Portada del relato Mundos Carcinogénicos
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Fragmento:


―Si no actuamos, no habrá nada para salvar —dijo él, confiando en que sus palabras no fueran proféticas.

Duración: 08:50

Mundos Carcinogénicos
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Texto de ajuste de pausa.

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La pantalla titilaba, azul y verde, mientras el doctor Eliseo Tiller hundía sus dedos nudosos en la interfaz holográfica. Por el ventanal exterior, el lejano sol de Epsilon Prime dictaba su luz mortecina sobre la cúpula de la colonia humana más apartada del brazo de Sagitario. Era la alborada, pero allí, al otro lado de la atmósfera artificial, nada crecía bajo el sol. Solo hombres y mujeres hacinados en sus compartimentos de polímero, sobreviviendo. Todavía.

Hoy era el vigésimo tercer aniversario de su llegada. Nadie lo celebraba. A años luz de la Tierra, la fiesta no era una opción. Había trabajo urgente: los biólogos informaban de nuevas mutaciones en el cultivo base de algas, y los ingenieros del tercer subnivel advertían sobre pérdidas de presión en las esclusas, como si la colonia —o el planeta mismo— quisiera expulsar a sus intrusos.

Tiller tomó su lámina diagnóstica y cruzó el pasillo principal. Caminó entre cuerpos apáticos, algunos con la mirada ida, otros enfrascados en sus dispositivos de simulación, conectados a recuerdos ya lejanos de océanos y cielos azules. Los niños estaban siendo educados en aulas holográficas; aprendían sobre Ciencias Avanzadas, pero nadie les enseñaba sobre los árboles reales cuyas imágenes llenaban los libros digitales. Él, Eliseo, sí recordaba. El olor a tierra mojada, a madera y savia bajo el sol. Ahora la corporalidad del planeta era dura, árida, peligrosa.

En la sala de reunión, la comandante Hana Duvall aguardaba. Tenía los ojos hundidos y la voz áspera. Entre ambos habían sostenido la colonia durante los peores meses: epidemias, fallos energéticos, brotes de violencia. Ella levantó una ceja.

―El nuevo brote —dijo sin preámbulos—. Las algas muestran resistencia total a los antibióticos orgánicos.

―Ya lo sé. Tengo que tomar muestras frescas y experimentar con un retrovirus sintético —respondió Eliseo, casi sin pensar.

Un silencio cayó entre ellos, denso, eléctrico.

―Sabes que eso nos pone en riesgo de perder el anaerobio de reserva —recalcó ella, pero él sabía que el riesgo era inevitable. Si las algas mutaban, el oxígeno podía caer a niveles insostenibles; significaría una muerte lenta por asfixia para todos.

―Si no actuamos, no habrá nada para salvar —dijo él, confiando en que sus palabras no fueran proféticas.

Salió de la sala y se dirigió al invernadero principal. Se cruzó con Marko, técnico de tercera, cubierto hasta los codos de maculaduras extrañas tras una fuga durante el turno nocturno.

―No bajes al sector ocho —advirtió Marko—. Hay algo raro en el aire. Uno de los chicos se desmayó.

Eliseo asintió y apuró el paso. La angustia era un vapor constante en ese lugar. Conectó el biosensor a su muñeca y programó el dron para que siguiera su trayectoria. Si caía, al menos habría un registro transmisible a los demás. Dentro del laboratorio, las algas flotaban en depósitos viscosos, verdes y fluorescentes, como órganos expuestos en la penumbra. Extrajo la muestra y la llevó al banco de secuenciación. Mientras la máquina trabajaba, su mente vagaba.

No solo luchaban contra organismos hostiles, luchaban contra lo invisible: la memoria y la desesperanza. Los nacidos en la colonia no entendían el exilio, no soñaban con el retorno, como él y los otros fundadores. Veían ese planeta rocoso como su hogar, aunque los asesinara de a poco.

El secuenciador pitó. La cepa mutante tenía nuevas proteínas, estructuras jamás vistas en la biología terrestre. La palabra asomó con el peso de un verdugo: carcinogénico. Las algas, véase, formaban tumores; liberar esas esporas podía envenenar a toda la colonia. Dudó. Sin algas, perderían oxígeno y alimento; con ellas, la toxicidad podría crecer hasta arrasar la colonia. Fue tentador encender el sistema de purga y acabar con la colonia, ahorrándoles una agonía indefinida. Pero pensó en los rostros de Duvall, de Marko, de su propio hijo Dormund, ya adolescente y rebelde.

