Fragmento:
Extendió un dossier de piel pálida, cosido con hebras que recordaban la ejecución de promesas incumplidas. Dentro, cada página era un registro: miedos primordiales, fobias recogidas cuidadosamente, inseguridades y horrores heredados desde los abismos precorporativos del mundo. Sabatha acarició el lomo del informe y sintió un relámpago de escalofrío reptar hasta sus muñecas.
Duración: 09:32
En la abigarrada ciudad de Sember, donde los azulejos de las torres se tiñen de gualda bajo un sol invariablemente ruin, los negocios se curten en los pasillos de la Corporación Guaranex. El edificio se enrosca sobre sí mismo como una hiedra cancerosa de mármol azabache, su eje central envuelto eternamente en brumas, como si el mismo cielo se negara a mirar su cúspide.
Guaranex no es una corporación como las otras que infestan Sember, con sus transacciones ritualizadas y sus modestas usuras. Guaranex alquila, compra y vende aspectos del alma. Y no me refiero a la fatídica abstracción que invocan los poetas melancólicos, sino a las verdaderas facciones de la identidad: recuerdos, deseos, la temblorosa crisálida de un miedo impronunciable. Tan tangible es el comercio que los pasillos acogen la vigilia muda de los clientes, escaleras abajo, con portafolios donde llevan encapsulado su pánico. Una gota de deseo puede elevar la cotización de un cargo medio, mientras la exhumación de un remordimiento garantiza un despido inmediato y sin llamamiento a tribunales.
En Guaranex, los empleados son seleccionados por su habilidad para plegar el alma propia –y ajena– como un origami funesto. Entre ellos destaca Sabatha Mir, directora de Adquisiciones Nocturnas, que extiende su reinado desde el piso setenta y dos, donde la luz meridiana nunca llega.
Sabatha nació en la frontera del páramo de Yuss, donde los niños aprenden antes a robar besos y memorias que a leer. Educada en la manipulación de los Jadros –pequeñas esferas transparentes que condensan fragmentos emocionales– fue reclutada por Guaranex tras un incidente en la feria de Trokan. Allí, Sabatha extrajo miradas de lujuria de una docena de parroquianos y, antes del alba, las vendió a coleccionistas de anhelos. No hay en toda Sember nadie que iguale su destreza: lanza hados, trueca juicios, confunde escrúpulos bajo la más leve sonrisa.
Cierta noche, Guaranex celebraba su banquete anual, un ritual para sellar contratos de gran magnitud y afianzar alianzas con los recintos más oscuros del poder. El ágape transcurría en el Salón de los Espejos Polygonales, donde cada reflejo muestra al invitado como lo ve su enemigo más íntimo. Los comensales de aquel festín llaman la atención tan solo por su compostura: directivos de Axión Sempiterna, abogados de la Banca Némesis, el mismísimo Contador Austero de la Fámula Gris, todos transfiguran su mezquindad en gestos de aprecio apenas barnizados.
Esa velada, Sabatha fue llamada para evaluar un trato singular. El cliente, el Doctor Trevis Gril, lideraba un consorcio rival que buscaba la fusión con Guaranex para formar una S.A. de dimensiones infernales. Su propuesta, inusitada, consistía en intercambiar la totalidad de sus reservas espirituales. No simple oro ni acciones, sino los miedos –mil años de terrores acumulados por cada miembro de la Junta– a cambio de la más antigua de las acciones de Guaranex: la capacidad de olvido.
La sala congeló sus susurros cuando el Doctor Gril avanzó hasta la mesa central. Su sombra multiplicó los candelabros, como si todos los augurios caídos se prepararan a descender sobre Sember esa misma madrugada.
—Señora Mir —le dijo, con voz que parecía salida de una cripta donde retoza el viento de los panteones—, permítame mostrarle nuestro balance.
Extendió un dossier de piel pálida, cosido con hebras que recordaban la ejecución de promesas incumplidas. Dentro, cada página era un registro: miedos primordiales, fobias recogidas cuidadosamente, inseguridades y horrores heredados desde los abismos precorporativos del mundo. Sabatha acarició el lomo del informe y sintió un relámpago de escalofrío reptar hasta sus muñecas.
—No es demasiada carga para un solo consejo —musitó ella—. Los miedos tienen la costumbre de multiplicarse y, en la oscuridad, devoran la utilidad de cualquier dividendo.
Gril sonrió con los labios apenas húmedos de un vino carmesí.
—Por eso solicitamos su producto exclusivo: la erradicación fundamental de todo recuerdo. Usted lo ofrece, ¿no es cierto? Transferencia de miedos, sí, pero sólo Guaranex puede prometer la anulación total.
Sabatha consideró. Guiar un pacto así implicaba riesgos: la memoria de los miembros de Guaranex podría alterarse tan profundamente que la propia empresa —y ella misma— podría olvidar por qué existían. Pero los beneficios eran tentadores. Con los miedos del Consorcio rival en su tesorería, Guaranex podría chantajear a imperios enteros durante generaciones.
—Su precio es justo —dictaminó Sabatha—. Pero antes, una auditoría de su mercancía.
