Fragmento:
—Una meta de las Corporaciones es sobrevivir a sí mismas —explicó Hestia amablemente, en un tono que sugirió que podía citar a Aristóteles y, simultáneamente, transformar a Fynn en liebre de campo por la incorrecta pronunciación de una sílaba—. Pero el Rey Dragón es literal y legalmente hostil. Ha comprado suficiente deuda, ha llamado a casi todas las obligaciones mágicas. Y ahora quiere, hum… consumir Miraviento.
Duración: 10:13
En las profundidades de la ciudad vertical de Miraviento, donde las nubes ascendían por ascensores de oro y plata bruñidos, las oficinas de Bramavir & Socios brillaban con una luz sepulcral incluso al mediodía. En este día, la niebla se aferraba a las losas de la planta 86, lo que solo extraía sonrisas sardónicas a los rostros de los empleados más antiguos. Fynn estaba a ocho minutos de la hora y a tres cafés de la base de la pirámide corporativa: junior contramagista, pasante permanente, camiseta de un verde y azul preceptivamente anodinos. Cumplía la función de estar presente y encarar lo imprevisto, como un goteo interminable de correos arcanos.
Lo despertaron, en vez de un pedido humillante de su jefa directa (“¿cómo que el conjuro para archivar almas no se ejecutó anoche?”), tres hileras de mayúsculas doradas flotando sobre su escritorio compartido:
SE LE SOLICITA EN LA SALA CINCO.
ASUNTO: FUSIÓN Y ADQUISICIÓN PROPIEDADES SOBRENATURALES
DIRECCIÓN: JUNTA EJECUTIVA
Sonaba a despido o a ascenso por accidente; cualquiera era peligroso. Fynn se subió apresuradamente el cuello de la camisa, mientras su vecino Analista de Oghams le lanzaba una mirada de resignación.
Al llegar al habitáculo, se encontró con la sala ceremonial: cristales negros en las paredes y una gran mesa oblicua con sólo tres personas, tan inamovibles y resplandecientes como si todo Miraviento se hubiera construido a su alrededor. Uno, una figura de hielo llamada Eldra, apenas asintió; el otro, el Director General Orfelle, sonrió con la boca intacta y los dientes invisibles; la tercera, Hestia, era humana o casi, describía círculos en los folios flotantes con un arte sobrenatural.
—Bramavir busca adquisición —expuso Eldra, sin preámbulos.
—¿Adquisición de qué?— preguntó Fynn, con la garganta súbitamente reseca.
—Un servicio imposible. Los Consejeros lo encargan. Los Inversores quieren resultados ahora que el Rey Dragón ha presentado… su oferta hostil.
Fynn tragó saliva de nuevo. ¿Oferta hostil? ¿Qué, el Rey Dragón quería comprar la ciudad?
—Una meta de las Corporaciones es sobrevivir a sí mismas —explicó Hestia amablemente, en un tono que sugirió que podía citar a Aristóteles y, simultáneamente, transformar a Fynn en liebre de campo por la incorrecta pronunciación de una sílaba—. Pero el Rey Dragón es literal y legalmente hostil. Ha comprado suficiente deuda, ha llamado a casi todas las obligaciones mágicas. Y ahora quiere, hum… consumir Miraviento.
El Director Orfelle le facilitó a Fynn un documento transparente, susurrante, sellado con tracery metálico.
—Necesitamos alguien externo a los acuerdos previos —indicó—. Alguien que todavía pueda negociar el Contrato de la Última Ronda. Está usted aprobado.
Segundos después, Fynn salió de la sala con la piel húmeda de magia y terror. El Contrato de la Última Ronda. Ni en sus peores pesadillas de pasante había imaginado tratar con entidades clasificadas como Catastrofismo Tres.
***
El despacho del Rey Dragón estaba incluso más alto. Le fue instruido subir por un elevador cuyas paredes cambiaban de textura con cada nivel. A veces seda, a veces escamas. Ocasionalmente, el reflejo de Fynn se aparecía distorsionado: demasiados ojos, sonrisa demasiado ancha. Al llegar, dos asistentas con alas traslúcidas, perfectamente uniformadas, lo pasaron bajo un arco de seguridad que olía a azafrán y sangre de notario.
El Rey Dragón en persona era vasto, pero usaba la cortesía de adoptar un tamaño que la sala soportara. Sus ojos, girando entre topacio y ónice, miraban directo a la claúsula no escrita de todo acuerdo.
—Sr. Fynn de Bramavir & Socios. Ya revisé su historial. Bastante… modesto. Eso es bueno; reduce la fragancia de traición.
Fynn sintió cómo comenzaban a sudarle las espaldas. Pidió permiso para sentarse, y le fue concedido con un gesto magistral de una de las garras delanteras del monarca.
—¿Bebida?— preguntó el Dragón.
—Si es posible, sólo agua —contestó Fynn con franqueza dolorosa.
—Excelente elección. Demuestra desconfianza, el primer paso en cualquier trato responsable. Me gusta. Cuénteme, ¿qué propone Bramavir para evitar mi compra total de Miraviento?
Fynn observó el pergamino deslizándose por su regazo, la tinta cambiando estilo de letra según su ritmo cardíaco. Todo se resumía en entregar “un activo de valor equivalente o superior, o en disposición de que el objeto deseado sea intransferible por métodos estrictamente legales o éticamente dudosos”.
Respiró y dijo:
—Proponemos una fusión temporal, en vez de una adquisición. Compartir la gestión de Miraviento durante un ciclo lunar. Podría evaluar su rendimiento y, en su caso, extraer un porcentaje de las ganancias, pero no devorarla ni destituir la actual administración. Si al final del plazo no le satisface el resultado, puede ejercer opción preferente.
