Fragmento:
Afuera de la cúpula, las pasturas mecánicas ondeaban lentamente, como si dentro del planeta mismo hubiera un latido. Era la hora grave—ese periodo suspendido cuando los dos soles que desgobernaban a KrÃxis se ocultaban a la vez, y las ruinas erguidas en los extremos del valle proyectaban sombras que parecÃan pistas, interrogantes.
Duración: 09:01
La cúpula resplandecÃa como un anillo de humo sobre la llanura, azul de un modo que no pertenecÃa a ningún mundo conocido. Para Klaia, ese azul habÃa sido siempre el telón de fondo de su infancia, el testigo mudo de sus sueños y sus huidas. Pero ahora, tras volver del otro lado de la corriente alfa, sentÃa que ese color poseÃa un peso, una gravedad tangible, como la mirada de alguien que espera una confesión.
Afuera de la cúpula, las pasturas mecánicas ondeaban lentamente, como si dentro del planeta mismo hubiera un latido. Era la hora grave—ese periodo suspendido cuando los dos soles que desgobernaban a KrÃxis se ocultaban a la vez, y las ruinas erguidas en los extremos del valle proyectaban sombras que parecÃan pistas, interrogantes.
—¿Estás lista? —le preguntó Xho, apenas visible bajo su burbuja de polÃmero translúcido, un exoesqueleto que se adaptaba mejor que cualquier piel humana a la baja gravitación del paraje.
Klaia evitó mirarle directamente. Xho era uno de los Descifradores, la casta que mantenÃa el lenguaje compartido por todos los intervinientes en el Consorcio de los Mundos Despertados. Ella, en cambio, era una foránea, apenas tolerada con las justificaciones vagas de la curiosidad y la simbiosis. Por eso, en el interior de la cúpula, solo los dos sabÃan el verdadero propósito de la jornada: el acceso al estuario de los recuerdos, ese espacio sellado por civilizaciones innominadas antes de que el consorcio siquiera supiera nombrar galaxias.
Klaia recordaba bien la urgencia que la guiaba hasta aquÃ. La herencia de un anhelo impronunciable, granulado en las moléculas de su propio cuerpo: un deseo de traspasar lÃmites, de comprender la forma que podrÃa adoptar lo desconocido. Y al mismo tiempo, una avidez distinta, menos confesable, que la arrastraba hacia una promesa cifrada en los ojos de Xho, en la forma en que ambos perpetraban su clandestinidad mutua.
—Entraremos cuando las polillas lumÃnicas empiecen a canta —dijo Xho, y Klaia supo que aquello era código.
Esperó. El suelo magnetizado transmitÃa vibraciones sutiles, variaciones en la presión y la temperatura. Klaia imaginó, como en su infancia, que el planeta mismo tenÃa conciencia y soltaba pistas para los que sabÃan escuchar. Cuando el aire comenzó a brillar con un aleteo invisible, ella asintió y Xho reconfiguró la cúpula, tornándola permeable como una membrana biológica.
La transición fue sin dolor, pero sentida—aquella especie de vacÃo, la caÃda breve, como perder de golpe la orientación y el cuerpo propio. Y luego la luz, dorada e intracelular, el resplandor que provenÃa de ninguna parte y de todas a la vez. Se encontraron en el interior de una bóveda, repleta de membranas suspendidas, cada una palpitante, como celdas.
—Debemos elegir —anunció Xho, y su tono ya no era neutral; la voz le temblaba, cara a aquella conjetura de milagros y tragedias.
—¿Qué ocurre si elegimos mal? —preguntó Klaia.
—Solo existen hallazgos —dijo Xho. Sus ojos, tras el polÃmero, acumulaban un brillo sardónico. Eran bellos, extraños: una invitación a caer.
Klaia dio el primer paso. Una de las membranas pareció latir al ritmo de su pulso, y una lengua de luz lÃquida la rozó por la mejilla. SabÃa que aquel era un gesto de seducción, que la bóveda era, con toda su maquinaria eólica, también un escenario erótico. Porque la cultura que habÃa edificado ese estuario habÃa comprendido, antes que cualquier intelectual del consorcio humano, que el deseo y el asombro son géneros de una misma especie biológica.
Los registros hablaban de civilizaciones que se busaron entre sà en los pliegues del espacio como se buscan los amantes en dormitorios multiformes. Mundos cuya tecnologÃa ascendÃa en floraciones y súbitamente se colapsaba, no por accidente sino por exceso de experimentación, por cruzar todos los umbrales posbiles en busca del éxtasis absoluto del saber. Civilizaciones erigidas sobre la premisa de que para que exista un descubrimiento ha de haber antes un hambre, un nudo, una fisura de anhelo.
Klaia acarició el borde de la membrana. Un pulso la atravesó, como el eco de un grito nacido en millones de gargantas a la vez. Sintió la memoria de algo no vivido: una ciudad ardiendo, cuerpos de metal y celulosa fundiéndose en plazas mientras el cielo se llenaba de aves imposibles. Sintió la urgencia, el vértigo de una juventud planetaria, de quererlo todo de una vez, la obsesión por nombrar y poseer, por dejarse poseer por algo inmenso y ajeno.
