Fragmento:
El mundo había sangrado metales, carbón y almas rumbo al fin. El agua, primero en escasear, les daía poder a los dueños del vapor y del aceite. El Consorcio dominaba esa materia: dictaba a cuántos niños se les permitiría nacer y a cuántos ancianos se les prolongaría el soplo con respiradores mecánicos en la niebla.
Duración: 07:17
Había un murmullo constante en los arterias oxidadas de la ciudad costera, un estruendo profundo que trepidaba en los huesos tanto como en las paredes llenas de hollín. Aquí, en Puerto de Escombros, el cielo era un plafón de aceites y penumbra que ningún sol conseguía perforar. Sobre las techumbres astilladas recortadas contra la niebla, reposaban los vigilantes: artefactos mitad hombres, mitad acero, cuyo corazón palpitaba a fuerza de diésel, jarabe negro bombeado por las venas supremas del Consorcio.
Yo era uno de esos vigías petrificados, y mi nombre —olvidado como tantos otros— era Karel. Mi celda de vida —dormitorio, taller, fortaleza— era una cápsula anclada veinte pisos sobre la Cloaca Este, donde el río desfallecido desembocaba su amargo y oscuro mensaje en el puerto. Nadie escogía vivir aquí. A nadie se le permitía elegir; todo era designio del Consorcio y sus sellos lubricados.
El mundo había sangrado metales, carbón y almas rumbo al fin. El agua, primero en escasear, les daía poder a los dueños del vapor y del aceite. El Consorcio dominaba esa materia: dictaba a cuántos niños se les permitiría nacer y a cuántos ancianos se les prolongaría el soplo con respiradores mecánicos en la niebla.
Mi turno tocaba vigía de medianoche, la hora en la que la niebla adoptaba un tono azul-verdoso, y el rugido de los motores acuáticos llenaba los oídos. El trabajo, oficialmente, era vigilar los cargueros y camiones que accedían a los muelles por la Calzada Sucinta, pero todos sabíamos que nadie contrabandeaba sin permiso. Mi cometido real era observar los rostros, detectar la revuelta, el brillo extraño en los ojos que precede al motín o la fuga.
Mi único compañero de turno era Schalka, una mujer que pronunciaba las palabras como si cada una le costara un latigazo de la realidad. A veces creí que su garganta funcionaba a base de gasolina barata, por lo áspera.
—Tres esta noche —dijo Schalka, apoyada en la baranda de la pasarela de acero, los prismáticos temblando por el frío—. Tres camiones y ese dirigible de doble cola. ¿Ves?
En esa atmósfera, los dirigibles parecían bestias prehistóricas. No volaban, nadaban en el aire. Bajé el visor óptico; las lentes vibraban un zumbido familiar, multifrecuencia. Así comprobé los sellos legales de cada camión: burócratas miniaturizados desfilaban en mi retina, hologramas fijos empapados de ley.
—No hay nada —murmuré, notando que mi algoritmo interno intentaba detectar anomalías—. La máquina canta limpio.
—La máquina miente —contestó Schalka—. Mira ahí: dos figuras por la escotilla trasera. Los guardias acostumbran ir adelante. Esclavos de agua, seguro.
Eran palabras malditas: “Esclavos de agua”. La mayoría de nosotros éramos dependientes de lo que el Consorcio distribuía. El agua purificada era más valiosa que el propio oro negro. Y los que intentaban rapiñar una gota de más se convertían en enemigos del sistema, rebajados a la esclavitud industrial.
El dirigible Ironcrown se descolgó de los cielos como un tiburón anciano. Los acoplamientos chisporrotearon cuando la pasarela magnética se ancló sobre el tejadillo número seis, el único aún en pie desde el bombardeo de la semana pasada. Del esqueleto de la nave emergió el capataz: rostro partido en cicatrices, piernas de aluminio blanco. Traía a dos figuras encadenadas, mujeres jóvenes, con el cabello deshecho y los tobillos magullados. Un oficial automatizado selló los papeles y, sin verlas, las envió por la tovera de acceso hasta el Departamento de Destilación.