Fue entonces cuando entró en escena Umbra, el auditor invisible. Nadie sabe con certeza si Umbra es una persona física. Algunos afirman que es la manifestación encarnada de la cláusula omitida en todo contrato. Pero esa noche, su sombra deslizó sobre la mesa sus herramientas: espejos cóncavos, una tablilla de cristal negro y el Susurro del Proscrito, un sello capaz de desenmascarar engaños ancestrales.
Uno a uno, los miedos fueron expuestos y valorados: la soledad primordial del doctor Gril, el terror al abrazo helado de la muerte de la vicepresidenta, la angustia metafísica de perder la identidad corporativa. Guaranex adquirió la suma hedionda de aquellos horrores, que chisporroteaban en los Jadros más grandes jamás vistos en Sember. A su vez, Sabatha preparó la transferencia final: el Olvido. Invocó a los Notarios de la Borradura, seres carentes de rostro y contenido, que firmaron con tinta imbibida de sueños rotos.
—Por este acto —pronunció Sabatha, su voz amplificada por los ecos de mil transacciones previas— declaro disuelto el recuerdo de los miedos aquí consignados. Que los antiguos terrores se disgreguen en la bruma de la indiferencia.
El Doctor Gril y sus socios firmaron. Salieron del salón sin mirar atrás, vacíos y ligeros, como quienes al dejar de temer creen haber alcanzado la libertad.
No fue hasta días después cuando el efecto comenzó a percibirse. Guaranex, en posesión de los miedos del Consorcio, experimentó una oleada de paranoia entre los empleados. Los Jadros, apilados en las bóvedas del sótano, exudaban vapores de ansiedad que infestaban los pisos superiores. Nadie dormía. Sabatha misma sentía al caminar que la seguía una sombra y, en el ascensor reflejado, su rostro era el de una desconocida.
Más grave aún, el Consorcio rival conducía sus reuniones como una autómata descerebrada. Las motivaciones se tornaron anodinas. Con todos los miedos borrados, los directivos no huían del fracaso ni sentían premio al triunfo.
Sabatha convocó urgentemente a su Consejo de los Siete Lamentadores. Allí, en una sala tapizada con viejas pieles de contratos caducos, analizó la situación.
—Hemos comerciado más allá de los límites tolerables —dijo sin rodeos—. Nos ahogamos en ajeno espanto; ellos se pudren en vacío.
El presidente del Consejo, un hombre cuyo nombre cambiaba según el índice bursátil, masculló:
—¿Dónde está la ventaja competitiva si nuestro capital es la desdicha?
La sala se sumió en una digestión lenta y silenciosa. La solución llegó, como suelen hacerlo las epifanías corporativas, con un error administrativo.
Una joven archivista, Maevis, asignada a las cuentas secundarias, reorganizaba los Jadros cuando uno tembló y reventó accidentalmente. De la esfera brotó un miedo viejo, desbocado, que atrapó su corazón y la arrojó al pasillo en un estado de incontenible pánico. Pero en los días siguientes, Maevis cambió: no para peor, sino que se volvió más astuta, creativa, y sobre todo, impredecible. Albergando el miedo ajeno, encontró un propósito desconocido.
Sabatha oyó el rumor y ordenó un experimento. Algunos empleados recibieron, administrados cuidadosamente, microdosis de miedos, dosificados cual medicamentos excepcionales. El resultado fue irrefutable: los individuos florecieron. El miedo, lejos de ser solo un lastre, catalizaba el ingenio y la necesidad de colaboración. Los equipos rivalizaban con una fiereza renovada.
Sin embargo, eliminar de raíz todos los miedos —vaciar la memoria— resultó tan catastrófico como el envenenamiento. Los altos responsables del Consorcio, desprovistos de miedo, discurrían en indolencia, tomando riesgos exorbitantes y, en pocas semanas, perdieron su cuota de mercado, engullidos por predadores nuevos, menos limpios pero mucho más ágiles.
Sabatha comprendió, por fin, el verdadero producto que debía comerciar Guaranex. No la supresión ni la acumulación, sino la elaboración exquisita de los terrores: gestionarlos, destilarlos, transmitirlos entre susurros selectos. Introdujo en el mercado un servicio inédito: “Intercambio de Estímulos”, donde empleados y directivos, por un módico precio, podían experimentar miedos diseñados a la carta.
Guaranex floreció, y Sabatha ascendió por encima de los demás directores, disfrazando riesgos calculados como si fueran elixir de los dioses. En los salones de Sember, cuando alguien suspiraba “temo fracasar”, otro replicaba “eso puede cotizarse alto en bolsa”, y los pasillos resonaban con la certidumbre de que ningún miedo, de ser bien ponderado, está al margen de las negociaciones humanas.
Así arde y repliega Sember, ciudad de contratistas de las emociones, donde nunca faltan clientes para alquilar un pavor o hipotecar un secreto; y donde, si el precio es el correcto, hasta la memoria puede cambiar de dueño bajo el logo zafiro de la Guaranex S.A.
Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.