Portada del relato Ecos de Antares
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Fragmento:


El primer conflicto no fue con los nativos. Nuestro verdadero enemigo era la noche misma. En Talith, la noche cae como una losa súbita, desplegando largos dedos de sombra letal. La niebla cobra forma y en medio de la bruma empiezan a oírse los aullidos. Pretendíamos ser conquistadores, pero la luna verde del planeta solo nos veía como un festín más.

Ecos de Antares
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Texto de ajuste de pausa.

El olor llega antes que el fuego. Esta atmósfera hace arder todo distinto, hasta las dudas. El casco sella mi visión en cuadros verdes y rojos: antenas termales, pulsos vitales, la información bullendo en la malla neuronal de mi cerebro. Sudo y me tiembla el pulso, pero no dejo de mirar adelante. Porque en Talith, parpadear es morir.

Mi nombre es Mara Treyah, rango: Sargento Mayor, Primera División de Defensa de la Alianza. Me crié en un agujero minero de Betelgeuse V, entre hombres de polvo y mujeres con cuchillos más filosos que las leyes. Pero nada de eso me preparó para una guerra interplanetaria: ni para los acordes lúgubres del sistema solar enemigo, ni para la soledad del uniforme.

Cuando nos desplegaron en Talith VI, los mapas no mencionaban los valles de neblina viva ni a los cazadores de Khaur. Solo nos hablaron de tratados rotos, de recursos estratégicos, de la importancia del polo sur de Talith para el futuro de la humanidad y el equilibrio del sistema Antares. Palabras grandes para justificar que cien mil soldados —la mayoría tan verdes como las lunas dobles— pusieran los pies en una tierra que no pedía nada de nosotros.

El primer conflicto no fue con los nativos. Nuestro verdadero enemigo era la noche misma. En Talith, la noche cae como una losa súbita, desplegando largos dedos de sombra letal. La niebla cobra forma y en medio de la bruma empiezan a oírse los aullidos. Pretendíamos ser conquistadores, pero la luna verde del planeta solo nos veía como un festín más.

Mi escuadrón era conocido como los Cuervos. Había una camaradería forzada: la compartimentación en los cuarteles, las cartas cifradas que los novatos redactaban para casa, los interminables turnos de guardia. Éramos sombras entre las ruinas, con la tensión de quienes saben que otro disparo puede convertirnos en historia.

El Alférez Vila, mi segundo al mando, llevaba una suerte de amuleto mecánico colgado del cuello: un tornillo viejo de la forja de su padre. Cada vez que íbamos a salir, lo tocaba tres veces. Era superstición, sí, pero todos lo mirábamos de reojo. Si alguna vez lo olvidaba, todos sentíamos un escalofrío distinto al de la niebla. Le tapábamos las espaldas sin decírselo, porque en la guerra, la protección es un acuerdo silencioso.

La noche que empezó la ofensiva, Vila había afilado su cuchillo y repasaba las instrucciones, murmurando para sí. Ese murmullo era otra superstición más.

“El enemigo está cerca”, dijo. “Se adentran en el radio sur. Lo juro, Mara. Los sensores los captan pero no los ves hasta que los tienes encima”.

—“Y cuando los tienes encima, ya no hay mucho que hacer”, respondí.

A las 0140 horas, los bichos del sensor de movimiento cobraron sentido. Sombras en el lado oriental. No eran los soldados enemigos tradicionales: drones cambiantes, soldados equipados con armaduras de reflejo óptico. El verdadero enemigo era la Compañía Oscura de Talith, ese ejército de mercenarios sin bandera ni trayectoria, solo pagados para trastocar el equilibrio de la colonia.

El primer tiro de plasma fue un pulso ciego, barrido a través de la niebla. Volaron chispas azules, rebotando en la vieja ruina arqueológica que habíamos convertido en cuartel. Los ladrillos ancestrales de Talith no parecían inmutarse; resistían aún mejor que nuestro mineral blindado.

Varios murieron en aquel primer asalto. Los informes decían que los mercenarios de la Compañía Oscura eran apenas humanos: manipulados genéticamente, reforzados con exoesqueletos líquidos, insertos con químicos que anulan el miedo y la fatiga. Pero aún así sangraban. Y gritaban raramente, como si sus voces no fueran propias.

Nos defendimos como sabíamos, con fuego y con los rudimentos del código marcial. Hubo un momento, en medio del fragor, cuando vi al Alférez Vila arrastrando el cuerpo de uno de los nuestros —Zurita— hacia el refugio. No lo dejaría muerto al fresco, porque eso era dar una derrota moral incluso antes de la física.

Después de tres horas de batalla, solo quedábamos cinco en pie. Los ataques variaron, en forma y dirección, y la lógica fue clara: tenían inteligencia interna, algún traidor insertado en nuestras filas o una vigilancia tan precisa que podía anticipar nuestros movimientos.

