Portada del relato Las Puertas de Silicio
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Fragmento:


Más naves surgían del coloso alienígena, una danzarina coreografía de geometrías imposibles para manos humanas. El primer impulso de Linh era huir: saltar a FTL cegados, aunque perdieran los órganos internos en el proceso. Pero la colonia los necesitaba; Kepler-442b sería un hogar, si sobrevivían.

Duración: 09:35

Las Puertas de Silicio
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Texto de ajuste de pausa.

Las estrellas parecían tan inmóviles como siempre, aunque para el capitán Linh Tran ésa fuera la mentira más grande del universo. Bajo la fría luz azul de las pantallas, la nave Valency atravesaba el sistema Kepler-442, pequeña y frágil dentro de un mar indiferente de hidrógeno y vacío.

“A ciento veinte mil kilómetros y cerrando”, reportó Akira del puesto táctico. “Sin señales de transmisiones conocidas. El objeto altera la velocidad a intervalos regulares.”

Linh apretó la mandíbula. No había paz en su misión. La humanidad se desparramaba entre los sistemas vecinos, y cada colonia era una semilla que podía marchitarse con el viento galáctico. Nadie recordaba cuándo ardió el primer mundo en la Gran Guerra Interestelar. Sólo importaba sobrevivir cada día más allá del alcance de los dracos.

No eran dragones. Eso decían todos. El primer equipo de exploradores le había puesto ese nombre a la especie local de Alfa Draconis, por sus escudos escamosos y extremidades múltiples, pero las similitudes terminaban ahí. Los dracos no rugían ni escupían fuego; organizados en enjambres, modificaban asteroides para hacerlos naves de guerra, y la voz de cada individuo era sólo una hebra de una conciencia colmena. Nadie hablaba en serio de negociar.

La Valency era una corbeta de exploración blindada —demasiado pequeña para enfrentar a un grupo de dracos— y su carga más valiosa eran los pasajeros de la cubierta siete, colonos en hibernación. Les habían prometido un hogar en el mundo oceánico Kepler-442b. Sin embargo, en la pantalla, un titán de piedra y metal giraba ahora hacia ellos, despertando con luz roja y lanzaderas que brotaban como parásitos de sus escotillas.

“Podemos pasar inadvertidos si tomamos la ruta polar”, sugirió Akira, sin convicción.

Linh negó con la cabeza. “Nos han detectado. El enjambre se distingue por lo rápido que reacciona, no por cometer errores.”

“¿Órdenes, capitán?”

“Maniobra A-9. Prepárate para evasión. Armas en silencio. Si abre fuego, corre la voz a todos los puestos: Cada segundo que compramos es una vida más que podemos salvar.” Miró a Hannah del panel de comunicaciones. “¿Alguna transmisión en frecuencia humana?”

Ella negó. Pero en la pantalla secundaria brilló una línea: señales moduladas, escaneadas y descartadas decenas de veces antes, clasificadas en tiempos de la guerra como amenazas de baja prioridad. A veces Linh pensaba que los dracos sólo escuchaban porque sabían que eso inquietaba a los humanos.

Más naves surgían del coloso alienígena, una danzarina coreografía de geometrías imposibles para manos humanas. El primer impulso de Linh era huir: saltar a FTL cegados, aunque perdieran los órganos internos en el proceso. Pero la colonia los necesitaba; Kepler-442b sería un hogar, si sobrevivían.

La nave viró. El coloso alienígena mantuvo su vector, pero bloqueando hábilmente el acceso al planeta. Sabían lo que hacían. Linh sentía una fría admiración prisionera en su pecho.

En el compartimiento de hibernación, el doctor Malik vigilaba los tanques. Se acercó por el intercomunicador al puente. “Tengo anomalías en los sistemas 43 y 107. Fallos menores, puedo resolverlos, pero necesito tiempos de microgravedad estable por unos minutos.”

Linh dudó; si zigzagueaban, pondrían en riesgo a los colonos, pero si no lo hacían, toda la nave sería más fácil de alcanzar.

“Cinco minutos, doctor. Haremos lo que podamos.”

En mitad de la conversación, una señal atravesó toda la red de comunicaciones de la Valency. Era ruido, al principio, como el viento rozando planchas metálicas. Luego, una sucesión de sonidos cortos, patrones geométricos, y finalmente una imagen: fractales azules expandiéndose en negro. No había palabras, pero Linh supo —lo supieron todos— que era una advertencia. No un ataque. Una invitación a retroceder.

Akira reajustó el escudo. “Eso estuvo cerca. La última vez que interceptaron naves humanas con esa transmisión, no dejaron ni los cascos.”

“¿Cuánto falta para estar fuera de su alcance?”

“Ocho minutos, si aceleramos. Dos, si saltamos a FTL, pero eso… los colonos…”

Hannah interrumpió, más pálida de lo habitual. “Recibo otra señal. No es draco. Humana, pero distorsionada. Criptografía antigua, ecos de la Segunda Guerra.”

Por un momento, todos en el puente se miraron. ¿Habitantes? ¿Resistentes? Linh alzó la mano para apaciguar los ánimos. “Pásalo por los altavoces.”

Un zumbido, y luego la voz se abrió, áspera, casi robótica.

“Valency, aquí Nido Sombra. No intentes aterrizar. Repito: no intentes. Están esperando. Han minado las órbitas de entrada. Hay refugio en la luna Dya. Flota de defensa humana a mil segundos-luz. Llegarán tarde para salvar a tu tripulación si intentas bajar. Dirígete al vector enviado.”

