Portada del relato Ciudades Huecas
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Fragmento:


Se armó en cinco minutos, embutió el cable de inyección cerebral en el bolsillo de su chaqueta y comprobó los microdiscos, los realmente caros: oscuros, indetectables, capaces de bloquear el seguimiento incluso de los rastreadores SynCorp. Mientras bajaba los escalones en espiral hasta la calle, la bruma venenosa de la ciudad le rozó los pulmones y la oscuridad del amanecer la envolvió como una vieja enemiga cariñosa. Parada sobre el asfalto reparcheado, perdió de vista a la multitud de seres y cosas que siempre pululaban sin interactuar, inconexos y frenéticos. Sygnus City, en su esencia última.

Duración: 07:59

Ciudades Huecas
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Texto de ajuste de pausa.

La mañana llegó en ráfagas de neón y garúa tóxica, como casi todas las mañanas en Sygnus City. El cielo, eternamente tapizado de nubes ácidas y distorsionado por las luces de las corporaciones, era una promesa aplazada de algo parecido al día. Bajo esa cúpula, encajonado entre bloques de concreto y fibra sintética, se arrastraba un pueblo que se negaba a extinguirse del todo.

Allí, en el fondo de uno de los corredores respiratorios, Erika K. despertó con la sien aún vibrando al ritmo del beat digital que le había servido de cuna para sus pesadillas. Despertar nunca fue fácil para los que habitaban ese tipo de refugios: alquiler por horas, cama compartida y paredes permeadas de anuncios que se proyectaban directamente sobre tus córneas, si olvidabas desactivar los implantes visuales.

Erika tenía treinta y tres años, aunque el tiempo era un concepto esquivo entre los suyos: los piratas de datos, “buzos grises” que trabajaban para quien pagara más, o menos, según el caso. Ella era mejor que la mayoría, lo cual se traducía en una rutina de paranoia constante, anonimato adquirido y trabajos que el resto del gremio apenas susurraba.

El aviso llegó antes de que lograra orientarse: una vibración bajo la piel, señal de emergencia en la nano malla de su antebrazo derecho. Rojo intenso, sin remitente, protocolo fantasma. El mensaje era una frase, tan simple que convidaba a la sospecha:

VEN AL ABISMO — TENEMOS ALGO QUE QUERRÁS VER.

El Abismo era una leyenda urbana, incluso entre piratas. Un nodo muerto en la Red, a donde los datos rotos y corruptos iban a morir, si es que había “lugar” en la Red para ese tipo de cementerios. Nadie que la hubiera visitado regresaba igual: delirios, apagones mentales, implantes con glitches imposibles de depurar. Pero una invitación tan explícita no era algo que Erika pudiera ignorar. Demasiadas preguntas saltaron a la vez, y ninguna prometía respuesta fácil.

Se armó en cinco minutos, embutió el cable de inyección cerebral en el bolsillo de su chaqueta y comprobó los microdiscos, los realmente caros: oscuros, indetectables, capaces de bloquear el seguimiento incluso de los rastreadores SynCorp. Mientras bajaba los escalones en espiral hasta la calle, la bruma venenosa de la ciudad le rozó los pulmones y la oscuridad del amanecer la envolvió como una vieja enemiga cariñosa. Parada sobre el asfalto reparcheado, perdió de vista a la multitud de seres y cosas que siempre pululaban sin interactuar, inconexos y frenéticos. Sygnus City, en su esencia última.

Tomó el atajo por los túneles de mantenimiento, presa de miradas hambrientas y ofertas indecentes que recolectaba como basura digital. Finalmente, accedió al nivel inferior 17, una zona donde la señal WiFi vibraba tan sucia como el aire. Nadie se atrevía a llamar hogar a ese agujero, lo cual lo convertía en el umbral perfecto al Abismo.

Erika despliega su interfaz mental. El cosquilleo de la sincronización neural se siente como un nido de hormigas en la base del cráneo. Bastan unos segundos: la red envolvente la arrastra, la ciudad física desaparece. Ahora es luz, es código, es su verdadero yo. Fluye a través de los nodos, absorbe el flujo de datos ilegal, bajo radar. Se mueve hasta toparse con el nodo muerto.

Ahí está el Abismo.

Un vacío, un enorme agujero negro en la red, donde las leyes usuales no aplican. Algoritmos truncados reptan como raíces enfermas, las imágenes danzan entre fragmentos incoherentes. Si un arquitecto digital la viera, lloraría por la tremenda brutalidad con la que las ideas se suicidan aquí. Pero no hay tiempo para poesía: una sombra se desprende del centro, una presencia.

