Fragmento:
La puerta se abrió en el piso 47, revelando una sala tapizada de paneles de luz muerta y un ventanal que daba a la ciudad desfocada. Una docena de siluetas aguardaban, fusionadas con interfaces, partes de sus cabezas abiertas y nutrientes goteando a módulos lumínicos. El líder era fácil de distinguir: una joven de piel irrealmente pálida, con tatuajes de circuitos que se animaban bajo la piel.
Duración: 10:02
El olor del ozono persistía, como una enfermedad endémica, pegajoso e irredimible, en los callejones de Qalathex. Llevaba horas hidrometriando los bordes de la Fosa Ciega y Aaren se sentía hueco, como si su cuerpo estuviera absorbiendo el vacío que se tragaba los ángulos de la ciudad. Caminaba rápido, botas cubiertas por una membrana de carbono líquido que iba gestionando cada charco, cada miniespantajo de la niebla ácida. El tráfico flotante zumbaba arriba –placas antigravíticas y linternas verdes arrojando sombras intermitentes sobre los grafitis animados– pero aquí abajo nada flotaba. Excepto las partidas de polvo digital que manufacturaban las bandas y la humedad saturada de xenón que usurra quién era quien.
Aaren bajó la vista al denso parpadeo color jade de su wristlink, un dispositivo pequeño y casi biológico que le presionaba la piel con sus latidos. Una notificación encriptada. Suspiró. Ningún respiro, ni siquiera de noche. Ni siquiera hoy.
"North Sector, bloque M-12. Amenaza nivel rojo. Cliente: Amalgama Synapse. Pago: Alto. Riesgos: Todos." El mensaje chisporroteó en su pupila aumentada y se disolvió. Automáticamente, su visión amplificó el entorno y sugirió el itinerario más seguro, aunque nada era realmente seguro dentro del Distrito Profundo.
Aaren sabía cómo funcionaba la ciudad: no había diferencia entre magia y tecnología aquí, sólo interpretaciones rivales de lo posible. Algunos llamaban a eso "fe en la ingeniería", otros "pánico organizado". Y sin embargo, en los mercados de órganos de datos y hechicerías algorítmicas, un chispazo de imaginación era tan lucrativo como cualquier chip psíquico.
Aaren aceleró el paso, revisando el mapa mental de aquellos callejones serpenteantes, donde la niebla de la fábrica de vapor impresa trataba de devorar las siluetas con cada bocanada. En la lejanía, un teleférico iluminado llevaba siluetas encapuchadas sobre la herida luminosa del río. El trabajo estaba en el M-12: la vieja torre de radiancia, abandonada por la compañía cuando la última generación de realidad filtrada colapsó y los fantasmas digitales invadieron lo humano.
Cruzó el umbral de una puerta de datos, atravesando un parpadeo de protección de baja energía. Tras una escalera disuelta en óxido, vio la figura aguardando en las sombras. Una figura esbelta con un abrigo viejo de nanotextil trenzado. Sus ojos, agujas grises de metamateria, le analizaron sin miedo.
–¿Vienes por los portales? –preguntó la figura–. O por la nube.
Su voz era como el metal raspando sobre porcelana, pero aún así tenía un dejo de música. Aaren asintió.
–Trabajo de Synapse. ¿Quién eres?
–Soy quien los ha visto cruzar. –La figura levantó una mano. Sus dedos eran largos, articulados en microengranajes y fibra viva; la piel– o algo que la simulaba– resplandecía con símbolos aleatorios. Runas, quizá comandos arcanos. Cybermagia.
Aaren soltó una exhalación cargada de inquietud. Ahí, en la frontera de todo lo prohibido, uno no pregunta demasiado; sobrevive quien negocia con las sombras y rechaza el exceso de información. Se inclinó, mostrando el espiral de la llave quantum en la muñeca.
La figura evaluó y apartó una cortina polvorienta, señalando las ruinas inestables de un ascensor que sólo existía cuando la lógica consensual del edificio lo permitía.
–Arriba. Quieren que subas solo.
Por supuesto. Aaren se adentró en el ascensor, que vibró con una melodía atonal y, sin crujir ni rechinar, se deslizó hacia arriba por el núcleo de la torre. A medida que ascendía, el aire se hacía más corrosivo, impregnado de bioelectricidad y el relente de programas descompuestos. Un parpadeo informe de recuerdos ajenos le cruzó la cabeza –las voces de operarios desesperados, los rezos de hechiceros de datos, gritos de auxilio–, pero los apartó de la conciencia. Muchas de las ruinas de Qalathex jugaban con la mente.
La puerta se abrió en el piso 47, revelando una sala tapizada de paneles de luz muerta y un ventanal que daba a la ciudad desfocada. Una docena de siluetas aguardaban, fusionadas con interfaces, partes de sus cabezas abiertas y nutrientes goteando a módulos lumínicos. El líder era fácil de distinguir: una joven de piel irrealmente pálida, con tatuajes de circuitos que se animaban bajo la piel.
–Aaren. –Dijo su nombre como quien invoca un código raíz–. Necesitamos que cruces.
Alzó el brazo y una esfera de niebla líquida flotó entre sus dedos, bailando a una intensa velocidad, filtrando retazos de otras realidades. En el corazón de la esfera, fantasmaban imágenes: cielos de fractales, criaturas de tentáculos biomecánicos, arquitecturas cambiantes.
