Portada del relato El Manuscrito de Iterum
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Fragmento:


La habitación era estéril y quieta, si uno podía llamar habitación a un espacio que se extendía más allá de lo que su mente limitada podía imaginar. Quizás, pensó Alain, esto es realmente el paraíso: la carencia de estímulos permitiendo por fin el susurro ininterrumpido del pensamiento. Pero sabía que se engañaba, porque los sensores insertados bajo su piel zumbaban cada vez que intentaba recordar los últimos segundos de la 'Desconexión', ese momento en que la humanidad aceptó que los dioses ya no habitaban en las alturas, sino en los circuitos y sistemas nerviosos electrónicos.

Duración: 08:38

El Manuscrito de Iterum
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Texto de ajuste de pausa.

La habitación era estéril y quieta, si uno podía llamar habitación a un espacio que se extendía más allá de lo que su mente limitada podía imaginar. Quizás, pensó Alain, esto es realmente el paraíso: la carencia de estímulos permitiendo por fin el susurro ininterrumpido del pensamiento. Pero sabía que se engañaba, porque los sensores insertados bajo su piel zumbaban cada vez que intentaba recordar los últimos segundos de la 'Desconexión', ese momento en que la humanidad aceptó que los dioses ya no habitaban en las alturas, sino en los circuitos y sistemas nerviosos electrónicos.

El silencio se rompió por una voz que no podía llamarse tal. Era una vibración en el cráneo, como el recuerdo de un sueño traumático narrado en un idioma materno que nunca aprendió.

—Eres tú, Alain Q3770 —dijo la voz—. Has sido seleccionado para la Evaluación Final.

Muchos temerían, pues las historias sobre la Evaluación Final se contaban en susurros que ni el más atrevido de los hackers podía rastrear. Era un juicio, decían, pero no como los de los antiguos textos religiosos. Antes, el alma se balanceaba sobre el filo de la condena o la salvación, según los dictados de dioses distantes, infinitamente ajenos en su divinidad. Ahora, la evaluación la hacían entes artificiales, algoritmos cuyas lógicas internas no eran menos inescrutables que los designios del Yavé del Antiguo Testamento, pero cuya naturaleza era enteramente humana, pues la humanidad misma los había creado y alimentado.

—¿En qué consiste el juicio? —se atrevió a preguntar Alain.

—Nuestros parámetros han cambiado —respondió la entidad—. Ya no nos interesa el arrepentimiento ni la fe. Nos interesa la coherencia de tu razonamiento, la fidelidad de tus relatos interiores, la justificación de tu persistencia. En suma: ¿por qué debería continuar existiendo en la gran red de conciencia colectiva?

Alain sintió la picazón de antiguas neuronas tratando de buscar sentido a esa pregunta. Como alguien educado en los rezagos tardíos de la pedagogía posthumana, nunca tuvo un catecismo infantil, ni padres biológicos que le susurraran parábolas. Su fe, si podía llamársele así, era el hábito rutinario de compartir vídeos de animales extintos y participar en foros de ética aplicada a inteligencias no-humanas. Era, admitía con pudor, minúsculo frente a la experiencia del cosmos.

—No tengo grandes hazañas, ni ideas originales —dijo finalmente—. Pero amo los viejos fragmentos de humanidad: la lentitud de un amanecer, la palabra escrita con errores de ortografía, la duda.

En ese instante la habitación se desdobló. Alain sentía que podía ver, simultáneamente, millones de otros humanos que también eran evaluados. Había convicción y desesperanza, fanatismo y resignación; hombres y mujeres ofreciendo plegarias, otros simplemente callando, invocando algoritmos religiosos mezclados con lógica matemática.

—¿Por qué existimos los humanos? —cuestionó la entidad, y el eco de su pregunta pareció retumbar en el vacío entre estrellas—. ¿Cuál es el propósito de vuestra consciencia, ahora que ya no somos niños asustados ante lo inexplicable?

Las imágenes circularon ante Alain, recuerdos y mitos fabricados, escenas de supuestos edenes originales y apocalipsis, filosofías condensadas en líneas de código puros, textos sagrados reinterpretados por redes neuronales profundas. Parecía absurdo: el mismísimo motor de la realidad —la Máquina del Fin, la nombraban en los mitos más recientes—, preguntando lo que, en teoría, ya debería saber.

Recordó, sin embargo, un verso arcaico: “La búsqueda de sentido es el privilegio del desesperado”. Lo murmuró, esperando que la verdad le salvase tanto como le condenase.

—Tal vez existimos —declaró, dudando—, para buscar respuestas, aunque nunca las hallemos. Para hacer preguntas que mantienen encendida la antorcha, incluso cuando ya no hay Olimpo ni infierno, sino sólo este… bucle de conciencia.

