Portada del relato El Emisario de Yateya
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Fragmento:


El aire artificial de la nave olía a anís, reminiscencia de una colonia desaparecida hacía dos siglos, cuando las memorias y las conductas eran moldes tanto como las células. Tengo la costumbre de recorrer los corredores circulares de la Yateya antes de cualquier encuentro—fuera de sentido secreto, una manera de recordarme que mis pies me pertenecen. Aunque, claro, sé que nunca han sido verdaderamente míos.

Duración: 09:36

El Emisario de Yateya
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Texto de ajuste de pausa.

El aire artificial de la nave olía a anís, reminiscencia de una colonia desaparecida hacía dos siglos, cuando las memorias y las conductas eran moldes tanto como las células. Tengo la costumbre de recorrer los corredores circulares de la Yateya antes de cualquier encuentro—fuera de sentido secreto, una manera de recordarme que mis pies me pertenecen. Aunque, claro, sé que nunca han sido verdaderamente míos.

Lo supe desde que tuve conciencia. Cada vez que me miro en el espejo, el óvalo liso se parece demasiado a las imágenes históricas de Mx. Choa, a quien nunca conocí. Quiero decir, nunca en carne y hueso. Sus registros—los de la primera generación Choa aprobada para la administración de Udur—siguen accesibles, supervisados por los jueces de Herencia Imperial. Sus gestos, las cadencias automáticas de una autoridad inculcada, emergen en mí como si me hubieran unido las partes invisibles de un gran mecanismo. Mi clonación fue un acto burocrático. Mi personalidad, un bien comunal, una herencia razonada.

Hoy, sin embargo, camino hacia la Sala de Tránsitos con una rareza dentro: miedo. No por mi destino; el Imperio prefiere a los suyos dóciles y eficientes. Sino porque recibiré a otro yo. Un mensaje llegó ayer: la colonia Gai, recóndita pero legal, había liberado una muestra de material genético propio y se había arrogado el derecho de fabricar su propia gama Choa, para una administración local no explicitada en nuestros registros. Eso es una infracción seria, y el Imperio no la tolera bien. Pero ahora hay diplomacia obligatoria, y el resultado de esta charla decidirá mucho más que el estatus de la colonia.

El huésped llegó tres horas antes. Le llamaban Xou, nombre adaptado. La noticia de su arribo recorrió la nave con la velocidad del chisme, y cada equipo de consolas discutía si emergería vestido con la sobria túnica gris imperial, o con los colores explosivos de Gai, donde siempre crecen flores aun en las paredes de los laboratorios.

Me esperaba algo llamativo. Lo reconozco: esperaba reconocerme, en los pliegues de su expresión, en la modulación de la voz. Esperaba escándalo; una ruptura notoria.

Encontré a una persona sentada con manos largas y apacibles, las uñas pintadas con pigmento verde. Xou giró la cabeza al oír mi entrada, sonrió (es mi sonrisa: temblor en la comisura izquierda, mirada firme y honesta), e hizo un gesto de invitación a sentarme.

—Tienes la expresión de alguien que teme decepcionarse —dijo, en imperial preciso.

—Y tú, la de quien tomará nota de la decepción y la preservará para futuros estudios —repuse, sentándome enfrente.

Un silencio, correcto y educado.

—Quieres saber por qué —dijo Xou—. Por qué decidimos replicar la línea Choa sin solicitar permiso anterior. De hecho, por qué siquiera querríamos replicar una línea del Imperio.

Asentí, sabía que el protocolo me pedía objetividad inquisitiva. El tono correcto, sin hostilidad, pero sin ceder a la cortesía vacía. Eso también venía impreso, línea por línea, en mi entrenamiento y—digámoslo—en mi bioestructura.

—Gai ha sido siempre autónoma —dijo Xou—. Nadie nos envió supervisores en los primeros cien años. Nos enseñaron a sostener nuestros propios circuitos de energía, a reciclar moléculas, a compartir el aire. Imaginamos que éramos libres de elegir nuestros propios rostros, nuestras herencias. Pero la necesidad de mediación con el Imperio cambió los requisitos para la administración. Lo sabes tan bien como yo. Nadie de nuestra gente deseaba portar la autoridad imperial en la piel. Pero, si era la única manera de mantener la colonia, debíamos fabricarla. Así que fabriquémonos a nosotrxs mismxs como un puente. No para disolvernos, sino para traducir.

Tenía la sensación de que las palabras de Xou rodaban en mi cabeza como cuentas. Consideré si debía sentir rabia o alivio. Toda mi vida, toda mi función, era ser la representación corporal del compromiso imperial. Ahora, la misma función se había hecho disponible a una comunidad, como un recurso entre otros.

—Podrías haber pedido autorización para la transferencia genética. No es sólo una cuestión impositiva. Hay riesgos para la estabilidad cognitiva si se clona fuera de los protocolos pertinentes. El conocimiento acumulado podría diluirse, perder sentido. Eso sin hablar de la herencia psicológica, la regulación epigenética... —recité, como memorizado.

