Portada del relato Ecos de Absolución
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Fragmento:


—No se mueven. Quizá nos esperan —susurró Eyra, sin ocultar la tensión en su voz.

Duración: 08:26

Ecos de Absolución
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando la nave capitular “Ictus” emergió entre la maraña gravitacional del cúmulo de Abel 2744, su casco vibraba con las letanías del motor, como si el blindaje recitase oraciones para sí mismo. Bishop Cale estaba sentado en la cúpula de observación, revisando las últimas transmisiones del planeta objetivo: Hemis. Nada quedaba de las transmisiones locales salvo ruido, una suerte de blanca incredulidad que arrastraba una pregunta: ¿por qué viajar mil años luz para buscar el eco de una oración extinguida?

Bishop apartó la mirada del holograma y notó a la capellana Eyra acercarse, sus pasos amortiguados por la tela ritual que cubría el suelo. Ella inclinó su cabeza, señal de respeto y desafío a la vez; la tradición y el impulso, anudados en la trama de su fe sintetizada.

—¿Aún confías en que encontraremos creyentes aquí, Bishop? —dijo, con voz profunda, grave de años luz y desilusiones.

—No busco creyentes, Eyra. Busco una respuesta, aunque sea silencio —replicó Bishop, con una sonrisa fugaz.

La misión encomendada por la Confederación de Credos estaba clara. Durante siglos, la humanidad había esparcido semillas de religiones y filosofías en colonias remotas, transportando textos y ritos tanto como cultivadores y tecnología. La última transmisión de Hemis, hacía más de dos décadas, había sido un grito ahogado en medidas dogmáticas y súplicas por comprensión. Algo—o alguien—había fragmentado los cimientos de su cultura, sumiendo la colonia en una noche espiritual que persistía incluso en el vacío digital.

La “Ictus” se deslizó por la atmósfera de Hemis, descendiendo en espiral perezosa entre nubes que brillaban con matices cobre. Desde arriba, la metrópolis de Varia parecía intacta, pero los sensores recogían la ausencia total de señales vitales organizadas: no multitudes, ni cultos, ni recintos adornados con cantos o reuniones. Solo el pulso ocasional de algún autómata extraviado.

Cale y Eyra aterrizaron en el altar central—un cruce de catedral y laboratorio filosófico—armados no con armas, sino con reliquias: textos sagrados, amplificadores de consciencia, grabaciones tempranas de los credos originales. Los muros del altar estaban cubiertos de inscripciones, algunas clásicas, otras pertenecientes a dialectos lógicos creados por las generaciones de exiliados espirituales.

En el centro de la sala, un círculo de figuras: humanoides, sus rostros cubiertos por máscaras de obsidiana, cada una tallada con un símbolo diferente. La incertidumbre pegó a Cale en el pecho. Esas máscaras, según las escrituras de Hemis, representaban los arquetipos puros de la religión, las ideas fundamentales que ningún humano podía mirar sin perderse.

—No se mueven. Quizá nos esperan —susurró Eyra, sin ocultar la tensión en su voz.

El más cercano levantó el brazo y, con un movimiento deliberado, activó una consola translúcida. La sala vibró suavemente; un campo de contención separó a los recién llegados de las figuras enmascaradas.

—Forasteros —la voz brotó de algún punto del recinto, multiplicada y distorsionada—. Habéis viajado lejos. ¿Qué buscáis, cuando no hay fe para recibir, ni filosofía para comerciar?

Cale adelantó un paso, sintiéndose una vez más un embajador del absurdo: discutir sobre la necesidad de la fe con seres que quizá habían trascendido su forma original, o la habían destruido.

—Buscamos la raíz del silencio. ¿Qué doctrina os ha reducido al mutismo? ¿O es el mutismo vuestra nueva fe? —preguntó, consciente del peso ritual de cada palabra.

Hubo un silencio largo, que en otro contexto hubiera parecido respeto. En Hemis, era amenaza.

—Durante siglos, cultivamos la dualidad: dogma y duda, fe y razón. Ninguna prosperó sin etnocidio. Vimos a nuestra gente desgarrada por la certeza ajena.—la voz modulada sonó como un eco de muchas gargantas, demasiadas para ser individualizadas—. Cuando nos dimos cuenta de que cada credo era un circuito cerrado, y cada negación un nuevo dogma, elegimos la Absolución: no despojarnos de la fe, sino de la necesidad de profesarla.

