***
La luz verde de las pantallas se deslizaba sobre la lámina de su rostro, pintándolo con una pátina de otros siglos. Daire tenía veintiocho años, aunque la extensión de créditos que debía reponerla costaba tres veces esa vida. La ciudad, encajada entre los ejes temblorosamente enrejados del distrito F7, tejía su propio murmullo grotesco, como una balada retorcida transmitida entre capas de data y la penumbra física de los puentes elevados.
En la lasitud de su pequeño apartamento, aislado del ruido exterior por envolventes sonoras de segunda generación, Daire seguía absorta, la mirada rodada hacia el monitor. Un loop infinito de Glitch hacía imposible fijar si el tiempo pasaba afuera o adentro. Su asistente AI, un pequeño núcleo incrustado en la base de la muñeca, parpadeó.
—Línea de consulta reabierta, Daire —emitió la voz blanca del asistente—. ¿Necesitas registro de actividad, recordatorio de ciclo o simplemente evasión cognitiva?
Ella bufó, rodando sobre la manta sintética.
—Pará todo —dijo—. Dame una proyección.
La IA, programada para entretener hasta la incomodidad, lanzó una animación de la ciudad descomponiéndose, capa por capa, hasta mostrarla reducida a líneas de tiempo superpuestas, como pliegues arrugados de papel, expandiéndose y contrayéndose en direcciones imposibles. El visual era bellísimo, y a la vez inquietante. Cada línea de luz correspondía a una variable: una decisión dejada atrás, un error resonando en cascada, una posibilidad nunca explorada.
—¿Cuál te gustaría conocer? —preguntó el asistente—. ¿Una vida donde nunca abriste esa puerta? ¿Un ciclo en el que el átomo de hidrógeno explotó un nanosegundo antes?
Daire había dejado de maravillarse con esas proyecciones. La mayoría simuladas, claro, aunque siempre se preguntaba cuántas versiones auténticas podía estar colando la IA, tomada a hurtadillas de la corriente de datos clandestina que atravesaba la ciudad.
Había escuchado historias. De los saltadores. De los fabricantes de paradojas.
Pero la realidad era más triste que la leyenda: un sueldo miserable, vendiendo horas de proyección a turistas digitales, y únicamente los forajidos tenían acceso a las verdaderas líneas temporales.
Sin embargo, la noche pasada, mientras trabajaba desde la terminal pública de intercambio, un mensaje extraño rompió la quietud. Seis palabras, imposibles, atravesando la seguridad de los encriptados:
“¿Quieres ver cómo termina todo?”
La duda permaneció atravesada en la base de su cráneo desde entonces. Sabía, por regla y experiencia, que aceptar ofrecimientos del tipo sólo llevaba a la desaparición o, peor, la subsunción en otro tiempo. Pero los créditos se estaban acabando, y la curiosidad era el único lujo que podía permitirse.
Esa tarde, salió. El aire eléctrico de la avenida atardecía en una paleta de azules y violetas. Gente con implantes translúcidos se fundía con la metralla luminosa de los anuncios. Daire se dirigía al distrito D3, donde la línea temporal era delgada y porosa, donde los sueños resonaban en frecuencia disonante. La IA interpretó su movimiento como rutina y recitó:
—Contactos detectados a cinco metros. Usuario: Qubitz. Última actividad: uso de simulador espaciotemporal sin licencia. ¿Iniciar saludo?
Ignoró la sugerencia. Dos bloques más adelante, el cartel del viejo café se recostaba sobre una fachada decadente; el holograma de una mujer tomando café parpadeaba.
Daire entró. El zumbido ambiental de codificadores y rastreadores se metía entre las mesas. En una esquina, un androide gris de aspecto humano, líneas de luz verde palpitando bajo su piel, levantó la mirada.
—Eres tú, —dijo, sin preámbulos— la que busca la última rama.
Daire se sentó sin preguntar cómo lo sabía. El androide le sirvió una bebida humeante.
—Tendrás que pagar más que créditos —insinuó el androide—. Todo viaje tiene costo.
Ella no dudó. Tras una vida escondida entre data-parásitos y memorias recicladas, estaba lista. Pondría en juego lo único suyo: sus recuerdos de infancia, los de su madre antes de volver holograma.
El androide colocó su mano, cálida, extrañamente tangible, sobre la superficie de la mesa. Una grieta luminosa surgió entre los dedos, expandiéndose hasta la muñeca. Daire, aturdida, vio la grieta reptar y crecer hasta tragarse la estancia entera, las luces, la música suave de fondo…
Cuando abrió los ojos, la ciudad había desaparecido.
