Portada del relato La arboleda de los segundos perdidos
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Fragmento:


El consorcio, con su ética aséptica, repetía: «La no injerencia es la primera ley». Y sin embargo, la tentación —o el pavor inevitable— de torcer un simple evento, de mover una piedra en el lecho de fósiles, acechaba en todas las misiones.

Duración: 10:39

La arboleda de los segundos perdidos
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Texto de ajuste de pausa.

La voz de Ghalin era ruda como guijarros rompiendo la superficie de un río. "Te diré, Ekho, hay pozos en los días, túneles más antiguos que el propio tiempo; y nosotros, con nuestras hélices y motores de trascender, somos los mayores de los idiotas." Ekho, como tantas veces, no sabía si esa era una invitación, una acusación o simplemente el humor de aquel que ha visto demasiado.

Las instalaciones del Consorcio —llamadas Estaciones de Observación pero sabidas Celdas de Pánico dentro del gremio— dormitaban bajo un domo grandioso de metacristal, como un ojo demasiado grande para cerrarse del todo. Cinco anillos superpuestos, cada uno adosado de radios y zócalos, bulliciosos de científicos, vigilaban el gran acelerador temporal, un cilindro descendente, que hervía con corrientes de plata líquida y pruebas, protocolos, advertencias.

Ekho había ingresado para estudiar el Paleoceno; la época los arrastraba a los trescientos sesenta y cinco días de reconoci­miento, un viaje a través de micro-fracciones desplazadas: se deslizaba por los estratos de la tierra y la atmósfera, acomodándose a los relieves perdidos, vigilando lo que en otros mundos podría haber sido un paraíso posible. Pero algo le había roído las entrañas desde la primera transferencia: había sentido una ausencia densa que no pertenecía solo al paso del tiempo. Era la certeza de mirar la extinción no como cronista distante, sino como testigo y —quizá— agente.

El consorcio, con su ética aséptica, repetía: «La no injerencia es la primera ley». Y sin embargo, la tentación —o el pavor inevitable— de torcer un simple evento, de mover una piedra en el lecho de fósiles, acechaba en todas las misiones.

Ghalin bufó, acomodando la bóveda donde su miembro de metal sustituía parte de la pierna: "¿Preparada?" preguntó, y Ekho asintió antes de poder pensarlo, atajando una palabra que no era «sí» sino «quizá».

La transferencia era un desollado, un empellón de todos los sentidos, como si tu cuerpo quisiera saltar de sí mismo por separado.

Emergieron a la linde de una marisma profunda, donde la espesura vegetal era más vigorosa y hostil de lo que Ekho recordaba de sus simulaciones. A su alrededor, el murmullo de insectos y las ráfagas de aromas, almizclados y ácidos, densificaban la percepción. Aquí, en el epicentro del Paleoceno, vivían criaturas monstruosas y efímeras. La extinción del K-T —el impacto demoledor y la ceniza invernal— apenas era historia; el mundo aún fermentaba de ruinas y nuevas promesas biológicas.

"La extinción," dijo Ghalin como si leyera los pensamientos, "es el monstruo más amable: vacía para llenar, corta para alargar otra vida. Pero llegamos muy tarde, o muy pronto."

Ekho activó el escáner morfocronal. Cada luz amarilla y cada pitido representaban posibilidades truncadas: hebras de linaje vegetal, proto-mamíferos aventurados en formas fútiles, aves que nunca adivinarían la saga del ala. El trabajo era triste. Catalogaban fragmentos en peligro, especies con futuro fugaz, y enviaban los informes. El consorcio los llenaría de rúbricas y los archivaría con un pesar administrativo, como un duelo tramitado por burócratas ciegos.

Pero ese día era extraño. El escáner captó una anomalía inesperada: una vibración temporal, una hendidura perceptible solo para instrumentos fabricados con la arrogancia de pensar que podían distinguir entre grietas naturales y cicatrices traumáticas causadas ¿por qué? ¿Por otros viajeros?

Ekho intercambió una mirada filosa con Ghalin. La sospecha estaba prevista en los manuales: cualquier intervención prevé la posibilidad de interferencia; en los márgenes de la extinción, otros cronistas, otros consorcios, otros seres con la desesperación de querer o evitar lo irreversible.

"Vamos," murmuró, y la palabra parecía descender a un tiempo duplicado.

Siguieron el sendero torcido hasta una hendidura en la corteza: donde la vibración era más intensa, la vegetación palpitaba de formas inusuales. Allí, suspendidas, se distinguían siluetas —no humanas, no del todo materiales— que se plegaban en la bruma, en los relieves de un espectro que alteraba la secuencia esperada de sucesos.

No era la primera vez que Ekho veía a los Retornadores —así los llamaban en la jerga—: via­jeros de origen desconocido, que deslizaban semillas, larvas, artefactos mínimos, como si intentaran sembrar un linaje alternativo en tiempos muertos. Eran, para muchos, la verdadera amenaza: no solo saltar de rama en rama del árbol genealógico de la vida sino injertar todo un tronco ajeno.

Aún así, lo que hacían era hipnotizante. Un Retornador se inclinó sobre un huevo extraño, inyectando en su interior una dosis minúscula de algún compuesto; otros diseminaban polen iridiscente sobre los helechos, alterando el ciclo reproductivo.

Ghalin se tensó: "Esto es lo que temen, lo que siempre niegan los Consejos: que al contemplar la catástrofe, la tentación de alterar el final se haga insoportable."

