Fragmento:
En los jardines de la Mansión Eikon, los otros clones caminaban en filas discretas. Sabían que la vigilancia era constante. Sabían también —más que eso, lo percibían en las fibras de una intuición prestada— que una sola palabra mal colocada podría condenarles a un nuevo ciclo, o a la ausencia total.
El rostro de Seraphine era un duplicado perfecto de la mujer que había muerto la noche anterior. Ni la mínima cicatriz, ni la menor asimetría, ni un atisbo de vida distinta. Quienes vagaban por los corredores de la Mansión Eikon sabían que ella ya no era la misma, aunque fuese idéntica incluso en el susurro tímido de la voz.
Los maestros de la clonación llamaban a esto “recolocar la chispa”, pero sabía mejor la palabra que usaban a espaldas: abominación. En la pequeña y discreta cámara, las paredes cubiertas de tapices envolvían de silencio y de temor a Seraphine. La mesa central albergaba frascos de extractos, matrices, instrumental quirúrgico. Ella, desnuda bajo una tela áspera, observaba la pálida mano que sostenía el cuchillo, preguntándose si su dedo temblaba más que antes de morir.
La misma mano —¿la misma? ¿Quién podría saberlo realmente?— que ayer tapó la herida de la garganta mientras sentía congelarse la sangre. Al recobrar la conciencia, no hubo dolor. Solo frío y el aroma dulzón de lo nuevo: las células frescas, los perfumes antisépticos, el temblor reciente de la vida renacida.
El patriarca de Eikon, Arcadio, estaba de pie, perfectamente erguido. Sus ojos de ceniza iluminaban con brillo ansioso: “Recuerdas todo, ¿verdad? La última palabra, el instante del destello en la hoja, el nombre de tu asesino”.
Seraphine asintió. La voz tardó en salir. “¿Cuántas veces me han reconstruido ya?”.
Arcadio posó una mano sobre su hombro; fría, fuerte, autoritaria. “Cuatro, en este semestre. Nuestra inversión, querida, es costosa. Por eso te preguntamos ahora: ¿vale la pena tu regreso?”.
La pregunta parecía casual, casi banal. Pero la amenaza flotaba densa en el aire. Seraphine tragó despacio, intentando encontrar vestigios de personalidad en los retazos frescos de memoria. Había aprendido, en los años de su primer ciclo, a responder como se esperaba. Esta vez, sin embargo, vaciló.
“Cada vez que regreso siento lo mismo. El cuerpo es igual… los recuerdos, completos. Pero ahí, en la sombra donde pienso, hay algo… escurridizo. ¿Es mi alma la que falta, Arcadio?”.
El hombre sonrió, complacido. “Eso, querida, es la grieta por donde se filtra tu obediencia. No cuestiones el método. Pregunta cómo servir mejor”.
En los jardines de la Mansión Eikon, los otros clones caminaban en filas discretas. Sabían que la vigilancia era constante. Sabían también —más que eso, lo percibían en las fibras de una intuición prestada— que una sola palabra mal colocada podría condenarles a un nuevo ciclo, o a la ausencia total.
Seraphine encontró a Aldren, el único que parecía mirar de cerca lo mismo que ella veía: el vacío, lo no-narrado, lo que siempre estaba ahí bajo la piel impecable del reemplazo.
“Te han matado otra vez”, murmuró Aldren, doblando una ramita seca entre los dedos. Era su tic: romper objetos pequeños para comprobar —según él— que la fractura era real, que las cosas podían dejar de existir sin dejar réplica.
“Siempre es la garganta”, dijo Seraphine. “Cada reinicio, la cicatriz vuelve. Pero la herida desaparece. ¿Qué queda de la otra, de la primera yo?”.
Aldren se encogió de hombros. “Dicen que por cada clonación perfecta, un fragmento del alma queda en el vacío. Si eso es verdad, aquí somos solo envoltorios que aprenden, que repiten”.
“¿Y si quisiéramos romper el ciclo?”. Seraphine bajó la voz. “No regresar”.
Aldren la miró como si hubiera pronunciado la palabra sagrada y prohibida. “Desconexión. La última muerte. Solo hay una forma. Pero nadie la cuenta entre nosotros… Porque nadie vuelve a contarla”.
Seraphine pasó días vagando entre los corredores, sentándose junto a quienes, como ella, habían vuelto muchas veces. Cada historia era similar: la repetición de muerte y renacimiento, el cálculo frío de los Maestros de la Carne. Recogió, casi sin querer, los restos de sus antiguas existencias: una flor en el alféizar, un trozo de cinta trenzada que conservaba aún el olor a perfume que usaba su “primera” versión, la palabra medio escrita en la esquina de un libro.
