Portada del relato Extinciones: Notas de un Ecosistema Finito
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Fragmento:


Madeline caminaba con una lentitud medida, con el ritmo de quien extraña la prisa. Ya pocos quedaban para compartir la urgencia de las cosas. Había sido bióloga, diplomada en extinciones. Ironía cruel. Cuando era una adolescente, la cuarta ola de desapariciones sacó al tigre del último santuario, y a partir de allí, su obsesión se enraizó. Hoy, en sus sesenta años, el único animal con el que conversaba era Caronte, el loro gris que a veces repetía su nombre en la penumbra.

Duración: 09:29

Extinciones: Notas de un Ecosistema Finito
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Texto de ajuste de pausa.

La luz del sol mentía sobre la ciudad vacía. Las sombras eran más largas de lo normal, porque la atmósfera se espaciaba, se deshilachaba, y la luz, en vez de filtrarse, rebotaba en ángulos insólitos. La arquitectura de antaño yacía bajo una pátina inamovible de polvo —no polvo común, sino una mezcla de hollín y polen muerto, ceniza y diminutas esquirlas de plástico. El silencio era apoteósico, como si todas las confesiones y susurros del pasado hubieran sido engullidos, arrojados a una nada de la que solo brotaban recuerdos rotos.

Madeline caminaba con una lentitud medida, con el ritmo de quien extraña la prisa. Ya pocos quedaban para compartir la urgencia de las cosas. Había sido bióloga, diplomada en extinciones. Ironía cruel. Cuando era una adolescente, la cuarta ola de desapariciones sacó al tigre del último santuario, y a partir de allí, su obsesión se enraizó. Hoy, en sus sesenta años, el único animal con el que conversaba era Caronte, el loro gris que a veces repetía su nombre en la penumbra.

Atravesó lo que alguna vez fue un museo, luego un refugio, ahora ruinas. No buscaba nada en concreto; rastreaba, más bien, una sensación borrosa de compañía. El viejo escáner de ADN silbaba entre sus dedos; en otro tiempo, habría hecho vibrar los satélites. Ahora era como un rosario para los de su especie: algo a lo que aferrarse cuando el sentido de la vida flaqueaba.

El aire tenía el gusto sucio de la combustión y la sal. Una vez más, Madeline se preguntó si los océanos alcanzarían la colina cuando todo acabara, como criaturas lentas y expectantes, disolviendo ciudades, iglesias, bibliotecas.

El edificio central de la ciudad —ese bloque tan colosal como absurdo llamado la Biblioteca Genética— había sido, durante décadas, el último baluarte de la resistencia ecológica. En los primeros años del pánico, cuando las noticias aún importaban, todos los gobiernos depositaron allí muestras de ADN, esperma, óvulos, semillas de mundos extinguidos. Se prometieron planes de re-wilding, sueños de restauración futura. Nadie consideró la inercia del olvido.

Dentro de la Biblioteca, los corredores serpenteaban como vasos sanguíneos del planeta. Madeline encendió su linterna y descendió al sector de las criptas frías. Caronte, en su jaula improvisada, dio un graznido bajo y dubitativo.

—No temas —le murmuró—. Nadie más vendrá.

La temperatura se mantenía a cero. Años antes, había aprendido a manipular esas cámaras, retocando gradualmente el umbral para ajustarse a las nuevas disponibilidades energéticas. Ahora el lugar solo era visitado por ella; los demás, si quedaban, preferían las viejas prisiones del recuerdo o el aislamiento.

Pasó la mano por una fila de cápsulas, sus dedos tropezando con los nombres impresos: *Loxodonta africana*. *Panthera pardus*. *Rana holostea*. Especies que solo existían allí, preservadas en una cápsula que no era tumba pero tampoco cuna.

Durante los últimos años, Madeline había inventariado no solo restos genéticos, sino historias. A veces se sentaba en un catre y grababa anécdotas de criaturas que nunca conoció, ensamblando mundos a partir de descripciones, videos, recuerdos ajenos. “La memoria es un gen extraño”, anotó una vez, “pues muta y mezcla sin poder preservarse”.

Esa noche, mientras Caronte dormitaba, el sistema de alarma rompió el silencio. Era una frecuencia aguda, casi imperceptible, como un eco que solo los vivos sabrían distinguir. Madeline acudió, con el corazón pisoteando su pecho, al control principal. Allí, en la pantalla, la silueta borrosa de una figura humana.

Había llegado hasta la ciudad alguien nuevo.

***

No era joven, pero tampoco tan vieja como Madeline. Se llamaba Lucia y cargaba un dispositivo a su espalda, una maleta de aluminio y fibra, estampada con la silueta de una ballena. Al principio, intercambiaron palabras con la distancia áspera de los últimos humanos. Lucia dormitó esa noche en la sala de ensamblaje, su respiración resonando entre los cadáveres electrónicos de viejas computadoras extintas.

