Portada del relato Motores en la niebla
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Fragmento:


Aquel jueves, mi encargo era diferente. No tenía que entregar envases de gasolina sintética ni recados entre prostitutas y soldados. No era rúbrica de papeleo ni transferencia de paquetes de casquillos sospechosos. El mensaje me lo había dado Margritte, la chica de contabilidad en la Central de Maquinistas, y consistía en tres palabras apenas susurradas: "A las nueve, la Cúpula".

Duración: 07:47

Motores en la niebla
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Texto de ajuste de pausa.

El viento arrastraba hollín por las calles de Dürer Cross en la tarde húmeda, líneas de humo negro trenzándose a los charcos y a las luces amarillas que palpitaban tras la niebla. Bajo los pilotes del puente Transbordador, los hombres hacían girar sus llaves inglesas, el aceite de ballena chorreando sobre sus palmas mientras bujías calientes crepitaban en la penumbra. En los bares apretados, las mujeres bebían ginebra sobre mesas de cobre, hartas de las miradas de los pilotos de carreras Kasparov y de los hombres de la Refinería Número 6. Yo estaba ahí, con la boca seca y el cerebro palpitante, esperando mi turno.

Mi nombre es Wilfrid, y trabajo como recadero en este esqueleto de ciudad. Si uno observa con detenimiento, se puede advertir cómo Dürer Cross cuelga sobre sí misma, plegada como un molusco de hierro, con vigas de cien toneladas y antiguos depósitos de queroseno pudriéndose en los sótanos. Por la radio, cada hora, el gobierno transmite proclamas sobre eficiencia y sacrificio, mientras en las calderas los viejos siguen muriendo de inhalar vapores de nitrógeno. En el aire hay una expectativa sucia, como si una marea estuviera a punto de romper el dique.

Aquel jueves, mi encargo era diferente. No tenía que entregar envases de gasolina sintética ni recados entre prostitutas y soldados. No era rúbrica de papeleo ni transferencia de paquetes de casquillos sospechosos. El mensaje me lo había dado Margritte, la chica de contabilidad en la Central de Maquinistas, y consistía en tres palabras apenas susurradas: "A las nueve, la Cúpula".

La Cúpula era un lugar prohibido incluso para los del metal. Un cilindro de ladrillo rojo con el techo de vidrio ahumado, plantado en lo que antes fue un jardín botánico; siglos atrás, allí crecieron dalias y lirios, pero ahora era todo óxido y tulipas de vapor. Nadie entraba sin una invitación tan valiosa como la vida misma, y yo nunca había poseído nada tan valioso, hasta aquel día.

Caminé, entonces, bajo los gruesos cables de transmisión, entre el ulular distante de sirenas obreras y la masa de motores jadeando a ras de los raíles. Todo era humedad y ceniza, mi chaqueta negra absorbiendo la lluvia ácida, mi corazón marchando a ritmo con los pistones agónicos de la ciudad entera.

No es que uno esperase otra cosa en Dürer Cross. Aquí lo único que cambia es la mugre encima de lo que ya está roto. Entre el arrullo de las turbinas y la voz repetitiva de los altavoces, los rebeldes tenían su propio lenguaje: manchas de grasa en el cuello, un cigarro liado con papel de telegrama, una palabra dicha al través del costado de la boca. Si la policía te pillaba en alguna de esas, no te pegaba un tiro, peor aún: te arrastraba al hospital estatal, donde te enchufaban a una máquina y te sacaban el jugo hasta dejarte seco como un cable pelado.

Me presenté a las ocho y media, empapado de sudor y miedo, frente al portón lateral de la Cúpula. Un hombre fornido, con el mono del sindicato de torneros y botas remendadas, me estudió desde las sombras.

—Te esperaba antes —gruñó—. ¿La señal?

Saqué del bolsillo el trozo de chatarra que Margritte me había dado: una bujía recubierta de ceniza. El guardia la rodó sobre la palma, luego me empujó por el pasillo, de cabeza a lo desconocido.

Dentro, la caldera era un sol negro y sudoroso. Decenas de cuerpos apretados, fumando en silencio mientras los haces de luz atravesaban capas de humo y sudor. Unos tipos sorteaban piezas de repuesto: válvulas, guantes, balines de acero; otros cuchicheaban nombres y cifras, el lenguaje secreto de los desesperados. Sobre una tarima aceitada, una mujer de ojos fríos y boca firme agitó la mano, imponiendo silencio.

