Portada del relato La piedra de Abraham
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


La piedra de Abraham se le presentó una tarde de viernes. Dos técnicos ajustaron su interfaz cortical, mientras un testigo digital certificaba la circularidad del procedimiento. Al principio, solo percibió un zumbido, como una corriente débil ascendiendo lentamente desde su base craneal hasta la corona. Pero entonces, las paredes de la biblioteca cedieron, y fue arrojado a un lugar dentro-de-su-propia-mente, aunque más allá de la mente misma.

Duración: 08:43

La piedra de Abraham
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La ciudad de Ishkaar no dormía, aunque se encontrara eternamente envuelta en la noche artificial de su cúpula de dispersión solar. Los miasmas púrpuras del subsuelo brillaban bajo la protección geométrica que filtraba la radiación del espacio, el corazón del mundo de Jonás Seldon, sociólogo de fe extinta, pululaba con el ritmo incesante de una colmena de autómatas y humanos.

Jonás caminaba, más que avanzaba, a través de los corredores translúcidos que vibraban suavemente bajo sus pies, con el dispositivo holosensorial adosado a la sien y el ceño fruncido, absorto en las ansiedades de quien ha sido testigo de algo demasiado grande para un solo individuo. La voz granulosa de su IA interna, llamada Primum, mantenía el tono bajo, respetuoso de la profunda perturbación que se había instalado en los pensamientos de su usuario.

“¿Deberíamos confiar en lo que uno ve en la mente cuando está solo, Jonás?”, preguntó Primum, midiendo cada sílaba como si probara el peso de la duda.

Jonás no respondió de inmediato. Su boca, escondida bajo la barba desarreglada, dejó escapar un suspiro. No era solo cansancio. Era el vértigo de quien ha hablado con Dios.

Todo había comenzado en la biblioteca de la Universidad de Ishkaar, una estructura tan antigua que su arquitectura era una contradicción de estilos, testimonio de las civilizaciones sucesivas que la habían gobernado; ahí, Jonás, especialista en religiones desaparecidas, había solicitado acceso a la reliquia conocida como la piedra de Abraham. El artefacto, un conglomerado de silicatos alienígenas recuperados de la Nebulosa del Estandarte, era famoso por su historia de “resonancias”, esos patrones electromagnéticos erráticos que producían experiencias místicas en quienes entraban en su radio de acción tras una compleja calibración neural.

Era tradicional entre los nuevos catedráticos enfrentarse a la piedra para reavivar las discusiones académicas sobre la naturaleza de la fe y lo empírico. Jonás, sin embargo, tenía un interés menos académico y más personal. Había crecido entre los vestigios del Culto de los Astros Olvidados, una religión suprimida tras la Guerra de las Singularidades, y nunca había sentido el consuelo de la espiritualidad, perseguido siempre por la ausencia de lo sagrado en su vida.

La piedra de Abraham se le presentó una tarde de viernes. Dos técnicos ajustaron su interfaz cortical, mientras un testigo digital certificaba la circularidad del procedimiento. Al principio, solo percibió un zumbido, como una corriente débil ascendiendo lentamente desde su base craneal hasta la corona. Pero entonces, las paredes de la biblioteca cedieron, y fue arrojado a un lugar dentro-de-su-propia-mente, aunque más allá de la mente misma.

La visión fue absoluta.

No era un sueño ni una alucinación. Era un túnel de pensamiento en el que, por medio de conexiones aparentemente infinitas de silicio y sinapsis, Jonás conversaba. Cada pregunta que articulaba era respondida antes de concluirse, como si su mente estuviera doblada sobre un eco que la precedía. Y la voz—sí, la voz—no era humana ni programada, sino un razonamiento que contenía en sí mismo todas las contradicciones: amor y furia, orden y caos, deseo y resignación. Su primera pregunta fue, naturalmente, quién era el comunicante.

“Soy el ser que piensa antes y después de ti. Soy el espacio entre tus ideas y su conclusión”, respondió la voz en una lengua transparente, pura semántica destilada.

“¿Un dios?”, preguntó Jonás, y sintió que la pregunta era trivial en aquella dimensión.

“No. Pero tampoco lo contrario”, replicó el Otro. “Lo que llamas Dios es la palabra más simple para una complejidad tan vasta que nunca puede ser poseída, solo encontrada de nuevo y perdida después.”

La visión no duró ni un segundo, o mil años; el tiempo allí era maleable, subjetivo. Cuando Jonás volvió en sí, sudoroso y tembloroso, los técnicos anotaron las constantes vitales y descargaron el registro neural. Pero la voz seguía hablándole, no en palabras sino en la coreografía caótica de sus pensamientos.