—¿Entonces no creéis en nada? —Eyra dejó escapar una risa amarga—. ¿Habéis reemplazado lo divino con el vacío?

Los enmascarados se levantaron; el resplandor de la cúpula reflejaba las máscaras en ángulos imposibles. Uno de ellos se acercó al límite del campo.

—Nos equivocáis. No es vacío: es la negación activa del Absoluto. Todo templo es una cárcel si se le cierra la puerta del misterio. Abandonamos los credos porque la perfección nunca admitió el plural. ¿Si la fe debe dividir y matar en nombre de lo universal, de qué vale el universo?

Cale sintió el vértigo de la paradoja. Había dedicado su vida a construir puentes entre doctrinas, a encontrar puntos de unión entre lo que no puede reconciliarse. La Confederación deseaba restaurar la fe sin esfuerzo, reinyectar ideologías como quien reforesta una llanura devastada. Pero aquí, en Hemis, la evolución de la fe había seguido un curso más salvaje: trascender la doctrina abrazando el vértigo y el sinsentido.

—He visto mundos —respondió Cale— donde la ausencia de fe produce desolación. Aquí, no huelo desolación, sino calma. ¿Habéis abolido el sufrimiento al abolir el dogma?

El enmascarado inclinó la cabeza.

—El sufrimiento persistió. Pero cambió de máscara. Algunos sintieron horror ante la ausencia de respuestas. Otros florecieron en el jardín de la duda. Nos volvimos observadores del milagro de la ignorancia. Aquí, cada quien es su propio dios, y su único apóstata.

Eyra apretó el amuleto que colgaba de su cuello, una reliquia fragmentada de una fe que ya ni la Tierra recordaba.

—Nos han enseñado a temer el silencio. ¿No es ese temor otra forma de dogma? ¿O habéis encontrado una estructura para vivir en la incertidumbre?

Uno de los enmascarados esbozó lo que parecía una sonrisa, tallada en obsidiana.

—El dogma del vacío solo existe para aquellos que temen mirar dentro. La mayoría de nosotros ha aprendido a contemplar la ausencia y encontrar libertad, no miedo. Aquellos que temen, son libres de irse. Nadie los retiene.

De pronto, las inscripciones en las paredes comenzaron a reconfigurarse, frases pasando de doctrinas condicionales a aforismos ambiguos, programados para auto-borrarse en cuanto el lector creyera entenderlos. Textos sagrados convertidos en enigmas, como si la sabiduría estuviera en la evasión sistemática de todo significado permanente.

Cale comprendió, con un escalofrío, que la misión había sido un equívoco: la Confederación jamás podría restaurar una fe cuya muerte había sido un acto de elección consciente, una superación y no una derrota.

—¿Qué haremos entonces, Eyra? —murmuró—. ¿Reportar el fracaso, o quedarnos aquí, a meditar entre las ruinas de la certeza?

Eyra apartó la vista, mordiendo el labio.

—No sé. Quizá deberíamos escuchar más. Quizá deberíamos aprender a callar.

El enmascarado más cercano extendió su mano, despacio, y el campo de contención se desactivó. No había amenaza en el gesto: solo invitación, como quien ofrece un asiento en la mesa de la paradoja.

—Quedaos si queréis —dijeron las voces—. Explorad vuestras propias respuestas, sabiendo que todas son provisionales. Aquí no hay absolución, ni condena. Únicamente ecos, y el trabajo interminable de liberar a cada fe de sí misma.

Cale sintió una paz extraña, teñida de miedo y curiosidad. Por primera vez en décadas, no tenía respuestas, ni siquiera preguntas útiles. Caminó junto a Eyra hacia el centro, desprovisto de galas y oropeles teológicos. Las máscaras les miraban, insondables, y la nave “Ictus” quedó atrás, como un altar abandonado ante el nacimiento de una nueva herejía: la libertad absoluta de no buscar razones, ni dioses, ni dogmas; de habitar, finalmente, el vacío.

En la profundidad de Hemis, bajo las cúpulas bruñidas del altar, el silencio dejó de ser amenaza y se transformó en posibilidad.

Quizá, pensó Cale, la paz solo se encontraba en la renuncia última a toda forma de certeza. Y en la fe, contradictoria y serena, de que el universo no debía nada, ni respuesta, ni sentido.

Ese fue el único dogma que los supervivientes del Ictus se llevaron de Hemis. Quizá, pensó antes de dormirse entre las sombras, no era tan poco.

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