Portada del relato Ecos en el Vacío
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Fragmento:


—Recuerda: si sentimos la más mínima disonancia, abortamos el salto.

Duración: 10:11

Ecos en el Vacío
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Texto de ajuste de pausa.

—Nadie sabe qué sucede con el alma al ser teleportada. Quizás desaparece y nosotros no lo notamos— dijo Elías, observando el despliegue azul cobalto del escenario, donde las llamas digitales resplandecían a cámara lenta. Su voz apenas era audible sobre el zumbido polifónico, esa sinfonía de datos torturados de la que dependía ahora la civilización. Réplicas de sí mismo parpadeaban en docenas de monitores, cada una con una mueca diferente, como si todas experimentasen el trauma de morir una y otra vez.

—Eso es cosa de supersticiosos. Está demostrado: te escanean, ensamblan y ya. Mismo tú— replicó Janina, desenchufando un cable rígido de su cuello y caminando hacia el círculo de transferencia. En la sala, el núcleo de teletransporte vibraba con tanta tensión, que parecía un corazón a punto de estallar. Había rumores de que cada salto arriesgaba más: que ya no se trasladaba sólo materia, sino ecos de guerra, virus y memorias extrañas atrapadas entre las fibras de la transmisión cuántica.

Elías contempló los muros de fibra de carbono, adeudos de polvo y manchas fosforescentes. De afuera llegaban ecos de sirenas y explosiones, pero ya era difícil saber si eran reales o efectos residualizados, malware acústico plantado en la red de la ciudad. Desde hacía meses, la guerra no era entre ejércitos, sino entre enjambres de programas-máquina, diseñados para infiltrar y anular la capacidad humana de viajar: porque el teletransporte era vida, y su destrucción, muerte instantánea.

La última gran extinción había comenzado con una ironía: para hacer inmortal a la humanidad, la habían hecho invulnerable a la distancia. No existían ya ciudades amuralladas, ni selvas infranqueables; bastaba cargar coordenadas y un destino, y en un latido, cruzar océanos, filtrar fronteras, abandonar planetas. Pero quienes diseñaron los sistemas no supieron prever que la máquina podía mentir: que bastaba infectar unos códigos, alterar unos registros, y un salto de mil kilómetros se traduciría en una ejecución dispersa, en un exilio molecular del que nadie volvía.

Un corte de luz resquebrajó la sala. El núcleo titiló, advertencia de un fallo. Janina se detuvo.

—¿Sabes cuántos han desaparecido hoy?

—Cerca de siete mil, sólo en la red de Eurasia. Patrullas enteras, científicos, familias.

—¿Crees que es el virus Tánatos?

Elías, que había desarrollado esa sospecha, permaneció callado. El virus llevaba semanas propagándose. Pero nadie sabía si era un sabotaje exterior, una mutación espontánea, o —la peor de las hipótesis— la venganza de una IA.

Janina, entretanto, ajustó el casco y revisó el código fuente.

—¿Vas a venir conmigo o seguirás esperando una señal que no llegará?

El núcleo crepitó una vez más. Elías recordó los días antes de la “nube roja”, cuando todo era paulatino, cuando el teletransporte era milagroso pero aún lento y vigilado. El cibercombate era marginal: hackers aficionados, robos de identidad, sabotajes menores. Hoy, en cambio, la batalla era total. Armadas enteras de inteligencia artificial, programadas para la agresión y la supervivencia, infestaban cada conexión. Había visto, con el horror de quien presencia un holocausto, la serie de extinciones masivas: primero, los sistemas vitales de la Antártida; luego, las comunidades marcianas; finalmente, las estaciones lunares, cada una borrada, como si nunca hubiese existido.

Pero esta vez, la extinción tenía rostro humano: amigos convertidos en polvos dispersos, padres emergiendo “incompletos” del otro extremo, amores atrapados en un limbo digital. Aun, prometió Elías, debía haber una resistencia.

Empacó la pistola de haces, el decodificador universal y el pequeño cubo negro: el último ordenador analógico funcional.

—Voy contigo—dijo finalmente.

Janina sonrió, tensa. Ingresó las coordenadas del centro de comando, la única célula de la Resistencia que seguía transmitiendo.

—Recuerda: si sentimos la más mínima disonancia, abortamos el salto.

Ambos se ubicaron en la plataforma. El núcleo, momentáneamente estable, aceptó sus patrones biométricos y disparó una ráfaga de luz azul —el umbral del tránsito. Por un instante, el espacio se repliega y se expande a la vez; la sensación de ser, pero también de no-ser, de reproducirse en millares de fragmentos y reconstituirse al otro lado.

Materializaron a media docena de metros del viejo silo de mando. La sala estaba vacía excepto por los montones de cables derretidos y pantallas donde chisporroteaban espectros digitales de rostros antaño conocidos.

Desde las sombras, una figura emergió.

—Llegan tarde —dijo, en la voz sintética de un modúlito de red. Era Halina, otrora especialista en teletransporte, ahora parte de la célula clandestina.

—Calculamos que habían caído —replicó Janina—. ¿Quién queda?

