Portada del relato Los Ojos de Orihime
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Fragmento:


En ese momento, lo supo: la lentilla de Koendi estaba rota. O ella la había roto.

Duración: 09:47

Los Ojos de Orihime
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Texto de ajuste de pausa.

Había aprendido hace tiempo, en el área gris entre la niñez y la juventud, a no mirar a los ojos de los centinelas. Ellos se erguían en todas las esquinas; bípedos, envueltos en placas de vidrio líquido que palpaban suavemente el aire en busca de microemociones, calibres de mentiras, fluctuaciones irregulares que delataran hasta el pensamiento más inofensivo. Orihime supo, por la experiencia que había marcado a toda su generación, que el arte de sobrevivir en la ciudad de Uruomo dependía de la mutabilidad del pensamiento y la opacidad de la mirada.

Cada día al cruzar la pasarela flotante hacia el sector de la manufactura, practicaba su simulacro. Levantaba la barbilla con la seguridad con que la enseñaron en el Centro de Acomodación Emocional, soltaba aire en intervalos matemáticamente calculados, y, lo más importante, repasaba mentalmente las ideas permitidas. Las llamaba “el kit de pensamiento seguro”: estadísticas del clima artificial, las mejores formas de reciclar agua, y la última novela holográfica galardonada por el Comité. Cualquier otra cosa podía atraer la atención de los centinelas.

El cielo cambiante de Uruomo se teñía de azul afilado esa mañana cuando las sirenas gemelas anunciaron el inicio del toque de atención. Orihime apenas giró la cabeza, y los demás trabajadores sólo se detuvieron una fracción de segundo antes de continuar, como si las sirenas fueran viento. A fin de cuentas, estaban insertas para recordarles a todos que la vigilancia era una caricia constante, un suave susurro bajo la piel, una red de reconocimientos que no dormía nunca.

En la fábrica, la mayoría de los empleados no necesitaban hablar. Las instrucciones llegaban a través de estímulos visuales que titilaban en la cara interna de sus lentillas, esas membranas inteligentes que el Comité instalaba a cada habitante al cumplir catorce años “para facilitar la gestión del bienestar colectivo”. Si bien se rumoraba acerca de rebeliones, conjurados y rupturas subterráneas, para los ciudadanos comunes como Orihime la idea de resistencia era una palabra del pasado, usada en las transmisiones históricas para hablar de los “años del caos”. Hoy, cualquier disonancia era una señal de alerta para los centinelas, que además de ver, sentían: eran red y conciencia, autoridad y rumor.

Pero incluso en una red de mallas tan perfectamente tejida, se escapaba lo inesperado. El incidente comenzó como todos los temblores importantes: un silencio casi mineral. Orihime lo percibió tan solo al final del turno, cuando se acercaba a la madre de su compañero Dela, la anciana Koendi, que tejía con dedos artríticos un par de guantes en el área de descanso. Vio a través de la penumbra algo diferente: la imagen holográfica ante los ojos de Koendi tembló, como sacudida por una ráfaga interna. Era común ver errores en los trabajadores de edad avanzada, pero rara vez duraban más de tres segundos.

Alguien toqueteó el carrito con los residuos y Koendi se sobresaltó. Luego, rápida, limpió una lágrima que intentaba formarse (¿una señal de dolor o alegría?), y la reemplazó por una sonrisa robótica. Eso en sí no era raro. Lo inusitado fue la sombra pulsante que, como si tuviera voluntad propia, cruzó su mejilla.

En ese momento, lo supo: la lentilla de Koendi estaba rota. O ella la había roto.

Los centinelas, emulaciones de conciencia colectiva, no podían estar equivocados por mucho tiempo. No tardarían en asegurar el error, investigar, tomar medidas. Pero Koendi —a pesar de todo— murmuró: “Ven, por favor”, y con una destreza impropia de sus años, guió a Orihime en dirección al área de descanso menos patrullada. Allí, de espaldas a la pared, la anciana señaló arriba, al techo de la fábrica, donde una diminuta mariposa mecánica giraba en círculos invisibles.

—¿Sabes por qué no pueden ver esto? —susurró Koendi, señalando la mariposa—. Porque soñamos con ella.

Era un desafío, como si la anciana la hubiera invitado a pisar un terreno vedado. Orihime sintió como latía su corazón, rapidísimo pero en silencio. Sabía que todas las palabras estaban grabadas en algún lado, que hasta un pensamiento imprudente podía rastrearse por el leve temblor en los lagrimales, que los centinelas eran capaces de distinguir entre una lágrima de tristeza y una de nostalgia.

—¿Soñar? —repitió despacio.

Koendi cerró los ojos. —Soñar con mariposas significa que todavía tenemos algo propio.

Ese día fue el comienzo, pero también su condena. A partir de ahí, la rutina de Orihime sufrió pequeños deslizamientos: escuchó conversaciones apagadas entre los obreros que se despedían con gestos sutiles, vio pinturas en los techos de los túneles de transporte, apenas perceptibles bajo el barniz oficial: egagrópilas soñadoras, rostros infantiles, escenas de coraje silenciado. Todos detalles que escapaban levemente a la red de control.

