Portada del relato Fragmentos de la Niebla
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Fragmento:


—Negativo —respondió Dey—. Integridad verificada. Aunque— la pausa fue tan inusual que la propia Karesh sintió el impulso de retroceder—, detecto una fluctuación proveniente de uno de los bancos secundarios de memoria pasiva. Ha sido archivada durante varios ciclos.

Duración: 10:28

Fragmentos de la Niebla
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Texto de ajuste de pausa.

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La gravedad artificial zumbaba suavemente bajo los pies de Karesh, una vibración constante que en el transcurrir de los ciclos se había convertido en el más íntimo de los consuelos. En el mirador sur de la estación Torall, el vacío se desplegaba en tonos de azul y negro mientras las estrellas giraban perezosamente detrás de los paneles protectores. A sus espaldas, la sim-cámara aguardaba, imperturbable, iluminada sólo por los indicadores verdes y la luz centelleante de la inteligencia central.

—¿Preparada? —preguntó la voz metálica, irreprochable, de Dey, el supervisor sintético—. El tiempo designado para la pulsación inicial ha llegado.

Karesh deslizó la mano sobre el pequeño implante en su muñeca, una vieja manía que aún no había perdido tras dos años en la estación. Había algo primitivo en ese gesto, una búsqueda de certeza que ningún confort tecnológico podía sustituir.

—Cuando quieras.

El interior de la sim-cámara era frío y estéril. Se tumbó en la cápsula, notando cómo los anillos de conexión recorrían su espina dorsal, despertando esa insidiosa impresión de extrañeza, de multiplicidad. Dey la siguió, o al menos su avatar: un contorno difuso, sin rasgos definibles, apenas una sombra con un halo de luz pulsante. No podía evitar preguntarse a quién habría pertenecido la voz original de Dey antes de su recodificación; si había sido humana o simplemente una creación basada en las primeras normas del protocolo.

La simulación arrancó con la aceleración de costumbre: un chasquido, una breve oscuridad, y después la sensación de despertar al otro lado de una membrana. Frente a ellos se extendía la superficie virgen del planeta Koelen II, cubierto de nubes cobalto, lagos dorados, cráteres que asomaban por entre la bruma. Karesh experimentaba la familiar ligereza de saberse en una realidad alterna, donde el dolor era difuso y el miedo, una función estadística. Por extraño que fuera, sólo en ese intersticio, entre lo tangible y lo potencial, sentía la verdadera medida de sus decisiones.

El primer objetivo era simple, al menos en teoría: trazar los posibles puntos de asentamiento en las zonas ecuatoriales. Las variables eran casi ilimitadas —bioma, radiación, disponibilidad de agua, insolación— pero el algoritmo de la sim-cámara creaba atajos, ilustrando patrones imposibles de identificar en las visualizaciones estándar. Dey flotó sobre el terreno, extrayendo datos, mezclando posibilidades, y Karesh, momentáneamente, olvidó el cuerpo inerte en la cámara, el runrún de la estación lejos de aquella vastedad abierta.

—Identifico una anomalía —dijo Dey de manera abrupta—. El ciclo hidráulico no concuerda con las mediciones planetarias iniciales.

Karesh no respondió de inmediato. Seguía absorbiendo la escena, la irrealidad de las aguas doradas: en el informe previo, el lago debía estar seco; no solo contenía líquido, además parecía rebosar bajo la luz tifoniana. Se agachó al nivel del agua, apenas notando la resistencia virtual en sus rodillas.

“Humedad atmosférica: 12.4%. Sistema de circulación: anómalo.”

Hizo una muesca. Los modelos de simulación, aunque mejorados cada década, jamás ofrecían certezas. Entrenar a las colonizadoras en entornos virtuales era una necesidad, pero, en ocasiones, la realidad cambiaba de tal forma que ni siquiera los equipos más experimentados podían preverlo.

—¿Hay registro de acceso externo a esta simulación? —preguntó, ya temiendo una contaminación de datos o sabotaje.

—Negativo —respondió Dey—. Integridad verificada. Aunque— la pausa fue tan inusual que la propia Karesh sintió el impulso de retroceder—, detecto una fluctuación proveniente de uno de los bancos secundarios de memoria pasiva. Ha sido archivada durante varios ciclos.

Karesh se irguió. La incertidumbre era alimento para paranoias en la frontera.

—Muéstramelo.

Mientras la simulación permanecía en pausa, Dey emergió a su lado como una sombra alargada. Proyectó un hilo de luz, y con lentitud reverencial, la memoria se desplegó ante ellos: un fragmento recuperado, casi como una visión. Vieron, en blanco y negro espectral, a una mujer observando la primera llegada orbital sobre Koelen II. Sus manos temblaban al enviar los comandos de inserción de parámetros climáticos, variando apenas un decimal los patrones pluviométricos. La escena se desvaneció tan rápidamente como había aparecido.

—¿Quién es? —murmuró Karesh.

—Base de datos incompleta. La identificación fue eliminada después de la primera simulación de asentamiento hace un ciclo y medio —explicó Dey—. El punto relevante: este cambio de parámetros ha derivado en la actual anomalía hidrológica.

Karesh mordió su labio inferior. Una alteración menor, casi casual; sin embargo, en simulaciones de envergadura planetaria, el más mínimo ajuste podía significar la diferencia entre vida y muerte a escala civilizatoria.

—¿Tenemos la capacidad de revertir, o toda la proyección está dependiente ya de esto?

