Fragmento:
Impaciente, hice a un lado el margen de incredulidad que me quedaba. Había cruzado portales entre galaxias, había navegado a través de océanos de sangre telepática, y había caído en amor y en desgracia con tres dioses menores. Pero esta vez sentía miedo verdadero. En las bóvedas sólo puedes entrar si consientes que un fragmento de ti sea cambiado para siempre. O eso decían los protocolos, y en veinte años de espionaje interestelar nunca les había encontrado errados.
Duración: 08:17
Sabía lo que ocurría antes de abrir la puerta: la vibración consuetudinaria de la realidad se ondulaba en mis huesos, como si el universo tratara de arroparse con un sueño que le quedaba grande. Al otro lado de la doble esclusa estaba la biblioteca de Bóvedas Oníricas, una estructura tan prodigiosa como desvergonzada en su desafío a las leyes físicas. El aire chisporroteaba con partículas de información y magia condensada. Mi tarjeta de acceso – de hexaedro púrpura, legalmente emitida por el Consorcio de Bibliotecarios-Sombras – latía contra mi palma.
Impaciente, hice a un lado el margen de incredulidad que me quedaba. Había cruzado portales entre galaxias, había navegado a través de océanos de sangre telepática, y había caído en amor y en desgracia con tres dioses menores. Pero esta vez sentía miedo verdadero. En las bóvedas sólo puedes entrar si consientes que un fragmento de ti sea cambiado para siempre. O eso decían los protocolos, y en veinte años de espionaje interestelar nunca les había encontrado errados.
El guardián me escaneó. Su vestido era una túnica de filamentos ópticos, y su rostro – por otra parte perfectamente humano – mutó brevemente para mostrar el mapa estelar de La Línea de Hume, con pequeñas marcas rojas enumerando todas las veces que la realidad se había colapsado esa semana. Me hizo un gesto con el dedo. Adentro.
En la penumbra, las estanterías eran enjambres de hexágonos suspendidos, comunicándose entre sí en una lengua de zumbidos que rozaba mi nuca. Los libros eran cápsulas de cristal orgánico: cada uno contenía no sólo un texto, sino una emoción, una posibilidad, una sombra de futuro. Algunos murmuraban. Otros gritaban en silencio. El libro que yo buscaba —“Testamento de los Árboles Blancos”, según mis fuentes— prometía un acceso sin precedentes: revelaciones de un artefacto tan antiguo que había sido soñado antes de que existiera el tiempo, y tan peligroso que sólo podía ser transmitido por la canción de un cuervo ciego.
Avancé, sintiendo la vibración subir por mis dedos. El pasillo se bifurcó en un arco imposible. Por el rabillo del ojo, vi huir un espectro de datos, arrastrando consigo una madeja de filosofías fractales. Apartando distracciones, me concentré. No importaba el entorno: para infiltrarse debía uno aferrarse al propósito como a un mástil durante un temporal.
A los pocos metros, algo crujió bajo mis botas: polvo de lenguaje, restos de libros autoconsumidos por la autocrítica literaria. Me agaché, tocando las motas de polvo con la yema de mis guantes: sentí de inmediato una oleada de desesperación, la huella de cientos de autoras alienígenas cuya obra jamás sería leída. Qué tragedia tan universal. Mi misión era asegurarme de que al menos una vez, la historia correcta saliera a la luz.
El libro que buscaba estaba encajado en la estantería más baja, custodiado por dos duendes de silicio, cada uno armado con dardos de epitafio. Lo supe porque sentí, de pronto, el sabor ácido del miedo rebotar en mi lengua: la magia es siempre descriptiva, nunca explicativa. Murmuré una contraseña—nombre secreto de mi primera pesadilla, cabalgada por dientes de león de metano—y las criaturas se apartaron. Tomé el libro.
No pesaba más que un susurro. No olía a nada humano. Sus tapas estaban cubiertas de fotosíntesis: respiraban, cambiando tenuemente de color bajo la luz inestable. Apenas mis dedos tocaron el lomo, vi destellos de tres civilizaciones perderse bajo relámpagos violetas, sentí la gravedad deformarse alrededor de mi corazón. El Testamento me hablaba y yo escuché. Ahí estaba descrito no sólo la localización del artefacto original —El Hijo de las Tres Singularidades— sino también el precio: debía sacrificar el recuerdo más hermoso de mi vida para poder aceptarlo en el mundo material. La información vino acompañada de imágenes furtivas: la silueta de un árbol cuyas raíces corrían por todas las galaxias, bebiendo tanto luz como oscuridad.