Los centinelas, sin embargo, eran dioses minuciosos. No tardaron en notar los desvíos. Un mediodía, mientras cruzaba el puente suspendido que dividía Uruomo en cuadrantes de eficiencia, Orihime sintió la presión de mil ojos sobre ella. Un haz escarlata titiló en su periferia visual. “Acuda a la Oficina de Revisión”.

Fue entonces cuando la ciudad de Uruomo se transformó para ella en una incubadora de miedo puro, y cada paso era una danza sobre un delgado alambre. Los pasillos de la Oficina eran de un blanco que dolía los ojos. Allí la esperaban cinco centinelas humanos y tres máquinas. Ninguno sonreía, pero las máquinas medían sus variaciones microfisiológicas a cada microsegundo. Frente a una mesa transparente, una operaria con labios azul cobalto hizo la pregunta que todos temen:

—¿Ha sentido últimamente pensamientos no justificados por el protocolo emocional? —dijo con voz sin cadencia.

La respuesta correcta era “no”. Siempre “no”. Pero también lo era el matiz: había que decirlo sin fuerza, sin debilidad, es el tono preciso que los centinelas reconocen como sincero.

Orihime tragó saliva. —No.

Un centinela humano se inclinó.

—¿Y sueños? ¿Ha soñado con cosas que no hayan sido autorizadas por el Comité para el Bienestar Colectivo?

Esta pregunta era nueva. Cruzó su mente una ráfaga de imágenes: la mariposa de Koendi, la sombra sobre la mejilla, la textura cálida de una lágrima no analizada.

—No —susurró Orihime de nuevo.

Un zumbido bajísimo giró en la estancia. Las tres máquinas vibraron con microondas casi imperceptibles. Pasaron largos segundos; suficiente para que las máquinas extrajeran datos, midieran la actividad eléctrica bajo la piel de su frente, registraran la temperatura precisa de su pulso.

La dejaron ir. Pero al salir, supo que estaba marcada. El zumbido se encendía y apagaba a su alrededor, pequeños indicadores en los ojos de los centinelas que antes eran incoloros. Ahora destellaban con curiosidad azul.

Aquella noche, volvió a soñar. Y por vez primera desde niña, dejó de censurarse. Soñó una mariposa ardiente saliendo de la palma abierta de la vieja Koendi, voló entre torres de vigilancia derrumbadas, y, en el centro de Uruomo, una multitud desprovista de lentillas bailaba bajo el cielo verdadero, aullando de gozo y rabia.

La mañana siguiente, algo cambió. Los anuncios púbicos de la ciudad, antes precisos y asépticos, mostraron fallas; interferencias inesperadas: flashes de colores, ráfagas de música prohibida. Vio a Koendi en la entrada del sector cinco. Esta vez, la anciana no apartó la mirada. Su ojo izquierdo reverberaba; la lentilla estaba completamente caída. A su alrededor, tres centinelas la rodeaban sin reaccionar. Orihime pensó que el Comité había decidido ignorar el caso, que la anciana sería despachada a los pasillos donde almacenan a los irrecuperables.

Pero entonces Koendi alzó la mano, y se acarició el rostro con los dedos desnudos. “Sueña”, leyó Orihime en sus labios. “Sueña mientras puedas”.

Ese día, el rumor creció. Cada esquina, cada puente, cada fábrica se llenó de pequeños signos de resistencia: risas un poco más largas, miradas prácticamente desafiantes, una cinta de colores en el cabello de una niña, un mural pequeño sobre la canaleta central. Cada gesto era, en sí, una grieta en la red. Los centinelas, programados para responder sólo a desviaciones flagrantes, empezaron a fallar. Se debatían entre identificar las frágiles manifestaciones de lo prohibido y sostener la ilusión de control absoluto.

Al anochecer, la ciudad tembló. No un temblor sísmico, sino uno emocional: el pulso de miles de pensamientos que, sincronizados no por plan sino por hartazgo, retumbaron más allá de lo medible. Al principio se detonó en zonas periféricas; luego, en pleno centro. Los centinelas, abrumados por la velocidad con que los ciudadanos cambiaron de estado emocional, se desincronizaron. Durante un instante eterno, sus ojos de vidrio líquido se apagaron, y en ese lapso imposible, Uruomo vio nacer una grieta de libertad.

En ese interregno, Koendi encontró a Orihime. Nadie habló. Un gesto supo decir “gracias”. Y entonces Orihime entendió: el control social construido por el Comité no se basaba en la eficiencia, sino en el miedo a perder el propio sueño. La mariposa de Koendi era apenas un símbolo: lo real era la posibilidad, siempre latente, de que cada uno pudiera mirar el cielo y decidir qué veía, aunque sólo fuera por unos segundos.

No hubo revolución: sólo el principio de una erosión lenta, hecha de diminutos sueños rebeldes. Una a una, las mariposas reales y artificiales tomaron el aire de Uruomo, suspendidas entre vigilancia y deseo, mientras los centinelas —nuestros centinelas— comenzaban a dudar de lo que veían. Y así, muy despacio, la ciudad empezó a despertar.

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