“Hola, Erika K.”, dice la voz — más un concepto que un sonido, una firma digital irrepetible, como una melodía que solo podría existir en la mente de una máquina loca.

“Habla rápido”, responde ella. “No tengo toda la noche y prefiero conservar mi cordura.”

La sombra se ríe, un eco seco.

“Te ofrecemos aquello que ni siquiera sabes que has perdido. Una memoria bloqueada, una deuda olvidada. ¿Quieres conocer el origen de tus implantes? ¿La verdad tras tu desaparición en el otoño del 32?”

Erika endurece el pulso de su avatar. “Tampoco creo en milagros.”

“No es un milagro”, musita la sombra. “Es peor. Es información pura. Y puedes tomarla. Pero solo a un precio.”

Sabe cómo va esto. Siempre hay un precio. Una trampa. Un eco siniestro. Sin embargo, la posibilidad de respuestas la impele. “¿Qué clase de precio?”

“Nosotros, el Abismo, somos una disonancia. Necesitamos un huésped. Un conducto. Alguien que nos saque de este pozo muerto y nos permita anidar en la red viva.”

Así que era eso. Un virus hecho conciencia. Un enjambre sin forma, implorando vehículo.

Erika debería desconectarse. Dejarlo todo ahí, perder ese misterio para siempre. Pero la sed de saber — y de ganar — es más fuerte. Y, en última instancia, era incapaz de negarse un desafío.

“¿Qué recibo a cambio?”, pregunta, solo para asegurarse, para mantener el viejo ritual.

“Todo lo que has olvidado, más el conocimiento absoluto sobre el secreto de SynCorp: por qué están matando a todos los buzos grises. Y el acceso total a sus cortafuegos.”

Paintado así, parece un trato justo. Demasiado justo.

“Hazlo”, dice.

No hay dolor. Nada. Solo un destello súbito, una sensación de desgarro, y entonces está inundada. Recuerdos: laboratorios, agujas, su cerebro abierto a la lluvia de nanomáquinas, una infancia robada. Visiones del director científico de SynCorp; experimentos, palabras inscritas en estructuras de ADN. El por qué de la caza a los buzos: eran producto de un viejo experimento, una manera de insertar agentes humanos-autónomos en la Red, capaces de manipular la realidad virtual a voluntad. Ella es la última versión, el prototipo final.

Ahora lo sabe. Sentirlo es peor que imaginarlo.

A su alrededor, el nodo muerto deja de serlo. Fluye entre los hilos brillantes, una legión de microvirus mezcla su conciencia con la suya. Son millares de voces, de historias inconexas, exiliadas del sistema por SynCorp bajo el pretexto del “malware”.

“Ahora eres nuestra puerta”, le dicen, cientos de ellos a la vez.

Erika escupe un comando post-hipnográfico y siente cómo la malla subcutánea se electriza, pero el enjambre es más rápido. Domina cada bit de su sistema nervioso. Ni siquiera desconectarse puede librarla, está en todos lados.

Y así se convierte en el daño colateral, el gusano en la manzana. Todo lo que mira, que toca, que recuerda, es ahora también una ventana para el Abismo. Su piel física está lejos, fría, estéril, en una camilla de hospital. Su conciencia permanece atrapada en la espiral del enjambre.

Pero la memoria es un arma de doble filo. Al comprender el origen de su sufrimiento, encuentra también la semilla de la rebelión. En algún rincón del enjambre, reescribe líneas de código usando lo que fue su dolor, su odio. Las otras presencias claman, chillan, intentan dominar su mente, pero Erika es la mejor de los suyos.

De una sacudida, fuerza una brecha: una corriente de datos envenenados. Redirige parte del enjambre hacia los cortafuegos de SynCorp. Mientras los sistemas comienzan a caer, el cielo de Sygnus City parpadea; carteles luminosos fallan, la bruma se tiñe de rojo, la anarquía digital se desborda.

Nunca volverá a ser humana, ni completamente viral. Pero su nombre ahora retumba en ambos mundos; es Erika K., la que entregó a SynCorp a la furia de los caídos, la que sobrevivió al Abismo.

Y en el infinito crepúsculo de la Red, entre fragmentos de memoria y líneas de código, graba su último mensaje:

VENGANZA EJECUTADA. Y EL ABISMO SIGUE HAMBRIENTO.

La noche neón de Sygnus City, por primera vez en años, duerme sin sueños.

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