Ekho pensó en los días fríos, grises, de su infancia tras el colapso de los ecosistemas; pensó en su hermana, muerta tras enfermar de una fiebre para la que no quedaban defensas. La posición de observadora era solo una máscara: todos, tarde o temprano, traían al viaje una herida o un duelo esperando reparación.

Se acercaron más, sabiendo que los Retornadores percibían tanto como ellos los flujos sutiles de huellas temporales. Ekho levantó el transmisor, para documentar la intervención, cuando —como si la contemplación misma fuera detonante— el aire se rasgó en corrientes de electricidad sucia, y ambos viajeros se vieron arrastrados.

La marisma se reconfiguró: un latido y después otro, el paisaje onduló. Era la marca de una fisura temporal abortada, un colapso o superposición de líneas de tiempo. Donde antes reinaban ramas y musgo, ahora solo quedaban costras de ceniza, restos lacerados de esqueletos a medio formar, y luces tenues que centelleaban en los huecos de la niebla.

"¿Qué hemos hecho?" murmuró Ekho, aún aturdida.

"Quizás nada," respondió Ghalin, "Quizás solo hemos visto lo que es la extinción cuando la tocamos demasiado."

Pero ambos sabían: la reconfiguración no era meramente visual, ni un error pasajero. La intervención —la introducción de algo exógeno, la mera presencia humana— había llamado a la realidad una tormenta de consecuencias imprevisibles.

Se encendieron los comunicadores: en la base, los técnicos del Consorcio gritaban informes caóticos. No era solo sus marismas, sino ecos en decenas de ramas cronológicas. Donde antes había extinción había ahora una trama fractal de microcatástrofes, extinciones aceleradas y bifurcaciones de potencial evolutivo.

La instrucción fue clara: regresar y cerrar la compuerta. Despliegue de protocolos de erradicación de intrusos, rastreo a través de algoritmos para eliminar toda seña de contacto.

Ekho vaciló. Ghalin la miró como si supiera lo que ella pensaba. ¿La ética del Consorcio, su mitología impasible de no-intervención, acaso había evitado alguna vez el impulso de las alteraciones? ¿No era todo viaje ya una intromisión?

"Elegimos mirar, Ekho," dijo Ghalin casi en un susurro "Pero mirar es siempre elegir un ángulo. Cada mirada, una herida."

Regresaron. El domo del presente aguardaba frío, como si hubiera sido deshabitado años atrás. Pero el aire estaba impregnado de una ansiedad nueva: los algoritmos confirmaron que en al menos tres ramales temporales, algunas de las especies observadas habían desaparecido antes de tiempo. En otros, formas monstruosas o inviables afloraban unos milenios insólitos, solo para colapsar en fallos genéticos.

El Consejo reclamó rendición de informes, la investigación de la intervención Retornadora, y la verificación de los daños. Pero el daño no era solo natural: se filtraba en la ética, en la propia psique del viajero.

Esa noche, Ekho deambuló por las pasarelas, incapaz de encontrar reposo. Recordó la figura del Retornador inclinado sobre el huevo, una sombra que intentaba reescribir la soledad, poblar de alternativas lo que el tiempo había vaciado. ¿No era ese el impulso, íntimo y condenado, de todos los viajeros? ¿No traían a este abismo la esperanza —fútil, egoísta— de restituir lo perdido?

Las reuniones se sucedieron, fúnebres e inquietas. Los superiores, tras horas de discurso, decretaron una moratoria total: ninguna transferencia hasta depurar los riesgos de nuevas alteraciones. Ekho se preguntó si eso no era, también, una reacción de extinción: cerrar todas las vías, temer tanto a la pérdida que se prefería la inacción definitiva.

Al amanecer del tercer día, Ghalin la buscó.

"Hay algo más en los Retornadores," dijo con la tez endurecida de quien ha tomado una decisión irreversible. "No son solo visitantes. Son semillas de nosotros mismos, fracciones exiliadas de nuestro deseo por fracturar el tiempo."

Ekho comprendió. No eran extraños: eran ellos, otras versiones, otros viajeros derrotados que, incapaces de permitir la extinción básica —la de su propia especie, la de sus memorias—, la combatían aquí y allá, repitiendo la herida, esparciéndola; buscando en la repetición alguna redención imposible.

Intentaron rastrear los orígenes de los Retornadores en la memoria cuántica de los registros. Cero éxitos. Solo más bifurcaciones, manchas grises donde el tiempo se rumoreaba más que se afirmaba.

"¿Qué harás ahora?" preguntó Ghalin.

"No puedo dejar de mirar," respondió Ekho. "Pero mirar no me exime. Supongo que ese es el precio por querer entender la extinción: incorporar su huella en nuestra propia historia, saber que toda observación es otro tipo de actuar."

Algún día —quizás en la ramificación imperceptible de un futuro irrecuperable— los testigos, los retornadores, los científicos y los burócratas se quebrarían en líneas divergentes, todos empujados por la misma nostalgia: salvar algo, rehacer lo perdido, negar lo que es ley primaria en el universo: nada es para siempre. Ekho pensó en ello mientras, desde los ventanales vacíos, el domo parecía nodriza y mausoleo a la vez.

En la arboleda de los segundos perdidos, supo Ekho, no hay senda que no lleve al olvido. Y sin embargo, siempre hay una, diminuta e insensata —la del viajero—, que elige contradecir la extinción, aunque sea solamente para afirmar, en lo profundo de la noche: “vi, y aún así, existo.”

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