—Señores y señoras —dijo—, la situación se precipita: esta noche, uno de los nuestros lanzará una ofensiva contra el depósito principal. Queremos que la Compañía vea de lo que somos capaces, que comprendan que nuestros pulmones valen más que la gasolina que nos hacen respirar.

La gente aplaudió con los nudillos, sin entusiasmo, pero con ese peligro latente, tan típico de quienes no tienen ya nada que perder.

Me sorprendió ver junto a ella, en la penumbra, a Margritte. Sus labios temblaban pero sus ojos azules, duros, como tornillos calzados de fábrica.

—Wilfrid —musitó al verme, apartándome hacia una esquina—, es verdad lo que dicen. Esta noche incendiaremos la estación de bombeo. Tú eres el encargado del sabotaje.

Me dio una pequeña caja de madera, pesada y tibia al tacto. Por el peso, supe de inmediato lo que era: un bloque de termita con reloj de retardo, el más mortal de los juguetes de mi tiempo.

Afuera, la noche hervía, y la Cúpula se fue vaciando poco a poco, entre el crujir de metales tristes y la música lejana de algún gramófono olvidado. Caminé solo por el barrio de los depósitos, con la caja apretada al costado, los dientes castañeteando y el recuerdo de Margritte ardiendo en mi memoria. Recordaba todavía sus dedos manchados de carbón, el aroma amargo de la estación de radio en su piel.

Cerca del depósito central, un farolillero dormía sobre su escalera, la grasa goteando de su chaqueta. Más allá, los caños humeaban con lentitud espectral. Me deslicé entre sombras y ratas, hasta el muro de placas de hierro. Recordé lo que me había dicho Margritte: "Entra por el canal de desagüe, esquiva el calor; déjalo junto al motor principal. Veinte minutos después, la ciudad verá nuestra respuesta".

La entrada era una puertecilla baja, cubierta de hollín y moho. Tiré con fuerza y la bisagra gimió como un animal enfermo. Por dentro, el aire era pesado y sulfuroso, zumbando de electricidad estática y vapor. Avancé a tientas, guiado por los pulsos de luz de las dinamos ciclópeas.

Ahí, en el corazón de la bestia, el motor principal se alzaba como un dios pagano: columnas de pistones, tubos y válvulas, brillante como una catedral invertida. Colé la caja detrás de una consola y accioné el temporizador. El tictac era apenas un susurro bajo el clamor de metales.

Al salir, la fosforescencia azulada de la Cúpula parecía un parabrisas en medio del desastre. Caminé ligero, dibujando círculos en la noche para despistar a cualquier vigilante. El sudor ya era amargo, la garganta un yermo. Cuando por fin sentí el aire frío del canal Storsund en la cara, me tumbé bajo un puente y esperé.

A los veinte minutos, un rugido sacudió la ciudad entera. El suelo vibró bajo mi espalda. El humo naranja y espeso se alzó sobre los tejados como los tendones de un monstruo decapitado. Los silbatos sonaron lejanos, confusos, como si Dürer Cross ya no supiera si había motivos para la alarma o para la esperanza.

—Lo lograste —dijo una voz.

Margritte estaba a mi lado, de pie entre los helechos y los charcos, con la cara tiznada y una sonrisa que era pura furia y alivio.

—¿Y ahora qué? —le pregunté—. ¿Crees que cambiará algo?

Lo pensó, pisando el barro con fuerza.

—Quizá solo nos maten más rápido —dijo—. Pero sabrán que no somos piezas intercambiables.

Al amanecer, la niebla ya sabía a aceite quemado. En todas las esquinas patrullaban hombres con mascarillas y fusiles, buscando a los culpables de la noche. Margritte se esfumó tras una verja de latón, y yo arrastré mis huesos hasta el canal, como cualquier otro desgraciado.

Pensé en la Cúpula, en la multitud sudando en la penumbra, en mi ciudad flotando siempre sobre un mar de combustibles, cables y rencor. Quizá nada cambiara. Quizá sólo era cuestión de hacer ruido cuando todo lo demás se apaga.

Caminé entre la niebla fugitiva, frotándome la suciedad en la cara como si fuera una moneda de buena suerte. Y con cada paso, bajo la luz temblorosa de los faroles, supe que durante una noche al menos, entre motores y órdenes, habíamos recordado cómo era desafiar el compresor.

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