Miré a Schalka; su mandíbula rechinó.
—¿No vas a hacer nada? —preguntó, y su voz era tan afilada como un corte de acetileno.
—¿Qué harías tú? —repliqué, sin quitar los ojos del capataz.
Las dos sabíamos la respuesta: nada. Nadie sobrevivía oponiéndose al Consorcio.
Pero esa noche, cambiaron las reglas. Por el intercomunicador, recibimos órdenes directas: "Desconexión del sector Norte. Posible infiltración rebelde. Ejecuten procedimiento Rata Roja."
La Rata Roja. Un protocolo de ejecución sumaria; una jugada diseñada para eliminar no solo al enemigo real, también a todo aquel que pudiera convertirse en amenaza futura.
—No me gusta esto —dijo Schalka, bajando el visor—. Conducción manual o automática?
—Manual. —Siempre prefería sentir el metal vibrando en mis palmas.
La niebla digital, tan espesa como el humo físico, enturbiaba nuestra visión mientras bajábamos por las escaleras de acero. Los engranajes crujieron al activarse los generadores de luz. Todo era inestable, eléctrico, lleno de promesas de muerte.
A nuestros pies, los barrios bajos bullían en silencio. Bajo los puentes colgantes, los desposeídos encendían hogueras con grasa reciclada. La ciudad era una herida negra, y la gente los glóbulos que se desplazaban dentro de un pus hemorrágico y tóxico.
Nos deslizamos, armas en mano, por el viaducto. Sorpresivamente, una sombra saltó hacia Schalka. Era un niño; tendría seis años y el rostro tiznado, ojos de un azul imposible. Gritó antes de que lo atrapara. No era rebelde, solo un hambriento más.
Pero detrás de él, entre el amasijo de tuberías y barriles vacíos, emergieron los verdaderos enemigos: guerrilleros enmascarados, armados con lanzallamas de gasolina y martillos eléctricos.
Disparé sin dudar, mientras Schalka cubría la retirada del niño. La primera avanzadilla cayó bajo mi fuego. Aún sentía el bombeo de la sangre mezclado con el rugido del motor de mi linterna de plasma.
—¡Vuelvan a la torre! ¡Código Negro! —ordené, mis palabras arrastradas por radiofrecuencia.
No hubo tiempo. Una mujer, la líder de los rebeldes, con el cabello rapado y una prótesis ocular trémula, pronunció mi nombre. Era Vozia, antigua mecánica del Arsenal Este, y antes, mi amiga.
—Esto no es vida, Karel. Debéis elegir: carne o máquina, muerte o rebelión.
Vi en sus ojos la determinación, el mismo brillo que yo llevaba apagando durante años. De fondo, el dirigible Ironcrown iluminaba la escena como un sol enfermizo.
Y entonces entendí: la revolución no sería una batalla frontal, sino una filtración lenta, una lluvia ácida, oxidando desde dentro cada placa del sistema.
Apunté mi arma… pero no al enemigo. Disparé contra el compresor central del generador municipal. En pocos segundos, la ciudad se sumió en la más densa oscuridad. Ni el Consorcio, ni sus autómatas, ni siquiera la sombra mecánica de sus vigilantes, podía ya distinguir al amigo del enemigo.
Schalka me miró, asintiendo sin palabras. La revolución, improvisada y mugrienta, avanzaría como el hollín, apoderándose de cada grieta. De fondo, las sirenas militares aullaban, y cada grito de la ciudad parecía volverse humano por primera vez en años.
Portábamos la mancha de la traición, y la única certeza era la incertidumbre. En esa noche sin fin, no sabíamos si la humanidad sobreviviría, pero sí que, por fin, estábamos vivos.
En la penumbra, el rumor de los motores apagados era más dulce que cualquier sinfonía. Y la niebla, sin filtros, era solo agua, al fin libre.
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