrofe, sobreviven a fuerza de compañía tanto como de tecnología. Yo, Preacher, físico venido a cronista, me fui despojando en el proceso de casi todo lo que amaba. Pero nunca, ni una sola noche bajo tierra, tuve que dormir solo.
Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.