Portada del relato Tierra de Carbón
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Fragmento:


—Es una orden del Comisario Frin. Revise la bitácora, si quiere quedarse sin empleo. —Mantuvo la voz firme. Los nombres seguían teniendo peso, aunque la mayoría de las cabezas tras esos nombres rodasen a diario.

Duración: 09:34

Tierra de Carbón
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Texto de ajuste de pausa.

El suelo vibraba bajo los pesados bombardeos de las máquinas, cuyos cascos de acero desgarraban el aire carbonizado del atardecer. A lo largo de la avenida principal de la ciudad, las farolas despuntaban como mariposas quemadas por el hollín y la grasa, proyectando sombras fragmentadas sobre el adoquinado sucio y las trincheras improvisadas que dividen a la resistencia y al régimen. Desde el andén de la estación principal, Miranda Torner observaba con sus lentes empañados cómo el tren blindado llegaba como una bestia jadeante, envuelto en nubes negras de humo y sus propios rugidos mecánicos.

Se había acostumbrado al hedor de la ciudad amurallada, a la mezcla penetrante de aceite quemado, gasolina, sudor y sangre. Hacía años que la Dictadura de la DINAMAX había subordinado el pulso mismo de la nación a la lógica de sus motores: refinerías que desangran el subsuelo, tanques zumbando por los bulevares, zeppelines patrullando los cielos estrechados por la lluvia ácida. En ese mundo, Miranda era una anomalía: una ingeniera que jamás juró lealtad a la Junta, y que ahora, armada sólo con una llave inglesa y una inteligencia mordaz, agrietaba el sistema desde dentro.

El andén era un mar de uniformes grises y rostros macilentos, exhalando nubes de vapor por la boca en la bruma nocturna. Alguien le empujó el hombro. Sin mirarse, Miranda reajustó el bolso de herramientas y se internó entre los pasajeros, sorteando vigilantes con rifles de bobina y perros mecánicos. Debía encontrar a Viktor antes de que el tren partiera; sin los planos cifrados que él llevaba, el comando de la resistencia estaría ciego en la siguiente operación.

Una sirena sonó y el pitido rodante del tren subió hacia un alarido metálico. Miranda alcanzó a ver a Viktor, inconfundible, con su abrigo largo de cuero y pelo encrespado, junto a la entrada B-3, rodeado por dos soldados de la DINAMAX. Contuvo la respiración. En su mano derecha, Viktor sostenía el portadocumentos de acero templado, pero un sudor frío le cubría la frente, y sus ojos estaban fijos en los guardias, no en ella.

Los minutos se retorcían como resortes a punto de romperse. Miranda se acercó con paso decidido, fingiendo pertenecer a la cuadrilla de mantenimiento. La presión en el pecho se le hizo insoportable: si fallaba podía acabar en el sótano del Ministerio, alimentando a las criaturas de los laboratorios de tortura.

—Permiso, debo revisar la junta de vapor —dijo, mostrando su pase falso a los soldados. Ellos la miraron con el típico desprecio de quien considera que los ingenieros son poco más que piezas intercambiables.

El mayor de los dos frunció el ceño. —No recuerdo haber pedido mantenimiento.

—Es una orden del Comisario Frin. Revise la bitácora, si quiere quedarse sin empleo. —Mantuvo la voz firme. Los nombres seguían teniendo peso, aunque la mayoría de las cabezas tras esos nombres rodasen a diario.

Le permitieron pasar. Miranda se arrodilló y durante unos segundos simuló ajustar una válvula oxidada. Logró rozar la mano de Viktor; el tacto fue frío y urgente. El borde dentado del portadocumentos le mordió la palma, deslizado discretamente. Una detonación lejana estremeció la estructura. Los soldados ignoraron la alarma, supusieron que era otro accidente fabril.

—No me sigas —musitó Viktor, y desapareció entre el gentío segundos antes de que llegara el supervisor.

Miranda desapareció en el laberinto de pasillos del tren. Por una escotilla lateral vio cómo las líneas eléctricas arrojaban chispas violetas con cada roce de los bogies. El portadocumentos era pesado y frío como una promesa de muerte; apenas entró en el retrete del vagón de tercera, cerró el pestillo y desenroscó los extremos para extraer los planos. Circuitos, rutas subterráneas, claves de sabotaje… los ojos de Miranda se deslizaron por los símbolos metálicos impresos con tinta ferroso-magnética. Lo que tenía en las manos podría oscurecer la ciudad entera. O iluminarla.

No tuvo tiempo para filosofar. El tren se detuvo bruscamente, los frenos chirriaron como almas desesperadas y, al instante, las puertas se abrieron. Un par de figuras con trajes de combate de hierro fundido entraron a empellones rompiendo la calma. Gritaron algo: “¡Nadie se mueva!” Y Miranda, con el pulso disparado, ocultó los planos en el forro de su mono.

La redada duró minutos eternos. Uno a uno registraban a los pasajeros. Cuando llegaron a ella, un soldado escudriñó su pase.

—Nombre. Propósito.

—Mira Torner. Reparaciones urgentes—respondió, inyectando exasperación a su voz.