Una lenta exhalación de humo dorado fue la única reacción inmediata.
—Eso es atrevido —rumió el Dragón—. Nadie antes me propuso retrasar la condena. ¿Y qué puede ofrecerme garantizado durante ese ciclo?
Fynn acudió al apéndice. —Acceso a la cámara central de ideas, la bóveda de “Futuros Reunidos”, y… derecho de veto a toda propuesta de ley durante el ciclo.
El Dragón meditó:
—Acepto… con una condición. Tú serás mi auditor residente. Todas tus firmas son vinculantes.
Era la condena pero con aire de supervivencia. Fynn firmó, con la mano temblando, un primer pliego de rúbricas; el Dragón firmó con escama caliente, y el Contrato flotó al éter de los pactos inquebrantables.
***
El primer día, Fynn fue a la cámara de “Futuros Reunidos”. Un nido de conjeturas probabilísticas, donde los profetas en horario de oficina tejían posibles trayectorias de la municipalidad: pandemias, asaltos de duendes fiscales, evoluciones urbanas espontáneas. Lo acompañó la asistente principal del Dragón, que insistió en coger notas en tablillas de obsidiana. Fynn estuvo tentado de preguntar si la función imprescindiblemente era grabar cada metida de pata.
Los Consejeros de Bramavir miraban a Fynn con una curiosidad ácida. Su jefe directo, Clavo, le envió tres correos sucesivos preguntando si le habían ya licuado los huesos, y uno adicional para asegurarse de que no había olvidado tomar las mediciones de riesgo.
Durante las reuniones, el Dragón, ahora en versión holograma reducida a formato ejecutivo, rompía los hilos retóricos con preguntas feroces:
—¿Qué garantiza que vuestra predicción no se autoinfluya por el poder de la predicción? ¿No será todo esto una tautología disfrazada de estrategia?
Fynn, forzado a pensar y responder, se vio envuelto en un juego filosófico-diagramático donde cada cláusula tenía potencial de devenir su propio fallo. El Dragón era inclemente en lógica, pero justo en la elegancia de las excepciones.
***
Día tras día, Fynn descubría las aristas del acuerdo. Los ciudadanos de Miraviento no se percataron al principio, ocupados como estaban en sus propias fusiones cotidianas: matrimonios flotantes, disoluciones de sociedades amorosas, adquisición de mascotas con cláusulas restrictivas. Pero las noticias fluían. Según la intranet de rumores, “el Rey Dragón ahora trabajaba en una cubícula como cualquier otro tonto”, y “Fynn ese, el pasante perpetuo, se codeaba con la Junta de Tramas”.
Pero pronto surgieron las protestas. La emisión de notas de crédito vital resultó sospechosa. Las tasas de futuros descendieron. Un grupo de programadores médium publicó un manifiesto reclamando que “Los activos intangibles son demasiado tangibles estas semanas”.
A mitad del ciclo, en una asamblea celestial y terrenal, el Rey Dragón preguntó sin previo aviso:
—¿Quién garantiza tu imparcialidad, Fynn? No respondes ni por ti mismo.
La pregunta, acompañada por un leve temblor en las ventanas de la sala de juntas, colapsó la cortina de urbanidades. Fynn comprendió que, conforme se acercaba el fin del acuerdo, su propia posición era inestable. Ni Bramavir ni el Dragón podían garantizar la no destrucción mutua, sólo postergarla.
A la noche, revisó el Contrato en su cuarto. El documento susurraba, alterando ligeramente los términos a media lectura, tentándolo a fallar en la vigilancia. Y supo entonces que el Dragón, como toda buena supra-corporación, veía la eternidad en ciclos de balances postergados.
***
El último día se celebró un banquete jurídico. Dirigentes de departamentos que nunca salían al sol, conjurados con las mejores galas metafísicas, reescribían la historia social en cláusulas inteligentes. El Rey Dragón se manifestó completo: cuernos, alas y todo, ocupando la sala como si el espacio mismo fuera una sugerencia menor.
—Fynn, has servido con… suficiencia —dictaminó, ponderando—. Confieso que la experiencia me ha deparado placer inesperado. Sin embargo, existe una omisión estructural en este contrato: el alma de Miraviento no puede dividirse. Solo puede alinearse al corazón de quien la habite debidamente. ¿Quieres tú ser el siguiente poseedor?
Fynn, agotado, entendió. El juego no era adquisición ni fusión; era metamorfosis. La ciudad era, como los contratos perfectos, recursiva e inquieta, y su esencia cambiaba según la mirada de quien la gobernaba, aunque fuera temporalmente.
“No quiero devorar Miraviento, pero tampoco quiero que se estanque”, confesó en voz apenas audible.
El Dragón sonrió, una sonrisa vasta como la memoria de todos los balances anteriores.
—Eso, querido Fynn, es el comienzo de una buena administración.
Y así, con la firma compartida y el alma de la ciudad vibrando indeterminada, Miraviento suspendió el definitivo cierre de ciclo una vez más. No triunfó la fusión ni la adquisición: sólo la siguiente ronda de negociaciones.
Quizás, en el destino de todos los grandes entes —ciudades, corporaciones o dragones—, sólo sobrevive lo que nunca termina de decidirse.
Y, por mientras, Fynn comprobó que siquiera en la cima de la pirámide la niebla era menos espesa. Pero sí, al menos, un poco mejor distribuida entre todos.
Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.