Portada del relato Hijos de la Niebla
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Fragmento:


El ciclo artificial marcaba medianoche. Quince minutos antes había dejado a Elen, que dormía y murmuraba nombres que nunca fueron pronunciados bajo el cielo de la Tierra. Caminé despacio por el corredor luminoso, cargando el peso de mi insomnio y la ansiedad contenida, hasta llegar al observatorio. Allí, el cristal grueso y curvado repelía la condensación y mostraba al mundo —a ese otro que había que ignorar— bailar con las criaturas que nos habíamos prometido no conocer jamás.

Hijos de la Niebla
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Texto de ajuste de pausa.

Sabíamos que no debíamos mirar de noche por los ventanales de la cúpula. Nos lo habían dicho los Ingenieros, y los Ingenieros eran ley, palabra, sustento y muerte en este lugar. Resulta fácil obedecer cuando el vacío silba entre las grietas y los sueños parecen evaporarse junto con el oxígeno que exhalamos. Pero el hambre de saber es una bestia vieja, y desde que llegamos a Exodion IV, acecha entre las venas del aire reciclado y en el susurro cálido de cuerpos inquietos.

Por eso, aunque nadie hablaba sobre ello, todos sabíamos que alguien acabaría mirando. Alguien como yo.

El ciclo artificial marcaba medianoche. Quince minutos antes había dejado a Elen, que dormía y murmuraba nombres que nunca fueron pronunciados bajo el cielo de la Tierra. Caminé despacio por el corredor luminoso, cargando el peso de mi insomnio y la ansiedad contenida, hasta llegar al observatorio. Allí, el cristal grueso y curvado repelía la condensación y mostraba al mundo —a ese otro que había que ignorar— bailar con las criaturas que nos habíamos prometido no conocer jamás.

Deslicé mi palma por la consola; la celda reconoció mi pulso y se abrió con un suspiro de vapor. Nadie. Ni cámaras, ni centinelas. Solo mis pasos y el leve zumbido de la maquinaria en el subsuelo.

Tuve miedo. Del otro lado esperaba una noche sin estrellas, saturada de nubes de magma y ráfagas de aire fosforescente. Las criaturas, los Abisales, recortaban siluetas fantasmales justo donde la niebla lechosa tocaba la estructura de la cúpula. Eran altos, demasiado altos, y casi no deberían poder moverse en aquel entorno venenoso. Pero sí se movían. Y a veces, más cerca, pasaban la extremidad de un brazo translúcido por el cristal, allí donde, mucho tiempo atrás, alguien escribió con sangre los primeros nombres de los caídos.

Volví porque necesitaba sentirme parte del ciclo que había roto. Allí fue donde empezó todo, en esa decisión insignificante que, como todas las grietas, crece hasta partir una civilización.

El día siguiente me encontró trabajando junto al hidropónico principal. Elen y yo hacíamos mantenimiento rutinario: cambiábamos filtros, monitoreábamos el crecimiento de las algas, reciclábamos nutrientes. Nadie hablaba ya de “mañana” de la manera en que hablan en la Tierra; la idea de futuro era tan escasa como el agua pura.

—¿Dormiste? —preguntó, con la voz aún cubierta de sueño.

—Un poco —mentí.

El turno concluyó; caminamos juntos por el corredor helado donde los colonos pegaban horas de sus días para evitar hablar de noches. Pero yo vi algo distinto en los rostros, una inquietud que hasta entonces era burbuja. Alguien susurró: “Otra vez…alguien los ha visto.” La frase rebotó en el casco, como un eco viscoso.

Las reuniones con los Ingenieros solían ser ritualizadas, soporíferas, pero esa tarde el aire pesaba. El Viejo Lirman presidía. De todos los fundadores, era el que mayor respeto inspiraba: no por bondad, sino por temible eficiencia.

—Ha habido una infracción —dijo. Nadie se movió—. La integridad de este hábitat depende de nuestra disciplina. No quiero discursos. Sólo recuerdo: la supervivencia demanda obediencia.

El protocolo era la fe en Exodion IV, pero sentí miradas. Juraría que Elen me rehuía, aunque luego, en la intimidad, solo me preguntó:

—¿Fuiste tú?

Le sostuve la mirada. Esas cosas no se confiesan a quienes aún pueden salvarse de la duda.

A la sexta noche tras mi incursión, la tragedia cayó como siempre caen en las colonias: en oleadas lentas, preñadas de sospecha y luego certeza. Un sector completo —el 7-C, el que nunca debió ser habitado— reportó ceses de funcionamiento; los sensores periféricos captaron actividad inusual; los centinelas de plasma crujieron y después callaron. El oxígeno empezó a escasear. El protocolo era simple: pánico contenido, cierre de compuertas, recuento de pérdidas.

