Portada del relato La selva de los olvidos
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Fragmento:


Contempla el paquete: una esfera blindada a temperatura controlada, que emite pulsos biométricos como un corazón febril. La toma entre las manos y deja atrás la luz ámbar de la estación. Si existieran pájaros serían sombras lejanas en los paneles de cultivo. No hay cantos, solo el zumbido de la malla térmica y el susurro de sus propios recuerdos. A cada paso, la ciudad se dispersa, tornándose un esqueleto de metal retorcido y terrazas donde lo vivo y lo muerto negocian una tregua imposible.

Duración: 08:42

La selva de los olvidos
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando uno camina entre las massivas ruinas verticales de Eridani Nueve, bajo la luz filtrada del dosel artificial, es sencillo olvidar que alguna vez hubo un mundo debajo, uno real, uno que tenía selvas húmedas donde los insectos reptaban bajo la sombra de árboles kilométricos y los líquenes y hongos susurraban antiguas canciones al paso del viento. Ahora, el viento es un artefacto de la ingeniería, creado por los ventiladores que laten incansables las veintisiete horas del día, y la lluvia cae en ciclos programados para lavar el polvo radiactivo que aún viaja a través de la atmósfera fragmentada.

Se llama Selene, aunque nunca vio la luna original. Camina con el gesto tenso de quienes se niegan a llamar hogar al interior de las cúpulas de Eridani. Su memoria colectiva, almacenada en tres chips pintados con oro y bismuto, brota a veces en sueños: imágenes de raíces hurgando la tierra en busca de agua, aves cantando mientras el aire se vuelve azul bajo el roce del amanecer, y un calor apacible, húmedo, que le taladra el pecho con una nostalgia que no le pertenece del todo.

Esa mañana, el supervisor la detiene con un gesto de bio-interfaz. “Tienes que llevar el paquete, Selene”, dice su voz alterada por el filtro de la máscara. “Bajada 12, sección suroriente. Los embriones de silicio han comenzado a mostrar señales de reacción no prevista. No debemos repetir el incidente del arca 17.”

Contempla el paquete: una esfera blindada a temperatura controlada, que emite pulsos biométricos como un corazón febril. La toma entre las manos y deja atrás la luz ámbar de la estación. Si existieran pájaros serían sombras lejanas en los paneles de cultivo. No hay cantos, solo el zumbido de la malla térmica y el susurro de sus propios recuerdos. A cada paso, la ciudad se dispersa, tornándose un esqueleto de metal retorcido y terrazas donde lo vivo y lo muerto negocian una tregua imposible.

Las calles están desiertas a esta hora: los obreros migratorios duermen; las rarezas genéticas deambulan en el subnivel, donde los ingenieros nunca miran demasiado. Selene cruza ante ellos: una cara humana entre seres de grafeno, carne reconstituida y circuitos fractales. “Hey, nueva chica, ¿a dónde vas con esa cosa?”, ladra uno, su mandíbula hecha de fósforo y sus ojos brillando azul neón. No responde. Aprieta el paquete contra sus costillas y sigue adelante.

Las escaleras hacia la bajada 12 descienden en espiral, cada peldaño cubierto de líquenes fosforescentes: la única vida salvaje tolerada en la cúpula, puesto que limpian residuos y procesan el aire. Hay rumores de que algunas colonias han mutado más allá de lo esperable, devorando el metal de la infraestructura. A Selene le parecen bellos: verdes y violetas, parpadeando con una luz propia, una minúscula resistencia frente al artificio.

En la puerta de la Bajada 12, el aire está saturado por trazas de iodo y ozono. El panel reconoce su pulso y activa la compuerta. Instantes después, su silueta se sumerge en penumbra: aquí las lámparas funcionan sólo parcialmente, y las sombras se enroscan a los pilares, disimulando manchas de óxido y las cicatrices del último incendio.

Allí la espera Fergus, supervisor adjunto, alto y enjuto como los estiletes de las primeras lanzaderas lunares. “Rápido”, susurra. “No hay tiempo”. Una grieta del techo permite caer un hilo de agua marrón que se pierde en las rejillas del suelo. “El crecimiento se aceleró. Saco un brote salvaje cada media hora. Está afectando las bombas de aire. Si rebasa la tolerancia…” Deja la frase caer, como si las palabras fueran demasiado pesadas.

Avanzan hasta la celda de embriones. El aire es cálido, casi insoportable, plagado del olor acre de silicio reactivo y clorofila sintética. Los embriones crecen dentro de esferas transparentes, como órganos en un útero sin madre, torres espirales de filamentos verdes que se encienden con pulsos ultravioleta. A su alrededor flotan rastros de gas: indicio de que la reacción es más intensa de lo que admiten los informes.