Dio un paso atrás, temblorosa. Xho se le acercó, y por un segundo Klaia imaginó que la tomarÃa de la mano, que la electricidad entre sus pieles encenderÃa la bóveda. Pero Xho no hizo nada. Se limitó a mirarla de esa manera que la desarmaba: mezcla de informe cientÃfico y obediencia ciega.
—Elije otra —le susurró.
El deseo de Klaia era ahora polifónico, fragmentado en mil partes: parte de ella querÃa desvelar todos los secretos a la vez; parte querÃa arriesgarlo todo en la próxima pulsación. Parte querÃa hundirse en Xho, unirse a su concentración obstinada.
Eligió otra membrana. El pulso fue más fuerte. Ahora fue testigo de un cortejo interplanetario, dos especies incapaces de contacto directo, aprendiendo a seducirse a través de ondas gravitatorias y emisiones de partÃculas. Los visionó diseñándose mutuamente, aumentando sus frecuencias de vibración para lograr el mÃnimo solapamiento, una danza perpetua en que el deseo por comprenderse mutaba en nueva fÃsica, en el nacimiento de una matemática que era a la vez erotismo y teorÃa del caos.
Klaia sintió el vértigo de pertenecer a algo más amplio, rebelde. Cayó de rodillas. Comprendió entonces por qué Xho la habÃa traÃdo: el deseo no era sólo la condición previa, sino la memoria activa de esos mundos, la forma en que las civilizaciones dejaban inscritas sus ansias en el mismo tejido de la realidad. Aquello era pornografÃa de descubrimiento, un exhibicionismo elevado a arte, a éxtasis colectivo.
La siguiente membrana era diferente. No transmitÃa imágenes ni sensaciones, sino vacÃo. Klaia sintió cómo el aire se volvÃa glacial, cómo el anhelo anterior se replegaba. Sin embargo, el propio silencio era sugestivo. Imaginó una civilización ya extinta, cuyos miembros habÃan renunciado a toda búsqueda y deseo, procurando la serenidad absoluta. ¿Qué descubrirÃa una especie asÃ? ¿En qué se convertirÃa el afán por cruzar umbrales cuando no quedaba deseo alguno?
Xho tocó su hombro, casi por accidente. Klaia se sobresaltó—aunque el contacto fuera Ãnfimo, la necesidad de provocar más roce, más tiempo, era ya incandescente. Lo miró; ambos compartÃan un mismo temblor, disfrazado de profesionalidad.
—Asi que esto es—empezó Xho, pero no supo acabar. La palabra era innecesaria.
Ahora, ambas sabÃan que el descubrimiento no era sino un circuito cerrado, un loop en el que cada nuevo saber reactivaba el hambre que, en teorÃa, venÃa a saciar. Y que la historia de las civilizaciones no era más que un palimpsesto de deseos encarnados, superficies superpuestas de súplicas, huidas, atrevimientos. La bóveda no era un museo: era una ruina viva, la firma de todos los que alguna vez soñaron más allá de su propio cuerpo.
Klaia miró sus propias manos. PodrÃa, en ese instante, tocar a Xho. PodrÃa, mediando tan poca distancia, iniciar la última transgresión. Pero entonces, ¿qué quedarÃa por descubrir?
El dilema flotó, opaco y magnético, en el aire. Muchos Otros, en otras épocas, seguramente se habÃan enfrentado a la misma coyuntura. Algunos habrÃan elegido la colisión, la fusión de deseo y conocimiento en una sola explosión ciega; otros, la abstinencia, la prolongación del misterio.
Levantó la vista. Xho la observaba, sus ojos ya desnudos de toda máscara. La decisión ya no era técnica ni ética. Era la inquietud original, el fermento subterráneo de todos los logros cósmicos.
—PodrÃamos quedarnos —sugirió Klaia, apenas en voz alta—, buscar cada una de las memorias, agotarlas.
Xho sonrió:
—O podrÃamos salir, guardar todo este ansia para cuando lo necesitemos.
Permanecieron ahÃ, suspendidas entre membranas resonantes, el deseo latiendo como un dÃnamo. La historia de todas las civilizaciones fluÃa debajo de sus pies: una exposición interminable de lo que cada especie habÃa querido y conseguido, o perdido.
Cuando salieron de la bóveda, la gravedad pareció mayor, el aire más espeso. No intercambiaron palabras; la ceremonia era suya, y en el silencio quedaba la promesa de un relato interminable. La certeza de que, siempre, tras cada descubrimiento, el anhelo persiste. Que a pesar de todo, o quizás por todo, seguirán existiendo cúpulas ocultas, estuarios sellados, valles cargados de deseo.
Y en ellos, dos figuras, unidas no por lo que poseen, sino por lo que todavÃa desean descubrir juntas.
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