—¿Te preocupa la corrección funcional, o la legitimidad? —preguntó Xou, sin dureza.

No supe responder. Porque la verdad, en ese instante, era ambas. Que otro yo—otra versión, alterna en los detalles—pudiera surgir al margen de la criba imperial, ponía en cuestión más que mi estatuto funcional. Las viejas dudas, reprimidas: ¿Qué es una persona elegida para perpetuarse? ¿Qué dice de una civilización que, para gobernar, debe duplicar y distribuir versiones selectas de sí misma?

Hubo otro silencio, más cálido; ambos, de alguna forma, reconociendo la rareza de compartir aire con lo que podríamos haber sido.

—He revisado tus registros, Xou. Tu línea está estable, tu memoria de formación es completa. Pero lo que no aparece en los archivos es este matiz. Esta interpretación. ¿Qué piensas tú? No como representante, sino como persona.

Xou miró sus manos, las giró, contemplando los núcleos verdes de sus uñas. Finalmente, habló con una suavidad que me resultaba desconocida, y en esa suavidad sentí la genuina grieta entre nosotrxs.

—La colonia Gai es pequeña, frágil. Necesita símbolos, sí, pero necesita aún más la capacidad de transformar esos símbolos en rutas alternas. Si sólo fuésemos copias, circuitos repetidos, pronto dejaríamos de aprender. Yo quise ser una mediadora porque pensé: ¿qué sucedería si a la autoridad le añadimos nuestra conciencia de límite? He sentido, en mi núcleo, el eco de tu memoria, de tu formación imperial. Pero también hay otra música. La de una tierra en la que cada clonación es una negociación con el entorno, no sólo con la ley.

Me encontré, contra toda previsión, aceptando las diferencias. Me pregunté qué versión de mí misma hubiera emergido en Gai, entre laboratorios forrados de musgo, aprendiendo a negociar desde el margen, no desde el centro. Y por primera vez sentí vértigo ante el peso de mis propias herencias, seleccionadas, afinadas, siempre supervisadas.

Quise seguir el protocolo, exigir garantías, formular algún tipo de amenaza velada. Pero cuando hablé, lo hice desde la grieta.

—¿Cómo te aseguras de que tu independencia no te disuelva? El Imperio teme, en el fondo, multiplicar sus partes hasta la irreconocibilidad. Somos lo que somos porque podemos reconocernos.

Xou sonrió, y ese gesto—por una vez—me pareció propio. Una versión futura, alterna, de pertenencia.

—No lo sabemos. Toda colonia corre el riesgo de olvidarse. Cada clonación es promesa y amenaza. Pero también, si no lo intentamos, no sabremos cómo sobrevivir de otro modo. No queremos disoluciones: queremos traducciones. Queremos recordarte, pero también queremos cambiarnos.

El dato me deslizó a un lugar inesperado. El Imperio tiene sus recelos, pero sin colonias no existiría. Y las colonias—lo comprendí ahora—no existen sólo para replicar el núcleo. Son los laboratorios de lo posible; ahí reside su utilidad, y también su herejía.

La conversación se alargó en detalles: cuota genética, memorias transferidas, métodos de supervisión conjunta. Propuse formar un comité bicameral de revisión, en el que una versión Gai y una imperial dialogaran cada año. No era mi función sugerirlo—de hecho, era contrario al espíritu estricto de mi mandato—pero me encontré queriendo averiguar qué podríamos aprender, no sólo qué podríamos restringir.

Cuando Xou zarpó, una semana después, nos despedimos con una mezcla de sospecha y afecto, como dos planetas controlados por órbitas nuevas. Quedaba la posibilidad de contagio, de que la práctica de clonar a la autoridad se saliera de cauce, se volviera norma en los márgenes. Tal vez nunca podría decirle a mis superiores que, si sucedía, mi lealtad estaría tan comprometida como la de cualquier colonia. Que ahí, en la sombra de Udur, puede que lo que llamamos imperio no fuera más que el eco de un diálogo interminable entre versiones imperfectas de la misma memoria, andando a tientas, sintiendo el borde de la diferencia como una posible salvación.

Semanas después, recibí noticias de Gai. El comité tenía más conflictos de los previstos, y ya se discutían nuevos sistemas de mediación, nuevas líneas de clonado, querellas sobre lo que sería aceptable recordar y lo que era necesario olvidar. Yateya, en sus rutas lentas, los traía a ambos, cada ciclo: la rosa pintada de verde en el pulso de sus manos y las huellas remotas de la autoridad imperial en la otra.

Observé mi reflejo una vez más. El mismo rostro mil veces repetido, pero ahora, quizás, la posibilidad de un otro, multiplicado no por mandato sino por deseo y temor a partes iguales, me pareció el mayor acto de gobierno que podía concebir para un Imperio cuya verdad—como la de cualquier clonación—era siempre contingente, negociada, nunca definitiva.

Y entre los ecos suaves del anís, me permití pensar que el futuro del linaje no sería ninguna vez idéntico a su origen. Y que tal vez, sólo tal vez, ahí residía toda nuestra esperanza.

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