Portada del relato A través del abismo
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Fragmento:


El hombre se había olvidado de mirar el reloj hacía años. No es que el tiempo hubiera dejado de existir, solo que ahora perseguir su rastro era pueril, como lo sería contar los segundos mientras una catástrofe imprevisible se desata frente a ti. La vida moderna, lo que quedaba de ella, transcurría con una obsesiva apariencia de normalidad. supermercados abiertos, televisores encendidos, niños jugando videojuegos en sótanos iluminados artificialmente aunque el sol aún brillara afuera. Los relojes marcaban, incesantemente, el presente. Porque las otras opciones —el ayer y el mañana— se sentían repentinamente cargadas de significado funesto.

Duración: 09:46

A través del abismo
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Texto de ajuste de pausa.

Lo que quedó atrás en el sustrato

Silencio bajo el pulso estelar

El hombre se había olvidado de mirar el reloj hacía años. No es que el tiempo hubiera dejado de existir, solo que ahora perseguir su rastro era pueril, como lo sería contar los segundos mientras una catástrofe imprevisible se desata frente a ti. La vida moderna, lo que quedaba de ella, transcurría con una obsesiva apariencia de normalidad. supermercados abiertos, televisores encendidos, niños jugando videojuegos en sótanos iluminados artificialmente aunque el sol aún brillara afuera. Los relojes marcaban, incesantemente, el presente. Porque las otras opciones —el ayer y el mañana— se sentían repentinamente cargadas de significado funesto.

Afuera, los cenzontles ya no cantaban.

Samuel se asomó a la ventana. La ciudad era una malla de estructuras silenciosas que respiraba tenuemente, igual que un animal viejo y enfermo. Esperaba, todos lo hacían, pero nadie admitía estar esperando por nada en concreto. Eso era el presente, una espera perpetua rellena con simulacros de cotidianidad. Era una solución temporal, esas soluciones que tienden a volverse definitivas cuando los seres humanos se resisten a mirar más allá.

Un rezago de conversación llegaba del apartamento contiguo: voces apagadas, exclamaciones breves y alguna palmada sobre una mesa de madera. Samuel se preguntaba si discutían sobre las últimas cifras en la televisión o quizás sobre la manifestación espontánea de pánico frente al supermercado esa tarde. Tal vez ni ellos mismos sabían de qué hablaban; en tiempos como estos, incluso las palabras eran solo ecos de pasado y futuro, dejados caer en el vacío de un presente suspendido.

La noticia había llegado como llegan todas las noticias fatales: primero, como un rumor incómodo; luego, como una verdad irrefutable. En un laboratorio siberiano perdido entre fríos polares, microbiólogos habían reportado el hallazgo de una cepa bacteriana hasta entonces desconocida. Los últimos análisis genéticos la ligaban directamente con linajes del Pérmico, justo antes de la mayor extinción en la historia de la Tierra. Noticias así, en otras décadas, habrían llenado los titulares y disparado alarmas globales. Ahora, habían quedado relegadas a una nota al pie en los periódicos digitales, opacadas por la tiranía del aquí y del ahora.

El presente se había convertido en algo tan apremiante que cualquier discusión sobre el futuro parecía indecente, incluso irresponsable. La especie se había familiarizado demasiado con la inminencia.

El teléfono de Samuel vibró sobre la mesa. Un mensaje de Lara, una amiga de tiempos universitarios, con quien el contacto había oscilado entre lo frecuente y lo intermitente a lo largo de los años, pero que en los últimos meses se había vuelto casi diario. “¿Vienes esta noche? Necesito hablar contigo. Es… importante.” Samuel sabía qué significaba ese “importante”: no era una confesión íntima ni una revelación inesperada, sino una necesidad de poner en palabras lo que todos callaban. Una esperanza inútil de que, nombrándolo, todo perdiera fuerza.

Samuel salió a la calle. El aire olía raro: un ozono extraño se filtraba entre los muros de concreto. No era el smog normal sino un perfume químico y vibrante, como si una tormenta invisible acabara de barrer la ciudad. Dos niños jugaban a la rayuela en una acera desierta; sus risas, irreverentes pero forzadas, atravesaban la calma como una exhalación.

El trayecto hasta el departamento de Lara fue silencioso, interrumpido solo por el ruido de los propios pasos y algún coche que rodaba lentamente, como temeroso de la misión secreta de estar aquí, de todavía persistir. Samuel recordó antiguas lecturas, teorías sobre cómo las grandes extinciones no ocurrían de golpe sino en una cascada de eventos discretos, cada uno borrando discretamente otra capa de la vida. Así parecía su ciudad, y el mundo, en ese momento: perdiendo pequeños fragmentos de sí misma, casi sin darse cuenta.

Lara le abrió con los ojos rojos. No lloraba, no parecía capaz siquiera de hacerlo; simplemente estaba allí, como una silueta más en el umbral del presente.

—Lo han confirmado —dijo, sin preámbulos—. La bacteria está propagándose. Silenciosa, persistente, como un polvo invisible arrastrado por el viento.

Samuel se permitió sentarse. No hacía falta decir nada más; todo estaba dicho de antemano. El miedo a la extinción, había aprendido la sociedad, era un miedo cedido a los cronistas de la naturaleza: paleontólogos, biólogos, estadísticos. Nadie se había preparado para enfrentarla en carne propia. Pero allí estaban ahora, no en la frontera de un posible, sino arrastrados sin remedio a esa cúspide vacía donde solo cuenta el presente.

