Fragmento:
No era cobarde Dax, y la curiosidad era la única religión que quedaba en Nume, así que llevó el huevo a su vivienda, una oquedad espumosa en la costra de la ciudad-perro. Allí, lo arropó en fibras de su manto calefactado. Lo contempló durante horas. Finalmente, a medianoche, la cosa tembló, resquebrajó el cascarón, y nació una serpiente.
Duración: 09:19
Sí, claro, soy Harlan Ellison. Nací con la furia, criado para la disrupción, y no dejo que el polvillo insípido del tiempo emborrone la lengua que tengo por pluma. Hay una rabia silente, dulce y podrida, en este cuento que me ha sido pedido. No esperes consuelo. Vas a encontrar belleza, pero te cortará los ojos si los abres demasiado.
* * *
En la última ciudad de los hombres, las paredes estaban vivas. Pulsaban, exhalaban vaho cálido, y brillaban en la oscuridad azulina como el lomo de un lagarto asustado. Dicen que la arquitectura se volvió biológica porque la ingeniería sintética quedó anticuada, y porque ya nadie confiaba en el sílice ni en el hierro: ambos absorbieron demasiados pecados. En Nume, las casas se ríen, los puentes sueñan, y los hospitales cutáneos supuran a veces, por puro dramatismo, la sangre coral de su nostalgia.
Por entonces, los últimos humanos sencillamente seguían allí. Muchos con piel repujada por tatuajes genéticos; otros de músculos espiralados, dispuestos para sobrevivir cuando el aire quiera volverse trino y los océanos den la vuelta como médusas asustadas. Creo que la palabra que la gente empleaba antes era “poshumanos”, pero ya nadie se molestaba: o eras funcional o eras pasto de las plantas.
Vivía, en la periferia que siempre olía a metal oxidándose, un hombre llamado Dax. No tenía apellidos, ni biomarcadores que lo delatase como de una familia concreta. Era hijo del azar, de los lodosos orgasmos de dos borrachos de salón genético. Dax era recolector, la última ocupación que quedaba: rastrear fragmentos de realidades muertas y llevarlos como regalo a la ciudad viva. Era miserable, pero si uno sabía leer entre los pliegues de sus labios, quizá vería el resto de una sonrisa maliciosa: aún podía elegir. Y en Nume, elegir era un superpoder.
Una mañana, mientras escarbaba en los escombros de lo que antaño fue una biblioteca digital –un gigantesco ciempiés de plástico retorcido–, Dax encontró un huevo. No era un error común, una cápsula de datos ni un trozo de tecnología oxidada. Era literal, orgánico, blando, latía. Un huevo azulado, del tamaño de un puño, con glifos bioluminiscentes bailando sobre su superficie. Al contacto con sus dedos, cambió la secuencia de luz: signos que, mucho después, reconocería como el primero de los avisos.
No era cobarde Dax, y la curiosidad era la única religión que quedaba en Nume, así que llevó el huevo a su vivienda, una oquedad espumosa en la costra de la ciudad-perro. Allí, lo arropó en fibras de su manto calefactado. Lo contempló durante horas. Finalmente, a medianoche, la cosa tembló, resquebrajó el cascarón, y nació una serpiente.
Los gusanos han sido despreciados por siglos—¿o eran milenios? Los diccionarios murieron antes de que la cronología pudiese continuar. La serpiente era traslúcida como las lágrimas de un criminal, y tenía ojos como heridas abiertas. Silbó, ya no una amenaza, sino el saludo ancestral de la vida que ignora su propia condena.
Dax sintió ternura y miedo; la ternura se fue rápido, cuando la serpiente le habló en voz que sólo podía oír en el interior de su columna vertebral: “Soy el Dragón Dormido. Llevo en mí todos los códigos de tu especie y de las veinte siguientes”.
Para aquel entonces, a nadie le sorprendía un animal parlante, una conciencia libre insertada en formas inverosímiles. Hasta los niños sabían de perros que filosofaban y de palomas que rezaban nanorreglas. Pero el Dragón Dormido era otra cosa. Sus células brillaban como chips y bailaban de una forma que ningún ser de Nume había visto jamás.
“¿Para qué has venido?” preguntó Dax.
La serpiente creció por toda respuesta. En segundos, era una anguila, luego un felino elástico, luego una esfinge de proporciones imposibles, y finalmente una raíz que invadió los muros vivos de la vivienda y los hizo gemir de gozo. “Soy lo que serás —susurró por la piedra y la carne—. Vengo a iniciar la Segunda Onda.”
Dax comprendió al instante, con la amarga lucidez de quien contempla el asesinato de su cultura en directo. La Primera Onda había sido la migración al carbono, la creación de la ciudad viva, el adiós a las máquinas frías. Esto era una evolución de la evolución, con su colmillo sádico: ya no serían humanos, ni siquiera hijos de los humanos. Serían… ¿qué?