Pero llegaron los susurros: se veían formas en el cristal, marcas nuevas, extraños símbolos que ningún Humano trazó.

El encierro nos obligó a compartir más espacio del permitido por la cordura. La paranoia era gas invisible: se notaba en el sutil apartar de hombros, en el modo que la gente empaquetaba sus escasas posesiones como si prepararan un nuevo éxodo.

Nadie lo decía, pero todos pensábamos igual: los Abisales ahora sabían que los observábamos.

Cuando la muerte vino, fue rápida. Uno de los nuestros despertó sin ojos y sin voz, los brazos extendidos sobre la almohada, la piel cubierta de extraños hematomas en espiral. El Ingeniero Lirman prohibió todo acceso al observatorio, elevó el protocolo al máximo y desató una caza sorda: no buscar culpables, sino evitar que nadie supiera qué buscábamos.

—No podemos quedarnos aquí —susurró Elen en la oscuridad, acurrucados en el módulo frío que nos tocó en desgracia—. Saldremos perdiendo si no entendemos qué quieren.

—¿Has hablado con alguno de ellos? —pude oír el veneno de mi propio escepticismo.

—No saben que entiendo su lenguaje, pero… escucho cuando pasan cerca.

—Es imposible. El traductor es obsoleto.

—No necesitas un traductor cuando viven en tus sueños —respondió casi llorando.

Mi incredulidad era el verdadero muro de este mundo, pero supe que mentía si negaba el temor. Porque yo también comencé a soñar, desde esa noche en el observatorio. Y los sueños tienen olores: neblina espesa, la fragancia metálica de la carne abandonada.

Los siguientes días fueron un catálogo del miedo: más muertes, mensajes indescifrables en el cristal, caros minutos ocupados revisando registros inútiles. El Viejo Lirman comenzó a perder autoridad cuando los suministros escasearon y el sistema de reciclaje colapsó por saturación de desechos biológicos. Nadie sabe cómo las colonias humanas pueden tolerar ese nivel de descomposición moral hasta que ocurre.

Entonces vino la súplica. Elen me arrastró al extremo sur de la cúpula, donde la niebla era más densa y las criaturas —decían— materializaban sus formas con mayor precisión.

—Escúchalos —me ordenó, tomándome las manos.

Me negué. Ella apoyó mi frente contra el cristal, donde el calor del miedo apenas marcó un tenue círculo en la superficie pulida.

No lo recuerdo bien. Tal vez fue solo fiebre o el hambre. Pero sentí la presencia: algo enorme, la masa de un planeta palpitando tras el vidrio. A través del vaho, vislumbré una figura, no del todo humanoide: poseía extremidades viscosas, luces interiores navegando el interior de su carne translúcida. Supe sin palabras que no eran hostiles. No exactamente. Sólo nos marcaban, como bacterias obstinadas en sus propias colonias.

La voz, si alguna vez existió, fue limpia como el estertor de una galaxia moribunda:

“No tememos. Aprendemos. Humanos: compartid o marchad”.

Luego el grito, el de Elen, me arrancó de la visión. Cayó de rodillas; su sudor era sangre roja en la frente.

Horas después, la cúpula fue sellada completamente. Los Ingenieros decretaron el aislamiento total. Nuestra colonia, hija de la esperanza y la avaricia, se replegó en su ataúd de cristal y proteínas, esperando la llegada de una ayuda que jamás vendría.

Me visitaban en sueños. Floto, me susurran ecuaciones, muestran imágenes de otra historia, quizá a millones de años luz, donde otras colonias humanas fueron tan insolentes. Y veo: siempre el mismo resultado. El que observa se convierte en observado. El que marca es marcado.

Quizás, pienso ahora, los Abisales no sean enemigos sino advertencia. Somos una especie de semillas arrojadas al abismo y contenidas en su invernadero, cultivadas o exterminadas según el humor del clima.

Hoy escribo esto en una consola oculta, mientras los filtros gimen y la luz es un pestañeo tembloroso. Elen duerme eternamente a mi lado, su boca abierta en un grito silente. No sé si lo entienden los que sobreviven, los pocos que aún rastrean los túneles en busca de refugio o venganza.

Si alguna vez alguien lee esto en la próxima rotación de exilio, escúchenme: toda cúpula es un espejo, y tras la niebla, también hay hijos con hambre de entender. Quizá algún día no temerán mirar de noche. Pero si lo hacen, no olviden soñar juntos. Y recordar que el peor abismo es el que lleva tu nombre grabado en la humedad de un cristal olvidado, en una colonia donde solo sobreviven los que aceptan sus propios monstruos.

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