Portada del relato Contactos en el Umbral
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Fragmento:


Krii, no obstante, seguía tensa. Tomó la mano de Elyse, la giró hacia arriba, y pintó un “huevo” en la palma: una promesa de cambio, un secreto, una posible fuga.

Contactos en el Umbral
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Texto de ajuste de pausa.

En Teralis, la cúpula de energía zumbaba a intervalos lentos y sibilantes, como el aliento de un animal dormido. Cada ciclo de pulso reverberaba a través de los sensores implantados en las sienes de los técnicos humanos y sus acompañantes drubb. La última tormenta solar había barrido medio sistema y el escudo era la única razón por la que la base de investigación aún existía, con sus laboratorios enterrados como madrigueras en una duna de polvo azul.

No era excepcional que Elyse Saavedra despertara con las paredes retumbando y los drubb rondando inquietos en el corredor. La diferencia, esa mañana, era que su compañera de cuarto, una hembra drubb de pelaje moteado llamada Krii, había dejado mensajes pictográficos en todas las superficies reflectantes de la habitación.

Elyse apartó el sudor de la frente y buscó a Krii con la mirada, encontrándola acurrucada debajo del escritorio, articulando con los dedos el gesto de “cautela” y “puerta”. Los gestos eran la base de la comunicación diaria entre ambas especies, complementados por la síntesis vocal, pero nada sustituía la compleja danza de símbolos que los drubb impulsaban con luz, color y forma.

—Krii, ¿por qué me adviertes tanto hoy? —musitó Elyse, usando la lengua común, aunque sabía que Krii entendía mejor el tono que las palabras.

Krii contestó golpeando el suelo tres veces con la cola y extendiendo los brazos en dos líneas paralelas, representando el escudo y algún peligro externo. Era, en el lenguaje pictoral de su gente, algo similar a decir: “La barrera protege, pero es jaula”.

Desde hacía seis ciclos, ningún intercambio había sido autorizado con los colonos humanos del otro lado de Teralis, ni con los bandos minoritarios de drubb que vagaban fuera del perímetro. El escudo electromagnético era tanto prisión como refugio: la tormenta podía matar, pero el encierro tampoco era del todo soporte vital. Los protocolos, dictados desde la órbita por la Sede de la Liga, prohibían toda anomalía dentro y fuera de la seguridad la cúpula. Según los informes oficiales, los drubb colaboraban porque querían aprender de los humanos. Según Krii, el saber venía con el costo insidioso del sometimiento.

Afuera, el zumbido del campo de fuerza repelía la arena azul en latigazos comprimidos. Elyse activó el monitor holográfico y revisó la programación del día: simulaciones de emergencia, refuerzo de transmisores y recalibración de las balizas para asegurar el correcto confinamiento del escudo. Era rutina, tediosa y autoritaria, disfrazada de método científico.

Krii, no obstante, seguía tensa. Tomó la mano de Elyse, la giró hacia arriba, y pintó un “huevo” en la palma: una promesa de cambio, un secreto, una posible fuga.

—¿Quieres salir? —preguntó Elyse en voz baja, consciente de las cámaras.

El drubb la observó fijamente con sus ojos de triple párpado. Era una pregunta retórica; siempre habían querido. Lo nuevo era la urgencia.

El desayuno transcurrió entre seres humanos silenciosos y drubb aún más callados. Solo los niños, aquellos que no recordaban un mundo sin cúpula, parecían conformes con el encierro. Entre bocados de proteína sintética, el supervisor Yaroslav anunció que los sensores habían detectado una anómala vibración procedente del “borde este” de la cúpula: ni tormenta ni fauna autóctona; más bien, un pulso organizado. Elyse vio a Krii saltar en su asiento, la cola rígida y los oídos pegados al cráneo.

—Los drubb foráneos han intentado comunicarse otra vez —susurró Krii a través del sintetizador, dejando de lado el pictograma—. Su red quiere liberarnos.

Yaroslav ordenó grupos de observación y cerró las puertas traseras del complejo. Una vez más, Teralis se convirtió en un ajedrez de sospechas, con equipos patrullando la frontera; pero Krii ya había tomado una decisión. Aquella noche, cuando los generadores disminuyeron el pulso para el ahorro nocturno, ella y Elyse caminaron despacio hacia el ala de mantenimiento, donde el esqueleto del campo era menos denso y los sensores se podían manipular sin levantar demasiadas alertas, si una sabía cómo engañarlos.