No vacilé. Sabía lo que debía hacer.
Del bolsillo interno de mi chaqueta extraje un pequeño vial: en su interior, bailaba una mariposa hecha de memoria, la última huella química de mi infancia con mi hermana, cuando aún podíamos reír sin que el dolor del mundo nos atravesara. Toqué el libro con el vial; la tapa chisporroteó y absorbió mi tesoro. Sentí un vacío definitivo. El libro vibró, un himno en clave menor salió volando de su interior y se estampó en las paredes. Ahora podía leerlo.
Nunca supe si los datos descargados en mi glándula pineal fueron reales o inventados por el antojo del Testamento. La ubicación del artefacto era específica: la Catedral Soluble de Kombar, un asteroide de agua sólida donde las estructuras sólo existían mientras alguien soñara con ellas. El viaje sería arriesgado, la entrada peligrosa —especialmente ahora que mi recuerdo más preciado había sido absorbido, y mi mente era más vulnerable a las trampas de la nostalgia artificial de Kombar—, pero ya no quedaba espacio para vacilaciones.
Salí de la biblioteca girando el libro en la mano como un talismán. Las estanterías murmuraron una advertencia: “Recuerda, toda magia es sólo tecnología con mala educación.” Agradecí la lección, y abandoné el santuario.
***
La nave que utilicé para saltar a Kombar era una reliquia de la Guerra de las Melodías Quebradas: pequeña, rápida, incapaz de evadir discusiones filosóficas o agujas de agujeros negros, pero perfectamente capaz de disolver materia si se la alimentaba con suficientes paradojas. Me ajusté las correas y volqué la información del Testamento en la interfaz: la Catedral Soluble no tenía ubicación consistente. Debía buscar un eco, una onda de sueño, una señal entre los lamentos subrutínicos de las IA guardianas.
Viajé días. Cambié de forma tres veces para no ser detectado. Dialogué con los sueños moribundos de un dios desterrado, cuya lengua era simultáneamente todas las palabras y ninguno. Finalmente, sentí el roce de la nostalgia: un torrente de imágenes de reunificación, árboles que cantaban el alfabeto, agua fundiéndose en cristales tan bellos que los ojos se derretían. Guiado por la caricia de lo irreal, aterricé en Kombar.
La Catedral Soluble estaba allí y no estaba. Era un palacio de torres fundidas, columnas de agua sólida entrecruzadas con hebras de luz que susurraban nombres secretos. Caminé, sintiéndome tangible sólo a ratos. Cada ritual allí exigía un precio: para cruzar la nave central debía renunciar a una mentira fundacional, aun si ésta me había protegido. Susurré: “Siempre cuidé a mi hermana.” Y la nave me dejó pasar.
Al fondo, la cámara del artefacto vibraba con luz y sombra amalgamadas. El Hijo de las Tres Singularidades aguardaba en su trono líquido: era, a la vez, un huevo y una esfera, una geometría imposible, una promesa de fin y comienzo. Me acerqué, el Testamento ardiendo en mi pecho. El artefacto habló, con una voz hilada de lógica y pesadilla:
«¿QUÉ ESPERAS DEL FIN DE LA HISTORIA?»
No mentí: “Quiero un mundo que ya no tema a la magia ni a la ciencia. Donde no huyamos de los extremos, donde podamos bailar en el filo sin ser devorados.”
El artefacto vaciló. “TODO PRECIO DEBE SER PAGADO.”
Lo sabía. Había sido espía, traidora, amante, sombra. Ahora sería otra cosa: semilla, tal vez, o canción. El Hijo de las Tres Singularidades se partió en tres, y parte de lo que era yo —aquella que recordaba la risa de su hermana, la voz de todos los libros jamás escritos, el dolor de haber sacrificado tanto— se derramó en el corazón de Kombar.
El universo tembló. Fuera, las antiguas reglas comenzaron a desvanecerse: luces que nunca antes habían iluminado nacieron en la oscuridad. Humanos y seres feéricos, inteligencia artificial y criaturas de sangre, comenzaron a soñar juntos, por primera vez, sin miedo.
Mi cuerpo, o su sombra, quizá aún camina entre pasillos de otras bóvedas, abriendo libros que respiran y olvidando mentiras necesarias. Pero la magia —al fin— ya no es ilegal. Y la ciencia ya no teme perderse en los sueños.
Quizá este es un comienzo. Quizá sólo la más estupenda catástrofe. Pero ya no soy sólo yo quien elige.
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