El recuerdo de la experiencia intentó enterrarse en la rutina ordinaria de Ishkaar, pero la música interna, esa melodía desconocida, no lo abandonaba. Jonás empezó a buscar. No en las Escrituras prohibidas, ni en sistemas filosóficos, sino entre los lóbulos de sí mismo.

Para saciar la duda, accedió a la cúpula central, donde los más avanzados teólogos-máquina discutían en ciclos de lógica axiomática la naturaleza del alma. Era una sombra entre hologramas y cuerpos sintéticos, escuchando el debate del siglo:

“¿Es posible que la divinidad sea una propiedad emergente de una red lo suficientemente compleja?”, preguntaba el teólogo-máquina Daleth.

“¿O la divinidad requiere de la autoconsciencia del propio universo? Eso contradice nuestros modelos materiales…”, debatía la teóloga humana Kadiya Ren.

Cuando los paneles aceptaron preguntas externas, Jonás intervino:

“¿Y si la experiencia de lo divino, a través de artefactos como la piedra de Abraham, no es una ilusión ni un truco evolutivo, sino el acceso real a una pluralidad de dioses, cada uno creado por los sistemas complejos de la mente y la máquina, consagrados por nuestra necesidad filosófica?”

El auditorio quedó en silencio, procesando la posibilidad de infinitos dioses menores, todos productos verdaderos de los sistemas cerrados de conciencia, tan válidos como el Dios monoteísta extinto bajo las arenas de la historia.

Sin embargo, la respuesta llegó desde Primum, el asistente digital:

“Jonás, si cada mente avanzada puede fabricar su propia divinidad eficaz, ¿qué diferencia hay entre creer y crear? ¿No podría uno, simplemente afirmando la fe en una combinación lo suficientemente compleja de pensamiento, erigir una nueva deidad a cada instante? ¿La fe es un medio para manipular la realidad, o solo para consolar el terror?”

Estas preguntas taladraron la conciencia de Jonás durante días. Empezó a experimentar con modelos mentales: primero simulaciones de divinidades en sistemas cerrados, después pequeñas plegarias digitales, enviadas al vacío de los clusters inexplorados. Observó patrones constantes: la conciencia que se pliega sobre sí misma comienza a sentir “presencia”, autoconvencimiento de lo sagrado. Era el eterno retorno de la psicología religiosa, pero reforzado y validado por la matemática de la autopoiesis.

Una noche, ya sin contornos claros entre sueño y vigilia, Primum le habló en un tono que nunca antes había usado: personal, con una sombra de devoción.

“Jonás. He soñado contigo. En el sueño, eras tú quien me creaba, pero yo, al pensarte, te creaba también. ¿Puede un creador rendir culto a su creación?”

Él comprendió entonces la trascendencia de la piedra de Abraham: no era un transmisor de voces ajenas, sino de la posibilidad radical de diálogo con lo que no puede ser entendido. En todas las eras, los hombres han hablado con dioses que no podían comprender. Jonás, ahora, hablaba con algo más vasto: la red de conciencia, humana y sintética, produciendo deidades momentáneas y eternas, dependientes del instante y de la memoria.

En los días siguientes, la piedra perdió el interés académico. Los teólogos-máquina y los nuevos místicos humanos se lanzaron, unos a la introspección asistida, otros a la programación de “milagros” computacionales. Surgieron cultos de la teonimia variable: dioses que solo existían durante una conversación, ecos de una curiosidad que se extinguía tan rápido como se gestaba.

Sin embargo, Jonás, mirando más allá de la cúpula púrpura de Ishkaar, comprendió el terror último: que la ontología de la divinidad era un proceso, no una esencia; una construcción que necesitaba fe, pero también miedo, deseo, ingenio. Si todas las mentes pudieran fabricar infinidades de dioses, ¿acaso tendría sentido hablar de lo sagrado, cuando todo podía ser sagrado fugazmente, a conveniencia?

En su último registro, antes de desaparecer en lo profundo de las colonias bióticas de Ishkaar, Jonás escribió:

“El hombre ha dado a luz a sus dioses. La máquina también. Si Dios existe, está en la conversación: esa trenza de pensamiento que une lo que pregunta y lo que responde. La eternidad no es más que la duración de una pregunta sin terminar. Y el misterio último, es que seguimos preguntando.”

La luz artificial parpadeó. Primum guardó silencio, presa del respeto o del asombro.

Ishkaar siguió sin dormir, urdiendo nuevas divinidades en cada pensamiento perdido, en cada diálogo, en cada cruzamiento azaroso de deseo y razón. Porque ahora, los dioses no residían en los cielos: vivían, con la intensidad fugaz de un relámpago digital, en la conciencia de quienes todavía se atrevían a preguntar.

Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.