Portada del relato Nieves Negras
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Fragmento:


Antimateria. El susurro era un veneno o, dependiendo de la necesidad, la mayor esperanza. El régimen —las autoridades jamás tenían nombre— la utilizaban como frontera filosófica y física. Con ella movían trenes que cruzaban la urbe en fracciones de segundo, alimentaban la bóveda de la ciudad que la separaba del mundo devastado por el clima, y energizaban los nanofiltros que purificaban el agua y el aire para unos pocos.

Duración: 08:37

Nieves Negras
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Texto de ajuste de pausa.

La antimateria se rumoreaba en las calles como otras palabras prohibidas: ansiedad, disensión, hogar. En la malla de sombras que tejía la ciudad, lo intangible siempre tenía más peso que el acero. Kara lo supo desde el día en que perdió a su madre y la última vez que sintió afecto humano fue bajo la luz azulada y despiadada de un detector.

No era aún mediodía, pero el cielo tintineaba con la luminiscencia artificial de Neomagna. En los barrios altos, los arcos reflejaban una estética fantacientífica que nunca perteneció a quienes realmente habitaban la ciudad. Los drones cronometraban la distancia de los cuerpos y la cadencia del paso; el control lo era todo, incluso en el acto trivial de andar. Kara ajustó su respirador, permitiéndose la desesperada autoconciencia de ser observada.

Antimateria. El susurro era un veneno o, dependiendo de la necesidad, la mayor esperanza. El régimen —las autoridades jamás tenían nombre— la utilizaban como frontera filosófica y física. Con ella movían trenes que cruzaban la urbe en fracciones de segundo, alimentaban la bóveda de la ciudad que la separaba del mundo devastado por el clima, y energizaban los nanofiltros que purificaban el agua y el aire para unos pocos.

Lo que la mayoría desconocía, porque así convenía, era que la antimateria sustentaba también los escáneres de conducta. Amenazaba con aniquilar a quien osara desviarse del estándar calibrado. Kara lo sabía, y no porque fuera una científica —los científicos eran anónimos y desaparecían de los registros apenas trascendían el nivel diecisiete— sino porque era hija de una de ellos. Todo el sistema gravitaba en torno al miedo, y el miedo, en esencia, era la disciplina más precisa que se podía destilar de las partículas subatómicas.

El hermano de Kara, Veyl, vivía en las franjas más bajas, donde las líneas de antimateria nunca llegaban y la oscuridad se alquilaba por minutos mediante aplicaciones estatales. Lo veía poco, pero su relación era un ancla. Como todos los impuros, Veyl poseía ‘autenticidad’: una rusticidad emocional que no se podía permitir arriba, donde las pulsaciones, palabras y sentimientos eran regulados. Kara bajaba a verlo cuando sentía que el vacío en su pecho amenazaba con desplegarse.

Los barrios bajos estaban plagados de murmullos, y ahora los rumores sostenían con más fuerza que nunca que una célula disidente, la Promesa de Kesar, había robado un microcontenedor de antimateria. Ninguno de los implicados debía sobrevivir. Si la antimateria caía en manos equivocadas, decían las cadenas de mensajes en la red pública, ni el manto de control ni la estructura de la ciudad serían suficiente: sería el desmoronamiento conceptual de la presencia.

Pero Kesar, el líder de la promesa, no era un nombre. Era más antiguo que cualquier otro símbolo de subversión. Era la idea de que un solo humano podía decidir por sí mismo.

Kara descendió los niveles con su pase camuflado, mentón alto, la gracia estudiada de quien tiene acceso, pero sin la arrogancia de quien ha sido bienvenido. Los accesos resplandecían como heridas abiertas. Las puertas, en vez de bisagras, presentaban membranas de plasma. El control, una vez más, era absoluto: sólo los programas de selección de emociones permitían avanzar, y Kara forzó con destreza la neutralidad. Ni miedo ni excitación, sólo supervivencia.

Al encontrar a Veyl, él la recibió con una mueca. Sus ojos brillaban por encima de lo que quedaba del logo de una marca desaparecida en su suéter. Se sentaron entre restos de concreto y grafitis antiguos.

—¿Sabes lo que dicen? —Veyl tenía la voz baja, como si el susurro pudiera escapar hasta los sensores.

Kara asintió. Era imposible no saberlo. En las superficies, los anuncios oficiales proclamaban el triunfo de la armonía; aquí abajo, el fracaso de las mentiras.

—La gente tiene miedo —Veyl rascó la mugre incrustada bajo sus uñas—. No de la explosión, sino de lo que harían sin el miedo.