–¿Atravesar? ¿La niebla ya está suelta? –preguntó Aaren, con el pulso acelerado.
–No del todo. Pero está abriendo puertas. Nuestro mundo es frontera: nos han robado recuerdos, datos, incluso emociones. Las mafias de la niebla buscan la médula de la ciudad. Si no lo evitamos hoy, mañana sólo quedará óxido y alucinación fundamentada.
La líder entornó los ojos, los implantes de su córtex parpadeando con error incorregible.
–Necesitamos a un "cosechador". Alguien que recupere lo robado antes de que desaparezca de todos los registros, incluidos los más profundos.
Aaren no respondió de inmediato. Sabía el precio; ya una vez había cruzado una "puerta" y por ella había dejado atrás casi todo lo que le hacía reconocible para sí mismo.
–¿Qué han perdido esta vez?
La joven le mostró la palma abierta, la niebla danzando entre sus dedos.
–Sueños. Han robado sueños concretos: el conjunto de microexperiencias oníricas que sustentan la creatividad colectiva del sector. Hay zonas enteras en blanco. Artistas, ingenieros, hackers… todos bloqueados, estériles. Hay nodos de niebla –entra por las grietas de la red, drena la sustancia del pensamiento y la transforma en capital vendible en los mercados de Dissona–.
Aaren suspiró. Nada era tan valioso ni tan peligroso como la neblina de lo posible. Se acercó al ventanal, mirando la ciudad todavía titilante. El contrato se desplegó en los márgenes de su visión: pago generoso, incluso un seguro de re-identidad en caso de daño estructural a su yo mental.
–Conéctame.
La líder asintió y uno de sus técnicos, un tipo con implantes gruesos en la columna vertebral, extrajo un casete neural. Aaren se dejó caer en una butaca ergonómica; el técnico acopló el casete a la base de su cráneo. Un estremecimiento azotó el sistema nervioso de Aaren. El mundo se disolvió en geometría líquida y bits erráticos.
Cuando la transición terminó, Aaren estaba de pie en un pasillo infinto flotando entre dos realidades. Los paneles del suelo reaccionaban a cada paso, tejiendo y destejiendo patrones de luz y datos. A los lados, puertas imposibles giraban sobre ejes de anticuerpos digitales, resistiendo la lógica. Aaren avanzó, guiado por los rastros de neblina que chisporroteaban azul en el aire seco.
De inmediato, le atacaron las criaturas de la niebla: sombreados bultos que aullaban con las voces prestadas de quienes habían sido despojados. Las bestias no eran físicas; eran residuos de emociones comprimidas, furia y miedo alimentando su existencia. Aaren extrajo de su belt un módulo plásmico y, tras recitar un comando de repulsión –la voz quebrándose en los tonos justos de la hechicería informática–, las bestias se disolvieron en polvo blanco.
Avanzó más profundo. Una puerta enorme, custodiada por un vigía: una amalgama de tentáculos de código y retazos de memoria. Su "cara" era un mosaico reflejando cientos de sueños robados.
–¿Qué buscas, cosechador?
Aaren no mintió.
–La raíz. Quiero la matriz onírica. Devolver lo que era nuestro.
El guardián rió, un estruendo de mil sueños estallando a la vez. Una prueba entonces: la criatura arrojó imágenes sobre Aaren, visiones que estremecieron sus límites mentales. Era el sueño favorito de su infancia –el de correr bajo una lluvia de estrellas fractales– deformado, arrastrado por tentáculos de desesperanza. Aaren casi sucumbe, no por el dolor, sino por la nostalgia tóxica.
Pero entonces sacó su último recurso. Extraído de la memoria física: las palabras que le enseñó su hermana, muchos años atrás, antes de que la nube se la llevara.
–Yo recuerdo. Más allá de la niebla, siempre recuerdo.
La criatura se estremeció, el circuito de su piel vibrando, y la puerta se abrió. Aaren cruzó, lanzándose a la cámara última de los sueños robados. Allí, la niebla era un lago, profundo e inconmensurable. En el fondo, destellaban los núcleos de creatividad robada.
Aaren tenía poco tiempo. Sintonizó sus implantes, tejiendo una red de recuperación: palabra combinada con hackeo, emoción entremezclada con lógica. Las esferas oníricas, volviendo una a una a sus dueños, subieron a la superficie. El proceso fue letal: en la transferencia, parte del alma se quedaba atrás.
Aaren sintió que una fracción de sí mismo quedaba absoribida por la vorágine, pero aún así resistió. Dejó la nube final y volvió al pasillo, parpadeando contra la marea de datos. A su regreso, estaba exhausto, sudor frío y manos temblorosas, pero portando consigo la mayoría de los sueños robados.
Abrió los ojos en la torre. La joven líder lo miraba con una mezcla de alivio y compasión.
–¿Cuánto perdiste?
Aaren pensó en su canción favorita, en el rostro de su hermana. Difusos, pero todavía presentes.
–Lo suficiente para saber que puedo seguir intentándolo.
La ciudad seguía debajo, pulsando entre la bruma y los rayos de neón. Aaren se levantó; la noche era aún joven y la niebla, eterna. Qalathex jamás dormiría, y por eso siempre habría portales, sueños robados y cosechadores dispuestos a devolverlos... a cambio de perder otro pedazo de sí mismos.
Las sombras se cerraron tras él y, por un instante, la realidad sintió miedo de todo lo que un soñador podía reparar antes del amanecer.
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