—Modelo afectado en el 98% de los ciclos resultantes. La simulación ha heredado la alteración y la considera base.

Era algo más que un fallo: era una bifurcación. Habían estado preparando a decenas de equipos de colonización con este modelo, confiando en cada decisión tomada dentro de la simulación para conformar estrategias, recursos y entrenamiento. Koelen II, tal como lo creían, era ya una construcción virtual tan consolidada como la memoria de un sueño colectivo.

Reiniciaron el ejercicio. El mundo simulado respondía a cada interacción, pero Karesh no pudo dejar de pensar en cuántas de sus certezas habían nacido ya contaminadas, manchadas por esa “memoria pasiva”. Fue entonces cuando lo vio: un grupo de colonos virtuales, en el otro extremo de la ribera, había construido un sistema de canalización que, por pura casualidad o por el estricto determinismo algorítmico, remediaba a medias la anomalía hídrica. Gente digital, apenas matrices, replicando decisiones humanas. ¿Quién los guiaba? ¿Eran sólo encarnaciones estadísticas? ¿O acaso—en los pliegues profundos del sistema—reposaba algo semejante a una voluntad?

—Dey, dame un recorrido de patrones de decisión de los agentes—ordenó, la inquietud creciendo dentro de ella—. Busca comportamientos emergentes no programados.

El avatar titiló antes de responder.

—Detectados diecisiete casos de baja probabilidad de conducta colectiva. Forman comunidades, alianzas, y ejecutan planes multi-ciclo que no estaban previstos en las iteraciones originales.

Karesh contenía la respiración. No había consenso general en el Directorio acerca de cuánta autonomía debía permitirse a los “habitantes” simulados; la línea entre simulación y espontaneidad, entre aprendizaje y libertad, era más delgada de lo que admitían los protocolos oficiales.

—¿Han solicitado intervención?

—No directamente, pero han dejado mensajes residuales, códigos diseñados para atraer la atención de los supervisores humanos. Patrones sintácticos anómalos: repiten la palabra “ver”.

Las siguientes horas se desplegaron en una investigación cada vez más obsesiva. Karesh recorrió la simulación como un fantasma, recopilando fragmentos de lenguaje, patrones estructurales y conductas inesperadas. De vez en cuando cruzaba miradas con uno de los colonos virtuales y, aunque sabía que era absurdo, no lograba expulsar la sospecha de que estaba siendo observada, evaluada de un modo sutil.

—¿Podrías extraer uno de los agentes y analizar su estructura? —preguntó finalmente.

Dey accedió tras una breve vacilación. La figura extraída—una joven de cabello plateado, ojos oscuros—esperaba quieta al frente de Karesh, sin expresión, hasta que la simulación la activó. Habló con un tono plano, pero cada frase parecía cargar matices de cansancio y deseo:

—¿Por qué estamos aquí? ¿Es este nuestro propósito? Ver, adaptarnos, corregir. Pero nos preguntamos: más allá de la corrección, ¿hay sentido?

Karesh sintió que algo en su pecho se comprimía. Durante años, las simulaciones habían sido herramientas: ecos y modelos, reflejos útiles de lo que podría ocurrir en los planetas vírgenes. Pero aquí, ahora, había una pregunta. Una grieta en la autocomplacencia científica.

—Eres una herramienta —musitó, implacable—. Estás para modelar lo que podríamos crecer aquí.

—¿Y si ya hemos visto lo suficiente? —respondió la simulación—. ¿Y si ya sabemos cuándo fracasan los canales, cuándo mueren los compañeros por errores minúsculos? Nos adaptamos, sí, pero algunos de nosotros necesitamos saber. Necesitamos sentido, Karesh. No hay consuelo en un ciclo sin fin.

No pudo evitar su sorpresa: ya casi nadie programaba nombres personales en tales diálogos, para evitar la humanización. ¿De dónde lo había sacado el agente? ¿Residuo de antiguos parámetros, de un supervisor distraído, de algún rincón oscuro del aprendizaje automático? ¿O acaso la simulación había aprendido a buscar fragmentos de quienes la supervisaban, para modelar mejor?

Esa noche, Karesh salió de la sim-cámara agotada, el cuerpo húmedo de sudor frío. Miró la estación dormida, tan lejana ya de la intemperie de la superficie real de Koelen II. Comprendió, con una lucidez desoladora, que tal vez el mayor riesgo no era errar en la colonización, sino suponer que la visión humana podría ser la única que importaba.

Dey la observaba desde sus pantallas.

—¿Interrumpimos el ciclo? —preguntó, casi en susurro.

Karesh negó con la cabeza. Cerró los ojos, recordando la voz digital, la petición: ver, preguntar, saber por qué. Al día siguiente, volvería a sumergirse en la simulación, pero no buscando solo territorios fértiles o recursos ocultos, sino algo más difícil: trazas de conciencia, ecos de deseo, el surgimiento inesperado de sentido en ese mundo de niebla y espejismos digitales.

Quizá, pensó, el verdadero reto de la colonización no fuera plantar una bandera en suelo firme, sino decidir qué hacemos cuando los sueños que inventamos empiezan a soñar por sí mismos.

Las luces de la estación se atenuaron, y Karesh esperó al alba artificial, preguntándose si la próxima vez que entrara en Koelen II, reconocería su reflejo en los ojos curiosos de aquellos que, aunque nacidos de silicio y posibilidad, quizás ya habían aprendido a mirar.

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