Kara consideró la frase, dándole vueltas como un objeto peligroso. El régimen había convertido la antimateria en algo más que una fuente de energía: en una idea endeble capaz de devorarlo todo. No había subversión más radical que imaginar la vida sin su amenaza constante.

Esa noche, en la soledad congestionada de su habitación, Kara encendió las transmisiones ilegales. Espectros codificados y vídeos distorsionados llenaron la pantalla. En uno de ellos, un hombre con la cara desenfocada sostenía el tubo electrónico que debía contener antimateria. Su discurso no era una arenga, sino una confesión: “Nos dijeron que era el final de todo. Descubrimos que sólo es un principio. El miedo es una herramienta más. Ya no la queremos.”

Las palabras se le pegaron a la piel. Desconectó el router, conteniendo el impulso de mirar a su espalda. En Neomagna, la paranoia era una suerte de invocación defensiva. La antimateria, por singular que fuera, no necesitaba detonarse para destruir la psique de un pueblo; bastaba con sugerir su falta de límites.

Las noches siguientes fueron de insomnio y esquinas. Kara comenzó a recibir mensajes cifrados. Las instrucciones no eran claras. Hay transmisiones en las altas, venía a decir uno de ellos. Hay debilidad en el núcleo, sugería otro. Icónicos, fragmentados, los comunicados dibujaban un mapa oculto más allá de los corredores donde reinaba el régimen.

Entonces, frente al holomural donde cada mañana desfilaban los lemas de la armonía, Kara vio a Lira. Era una antigua compañera, ahora agente del orden. Su rostro era terso, pero sus ojos la llamaban a gritos: “No podemos seguir así”, parecía decirle. Kara no sabía si era una trampa o una invitación.

El dilema era ancestral: ¿arriesgar la quietud domesticada o desafiar el vacío? Sabía lo que había hecho su madre años antes, saboteando una línea de antimateria para evitar que una célula ciudadana fuese ejecutada. El resultado fue la desaparición, el olvido, la reprogramación de todos los registros familiares. Habían sobrevivido sólo en los recuerdos ilegales.

Esa tarde, bajo el puño de la torre central, Kara marchó al encuentro de Lira. Al acercarse, activó un disruptor de señales en miniatura, un tipo de herramienta proscrita en el nivel superior.

—No tenemos tiempo —la cortó Lira—. El núcleo se recalienta. Han sobrecargado los flujos para asustar a los disidentes. Pero podría salirse de control.

No era sólo el miedo, era el riesgo real. Una fuga de antimateria no suponía una nueva era; suponía un abismo. Kara reflexionó: el régimen, en su afán de control, manipulaba incluso las condiciones de pánico generalizado.

—¿Qué quieren? —preguntó.

—Un apagón. Que todo se detenga. Puede que así entiendan…

Pero Lira nunca terminó la frase porque, en ese mundo, los finales siempre eran monitoreados.

De repente, la luz se apagó en la torre. Un zumbido subió por las paredes, y los drones cayeron como moscas. El caos era sutil; en Neomagna no había gritos ni tumultos. Solo un frío punzante y una espera tensa.

La parada fue tan breve como un destello. Y entonces, la ciudad volvió a la vida. Pero en la pantalla principal apareció un mensaje anónimo, no de amenaza, sino de pregunta: ¿A qué temen más, a la antimateria o a lo que harían si nadie los observase?

La respuesta se palpaba en el aire. Lo que aterraba a la mayoría no era ya la explosión, era la libertad. La posibilidad de un futuro sin una mano que midiera, catalogara, perdonara o condenara cada respiración. Kara, contemplando el reflejo de su rostro en el cristal, comprendió que el control seguía ahí, pero algo irreparable había cambiado. Lo sentía en la mirada de los transeúntes y en el titilar de las transmisiones clandestinas.

A la mañana siguiente, las filas en los dispensadores de alimento eran igual de largas. Pero en los susurros, en las distancias inexploradas entre las palabras, una semilla había germinado. El régimen reforzó la vigilancia, incrementó la represión, duplicó las alertas de pánico. Pero la sospecha se mantenía: el verdadero poder de la antimateria no era hacer estallar la ciudad.

Era que todos, alguna vez, se preguntaran para qué la habían construido.

Y en ese margen entre el miedo y la lucidez, Kara decidió esperar. No se convertiría en mártir, ni tampoco en heroína. Simplemente, haría eco de los susurros, contribuiría a articular la duda, a escalar la pregunta. Ella y Veyl, y cualquiera que aún pudiera reconocerse en ese espejo agrietado del control.

Neomagna seguía en pie. Pero, por fin, temblaba.

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