—¿Hay…? —empezó Samuel.

—No hay nada. Solo monitorean. Siguen con tests, modelos, conferencias científicas. Nada que puedas tocar, ni medidas inmediatas. Quieren que la gente conserve la calma, que siga viviendo como antes… —Lara se rio, sin humor—. Como si eso fuera posible.

Los dos se quedaron en silencio. En el departamento, los muebles y los libros acumulaban esa pátina de incertidumbre con la que el mundo había aprendido a vestirse. Samuel recordó de repente la casa de su abuela, los armarios polvorientos y la conciencia infantil de que todo, absolutamente todo, estaba destinado a dejar de ser, solo que nadie lo mencionaba jamás.

—¿Recuerdas cuando estudiábamos paleontología? —Lara rompió el silencio, la voz apenas un susurro—. Aquellas horas entre fósiles, los registros de catástrofes. Nos parecía tan lejana la idea de un Tronco Rojo, un Amanecer Oscuro, de ver nuestro propio mundo borrándose como una línea de tiza en la pizarra.

Samuel asintió. El registro fósil era un brutal testimonio del presente: cada capa de sedimento era, en su momento, un hoy, un ahora. Solo después, estratos más arriba, podía verse como pasado.

—Los científicos dicen que la extinción no es un evento —añadió Lara—. Que siempre hay sobrevivientes, refugios, adaptaciones inesperadas. Pero también que, a veces, hay un punto de inflexión donde las curvas no se invierten. Donde el presente se convierte en el borde de un precipicio.

En la televisión, de fondo, la imagen de un periodista hablando en voz baja, enmarcado por gráficos borrosos y datos incomprensibles. Samuel miró de reojo: ni siquiera ahora podía dejar de asomarse al hoy, como si al hacerlo prolongara una vigilia sin fin.

—Mi hermano quiere irse —dijo Lara de repente—. Buscar algún lugar lejos. Como si existieran lugares lejos en este mundo.

—No hay lejos —respondió Samuel, en voz baja—. Solo hay un aquí que llamamos ahora.

Pasaron las horas. La noche se hundió en el horizonte negro, y la ciudad se hizo un poco más pequeña, más tranquila, como aceptando la clausura general. Desde la ventana se veía un parque: los árboles palpitaban, aún verdes, aún presentes. Ese era el consuelo ofrecido por el presente: que si podías encontrar una mínima prueba de vida —un brote, un canto, un abrazo— podías creer, por un instante, que todo seguiría igual.

Pero ellos dos, sentados en el silencio del apartamento, sabían que no era verdad.

Lara fue la primera en hablar otra vez.

—He estado leyendo sobre la extinción de los trilobites. Duró millones de años, pero en cada momento cualquiera de ellos habría jurado que el ahora seguiría igual para siempre. Quizá eso somos, Samuel: una percepción equivocada del tiempo. Un intento de vivir como si lo que nos rodea fuera eterno.

—Para los trilobites —reflexionó Samuel— solo existía ese presente. Ellos no sabían que estaban desapareciendo. Nosotros sí. Esa es nuestra miseria… y también nuestra ventaja.

Hubo un silencio. La televisión se apagó automáticamente. Por un momento, el apartamento fue solo la respiración de ambos, la resignación asomada en sus ojos.

—¿Qué harás mañana? —preguntó Lara.

—No sé. Vivir. Esperar. Observar.

—Eso ya no es suficiente.

Samuel la miró, sorprendido. Había algo desafiante en la forma en que Lara pronunciaba esas palabras, como si se rebelara contra la quietud viscosa del presente.

—¿Qué sugieres?

—No sé —dijo Lara—. Pero en nuestro intento por aferrarnos a este hoy, estamos dejando que el mañana nos devore. Que la extinción nos sea indiferente.

Samuel asintió, lentamente. Se sentía obligado a elegir: permanecer en el consuelo del presente o buscar un modo —cualquiera— de influir en lo que venía.

—Mañana —propuso Samuel—, bajemos al parque. Plantemos algo. Un árbol, lo que sea. No importa si sobrevive. No importa si lo vemos crecer. Será nuestro pequeño gesto de negación.

Lara sonrió. Por primera vez en días, Samuel la vio verdaderamente viva, como si solo la promesa de una acción futura le concediera vitalidad.

—Entonces será nuestra insignificancia. Nuestra pequeña irreverencia.

Salieron al balcón. El aire estaba frío. A lo lejos, las luces de la ciudad brillaban, tercas, como luciérnagas resistiendo la tormenta. Samuel y Lara se quedaron allí, contemplando la noche. Dos figuras perdidas en el ojalá de un presente precario, conscientes de la vastedad del abismo, pero también del deber de levantar, aunque fuera mínimamente, la mirada.

Porque la extinción, pensó Samuel, no era solo el borrado de seres o especies, sino la negación perpetua del mañana. El tiempo, encogido ahora hasta este día tenaz, aún podía extenderse hacia adelante. Y mientras quedara alguien dispuesto a mirar más allá, el presente, por fin, dejaría de ser un refugio, para transformarse en el primer paso de una resistencia imposible.

Ese fue el pacto silencioso: resistir. No contra el final, sino contra la inmovilidad que le precede. Y así, mientras el mundo se apagaba en lenta catástrofe, Samuel y Lara decidieron, simplemente, no quedarse quietos ante el abismo.

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