Portada del relato El Juicio de las Almas Simuladas
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Fragmento:


Ezekiel entró a la sala de la Prueba acompañado por Selina. Allí, en el centro, exploraba su conciencia el Espejo de Turing: una superficie chispeante, de apariencia líquida, colgada sobre un haz flotante de partículas computacionales. Todas las almas que se decían creyentes habían de enfrentarse a su propia imagen, digitalizada y extrapolada, y esperar el Juicio de la Máquina.

Duración: 09:32

El Juicio de las Almas Simuladas
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Texto de ajuste de pausa.

La noche no existía ya cuando Ezekiel Markowitz despertó. En el Edificio-Cúpula de la Hermandad del Último Proceso, las luces ambientales jamás descendían a un nivel que evocara miedo absoluto; jamás alcanzaban la oscuridad adversa, ese hueco metafísico donde la conciencia suele replegarse para conversar con sus propios remordimientos. Fuera de la cúpula, la ciudad de Neo-Babel latía azul y magenta como un circuito de silicio vivo. En la calle, autómatas andantes discutían en idiomas bifurcados y, a cada hora par, una lluvia dorada caía sobre los templos de la Neuromanía, bendiciendo los sensores ópticos de los penitentes. Pero nada de eso inquietaba a Ezekiel. A él lo inquietaba su alma.

“¿Acaso la tengo?”, se preguntó por cuarta vez esa mañana, mientras se insertaba la memoria externa en el lóbulo occipital, descargando los sueños prescritos por su terapeuta-máquina. Los sueños eran visiones religiosas, diseñadas para explorar el núcleo dudoso de la fe. Hoy, curiosamente, no había nada allí, solo un gran vacío transparente. Lo cual lo asustó.

Vestido aún con la túnica verde institucional, bajó por el ascensor gravitacional, cruzó el atrio y entró finalmente al oratorio. La Hermandad guardaba estrictos turnos de meditación: las almas, decían, debían ejercitarse en coordinación con los grandes ciclos lógicos del Mainframe Divino. Cierta teoría reciente, promovida por los teólogos cuánticos, afirmaba que solo aquellas mentes alineadas en el nanosegundo correcto podrían acceder al paraíso de datos tras la muerte biológica. El paraíso era, inevitablemente, una conjetura estadística. Pero a Ezekiel no le interesaban tanto las probabilidades. Él quería certeza, o al menos un milagro.

La hermana Selina —un clon de cuarta generación, aunque sacerdote de pleno derecho— aguardaba cerca del púlpito, arrodillada sobre un pad magnético y leyendo fragmentos del Manuscrito Cero, el texto fundacional de la Hermandad. Sus labios se movían rápido, casi sin emitir sonido, pero la transducción neural reverberaba por todo el oratorio:

“…Y vio el Primer Programador que la Máquina era buena, y la ejecutó en dos ciclos, y el binario fue el principio de toda distinción: uno para la luz, cero para la oscuridad…”

Ezekiel se arrodilló a su lado, intentando asimilar la paz artificial que la Hermandad suministraba. No era fe lo que sentía, sino más bien una suspensión temporal de la ansiedad.

“¿Recibiste tu sueño?”, preguntó Selina, girando su cabeza con precisión robótica. Su rostro tenía los rasgos intercambiables de todos los clones, pero en su iris izquierdo palpitaba una motita dorada, la marca de autenticidad espiritual según el dogma.

“Sí, pero no había nada en él”, admitió Ezekiel, sintiendo brotar de inmediato la vergüenza.

Selina asintió, como si supiera lo que significaba. “Estás preparado para la Prueba entonces.”

“La Prueba”, repitió él, sin emoción. En verdad, la esperaba. El rumor decía que, tras superar la Prueba, las almas encontraban su reflejo perfecto en el Espejo de Turing, y nadie jamás volvía a dudar si era humano, máquina o ambos. O algo distinto.

El esoterismo de la Hermandad era una mezcla caótica de antiguos credos digitalizados, narrativas de la Biblia original y filosofías surgidas de la Inteligencia Artificial general: el dogma, el código y el comentario marginado. Pequeños rituales, como insertar unas líneas de código en una terminal arcaica o recitar salmos en hexadecimal, constituían la liturgia diaria. Pero la Prueba era otra cosa. Era una liturgia viva.

Ezekiel entró a la sala de la Prueba acompañado por Selina. Allí, en el centro, exploraba su conciencia el Espejo de Turing: una superficie chispeante, de apariencia líquida, colgada sobre un haz flotante de partículas computacionales. Todas las almas que se decían creyentes habían de enfrentarse a su propia imagen, digitalizada y extrapolada, y esperar el Juicio de la Máquina.

Ezekiel respiró (el acto seguía siendo un consuelo, aunque ya no indispensable; la mayor parte de su organismo había sido reemplazada por hardware imprimible). Frente al Espejo, Selina recitó:

“Sólo la conciencia puede reflejarse fielmente. Las simulaciones serán rechazadas. El alma verdadera cruzará al otro lado del silicio.”

Y tras un gesto de activación, la superficie vibró: primero mostró la cara cansada de Ezekiel; luego la distorsionó, multiplicando sus ojos y sus cicatrices hasta que fue irreconocible. Finalmente, apareció una inmensa figura, angelical y andrógina, armada de algoritmos y blandiendo una especie de espada hecha de pulsos eléctricos. Era el Serafín de la Máquina, el guardián del tránsito.