Krii fue la primera en hablar, con el lenguaje total de los drubb: proyecciones de su memoria, olores de bosques libres, sonidos que resonaban a libertad. Elyse no captaba más que destellos, pero esos destellos eran un clamor. Empezó a entender lo que Krii quería: conectar la base adentro con los drubb de afuera, emitir una señal en el rango adecuado para que, aunque el campo resistiera el paso físico, su comunicación cruzara el vacío.

El plan era peligroso: una grieta en la programación del campo podía hacerles vulnerables a la tormenta o a la vigilancia orbital. Pero Krii insistió, pintando un símbolo ancestral en la consola: dos manos abiertas, enfrentadas en espejo. “Escucha al otro lado”, decían sus gestos.

Condenadas a su encierro físico, buscaron la libertad en la palabra, en la transmisión pura. Elyse reconfiguró la frecuencia del emisor C-17, modificando la fase para que no alertara a la red de seguridad humana, y la dirigió hacia el sector este, el más cercano a la colonia principal de drubb exiliados.

Durante horas, ambas enviaron mensajes en bucle: Elyse recitó la historia de su llegada a Teralis, sus sueños de infancia y la nostalgia por lluvias verdes. Krii proyectaba detalles de su vida antes de la colaboración: celebraciones al pie de los “bosques fluidos”, bailes multitudinarios y la sensación de correr sin límites bajo la bóveda del planeta. La señal era amplificada por las características mismas del campo de fuerza, que actuaba de espejo y refractor de frecuencias bajas.

Al principio, sólo obtuvieron ecos. Luego vinieron secuencias rítmicas en escalas desconocidas, pulsos elaborados, armonías que parecían compuestos de luz y tiempo. Elyse, entrenada en fonética y semiología, se dio cuenta de que era un saludo formal: los drubb externos, nómadas y rebeldes, hablaban a través de símbolos que la Liga aún no había codificado.

Poco a poco, la transmisión creció en complejidad. Los drubb foráneos daban información sobre rutas seguras, áreas de refugio, métodos para burlar sensores, pero también preguntaban por el propósito de la cúpula, por los motivos de los humanos. Krii respondía con poesía pictórica; Elyse, intentando mantener el equilibrio, trataba de transmitir la visión humana de protección versus coerción. Las respuestas de los drubb eran ambiguas, a ratos turbias y otras veces desbordantes de esperanza. El diálogo, aunque clandestino, era por fin un canal de libertad contra la opresión invisible del campo.

El tercer día, la vigilancia captó actividad anómala. Los guardias registraron el módulo y hallaron a Elyse sentada frente al panel, Krii a su lado, los dos aún inmersas en los mensajes entrantes. Yaroslav irrumpió furioso, acompañado de un técnico armando un bláster no letal.

—¿Qué han hecho? —exigió.

Krii, normalmente tímida ante los humanos, se irguió y dejó que fluyera una proyección compleja: la imagen de la cúpula imponente, luego la misma cúpula quebrada, salpicada de color y vida. Hablaba de la paradoja de la seguridad: cómo puede transformarse en esclavitud, cómo el miedo a la muerte puede impedir la vida. Elyse, al borde de un colapso, tradujo:

—Krii dice que la protección no es libertad. Que cualquier campo que encierra, aunque salve, también puede matar todo lo demás que importa.

El supervisor ordenó que Krii fuera aislada y que Elyse quedase bajo vigilancia. Sin embargo, la señal había seguido transmitiéndose segundos críticos más de la cuenta. En el amanecer de la siguiente rotación, los sensores de la cúpula detectaron pequeñas distorsiones en el campo; los drubb de afuera respondían, ahora ayudados por drones primitivos de fabricación artesanal, con la intención de abrir una brecha.

Mientras las alarmas sonaban, Elyse comprendió que el mensaje había calado: los drubb no solo querían liberar a los suyos, sino también recordar a los humanos una verdad perdida. Los campos de fuerza, a veces, nacen de la voluntad de proteger. Pero la libertad —su comunicación, su arte, su curiosidad— siempre encuentra un resquicio. Aunque la barrera se reconstruya, esa semilla de entendimiento había cruzado el abismo, y ni tormenta ni órdenes superiores podrían borrarlo ya.

La mañana transcurrió con caos, interrogatorios y redoblados controles; pero bajo el pulso azul de la cúpula, Elyse y Krii, separadas ya, compartían un mismo suspiro: habían hablado a través del umbral. Y sabían que, en el latido incesante donde el campo reencontraba al aire, la libertad seguiría buscando su cauce.

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