El día siguiente, Lucia explicó que venía del norte, de una colonia donde el mar retrocedía y las algas brillaban de noche, fosforescentes. “A veces, aún oímos a los lobos, pero de lejos —dijo—. Supongo que ya no son lobos como los de antes”.

Madeline sirvió café rancio, y entre sorbos y pausas, intercambiaron noticias. Ambas sabían la verdad imposible de disimular: no habría restauración. Los bancos genéticos eran reliquias, no promesas; la matriz de clima y biota había cambiado tanto que ningún mamífero grande sobreviviría fuera de una lámina de Petri.

—¿Por qué, entonces, sigues viniendo aquí? —preguntó Lucia.

Madeline encogió los hombros. —En parte por el deber, en parte por el miedo… Una vez pensé que la historia bastaría. Que ponerle nombre a lo extinto significaba que no se perdería del todo.

Lucia asintió, su mirada dirigida a la cápsula que contenía los patrones genéticos del dodo. —Lo que más extraño —musitó— es el error. Los animales, las plantas… improvisaban. Buscaban caminos, mutaban frente a nosotros. Sin ellos, la improvisación nos pertenece en exclusiva, y eso es una condena.

Extendió la mano y activó su maleta: de ella salió un dispositivo oculto, antiquísimo, que lucía una entrada para discos ópticos.

—Quería mostrarte esto.

Proyectó imágenes contra la pared: secuencias de seres desaparecidos, filmaciones de los últimos panda bebés, de los corales antes de blanquear, de un rebaño de bisontes disolviéndose en la llanura. Era un relicario, un compendio digital de lo que alguna vez fue cotidiano.

Madeline lloró, sin sentir vergüenza. Llanto de especie, no de individuo. Cuando terminó, ambas se sentaron en silencio, a la deriva en el océano de los irremediables.

—Aún queda algo —dijo Lucia—. Un rumor. Una posibilidad.

***

En días posteriores, exploraron juntas la ciudad. En la parte occidental, entre escombros y raíces, encontraron un panel solar sobreviviente: lo desmontaron, repararon con los materiales escasos. Así lograron extender de forma precaria la energía de las cámaras refrigerantes. No había mucho que salvar, pero la mera acción de rescatar una pequeña fracción de memoria se sentía vital.

Conversaron sobre la posibilidad —tan absurda como necesaria— de plantar una semilla, incubar un embrión, liberar una criatura. Sabían, en función de la química y los datos, que era inviable, que el entorno mataría a cualquier neonato antes de la madurez. Sin embargo, la esperanza tenía el tamaño exacto de un embrión: microscópica, persistente, improbable.

Cierta tarde, mientras ajustaban la digestión anaeróbica del biorreactor, Lucia confesó:

—Pienso mucho en la voz de mi madre. Decía que escribirlo todo era tan vital como rescatarlo. ¿Tienes algún registro?

Madeline vaciló, asintió. De su apartamento rescató un cuaderno, cubierto de nombres, fechas, pequeños dibujos de organismos. Se lo entregó, sintiendo una mezcla de orgullo y derrota.

—Quiero que esto no termine aquí.

Lucia sonrió. Sus ojos, cansados pero luminosos, sugirieron una alianza tácita.

—Hay una colonia en el otro lado del mar —dijo finalmente—. Gente que quiere recoger estos registros, hacer una migración final, reunir lo que quede de nosotros.

***

Pasaron semanas tramando ese viaje imposible. Madeline se sorprendió imaginando la posibilidad: cruzar las tierras quemadas, convencer a los otros supervivientes de dispersarse, de transportar la biblioteca genética y sus registros en fragmentos. Evocaba, en noches de insomnio, a los seres extintos que bailarían en su memoria durante la travesía, convertidos en canción, relato, resistencia.

A veces, el miedo se imponía, pesando como una losa. Sabía que el mundo podría exterminarse de nuevo antes de que lograran partir. Pero había en el proyecto una ternura férrea, un remanente de lo que hacía humano a los seres humanos: la obstinación de creer.

En la víspera de la partida, se reunieron en el sótano bajo la biblioteca. Madeline encendió la proyección una vez más, dejando que las imágenes volvieran a poblar las paredes: especies alternándose en el destello de una existencia que ya solo era luz. Lucia encendió una pequeña radio, una reliquia de ondas cortas, y buscó la frecuencia de la colonia del mar.

Una voz contestó. Frágil, lejana, pero viva.

***

El amanecer de la marcha, Madeline recogió la jaula de Caronte, las cápsulas esenciales, el cuaderno de memoria. Cruzaron juntos los vestigios de la ciudad, dejando que el polvo del pasado se deslizara a su paso.

Mientras caminaban, la Biblioteca Genética quedó atrás, sus depósitos sellados, depositarios de un milagro todavía improbable. Y aunque sabían que el futuro sería tan incierto como el camino, Madeline y Lucia apostaron por la obstinación de dos últimas especies: la humana y la esperanza.

Caronte graznó a las primeras luces: “No temas”.

Y, al menos durante ese intervalo imposible, Madeline le creyó.

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