Ahora flotaba entre millones de líneas brillantes, filamentos cruzando todos los colores del espectro, cada uno con imágenes que destellaban y se desvanecían. Recuerdos imposibles, sin dueño, volaban alrededor.
De pronto, estaba de pie… en su habitación, pero no. Aquí, la cama estaba a la izquierda, la voz de su madre llegaba desde la cocina, mucho antes de su enfermedad, mucho antes de la degradación digital. El mundo olía a manteca y transmisión solar auténtica.
Sintió dolor en el pecho, como si algo desgarrara una costura profunda: cada línea temporal mostraba un desvío, un fallo, una mejora. Y el sistema contaba con que pagara con sus recuerdos, los mejores. Los sentía arrancándose como diminutas redes llenas de luz.
Un pánico brutal sacudió su cuerpo. Gritó.
—¡Suficiente! ¡Sácame!
La imagen saltó.
Ahora estaba en la ciudad, pero más luminosa, más limpia; trenes ultrarrápidos hacían fluir a gente simpática, sin miedo, sin implantes pesados. Daire reconoció su rostro reflejado en el cristal de un edificio: allí, era ejecutiva, poderosa. Un pasajero a su lado, vestido de azul, le ofreció una sonrisa y una pregunta: “¿Volverías a tu vida anterior si supieras que esto solo cuesta un instante de dolor?”
Gritó otra vez. Un bucle.
La secuencia avanzó, cada vez más rápido, superficies atravesadas, tiempos triturados. Daire sintió que su yo se fragmentaba en cada línea, que las probabilidades se desgarraban —decisiones tomadas o abandonadas— y que los recuerdos se perdían instantes antes de poder fijarlos. Más que moverse en el tiempo, era como si el tiempo se disolviera en ella.
En el último intersticio, comprendió.
No existía un final; solo una infinidad de posibilidades devorándose entre sí, una coreografía macabra de variantes. Los saltadores, los verdaderos, no escapaban: se disolvían, se multiplicaban, hasta no saber quiénes eran ni en qué instante se encontraban. La única constante era el precio: el olvido.
Se encogió.
—¿Por qué mostraste todo esto? —susurró a la entidad que ahora se dibujaba junta con el fondo, el androide, miles de caras a la vez.
—Porque solo quien está dispuesto a perderlo todo puede ver a través —explicó la voz, un eco polifónico—. El tiempo es una prisión inventada. Solo sirve a los que quieren mantenerte en la línea que les conviene.
Daire tembló. ¿Era un test? ¿Una trampa?
Recordó la tarde en que su madre la llevó de la mano a través de la llave de paso del distrito. Cómo temblaba el mundo al otro lado, más frío, desconocido. Recordó el miedo, la certeza de que, una vez cruzaba, ya no podía volver.
No quería quedarse aquí, suspendida en la infinidad de bifurcaciones.
—¿Puedo volver? —preguntó, la desesperación rompiendo su voz—. ¿A mi línea original?
La entidad titiló, y por primera vez su voz se humanizó.
—Nadie regresa igual. Pero elige. Puedes quedarte aquí, ver todas las posibilidades. O saltar a una rama nueva, sin certezas.
Daire tragó. Observó las líneas, los momentos no vividos, los errores nunca cometidos. Los éxitos no saboreados.
El corazón, o lo que quedaba de él, decidió.
—Devuélveme. Prefiero mi tiempo, mi dolor. Prefiero recordar, aunque duela.
El mundo se contrajo, rápida y violentamente, como la inhalación antes de un grito.
Despertó sentada en el viejo café. El androide ya no estaba. Frente a ella, solo la taza humeante y la ciudad al otro lado del ventanal. Todo parecía igual, pero al mirar su reflejo en el vidrio, Daire no pudo evitar notar un brillo desconocido, una grieta casi invisible bordeando su ojo izquierdo. Y, en el fondo de su mente, una paz extraña: el conocimiento de que cada día era un milagro de azar, una línea privilegiada.
La IA en su muñeca despertó.
—Daire, alerta: registro de memoria no sincronizado. ¿Reparar o continuar con anomalía?
Ella sonrió, y por primera vez, no tuvo miedo.
—Continúa.
El aire de la ciudad la recibió mientras salía. Nadie sabía, nadie lo sabría nunca, pero Daire caminaba convencida de que, aunque todas las variantes existían en algún lugar, solo aquella en la que elegía vivir, y recordar, era real.
En la línea del tiempo de su vida, había aprendido que lo único más aterrador que el olvido… era renunciar a la posibilidad del recuerdo.
En el horizonte, el puente del distrito temblaba bajo la lluvia artificial. Daire avanzó, sabiendo que, elija lo que elija, ya había cambiado todo para siempre.
Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.