Fragmento:
Entré a la sede matriarcal de Axiomática Inc. bañado en la luz aséptica de sus pasillos, un mar de blanquísimos corredores que se curvaban suavemente y a los que los empleados, con trajes idénticos, apenas prestaban atención mientras se aceleraban entre cápsulas de privacidad, cubículos móviles y pantallas suspendidas en el aire, como si no habitaran un edificio sino una red neuronal viviente.
Duración: 07:08
Entré a la sede matriarcal de Axiomática Inc. bañado en la luz aséptica de sus pasillos, un mar de blanquísimos corredores que se curvaban suavemente y a los que los empleados, con trajes idénticos, apenas prestaban atención mientras se aceleraban entre cápsulas de privacidad, cubículos móviles y pantallas suspendidas en el aire, como si no habitaran un edificio sino una red neuronal viviente.
Nadie me preguntó nada. Los invisibles sensores ya me habían identificado, registrado, categorizado y, por supuesto, vendido mi perfil a media docena de subcontratistas antes de que alcanzara la sala de entrevistas. Ese era el prodigio –o perversidad– de la Pangeacorp. Algunas noches, acostado bajo el domo polarizado de mi microapartamento, me preguntaba si, de verdad, existía algún rincón del planeta fuera de sus tentáculos.
Me guiaron –un abstemio de la emoción, probablemente biooptimizado para neutralidad– hasta una habitación donde la Directora de Creatividad y Crecimiento Exponencial, señora Calcutt, me esperaba. “Novelista”, leyó ella, pronunciando la palabra como si designara algún vestigio arcaico o un mal necesario. La simpatía no era parte de la política de Axiomática, ni de ninguna corporación de su escala. Su rostro permanecía inalterable; la imagen prediseñada de una ejecutiva eficiente, seleccionada en el menú de avatares que toda directiva debía exhibir según el contexto.
—Le hacemos una oferta interesante, señor Haren —dijo, como si ya supiera mi respuesta—. Nuestro programa de Imaginación Formal para Patentes Intangibles necesita, en efecto, mentes flexibles.
No había ya lugar en la Tierra para la ironía. Desde la legalización de las patentes sobre algoritmos del pensamiento, las grandes corporaciones no se conformaban con inventar productos o servicios: reclamaban ahora la propiedad sobre los modos posibles de imaginar el mundo. La creatividad era un recurso estratégico, mercantilizable, sujeto a auditoría e impuestos. Los escritores independientes habíamos sido reducidos a cazadores furtivos, y cuanto más oscuro era nuestro rincón, más cotizable se volvía.
—¿En qué consiste exactamente el trabajo? —pregunté, aunque conocía los rumores—. ¿Escribir para ustedes, o pensar para ustedes?
—Ambos términos han sido absorbidos en nuestras condiciones contractuales. Esperamos de usted lo inédito, lo potencialmente patentable, lo aún no expresado pero susceptible de ser reclamado.
No era diferente a crear ficciones, solía decirme a mí mismo, sólo que allí la ficcionalidad era el negocio más grande de todos: imaginar variantes del futuro, inventar perspectivas interiores, registrar emociones posibles. Me entregaron un contrato tan abultado que el escaneo ocular de la firma duró diez minutos. Renuncié a toda creatividad autónoma. A cambio, beneficios.
***
La “Fábrica de Imaginación” era una planta diáfana, poblada de empleados conectados por cables sensoriales a unas consolas ergonómicas. Allí, no había ruido, solo el golpeteo subatómico de los pensamientos siendo transcritos y patentados en tiempo real. No había historias, sólo prototipos conceptuales: “Un dolor azul celeste para personas sociopáticas”; “Un sistema legal en donde el juicio es una partida de ajedrez con algoritmos éticos fluctuantes”; “Una experiencia de pareja basada en el olvido activo”, y así.
A mi lado, una joven calva, con irreales ojos verdes y una sonrisa amistosa, me saludó mientras sus dedos danzaban en el aire:
—Cuidado, los auditores rondan hoy.
Era una advertencia sincera. De vez en cuando, grupos vestidos de gris —seres tan anodinos que apenas recordabas su rostro— recorrían la sala buscando defectos de propiedad intelectual, plagios, pensamientos redundantes o suficientemente semejantes a posesiones ajenas.
Aprendí pronto el verdadero núcleo de la “imaginación corporativa”: no crear por el placer de explorar lo posible, sino cartografiar para el capital los nichos inexplorados de la mente humana, y garantizar que ningún rival pudiera soñar lo mismo. El futuro no sería quien soñara más, sino quien pudiera patentar los sueños ajenos.
Un mes después, mi “cofre de activos” ya llenaba varias cámaras virtuales. Había patentado —a nombre de Axiomática— emociones paralelas, técnicas de resolución de conflicto basadas en el lenguaje de los insectos sociales, estructuras narrativas para ritos funerarios gamificados, y más. Una vez, en un arrebato nocturno, registré la angustia consecutiva de dos mañanas separadas por una sola noche: una experiencia que resultó útil para el departamento de insomnio inducido de las farmacéuticas.
No podía quitármelo de la cabeza: ¿Y si toda la creatividad humana era solo una gran mina explotada en exclusiva por unas pocas entidades globales, y el individuo, apenas un intermediario sacrificado? Comencé a escribir —en secreto y con lápiz, en hojas ocultas en un falso fondo del escritorio— una historia imposible: la de alguien que, rebelándose, imaginaba algo que no podía ser patentado, que escapaba de la red de captura intelectual.
Supe que era una fantasía, pero aún así me consolaba.
***
Un día, vino la Directora Calcutt con burocrática sobriedad.
—Se ha detectado actividad irregular en su espacio de memoria reservada.
Era imposible ocultar nada. Los contratos, los sistemas, los algoritmos de vigilancia lo hacían fútil. Sin un atisbo de sorpresa, sólo con una cortesía profesional que rayaba en el sadismo, anunció:
—Está suspendido. Sus activos pasarán a propiedad exclusiva de la empresa, así como cualquier derivación futura de cualquier idea concebida durante su empleo, voluntaria o involuntariamente.
Salí de la sede sin poder distinguir el aire exterior del interior. ¿Había funcionado mi rebelión silenciosa? ¿Había algún fragmento de pensamiento realmente insumiso, o era todo parte del experimento, ya absorbido y mercantilizado por la corporación, como todo lo demás?
No volví a escribir, ni siquiera en mi mente, durante meses. Pero una tarde, en un infoprograma menor del subrred metropolitana, reconocí una frase: “El duelo de dos mañanas consecutivas separadas por una sola noche, la angustia amortiguada en la estadística”. Era mía, ahora propiedad de Axiomática, pero dicha por un presentador de realidad aumentada, en un contexto de consejos para microempleados insomnes.
Comprendí, de golpe, que nada de lo creado escapa y que en algún recodo de la economía del futuro, los sueños no nos pertenecen. Dejé de buscar refugio en la insurrección imposible. El único anonimato posible era dejar de imaginar, ser un silencio fértil —porque, incluso allí, las grandes corporaciones llegarían eventualmente, con licencia y notario, a reclamar autoría sobre la nada.
No sé si un día el ciclo se romperá, si alguien imaginará el vacío verdadero, ese que no puede ser poseído ni comercializado. Pero para ese entonces, sospecho, ya nos habrán patentado incluso la idea del olvido.
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