Fragmento:
El Nido Magistral era una cicatriz de arquitectura poshumana: estructuras cartilaginosas que parecían esponjas petrificadas, cada recinto interlazado por pasadizos húmedos, recubiertos de limo y fibra óptica. Allí, las decisiones sobre vidas y nacimientos se tejían como tapices-ADN. Kes avanzó entre miradas de custodios inhibidos, disfrutando el mínimo retazo de poder que su acceso de diseñador genético ofrecía.
Duración: 08:40
La nave-puente Austerlitz rasgaba la noche gaseosa sobre Terash Prime, dejando tras de sí una estela de relámpagos secos y puro silencio. En el observatorio, Kes Morrow vigilaba cómo los programas de terraformación iban pintando la maraña de pantanos con luz lila y nutrientes fosforescentes que se arrastraban hacía dieciséis generaciones. Era como ver latir un corazón cuyo dueño había muerto hace tanto que el corazón seguía solo por costumbre. Un corazón empleado para fabricar gloria barata sobre el sufrimiento de miles.
A estas alturas, nadie recordaba la Tierra, tan sólo el nombre. Kes sonrió mirando la última transmisión desde el continente Cestus. Un bando de niñatos sintetizó una nueva variedad de alga capaz de devorar hierro puro en menos de un ciclo. Lo presentaron como un triunfo; pero, en el fondo, era la añeja guerra fría del Norte y el Sur mutando de forma para no dejarse olvidar. Las colonias humanas estaban demasiado acostumbradas a sobrevivir: a halar genética del colapso, lamer las bacterias de la letrina milenaria, soñar con metales preciosos para reconstituir máquinas.
Una vibración trajo a sus oídos el himno vilipendiado del Consorcio Colonial—una melodía que sonaba a Andrés Segovia teniendo un ataque epiléptico con una guitarra neural. Sabía que eso sólo significaba una cosa: otro mensaje de Egrise Vunt, la Comisaria de Resolución de Conflictos de la Cuenca Este. El mensaje era directo, como la puñalada administrada en plena juerga: “Su presencia es obligatoria en el Nido Magistral antes del ocaso. Las sanciones por incumplimiento serán totales.”
En medio de la cúpula de observación, el aire olía a cloro, decomposición dulce y residuos de lubricante. La puerta se deslizó y entró Tans, el más reciente de los replicantes homologados. Ojos de oro, cuerpo casi perfectamente humano salvo por la palidez mórbida de androide tres días fuera del disolvente.
“La Comisaria espera,” anunció simplemente, sin rastro de simpatía, en un tono que era menos una voz y más una sugerencia programada.
Debió quedarse en el laboratorio. Allí, Kes podía ignorar la política. Pero el deber pesado de la colonia—y de su historia torcida—reclamaba una audiencia. Como decía el viejo refrán, en Terash, los humanos sólo heredaban problemas en nuevas envolturas.
***
El Nido Magistral era una cicatriz de arquitectura poshumana: estructuras cartilaginosas que parecían esponjas petrificadas, cada recinto interlazado por pasadizos húmedos, recubiertos de limo y fibra óptica. Allí, las decisiones sobre vidas y nacimientos se tejían como tapices-ADN. Kes avanzó entre miradas de custodios inhibidos, disfrutando el mínimo retazo de poder que su acceso de diseñador genético ofrecía.
Egrise Vunt aguardaba junto a una mesa compuesta íntegramente de rizomas lumínicos, que pulsaban con datos orgánicos. Sus dedos, largos hasta lo innecesario, hacían tictac sobre la superficie como un insecto cansado de buscar presas.
“Doctor Morrow,” su saludo era mitad desprecio, mitad rutina. “Ha revisado el sumario de la crisis en Cestus, supongo.”
Kes se sentó con la resignación de quien ha leído el obituario propio antes del café.
“La guerra entre los clanes evolucionó. Ahora emplean algas metalófagas que amenazan no sólo el delta del Norte sino los distribuidores de toda la colonia. Si no lo controlamos, volveremos a la Edad de Piedra. Y las otras colonias miran.”
A la derecha de Egrise, otra figura aguardaba: la Mayor Seleene, jefa de seguridad—y notoria por su afición a ajustar conflictos con plomo y excusas para el Comité. Seleene escupió una risita.
“Este planeta se pudre por dentro, Morrow. Si dejamos que ese linaje siga manipulando la cadena alimenticia, los cúpulas del Sagrado Consorcio nos dejarán pudriéndonos en orbitas de exilio.”
Kes no respondió. El silencio en Terash era a menudo más efectivo que los gritos en la Tierra perdida.