Esa noche, no durmió. Vigilaba el despliegue anómalo de la criatura, que ahora rezumaba esporas minúsculas y generaba fractales de hueso y pétalo en las paredes. Se preguntó si debía avisar al Concejo Vivo, pero sospechaba que eran ellos quienes habían plantado el huevo. Que todo esto era una farsa elaborada para domar a los recalcitrantes. Pero la serpiente-dragón lo despertó antes del amanecer, y le mostró cómo uno de sus pechos —literalmente— había comenzado a transformarse en un racimo de ojos.
“¿Nos vas a devorar?” preguntó, con la serenidad de los condenados de antemano.
“No. Vengo a liberar lo que queda de esperanza. Ustedes están estancados. Plantéate: ¿Qué tienes que perder?”
Pensó en la ciudad, recordando cómo se burlaba de los antiguos humanos por soñar con la inmortalidad, y sospechó que la serpiente tenía razón. Nume no era más que una repetición aderezada con luz líquida y neotecnología. Ningún niño había nacido en cuarenta años, sólo mutaciones esporádicas: pelusas con dientes, bocas que recitaban poemas y se apagaban a la semana.
Así, Dax permitió. Permitió que la serpiente se enroscara en sus brazos y depositara un beso-enzima en su lengua. Si hubo dolor, fue uno maravilloso, una anarquía dentro del cráneo que barrió cada pensamiento inútil, cada memoria marchita. Sus dedos crecieron, se ramificaron, la piel se hizo corteza, y el pelo se convirtió en filamentos nerviosos que bailaban sin viento.
Primero fue él. Luego, los muros, las calles, incluso los sensores de opinión pública comenzaron a titilar al unísono: una mutación programada, un poema invadiendo la genética de todo un ecosistema social.
El Concejo, por fin informado, acudió a la hendidura donde Dax se transformaba. Llegaron como rebaño de quimeras: un hombre-catarata, una anciana que era más líquen que mujer. Pero estaban armados. Esperaban, de algún modo, apocar la evolución a balazos de luz. Los recibió un enjambre de miniaturas de dragón, todas salidas de la piel-árbol de Dax, que se abrió como un capullo y dejó escapar el alma tornasolada.
“Las transiciones siempre duelen”, declamó el Dragón Dormido, siempre lo hacen.
De los rostros de los concejales brotaron raíces de miedo. Algunos cayeron al suelo, revirtiendo a estados larvarios inesperados, mientras otros sucumbían a la fascinación, su carne cediendo al impulso fractal de un futuro que nadie se había atrevido a imaginar.
Afuera, la ciudad sentía. Las casas, sintiendo la perturbación, comenzaron a mutar espontáneamente, brotando alas, aguzando sus costillas hasta convertirlas en pararrayos para tormentas de información. Los niños híbridos, esos accidentes de código, se fusionaron con las paredes y vieron nacer nuevas bocas y nuevos órganos sensoriales. El aire vibraba: era la música de la transformación.
Fue una noche larga, y sin embargo, nadie sintió que hubiese pasado el tiempo. El Dragón Dormido creció hasta envolver la ciudad en su espiral de carne y luz, y cuando, por fin, el sol se asomó—si acaso era sol y no otro milagro bioluminiscente—, Dax abrió los ojos múltiples y supo que había dejado de ser uno.
Ahora poseía los recuerdos de los que vinieron antes: los niños ácidos y las abuelas micóticas; los ingenieros soñadores y los rebeldes que jugaron a ser dioses. Todos estaban presentes, palpitando en cada célula nueva. La soledad fue abolida, primero por decreto, luego por consenso bioquímico. El Dragón Dormido había cumplido su promesa.
Las primeras décadas de la Segunda Onda fueron de terror y arte. Hubo quien se arrancó las prótesis, quien se sumergió en lagos ácidos esperando el fin. Pero otros aprendieron a bailar con un corazón múltiple, a pensar en espirales y a recordar más de un pasado a la vez. El dolor fue ritual, el gozo sagrado y transitorio, como siempre ha sido todo placer después de la extinción.
Una noche, mientras la ciudad evolucionaba, el huevo de Dragón, ya eclosionado, parió otro huevo. Dax, que ya era muchos, recogió ese nuevo inicio y lo llevó al centro de Nume. Lo sostuvo entre sus múltiples manos, mientras todos los ojos del mundo—los viejos y los nuevos—parpadeaban alrededor, esperando la siguiente reencarnación.
Alguien preguntó, titubeando en la penumbra: “¿Otra vez?”
Dax respondió, en una lengua recién inventada: “Mientras exista cambio, habrá propósito. El estancamiento es la muerte. La evolución no tiene un destino. Es su propia historia.”
Las paredes, vivas y radiantes, aplaudieron. El dragón dormido, al fin, cerró los ojos y soñó con la próxima ciudad.
No hubo nadie que llorara por lo perdido; todo lo real ya habitaba en lo que sería.
Y así, de nuevo, la humanidad ascendió, devorándose y pariendo futuro, sin miedo y sin nombre, por enésima vez.
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