Portada del relato El Puente de los Mil Mundos
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Fragmento:


Irmin asintió, y con un parpadeo hizo que se presentaran ante él los miembros de su corte: un trío de guerreros lobo vestidos con armaduras que oscilaban entre adamantio y antimateria; un vidente naufragado en la corriente temblorosa del Eter, y un autómata cubierto de runas fractales que, según rumores, podía hackear la entropía.

Duración: 07:36

El Puente de los Mil Mundos
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Texto de ajuste de pausa.

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La Rueda Astral giraba. Incluso ahora, cuando la memoria de los viejos dioses era sólo un eco entre las moléculas que conectaban mundos. La Rueda giraba y, al girar, tejía. Los hilos de su urdimbre se extendían mucho más allá de la comprensión mortal, traspasando la membrana entre realidades, soltando y enredando, rompiendo y formando nuevas simetrías con el susurro de quien juega a ser arquitecto del caos.

Maelion Tzar, archimago de la Tercera Concordia, caminaba a través de un vestíbulo de cristal de diamante, elevado sobre la Hyperlinfa, ese río tumultuoso y agitado de energía cuántica que conectaba la Tierra de Sangre con los Labrados de Luz. Sus pies no tocaban la superficie. Los repulsadores de gravedad, encajados en su vieja túnica de funambulista interdimensional, lo guiaban flotando como un pájaro exhausto.

A su espalda, la Colmena Plateada crepitaba con ansiedad orgánica. A su paso, los nanodemonios –quimeras de ingeniería y brujería– giraban formando nidos de palabras no pronunciadas, invocando a la red de conjuros que daba coherencia a su paso entre mundos. Con cada avance, Maelion notaba cómo su existencia fluctuaba, cómo se convertía alternativamente en carne, pensamiento y código, conforme la realidad alrededor de él mutaba según las reglas caprichosas del siguiente universo.

Los Nodos estaban inestables. Era la única explicación para el carmesí relámpago que recorría la oscurecida cúpula encima de él; una tormenta cuántica generada por la fricción de cien mundos colisionando en el Nexo, el Puente de los Mil Mundos. Y Maelion, por encargo del Alto Consejo de Anacronismos, había sido enviado a reparar –o destruir– esa grieta.

En el pasado, habría preferido destruir. Era más sencillo que enmendar. Pero los tiempos habían cambiado. Ahora, al pie del Nexo, frente al Umbral de Vaho, la silueta de la Irmin Loth, emperatriz de la Luna Espejo, aguardaba. Sus ojos metamorfoseaban el iris según la frecuencia dimensional; como si sospechara que cada momento y cada versión de sí misma podría estar frente a una amenaza.

“Has venido”, declaró ella, la voz vibrando en varios registros temporales.

“Me han traído”, corrigió Maelion, activando el orbe de traducción conceptual que flotaba junto a su oído. “¿Es cierto lo que dicen? ¿El Nexo está sangrando universos?”

Irmin asintió, y con un parpadeo hizo que se presentaran ante él los miembros de su corte: un trío de guerreros lobo vestidos con armaduras que oscilaban entre adamantio y antimateria; un vidente naufragado en la corriente temblorosa del Eter, y un autómata cubierto de runas fractales que, según rumores, podía hackear la entropía.

“Podrías destruirlo”, murmuró Irmin, sin mirar a Maelion, “pero también podrías forjar una nueva senda. Cuando los Nodos colapsan, nuevas realidades germinan. Lo viejo muere, pero lo nuevo puede ser peor”.

Maelion recordó, demasiado tarde, el proverbio arcano: destruir es fácil; recomponer siempre deja cicatrices. Sabía, tan sólo por los remolinos caóticos en su periferia, que ya no era el único visitante entre universos. Una sombra, tan antigua como los primeros susurros del Tiempo, cruzó fugaz por el rabillo de su ojo izquierdo.

“Hay algo más”, dijo el archimago. “Una presencia… una anomalía”.

La emperatriz asintió. “La llaman Üroboros. Dice ser el Guardián del Infinito, pero juega con la creación igual que con la destrucción. Quiere ver el Nexo rehacerse… a su imagen. Por eso necesitamos a un Forjador, no a un Verdugo”.