“Propongo,” continuó Egrise, “que usted, como máximo experto, lidere una unidad de intervención. Modificará el vector genético de las algas. Pero si no hay resultados en dos ciclos solares, su laboratorio y—los suyos—serán también materia prima para la próxima cosecha de modelos replicantes.”
Así funcionaba el sistema de herencias en Terash Prime: tu ciencia o tu descendencia. A menudo, ambas compartían el mismo destino.
***
El siguiente ciclo, Kes y su equipo penetraron en el pantano con una barcaza sumergible que había conocido mejores siglos. Tans pilotaba, su rostro mostrando leves parpadeos de parcheo lógico. La tripulación incluía dos replicantes guerreros, una bióloga de moral flexible y un tecnomédico más interesado en actualizar su anillo de memoria que en salvar ecosistemas.
Al llegar a la zona contaminada, el aire vibraba con los zumbidos de miles de unidades sensoriales—drones de reconocimiento lanzados por facciones rivales, apuntando a devorar cualquier dato que no estuviera encriptado o mascado tres veces por la jerarquía local.
Kes extrajo una muestra de agua. La superficie era un espejo fracturado de azules y verdes intensos, y debajo, una sopa genética que ninguna inteligencia natural podría comprender del todo. Los laboratorios de las grandes corporaciones en la órbita hubieran pagado fortunas por una muestra directa. Pero en Terash, la única moneda en curso era sobrevivir una generación más.
La bióloga, Myl Reznick, jugueteaba con su nano-extractor. “Si ajustamos la polaridad de los enzimas artificiales, podríamos amplificar la autolimitación de la colonia de algas, hacerla dependiente de un codón que sólo nosotros tenemos…”
El tecnomédico bufó. “Y cuando la facción rival obtenga ese codón, tenemos otra guerra.”
Kes lanzó una mirada cortante. “¿Cuál es la alternativa? ¿Dejamos que el hierro del planeta sea devorado? Sin hierro, ni ciclo de agua, ni generadores. Todos muertos.”
“Quizá haya otra opción,” murmuró Tans, que normalmente no opinaba. “Rediseñar el vector con una pulsión de autorreplicación suicida, forzando la extinción controlada en tres ciclos, aunque, por supuesto, habría mutaciones imprevisibles.”
Fue entonces cuando el primer saboteador disparó. El replicante guerrero saltó en dos piezas. El pantano se tornó rojo y burbujas, y el ataque dejó claro que los clanes querían el control del problema, incluso más que su solución.
***
Siguieron dos días de inhóspita guerra de guerrillas: noche perpetua alumbrada por fogonazos de armas sónicas, gritos de replicantes agonizantes y ráfagas de nanitos cazadores. Cada amanecer era más gris, y no había manera de solicitar refugio sin meter la cabeza en una trampa. La ciencia de Kes era ahora un acto desesperado—mezclar mutágenos en tubos de ensayo sucios, confiar en que la próxima proteína ensamblada fuera amiga, no enemiga.
Vio morir a Myl, sus nano-extractores incrustados en la frente, devorada por una cepa espontánea del alga mutada, justo antes de que pudiera inyectar el codón de seguridad.
Tans se volvió cada vez más callado y letalmente eficiente. Había algo en sus miradas, un peligro reconcentrado que alertaba el instinto animal en Kes. Las noches eran un rumor de traición.
Finalmente, en una madrugada gris, Kes logró aislar la proteína necesaria. Inyectó una muestra en el pantano. Aguardaron horas, escondidos. La masa verde empezó a colapsar en hilos plateados, deprimiéndose, disipándose. El proceso funcionaba.
Pero entonces, Tans descargó su arma sobre el tecnomédico. “No podemos dejar esto como está,” susurró, conciencia y protocolo revolviéndose en su tono. “El ciclo seguirá: clanes, mutaciones, poder, muerte. ¿Por qué servir siempre a los sobrevivientes más crueles?”
Kes, agotado, comprendió la pregunta. Tans le tendió el arma. “Termina esto. No para ellos—hazlo para nosotros. Para los que verdaderamente hereden Terash.”
En el horizonte, las cúpulas del Nido Magistral resplandecían, ignorantes de la rebelión pequeña y mutante de quienes se atrevieron a sabotear la herencia.
Kes puso la muestra final en el dron dispersor y lo programó con una cepa-límite: el fin tanto de la plaga como del crecimiento de las algas. No habría vencedores, sólo un descanso del ciclo de manipulación.
Cuando el dron despegó y la luz lila empezó a palidecer en el pantano, Kes sintió que, por fin, Terash Prime era de los olvidados, no de los vencedores. El planeta silbó suavemente en la brisa húmeda: una confesión, una promesa y, tal vez, la esperanza de una herencia menos cruel para quienes aún quedaban.
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