Cada nuevo ciclo era menos nítido. Se despertaba preguntándose si era copia de una copia, si las líneas de su cuerpo estaban empezando a desdibujarse en una cadena de duplicaciones que terminaría borrando a la original.
Arcadio la visitaba algunos atardeceres, con la paciencia del jardinero que deshoja metódicamente las ramas enfermas. “Aún puedes servir. Mientras tengas utilidad. Dicen que eres especial: adaptas tus recuerdos más rápido. Pero los signos de inestabilidad son advertencia. Deberías estar agradecida, muchacha. Nadie más es devuelto tantas veces”.
“¿Nadie?”, preguntó Seraphine, la voz como una grieta helada. “Pero las leyendas…”.
“Solo leyendas”, interrumpió él. “Aquí solo hay ciencia. Y tú eres nuestro proyecto más costoso”.
Cuando el patriarca se fue, Seraphine sintió que otra pieza de sí quedaba atrás, un vacío donde antes habitaba la curiosidad.
Fue durante la siguiente muerte—una caída por las escaleras, tan certeramente accidental que no podía ser casual—cuando comprendió el mecanismo. Al despertar en su nuevo cuerpo, hurtó del quirófano una hoja de bisturí, la guardó bajo la lengua para después.
Se encontró con Aldren al anochecer, junto al viejo invernadero que nadie visitaba. El aire olía a musgo y promesa. “Quiero hacerlo”, susurró Seraphine. “La desconexión”.
Aldren tragó saliva, la miró sin comprender al principio. Luego asintió, despacio. “Tienes que buscar el Jardín de los Sueños Replicados. Hay una puerta. Los ancianos dicen que si mueres en ese umbral, no vuelves”.
Seraphine se aferró a la esperanza de la leyenda como si fuese una cuerda y avanzó, noche tras noche, hasta la parte más vetusta de la mansión, donde los muros se cubrían de hiedra y las sombras formaban las únicas veredas posibles. Finalmente, la encontró: una verja oxidada, decorada con filigranas que se entrelazaban en formas caóticas, como células en perpetuo desdoblamiento.
Entró.
Dentro del Jardín, la luz era diferente. No era amanecer ni ocaso. El aire parecía latir, como si respirara. Cada planta tenía el color y la forma de sus recuerdos muertos: aquí, un rosal de la infancia; allá, la higuera donde solía esconderse. Caminó, sintiendo en cada paso la acumulación de vidas pasadas, cada una apilada sobre la anterior como sedimentos no del todo mezclados.
Al centro, una fuente seca, pero bajo la piedra brillaba la huella de un metal pulido. Se agachó y miró su reflejo: su rostro era ella y también todos los anteriores, soplando como el viento sobre el limo, difuminando los contornos.
El bisturí tembló en su mano. ¿Cómo dar fin a una cadena de resurrecciones? ¿Era justo elegir el vacío final, o era solo otro ciclo disfrazado de liberación?
En ese momento, una figura se materializó entre las sombras de los arbustos. No era Arcadio ni otro clon. Era una mujer, anciana, cuyo rostro —al mirarlo bien— era idéntico al de Seraphine pero cubierto de arrugas y cicatrices de incontables despedidas.
“¿Viniste por la desconexión?”, preguntó la anciana. Su voz sonaba a desierto y a promesa.
“Quiero decidir no volver”, susurró Seraphine.
La anciana le sonrió, triste. “Una vez fui tú. Muchos han intentado. Pocos comprenden: la desconexión no es el fin, sino el comienzo de una memoria verdadera. Pero una vez que cruzas, aquí el ciclo no se repite”.
Seraphine sintió una paz inesperada. Miró la hoja en su mano y, en vez de dirigirla a su garganta, la enterró bajo la fuente.
“¿Qué se supone que debo hacer?”, preguntó.
“La memoria se sostiene en el tiempo si nadie la fragmenta. Quédate aquí. Deja que el olvido haga el trabajo. Solo así dejarás de reencarnar”.
La noche se cerró sobre aquella conversación. Afuera, en la mansión, alarmas sonaron. Nadie jamás volvió a clonar a Seraphine, ni a encontrar el jardín donde se disolvió en la niebla de sus recuerdos enteros.
La última imagen grabada en el sistema de registro fue la de ella, sentada en el borde de la fuente, sin miedo, esperando lo que en la lógica de los clones llamaban “fuga final”: el derecho a convertirse, por fin, en un único recuerdo verdadero.
Y así, su historia se dispersó como semillas silvestres en el aire, buscando arraigar lejos del alcance de los que clonan cuerpos y fragmentan almas, esperando algún día dar fruto en una tierra donde la memoria y la identidad no puedan ser cortadas ni replicadas jamás.
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