Los protocolos inherentes en la túnica de Maelion palpitaron, leyendo la urgencia y preparando su arcanotecnología. Extendió el Bastón del Nexo. Era bastón y era arma; era artefacto y era clave. Tejido en el mismo instante de colisión entre la primera Amonía y lo Último, podía canalizar, abrir, cerrar, o bien, narrar la historia de los mundos.

“Debo ir solo”, dijo, apuntando hacia la grieta. El enjambre de nanodemonios titubeó, adaptándose, hasta que la corte de Irmin se apartó, creando una matriz de protección limpia y dolorosa.

Los pasos de Maelion lo guiaron dentro del Nexo. Todo era simultáneamente hierro fundido y éter congelado; un espacio fractal y multifásico que albergaba ecos infinitos de sí mismo. Vio, refractados en los vértices de la realidad, universos de un solo pensamiento y océanos interminables de tiempo. Oyó la música primordial, algo así como el latido de cien mil corazones en trescientos labios que ignoraban todas las palabras.

Frente a él, la grieta. Palpitaba, latiendo con luz en tonos imposibles para cualquier color humano, y emitía un hedor vagamente metálico, una reminiscencia de circuitos quemados y sigilos rotos. Y entonces, una figura emergió: el Üroboros.

Era un ser de contradicción; al mismo tiempo, dragón y serpiente, anciano y niña, materia y antimatéria, vestido en el fulgor conceptual de todas las dialectas mágicas y postulados científicos jamás enunciados, encarnando el ciclo eterno de principio y fin.

“Has venido, Forjador”, siseó el Üroboros, en un lenguaje que le resonó a Maelion en el ADN y en las sinapsis.

“No tienes derecho”, respondió el archimago, con la garganta seca, “a decidir el futuro de todos los mundos sólo porque puedes existir en ellos”.

El Üroboros desplegó su cola hasta que tocó su propia boca; compuso el gesto de la eternidad. “Nadie *tiene* derecho. Pero todos pueden tomarlo. Forja el Nexo a tu imagen, Maelion. O destrúyelo. De todos modos, el ciclo renacerá”.

El Bastón vibró. Los nanodemonios, en la periferia, reptaron con inquietud cibernética, anticipando la confrontación. Maelion entendió que debía elegir. Volver a sellar la grieta condenaría a cien realidades a la extinción. Abrirla sin criterio, daría paso al Caos absoluto. Pero había una última opción: entre la ciencia y la magia, crear una síntesis. Un tercer camino.

“Escúchame, ciclo antiguo,” proclamó, “Yo rehuso tus reglas. Si la Rueda Astral existe para repetir, yo he venido a sesgar sus radios, a romper la tiranía de lo cíclico.”

Hundió el Bastón en el núcleo mismo del Nexo y recitó la Llama Fractal: una letanía arcaica que mezclaba ecuaciones en notación dodecádica y nombres perdidos en las Bibliotecas Grises. A su alrededor, la grieta gimió y se extendió, pero en vez de devorar mundos, comenzó a plegarlos, trenzarlos en un tapiz nuevo. Ríos de consciencia se mezclaron con mareas de potencialidad.

La corte de la emperatriz cayó de rodillas, mientras la Hyperlinfa rugía y el Üroboros silbaba de júbilo y terror a la vez. Maelion sintió cómo su individualidad estallaba en miríadas de posibilidades. Era el mago, el científico, el demiurgo, el error; la consumación y la herejía.

Al otro lado del proceso, Maelion emergió cambiado. El Nexo no era ya un puente sino una encrucijada infinita de elección consciente; no forjado sobre la necesidad de ciclos, sino sobre la angustia del devenir. A partir de ese día, ningún universo sería predestinado a la ruina o la gloria; cada uno danzaría según la voluntad de sus combatientes, sus amores, sus traiciones.

Irmin Loth lloró por primera vez en mil años. El Üroboros coronó la escena con un rugido que era aplauso y lamento. Maelion, agotado, dejó caer el Bastón, que se desintegró en una profusión de polvo de universos no nacidos.

La Rueda Astral giró, y por primera vez, tropezó.

FIN

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