Entre la amenaza de los dracos, la advertencia críptica de Nido Sombra, y las vidas congeladas en la cubierta siete, Linh sintió el peso del mando en sus costillas como una tenaza.

Akira miró la pantalla táctica. “Uno de los drones alienígenas nos está siguiendo. No podemos saltar a FTL mientras esté anclado.”

Linh exhaló y pensó en los viejos adiestramientos, en las simulaciones que parecían irreales hasta ese momento. “Akira, prepárate para soltar señuelos y emitir chaff electromagnético. Hannah, responde al mensaje: entendido, pondremos rumbo a Dya. Malik, estabiliza los sistemas de hibernación.”

“¿Y si es una trampa?” preguntó Hannah en voz baja.

“Todo es una trampa”, musitó Linh. Pero se aferró a una verdad: donde hubiera humanos, podía quizá haber negociación.

La maniobra fue precisa, casi quirúrgica. Akira sostuvo la nave al límite mientras lanzaban los módulos de chaff, saturando el radar del coloso draco. Pequeños enjambres giraron en dirección opuesta, confundidos por unos segundos cruciales. En el espacio, segundos eran años.

En cuanto el último pulso de chaff se disipó, Linh ordenó desenganchar propulsores auxiliares y disparar un pulso máximo al motor principal. La nave viró con violencia, tirando a todos en sus asientos contra los arneses. Malik maldijo mientras los sistemas de hibernación chillaban, pero aguantaron: setenta y ocho vidas seguían vivas en hielo.

Dya era apenas una roca, luna helada entre los asteroides, con cuevas excavadas por humanos en busca de minerales y un poco de respiro de la guerra. Conforme se acercaron, Linh distinguió luces incrustadas en la superficie: balizas, barcos destartalados, y un pequeño emblema de la Corporación Nuevos Mundos. No era un puesto militar, sino civil.

Nido Sombra los contactó de nuevo. La voz era algo más humana. “Aparca tras la cresta 143A. Mantén escudos bajos y motores en frío. Los dracos no se acercan a Dya, pero rastrean emisiones energéticas.”

La Valency se posó. Linh, Akira, Hannah y el doctor Malik descendieron al hangar, armados y atentos. Un grupo de humanos los recibió con caras exhaustas; parecían fantasmas, parches de trajes militares y civiles, todos vigilantes.

La líder —una mujer hundida de hombros, pero de mirada feroz— se presentó como Vera. El refugio era una mezcla de búnker y laboratorio. Allí, los colonos antiguos sobrevivían a duras penas, estudiando a los dracos desde la distancia, hackeando redes de comunicación, y vigilando las órbitas.

“Kepler-442b no es seguro”, dijo Vera, mientras servía un líquido tibio que llamaban café por cortesía. “Están transformando el planeta. Lo infestan de maquinaria biológica. Quieren un nodo de conciencia aquí, justo en la senda de entrada de las rutas humanas. Si los dejas, no quedará planeta para tus colonos.”

“¿Podemos luchar?” preguntó Akira. “Conocemos las tácticas.”

“No. Con esa nave, no. Pero existe otra forma. No destruiremos el nodo, pero podemos retrasar su despliegue.”

Las horas siguientes transcurrieron en frenética cooperación. Malik y los técnicos de Vera analizaron los datos biológicos de los dracos: su arquitectura de enjambre necesitaba transmisores energéticos sembrados en la corteza del planeta.

“Si infiltramos una señal de sobresaturación —dijo Vera, señalando un mapa digital del planeta—, los forzamos a replegarse. No es una victoria, pero sí una demora. Tendrán que reiniciar.”

El riesgo era enorme. Los transmisores estaban protegidos por mallas orgánicas y patrullas draco. Solo una nave rápida y pequeña podría acercarse lo suficiente, colocar los pulsos, y salir viva. Linh supo que eso significaba sacrificio.

Se reunieron de nuevo en el puente de la Valency. “No estamos aquí solo para sobrevivir”, dijo Linh a su tripulación. “Estamos para dejar abierta la puerta a los que vengan después. Kepler-442b puede no ser nuestro hogar hoy, pero lo será algún día. Cada colonia que resiste es un faro.”

Akira, por primera vez, sonrió. “Pues hagamos que brillen las luces, capitán.”

La Valency despegó al filo del amanecer lunar, mimetizada y silenciosa. Cruzaron espacio cargado de amenazas invisibles, sorteando campos de minidracos y vigías orbitales. Arrojaron las balizas de sobresaturación en brechas calculadas, mientras el enjambre, desconcertado, respondía fragmentariamente, menos coordinado de lo habitual. Por cada maniobra, perdían segundos, pero ganaban minutos para futuras generaciones.

El regreso fue un delirio de alarmas y transmisión de datos frenéticos. Alcanzaron la órbita de Dya, sabiendo que la batalla era solo el preludio de otras más duras. Mandaron la señal a Nido Sombra: Misión cumplida. No destruyeron a los dracos. No liberaron Kepler-442b. Pero por esa vez, por ese ciclo, cada latido humano resistía un poco más. Lo suficiente para que la esperanza sobreviviera entre las ruinas de la guerra, y alguien, algún día, volviera a cruzar la distancia insaciable entre dos estrellas.

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