Portada del relato La vejez del invierno
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Las asambleas ocurrían en la sala de encuentro, bajo un mural de cristales que contaba una historia en capas. Nadie recordaba, en detalle, cómo fue la llegada, sólo ecos en los datos y los sueños de los más viejos. Lo inmediato era la vigilancia de la salud, las reparaciones, el agua. Lo filosófico venía después, casi en secreto, en la conversación calmada que algunos, como Áurea, mantenían en voz baja: ¿Qué somos, aquí? ¿A qué dios, a qué idea, sirve nuestra permanencia? ¿Qué le dejamos a las semillas, a las grabaciones, a nuestros propios cuerpos cansados?

Duración: 05:39

La vejez del invierno
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Las cúpulas relucían en el horizonte alienígena, moteadas de musgos bruñidos por siglos de trabajo humano. Áurea se levantó en la luz azulada del alba y, antes de abrir el habitáculo, escuchó la cacofonía de los sistemas: el susurro del reciclador, el latido intermitente de la torre de humedad condensada. Cada día le parecía una respiración prestada por la propia atmósfera del planeta, que los toleraba con indiferente paciencia.

La comunidad era pequeña, íntima hasta la claustrofobia. Nada sucedía lejos de ojos atentos o, peor aún, de oídos atentos a las paredes, donde mil voces tejían la tela de un murmullo perpetuo. La comida se cultiva en niveles apilados, iluminada por lámparas de espectro que cambiaban el color de las frutas y las manos. Áurea dirigía el ciclo de los nutrientes con la destreza de alguien que había aprendido a nutrir tanto los vegetales como las esperanzas de quienes la rodeaban.

Bajo el domo exterior, la nieve caía roja. Era polvo mineral, veneno para la carne, pero belleza insólita tras los muros. Los niños —pocos, preciosos— improvisaban juegos con las sombras de sus cuerpos fundidas en el cristal del observatorio. En el exterior, todo parecía demasiado lejano y hostil; dentro, la vida se mantenía a base de pactos y rutinas.

En los invernaderos, una vez al mes, cada adulto elegía qué planta acompañar durante el ciclo siguiente. Era un compromiso tácito: cuidado, conversación, a veces una canción, porque la vida prosperaba mejor acompañada. Áurea prefería los árboles miniaturizados que daban bayas dulces, árboles injertados de tantas especies olvidadas que la propia memoria botánica de la colonia se confundía con leyenda: ¿venían de la Tierra? ¿O de experimento en experimento, se habían convertido en algo completamente nuevo?

Las asambleas ocurrían en la sala de encuentro, bajo un mural de cristales que contaba una historia en capas. Nadie recordaba, en detalle, cómo fue la llegada, sólo ecos en los datos y los sueños de los más viejos. Lo inmediato era la vigilancia de la salud, las reparaciones, el agua. Lo filosófico venía después, casi en secreto, en la conversación calmada que algunos, como Áurea, mantenían en voz baja: ¿Qué somos, aquí? ¿A qué dios, a qué idea, sirve nuestra permanencia? ¿Qué le dejamos a las semillas, a las grabaciones, a nuestros propios cuerpos cansados?

A veces, en las noches largas, los viejos cantaban himnos de su juventud. No tenían fe en dioses; no obstante, la memoria adquiría fuerza ritual en la repetición. Los jóvenes, mientras tanto, ideaban maneras ingeniosas de burlar los sistemas para mirar, aunque solo fuera unos segundos, el peligroso rojo de la intemperie. Soñaban con salir, con no volver, con legar a sus hijos un mundo menos curvado al miedo.

Una mañana, Áurea encontró una grieta nueva en el domo interior. Era fina, casi capilar, pero cruzaba el plástico como una cicatriz. Convocó a Lin, responsable de estructuras, y juntas evaluaron si esa herida era señal de fatiga o de un simple accidente. El miedo brotó entre el silencio de ambas—sabían que una grieta era una decisión: reparar, cerrar, huir.

Esa noche, en la asamblea, el debate se tiñó del rojo exterior. Se habló de refuerzos, de la posibilidad de que el domo no era eterno, de qué significaba “seguridad” después de todo este tiempo. Algunos, secretamente, vieron en la grieta un símbolo de decadencia; otros, oportunidad. Un joven, Zev, propuso una expedición controlada al exterior, al menos para mapear la extensión del daño que la tormenta más reciente podría haber causado.

El clima dentro de la cúpula se tornó denso. Los mayores temían por la vida; los jóvenes por la falta de vida verdadera. Finalmente, por el voto apenas mayoritario, aceptaron el riesgo: Zev, Áurea y Lin, con trajes protegidos, cruzarían el umbral.

No era la primera vez, pero la presión del ahora lo hacía distinto. El aire más allá de las esclusas olía a hierro y en la distancia los árboles robóticos, abandonados por generaciones pasadas, sobresalían como monumentos a viejas pretensiones de terraformación y dominio. El polvo rojo opacaba sus luces, devolviendo sólo reflejos distorsionados del sol fragmentado.

Procedieron hasta el sector dañado. La grieta no era la única; otras, incipientes, insistían en aparecer. Corrieron mediciones, enviaron datos, pero sobre todo observaron. Entre las grietas, algo verde: una planta, improbable superviviente, había encontrado un filón donde germinar. Zev la tocó con una reverencia casi religiosa. Era pequeña, adaptada a la toxicidad, la primera de la colonia nacida en plena intemperie.

La pequeña expedición regresó. Contaron lo hallado: la fragilidad de las paredes, la perseverancia de aquella vida nueva. La grieta, dijeron, era tanto amenaza como promesa.

En los días siguientes, la colonia volvió a su ciclo, pero algo se había desplazado. Los ancianos tejieron historias sobre la planta y los niños reclamaron una nueva ceremonia: mirar, cada luna, en busca de los brotes entre las grietas. Áurea sintió miedo, sí, pero también una vibración extraña de esperanza. La colonia sobrevivía, y con ella, la imposibilidad de la seguridad absoluta. Ninguna tecnología podía mantener fuera el invierno de la edad ni el deseo de avanzar.

Así era el vivir allí, tras la cúpula, entre la memoria que se siembra y la certidumbre del cambio. Y la nieve roja seguía cayendo.

Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.