Volvió al centro de mando. Hana lo esperaba junto a los científicos de agricultura y al jefe de ingeniería. Presentó los resultados en el panel común, escuchando el murmullo de alarma al mencionar los tumores.

—La mutación es total. Las algas nos van a matar—sentenció, sin dramatismos.

Se discutieron alternativas, cada vez más desesperadas: abrir los laboratorios a la atmósfera hostil y utilizar bacterias autóctonas para limpiar los tanques, una jugada riesgosa; intentar una modificación genética sin saber si las nuevas algas serían siquiera comestibles; reducir la población comenzando por los más antiguos, como él, para retrasar el colapso...

La votación fue rápida, tensa. Ganó la propuesta de abrir los laboratorios, liberar las bacterias nativas y confiar en que, por una vez, el ecosistema del planeta les diera una tregua. Si todo fallaba, asumirían la muerte, todos juntos.

Durante la noche, se perpetró el acto. Eliseo, con las manos temblorosas, creó una apertura en la esclusa y los vapores del planeta inundaron los cilindros. La bacteria local, tan ajena a la vida humana, se alimentó de las algas con una voracidad impensada. Los sensores saltaron con cada nueva lectura mientras el oxígeno caía.

Afuera, la colonia descendía a un letargo forzado. La comida escaseaba. En los pasillos, los replicadores apagados acentuaban el hambre. Los gritos de los niños y el llanto de las madres tejían una música triste, casi sacramental.

A la séptima jornada, el milagro: una molécula nueva apareció en el biofiltro. Una bacteria transformada, capaz de fijar oxígeno. No era la salvación total, pero sí un respiro. Se reprodujo en los laboratorios, se cultivó con el último remanente de nutrientes. El ciclo de los tanques, rediseñado en tiempo récord, devolvió aire respirable...

Eliseo y Hana observaron juntos la bruma verde-azul del nuevo cultivo. Se mantenía estable. Uno de los ingenieros lloró. Una anciana, nacida en la Tierra, rezó en silencio. Dormund, el hijo de Eliseo, le preguntó si estarían a salvo. No hubo respuesta; solo un abrazo y la promesa silenciosa de intentarlo.

De la esperanza vino el miedo. Aquella bacteria era extraña, imprevisible. ¿Y si mutaba también? ¿Y si transformaba a los humanos por dentro? ¿Y si la colonia entera terminaba por fusionarse con la biología hostil del planeta, apagando la última chispa de humanidad? Nadie lo supo. Solo quedó continuar, día tras día, como herederos del vacío, como los hijos obstinados de un exilio sin fin.

Los años siguientes no trajeron grandes victorias ni tragedias súbitas. Trajeron pequeñas mutaciones: en el genoma de la colonia, en las costumbres y los deseos. Los niños jugaban entre los tanques y reían en la gravedad baja. Los ancianos contaban historias que nadie creía del todo. Hana envejecía digna, y Eliseo, más lento, encontraba consuelo en la rutina de medir, calcular, cuidar.

Los informes enviados a la Tierra dejaron de llegar, o quizá nadie los leía ya. Los colonos se adaptaron. Surgió un nuevo culto alrededor de los tanques verdes, un ritual al margen de la ciencia, donde los nombres de los antiguos fundadores adquirieron tonos de leyenda.

Un día, Dormund se presentó ante el consejo. Quería salir más allá de las cúpulas, explorar la tierra baldía, arriesgar una vida más allá de los sensores. Protestaron, temieron, pero al final le permitieron ir. Era inevitable: la humanidad muta, siempre.

Vieron partir a Dormund y a un grupo de jóvenes, armados apenas con sistemas portátiles y una promesa de retornar. Pasaron días y noches, tormentas y silencios. Dormund volvió, la piel curtida, la mirada nueva. Llevaba semillas, piedras talladas, incluso pequeñas formas de vida que ningún sensor había detectado jamás.

Hana, agonizante, exhaló la última orden: que la cúpula se abriera, que la especie se arriesgara a fundirse para siempre con el mundo nuevo. Fue así como terminó la vieja colonia y comenzó otra cosa: más humana, más bizarra, menos fija. Nadie escribió la historia final, porque ninguna historia humana se acaba. Solo se transforma, igual que el oxígeno en las venas de una colonia aferrada al vacío.

Y si queda alguna moraleja, es que la humanidad, lejos de sus raíces, encuentra siempre formas de crecer hacia la luz —sea en la nostalgia de la Tierra, sea en la mutación indómita de los exiliados. Porque solo quienes se arriesgan a ser transformados sobreviven a los mundos nuevos. Y solo aquellos que aceptan el miedo de perderse se convierten realmente en colonos: no de un planeta, sino de sí mismos.

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