Él la analizó, buscando nerviosismo.

—Abre el bolso.

Ella lo hizo sin vacilar. Tuvo la suerte de que el soldado era más torpe con las herramientas que ella con las palabras. Le devolvió el bolso con un gesto de fastidio y pasó de largo. Pero sentía el frío del acero sobre la piel, debajo de la tela, y percibía cómo el peligro la acechaba en cada paso. El tren resolló, ganando velocidad de nuevo. Cuando al fin los registros concluyeron, Miranda se dejó caer en un asiento vacío. Sus pensamientos giraban, aceitados por la adrenalina, hervidos en temor y esperanza.

La pregunta era: ¿quién la había delatado? O peor aún, ¿acaso Viktor había caído y sólo a ella le quedaba entregar los planos?

Cuando el tren llegó a la vieja terminal, la ciudad vieja parecía la boca oxidada de una fiera. Los edificios, heridos de metralla y abandonados a mitad de sus construcciones, se recortaban como dentaduras enfermas contra un cielo donde los zepelines patrullaban infinitamente. Una figura la esperaba en la penumbra del callejón, el pequeño drone vigilante encima de su hombro zumbando como avispa.

—Creí que te habrían atrapado, Torner —masculló la mujer, voz baja y ronca. El rostro, cubierto por una máscara de filtros, era inconfundible: Yuli, la líder de la célula local—. ¿Los tienes?

Miranda asintió y abrió la costura de su mono. Los planos resplandecieron con un brillo apagado. Yuli los examinó unos segundos, antes de guardarlos.

—¿Y Viktor? —preguntó Miranda.

—No llegó. Hay rumores de que fue interceptado en la plataforma.

El golpe fue seco, como un disparo bajo las costillas. Miranda apretó los dientes. “Típico, Viktor. Siempre jugando al límite.”

Avanzaron a través del alcantarillado hasta el refugio: una sala diminuta forrada de mantas ignífugas y rodeada de generadores de emergencia. Allí, a media luz, el núcleo de la resistencia esperaba. Un filósofo ciego, tres exsoldados con prótesis en vez de piernas, dos desertores, un niño de apenas diez años que dirigía las comunicaciones desde una central rudimentaria de radio.

El plan era simple: con los datos de Miranda, el grupo podía desplazar el flujo de electricidad desde el corazón fabril y sabotear la refinería central. "Sin energía, la DINAMAX se arruga", susurró el filósofo. "Sin energía, el terror se oxida".

Miranda no dormía, casi no comía. El día del ataque llegó con una tempestad de vapor y ceniza. Cruzaron el río sobre un puente colgante cuyos cables emitían notas tristes de acero tenso. Bajo el abrigo, las armas caseras: lanzacohetes disimulados en mochilas de obreros, disyuntores envueltos en trapos grasientos, y las placas de los ingenieros muertos, colgando en los pechos como últimos amuletos.

Físicamente, el edificio de la refinería se alzaba como una catedral blasfema de tubos y chimeneas. Custodiada por docenas de gendarmes mecánicos, parecía invulnerable. Pero hasta la más perfecta máquina tiene un oxidado tornillo flojo. Yuli y Miranda lo encontraron: un acceso olvidado, recubierto de musgo y hollín, originalmente diseñado como ruta de escape de emergencia.

El niño, desde el refugio, recitaba las secuencias de las cámaras de vigilancia. El filósofo, aferrado a una enorme llave de paso, murmuraba versos de resistencia ancestral. Cuando cruzaron el umbral, Miranda sintió el pulso de la ciudad entera en sus dedos.

Las acciones, enconadas en una coreografía frenética, se sucedieron: hackearon la central usando los códigos cifrados, sabotearon los generadores principales e instalaron cargas eléctricas en las válvulas cribadas de años de abuso. Durante horas, el enfrentamiento en las entrañas de la industria fue brutal: niebla de gas venenoso, gritos metálicos de autómatas, cuerpos derribados y fuego entre los tanques de gasolina.

Al final, cuando el sistema colapsó, la oscuridad lo engulló todo. La ciudad, por primera vez en décadas, quedó en silencio. Un silencio auténtico, profundo, sólo interrumpido por el crujido del hierro y las primeras notas atrevidas de un clarinete en alguna ventana abierta.

Miranda salió tambaleante entre los cascotes, magullada, con el olor a carburante pegajoso adherido a la piel. Observó las luces de emergencia titilar, como luciérnagas inciertas en el océano negro. Ya no había marcha atrás. Había abierto una grieta en la estructura del poder, aunque costara sangre, aunque la noche siguiera oliendo a humo y a muerte.

Se preguntó si Viktor estaría vivo en alguna parte, si aquel niño-genio podría dormir, si la ciudad aprendería a reconstruirse. No tenía respuestas, sólo preguntas que rodaban como engranajes insomnes en una cabeza perforada por el esfuerzo y el miedo.

Pero una cosa sabía: aunque los motores del terror volvieran a rugir, aunque la Junta reparase cada tornillo, el óxido de la resistencia nunca dejaría de corroer, y ahora, por un instante fugaz y pleno, el acero mismo había recordado que podía quebrarse.

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