Selene estudia los indicadores. Algunos embriones han desarrollado micro-ramas alrededor de las unidades de soporte vital, engullendo el cobre y el silicio de las propias redes que debían nutrirlos. Otros parecen disolverse en pequeños cristales, emitiendo un chirrido agónico que sólo los más sensibles al espectro electromagnético pueden captar. “Está mutando el protocolo genético”, señala ella. “Alguien intervino el código de replicación.”

Fergus asiente, con el rostro desencajado: “Hay una teoría… que la marea inversa los infectó.”

La marea inversa fue la catástrofe final del planeta. No fue una tormenta ni un incendio, sino una lenta reversión de las capas biológicas: los silenciosos, lentos agentes de descomposición de la antigua biosfera comenzaron a metabolizar desechos industriales, plásticos y aleaciones desconocidas, y a devolver a la atmósfera moléculas imposibles. El aire dejó de ser aire; el agua no era agua. Los bosques de Eridani y todo lo demás sucumbieron entre 80 y 130 años terrestres, bajo el asedio de lo que algunos llamaron “vida inversa”.

Selene deja el paquete junto al módulo de control. Pulsa el seguro: la esfera se abre, desplegando una criatura microscópica en un lecho de humedad. “¿Crees que funcione?”, pregunta Fergus.

No lo sabe. Pero el protocolo dice que estas criaturas fueron diseñadas para comer microcristales, neutralizar la acumulación de silicio y devolver una matriz más estable a los embriones. Pero el protocolo, Selene sabe, fue escrito cincuenta años antes del primer colapso estructural. Aquí, donde las leyes cambian con cada ciclo de reminiscencia, nada puede darse por seguro.

Un estruendo en la galería: una de las esferas de crecimiento revienta. Los filamentos verdes se escapan como serpientes humeantes y perforan con avidez el panel de control, que lanza chispas y apaga las luces. Fergus saca un antídoto: nano-robots en forma de polvo. Selene prefiere la respuesta antigua: lanza sobre los filamentos un puñado de tierra vieja, una reliquia sacada de los depósitos prohibidos. La tierra grita, literalmente: un estertor sónico mientras los organismos de silicio reaccionan y se retuercen, confundidos ante la trama orgánica original.

“¡No! La reacción puede ser peor…” masculla Fergus, pero Selene no lo escucha. El silencio en la cámara es repentino y total. Los filamentos se repliegan sobre sí mismos, emitiendo destellos frenéticos, y la criatura del paquete, microscópica, emite de pronto una frecuencia capaz de atravesar la membrana protectora. Selene siente la vibración en su columna, en sus vísceras. Algo se pliega, un eco de ADN olvidado en sus propios chips de memoria, y entonces, por un momento, la cámara parece respirar. La humedad se condensa sobre las superficies y la criatura se expande, como una dispersión de esporas de sonido, una ola muda que devuelve a los embriones su patrón original.

Fergus observa, temblando, mientras el panel vuelve a la vida, luces titilando como luciérnagas. “¿Qué… fue eso?”

Selene no puede ni quiere explicar. “Un recordatorio”, dice apenas, mientras cierra la compuerta.

Regresa a la superficie, sintiendo el peso de lo que ha hecho, el vértigo de haber cruzado por enésima vez el límite entre salvar y condenar. La ciudad murmura a lo lejos, como un animal alienado, y el polvo de la primavera oscurece el resplandor tenue del techo de la cúpula.

En su pequeño cuarto, junto a la estación de trabajo, Selene se conecta a la red local y repasa los registros. La actividad de los embriones ha vuelto a un margen aceptable. Nadie sabrá que la tierra original sigue latente en un rincón de Eridani, ni que las criaturas de silicio pueden ser persuadidas hacia la calma por la memoria de un ecosistema perdido.

Pero cuando apaga las luces y posa la cabeza sobre la almohada, escucha de nuevo el rumor de la selva antigua —no en sus sueños programados, sino en la textura viva del aire: un recordatorio de que ningún colapso es absoluto ni ningún futuro tan cerrado como parecen las paredes de la última cúpula.

La lluvia cae durante la noche, lavando el polvo del techo abovedado. Selene mira a través del panel en su ventana y piensa en la criatura que dejó atrás, en lo que quedará de Eridani cuando la marea inversa regrese, o cuando los archivos, sus propios chips de memoria, se degraden y el último rumor de la selva sea apenas una resonancia en la arquitectura quebrada.

La supervivencia, piensa, no es solamente seguir respirando entre los escombros. Es recordar —y recordar peligrosamente— cómo era, cómo pudo ser, y cómo, por un momento casi imperceptible, lo imposible busca, una vez más, la forma de florecer.

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