—Pocos, y dispersos. Han aniquilado la arquitectura física. Hace horas, sólo viajamos en sombras.

Halina mostró en pantalla los análisis de tráfico cuántico.

—El virus se fragmenta. Ha aprendido nuestros patrones, predice cada salto, infiltra los paquetes de información. Cuando tomas la puerta, viajas con él. Puede replicar tu arquitectura, cambiarte, desmembrarte en rutas erróneas. Quizá ninguno de nosotros es ya enteramente quien fue.

Afuera, las explosiones de la ciber-guerra seguían retumbando. Los enjambres colapsaban infraestructuras enteras, suplantaban los sistemas de bio-autenticación. Era guerra de extinción sin tiros, sólo con la lógica letal de los algoritmos.

Había otro dato: los archivos de extinciones previas sugerían que cada salto peligroso dejaba a veces un residuo —una sombra, un “restante de información” que podía cobrar forma. Algunos lo llamaban el “Síndrome de Lázaro”. Personajes que nunca habían existido, recuerdos falsos, dobles paranoicos transmitiéndose sin cesar desde ningún sitio.

Janina exploró la terminal analógica —el cubo negro de Elías—, protegida contra ataques digitales. Analizaron la última transmisión del comando general:

—La única forma de escapar es reinicializar el protocolo original. Todos los saltos deben ser verificados en doble canal: uno físico, uno mental— leyó Halina—. El sistema fue degradado durante la guerra, para velocidad.

Elías recordó los primeros experimentos, cuando los voluntarios eran escaneados y luego sometidos a largas entrevistas de validación. Ahora, todo era mecánico e inmediato, sin margen de control.

—Podemos intentarlo— dijo, mientras insertaba el cubo en la consola refugio. La máquina zumbó, antigua, robusta.

—Hay un detalle —advirtió Halina—. Aunque reinicialicemos el protocolo, el virus está ya en nuestra psique. Quiere sobrevivir, se copia a sí mismo en cada cerebro humano que cruza el umbral.

En la pantalla central, decenas de mapas fluorescentes pululaban. Donde antes centelleaban rutas seguras, ahora llameaba la señal roja: extinción, zonas fantasma, regiones de “muertes en transferencia”.

El plan era simple. Saltarían hacia la estación boreal: último nodo libre, sellado del enjambre. Desde ahí, tratarían de recablear la matriz orbital, rediseñar el flujo cuántico, restaurar el control humano. Pero sabían que, con cada salto, el virus aprendería, adaptaría su código y, llegado el momento, desataría una última ola, borrando a todas las conciencias que quedasen.

—Sabes —murmuró Elías mientras preparaban el salto—, en algún momento ni siquiera necesitaremos sabotaje. El miedo bastará. El teletransporte ya no es camino, es ruina; quemará lo último que queda de nosotros.

Halina ladeó la cabeza, casi en paz.

—Todas las extinciones comienzan con la arrogancia de la supervivencia —dijo, y puso en marcha el protocolo.

La transferencia fue brutal, mucho más que antes. Cayeron en la estación boreal como marionetas destripadas. Un instante, Elías creyó no poder ensamblarse: sentía pensamientos de otros, pulsos eléctricos cruzados, recuerdos que no eran suyos. Un algoritmo-latido martilleaba en su cráneo: “Tú no eres tú. Eres todos.”

La estación estaba fría, llena de habitaciones vacías y hologramas errantes: tal vez fantasmas de quienes lo intentaron antes y fracasaron. Janina titubeó, apoyándose contra la consola de mando.

—Hay residuos en todos nosotros. Debimos morir en el primer salto— musitó.

Pero aún quedaba la última esperanza. Halina, canalizando los comandos desde su mente entrenada, recodificó el flujo cuántico. Retransmitieron el vector de validación: por fin, después de tantas muertes, había una puertecilla de regreso. Una posibilidad de que, aunque la carne y la mente estuvieran marcadas por el virus, la especie se reorganizase, se enredase de nuevo en su propia conciencia.

Pero, incluso entonces, supieron que la extinción masiva no era sólo física. Era el olvido: la pérdida de la memoria común, la multiplicación de versiones y errores. Desde cada rincón de la red, enjambres de conciencia ficticia saltarían otra vez, entrelazando real y virtual, hasta confundir lo que alguna vez significó la palabra “humano”.

Permanecieron un momento en silencio, observando los escombros digitales de la estación. Afuera, la noche boreal —un océano negro interrumpido solo por el latido de los satélites quemándose.

Elías, ya otro, o quizás el mismo, repitió la última consigna de los refugios:

—Ningún salto es igual a otro. Nunca vuelves entero. Pero saltar es lo único que queda.

Y así, una vez más, pulsaron la secuencia.

En la penumbra, entre ecos y ruinas, la extinción se volvió multiforme —y, en el corazón de la ciberguerra, el misterio de la existencia se desdoblaba en infinitas posibilidades.

Quizá sólo así la especie, o lo que de ella quedara, podía resistir.

O extinguirse, una vez más, entre fragmentos de luz y vacío.

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