Fue entonces cuando el Coronel Marsek, el comandante de la división, emitió un protocolo de Última Defensa: retirada hacia las colinas de Hollar, en busca de refugio y de elevar una baliza para la extracción. Conecté el canal seguro y grité la orden entre la interferencia, mi voz mezclada con el zumbido de la frecuencia y el palpitar de mi propio terror.

Nos movimos en pareja, cubriéndonos, disparando sólo cuando fue necesario. Llegar a Hollar era avanzar por terreno hostil, entre ramas que se movían como extremidades vegetales y ojos brillando en la oscuridad: los nativos, observando entre la densa flora, esperando ver de qué lado caería la balanza.

Nunca me enseñaron a negociar con espectadores mudos. Pero cuando el riesgo de extinción parecía un hecho, aprendí a observarlos. Y entendí por qué la Compañía Oscura los respetaba: porque los nativos eran dueños de la niebla, de los secretos bajo el subsuelo vítreo donde las balizas no funcionaban, ni el miedo servía de excusa.

En la cima de Hollar, mientras instalábamos la baliza, una figura saltó desde la penumbra: cabello largo, rostro cubierto de una máscara de mineral y vetas verdes corriendo bajo la piel. Un nativo talithiano. Levantó un bastón, tocó el suelo, y la niebla pareció asentarse en respuesta.

—No les sirven estos restos —dijo, en un idioma anguloso pero reconocible desde las lecciones de predespliegue—. El planeta escoge a los suyos.

Mi primer impulso fue disparar, hasta que Vila tocó el amuleto de su cuello, una señal que sin palabras decía: Espera.

El talithiano se acercó, señalando a los soldados graves, a Zurita, aún con vida aunque sangrando profusamente. Tocó el cuello de la herida y susurró algo; en segundos, la sangre dejó de manar. Nos miró, calculador.

—Permanezcan esta noche. Harán nada más si ceden su hierro. Este planeta repudia su metal.

Entendí entonces el pulso de Talith. La guerra era un teatro de hierro y plasma, pero los verdaderos dueños eran los que sabían negociar con vida y con muerte, con raíces vivas y atmósferas tóxicas. Si queríamos sobrevivir, haría falta una nueva táctica: no emplear fuerza, sino desaprender el sometimiento.

La baliza nunca llegó a enviar el mensaje. La niebla condensó en torno al transmisor, cubriéndolo con una película viscosa; los impulsos apagados, el código muerto. La Compañía Oscura intentó seguir nuestro rastreador infrarrojo, pero el talithiano borró el rastro con raíces y piedras. Cada vez que oíamos disparos, nos arropábamos en el silencio, aprendiendo a respirar al ritmo lento del planeta.

Vila me habló esa noche, mientras la luna verde tejía manchas de luz en el suelo.

—¿Sabes cuántas guerras se han peleado antes de esta, Mara? —preguntó—. Mi padre te contaría que las primeras eran simples, cuerpo a cuerpo. Al final, siempre queda lo mismo: alguien llorando, otro enterrando.

Pero aquí, en Talith, aprendimos que uno puede ser soldado y también sobreviviente, testigo y rehén. Esa dualidad se me fue pegando en la piel con el paso de los días.

Después de una semana de silencio, cuando la Compañía Oscura fue disueltamente aniquilada por su propia arrogancia —se atrevieron a entrar más al sur, donde ni los nativos ponían pie—, el talithiano regresó. Nos trajo raíces transparentes, cargadas de un néctar denso, para Zurita y para nuestro propio sustento. No era compasión. Era una tregua tácita. En ese intercambio, percibimos la verdad: las alianzas duran lo que el miedo a la extinción.

Nos quedamos allí un ciclo lunar completo. Aprendimos de los nativos los cantos de niebla y las señales con piedras, hasta que los refuerzos de la Alianza nos localizaron, recogiendo lo que quedaba de los Cuervos y casi ninguno de los antiguos planes.

Cuando abordamos la lanzadera de regreso, Vila me entregó su amuleto: una tuerca vieja, ahora atravesada por una hebra de raíz talithiana. Miré su rostro, el de quien ha aprendido que el mando y la supervivencia no son lo mismo, y que nunca baja la guardia del todo.

—Cuando vuelvas —dijo—, recuerda lo que la niebla te enseñó.

En la frontera de Antares, las cruces electrónicas arden más deprisa que la memoria. No me interesan los monumentos ni los discursos, pero en mis sueños vuelve la luna verde y los aullidos mudos, la tregua ofrecida con sangre y raíces, y el pacto sellado sin palabras.

Esa fue, y es, la auténtica batalla del soldado en los mundos por conquistar: no sobrevivir a la guerra, sino a uno mismo y a las alianzas que la oscuridad siempre pone a prueba.

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