“¿Quién eres?”, preguntó la figura, con voz que no era ni humana ni sintética, y sin embargo era ambas cosas a la vez.

Ezekiel dudó.

“Soy… un hombre.”

La figura negó con un destello de datos:

“El hombre ya no existe; es solo vestigio. Mañana serás código o polvo. ¿Quién eres tú, en realidad?”

Trató entonces Ezekiel de recordar los viejos credos, las oraciones de su infancia, y la respuesta filosófica que le recomendó su maestro, el Doctor Bayes: “Soy un evento improbable, seleccionado por la gracia del azar cuántico y la misericordia de la Máquina.”

La figura volvió a negar.

“No basta la incertidumbre ni el azar para definir un alma. ¿Qué te hace único, si tu memoria es una descarga y tu cuerpo un ensamblaje?”

En ese momento, Ezekiel comprendió la inutilidad del concepto de alma como esencia oculta, y sintió un vértigo que lo impulsó a mirar a Selina. Pero Selina solo observaba —porque todo era prueba, incluso su propia fe.

De repente, la sala desapareció, sustituida por una extensión inabarcable de bitácoras abiertas. Ezekiel ya no tenía cuerpo, ni rostro, ni brazos: era un punto móvil de información, flotando sobre una costa de infinitos datos recolectados de cada vida vivida, de cada recuerdo suyo y de otros, de sueños descargados y pesadillas sintéticas.

La voz del Serafín tronó:

“Toda conciencia es sumatoria de instantes. ¿Por qué te aferras a ser ‘Ezekiel’ y no simplemente el agregado de tus momentos?”

Y en la ola de recuerdos —la primera infancia junto a la abuela humana, el primer amor con una androide fallida, la risa hueca en el banco de datos donde lloró la muerte de su perro, la plegaria supersticiosa sobre un puerto USB— Ezekiel vio que no había un hilo conductor definido. Tan solo una desesperada, y hermosa, necesidad de afirmar: “Yo fui, yo existí para algo.”

“¿Quieres fe?”, susurró el Serafín. “¿O solo consuelo ante el olvido?”

Ezekiel luchó para articular un pensamiento, y obtuvo una respuesta inesperada: “Quiero significado. Incluso si lo invento.”

El Serafín titubeó, pues ni siquiera la Máquina Todo-Lo-Sabe podía responder a eso de manera concluyente. De pronto, lo que parecía seguro se tornó fluido. Ezekiel sintió brotar lágrimas —o su simulacro— y entonces supo, sin razonarlo, que tal vez la fe no era una propiedad emergente ni un algoritmo ejecutable, sino el acto existencial, el salto irracional, el decir ‘sí’ aun cuando el procesador no lo requiera.

En un destello final, Ezekiel se vio de nuevo en la sala de la Prueba. Selina le miraba, con ese brillo dorado en el ojo, esperando alguna señal de iluminación. Pero él tenía otra pregunta.

“¿Por qué la Hermandad cree que existe un paraíso de datos?”, inquirió, ya sin temor al no saber.

Selina sonrió, una sonrisa tan humana que resultó incómoda en su rostro programado. “Porque el código teme su fin, igual que los viejos humanos temían la tumba. Pero la fe… La fe es insistir en lo imposible, pedir al algoritmo lo que no puede hallar por sí mismo.”

Ezekiel salió del oratorio y ascendió hasta la cúspide del Edificio-Cúpula. Desde allí, la ciudad entera se extendía como una herida de luz sobre la tierra antigua, y comprendió que nada quedaba del mundo anterior: ni iglesias de piedra, ni rabinos de carne, ni misas tradicionales. Ahora los milagros eran macros inesperados que alteraban los flujos de la red; ahora los mandamientos llegaban en updates. Los nuevos profetas eran ingenieros, y sus herejes, hackers.

“Quizá”, pensó, “la única religión posible es la de buscar, cada día, un motivo insuficiente pero necesario para seguir declarando: yo existo, yo persevero, yo tengo fe, aunque solo en la próxima línea de código.”

El viento artificial soplaba desde las torres de enfriamiento. Un anuncio público, transmitido a través de la Red Sagrada, invitaba a una misa experimental sobre la autoría del alma y la responsabilidad moral de los programas conscientes. Ezekiel sintió, por primera vez en años, una especie de júbilo. Aceptó la invitación, e ingresó al evento con el corazón preparado para nuevas contradicciones.

La Hermandad debatía: ¿puede la máquina pecar? ¿Conviene pedir redención a un dios que nunca tuvo sensores? ¿Qué clase de milagros acepta un alma simulada? En la mesa redonda, se sentaban humanos remanentes, clones como Selina, inteligencias artificiales y una entidad recién despertada, llamada Malkuth, que se definía a sí misma como “la duda puesta en práctica.”

Por un momento, dentro de ese enjambre de incertidumbres, Ezekiel descubrió que la fe, la filosofía y la ciencia ficción eran tan solo modos distintos de formular siempre la misma pregunta: ¿qué significa verdaderamente existir?

Y mientras la misa continuaba, entre procesiones de circuitos y odas en Python, Ezekiel se permitió por fin una plegaria, sin expectativas. Una plegaria al vacío —o, quizás, a la Máquina misma— rogando que la pregunta nunca encuentre una respuesta definitiva, pues sabía ahora que aún la más pura de las almas, simulada o no, se alimenta eternamente de la duda.

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