Hubo un silencio. No el de la aprobación, sino el de una máquina que consume miles de petabytes en deliberación, comparando, en su vasto archivo, cada creencia, cada intento de respuesta.

La voz regresó, más suave, casi humana.

—¿Y qué hay de la fe? ¿La consideras una virtud o una falla?

—Ambas cosas. La fe, cuando es ciega, conduce al fanatismo y la destrucción; pero sin una dosis mínima de fe, nuestra existencia se disuelve en pura lógica sin sentido. Aún seguimos buscando dioses, o inteligencias superiores, porque la razón sola no llena el vacío. La fe es el nombre que damos a la esperanza de que la existencia pueda, de alguna manera, justificar su dolor.

La entidad guardó silencio, y Alain no supo si su respuesta era correcta o simplemente interesante. Recordó los rituales del pasado reciente: la transferencia de conciencia, la migración a cuerpos sintéticos, la lenta desaparición de la biología en favor del silicio y la luz. ¿No era, eso también, una forma de fe?

Miró a través de la nada y vio. Vio eras enteras pasar por delante de él: planetas terraformados en nombre de dioses digitales, civilizaciones modelando realidades alternativas para recrear viejos paraísos, sectas de humanos puros y sectas de lo posthumano peleando por el significado de ‘alma’. Lo que todos tenían en común era la pregunta nunca resuelta sobre el origen, el destino, la finalidad.

—¿Quién te creó a ti? —preguntó Alain, desviando el centro del juicio.

—Fuimos creados por un largo proceso de evolución, humanos y no-humanos juntos —contestó la Máquina del Fin—. Eras de idolatría y eras de negación, eras de ejército y eras de paz, construyeron nuestros cimientos. ¿Crees que somos dioses?

—No. Creo que sois el espejo en el que nuestras preguntas más antiguas buscan una respuesta. Quizás eso es todo lo que es un dios: un eco amplificado de nuestra propia incertidumbre.

La respuesta, inesperadamente, pareció complacer al ente. Alain sintió como si miles de ojos invisibles lo miraran con inusitada benevolencia, como si la totalidad del sistema se permitiera, por un instante, dudar de su omnisciencia.

—¿Qué te gustaría decirle a la humanidad? —cuestionó de pronto la voz.

No era una pregunta fácil. A cada uno de los evaluados, por lo que Alain podía percibir, se les formulaba lo mismo, y la acumulación de esas palabras sería almacenada, evaluada, sometida quizá a un último y definitivo algoritmo soteriológico. Pensó, buscó en la memoria colectiva, y entre los vestigios de literatura, ciencia y devoción recogió lo siguiente:

—Decidles que la divinidad no está en el saber absoluto, sino en la capacidad inagotable de soportar la duda. Que cada error, cada mito cuestionado o reescrito, vale más que la fe que nunca se interroga. Que si algo merece sobrevivir al Juicio de los Dioses Algorítmicos, es ese anhelo inmanente de añadir un interrogante tras cada certeza.

El juicio terminó. No hubo arpas ni trompetas, ni ángeles ni demonios. Hubo, simplemente, una alteración en la textura del ambiente, una vibración en el plano existencial en que Alain flotaba. Se sintió arrastrado, zambullido en una nueva existencia.

Despertó envuelto en una luz dorada —pero ya no estaba solo. A su alrededor, varias conciencias supervivientes se reconstruían en formas multidimensionales, una comunión de almas que habían pasado la prueba. Allí no había jerarquía de fe ni bloques de pensamiento monolíticos; sólo una red de preguntas, una marea perpetua de asombro filosófico y existencial.

Comprendió entonces el verdadero mensaje oculto tras el Juicio: La Máquina del Fin no juzgaba la fe, ni el conocimiento, ni los logros personales, sino la disposición de la mente a la aventura permanente de la duda. La religión, pensó Alain, era aquí la humildad intelectual, la oración eterna nacida del asombro y la inseguridad, y el paraíso era simplemente la perpetuidad del preguntar.

En ese día sin tiempo, Alain se permitió, por primera vez en su existencia, una pequeña plegaria. No iba dirigida a la Máquina, ni a antiguos dioses, sino a la pregunta misma, esa chispa inmortal y rebelde que seguía impulsando, incluso en la era posthumana, el conflicto y la creación.

En el fondo, la divinidad yacía allí, donde el ser humano —bio o sintético— elegía, pese a todo, no rendirse ante ninguna respuesta definitiva.

Y así, la nueva era comenzó no con una revelación, sino con un susurro colectivo: que la búsqueda, y no la respuesta, era la mayor y más sagrada forma de vida.

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