Portada del relato Ceniza sobre Diáspora
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Fragmento:


Las naves señoriales de Sireg surcan el vacío como reliquias animadas por la soledad y las armas. Son ingenios vastos, albergando tripulaciones curtidas por la lealtad y el rencor, armadas con cañones de gravitones y defensores fulgurantes. Surcando la frontera, el Crucero Regio Melnazil lidera la flota de contención ante un resurgir inesperado del enjambre, visto en los análisis de sensores como un chapoteo gigantesco de materia oscura desbordándose entre las estrellas.

Duración: 05:34

Ceniza sobre Diáspora
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Texto de ajuste de pausa.

I

En algún recoveco de la Vía Láctea, donde las nebulosas hierven y los soles arden con los colores de la ira ancestral, existe un confín hostil y remoto: Diáspora. Allí, más allá de la tolerancia más sabia, donde la razón cede terreno a las viejas supersticiones, las Flotas Mayores de Sireg extienden su sombra sobre mundos diseminados por la historia y la ambición. Y es allí donde comienza –o termina, según quien cuente– la guerra secular contra el enjambre de Jaghra.

Las naves señoriales de Sireg surcan el vacío como reliquias animadas por la soledad y las armas. Son ingenios vastos, albergando tripulaciones curtidas por la lealtad y el rencor, armadas con cañones de gravitones y defensores fulgurantes. Surcando la frontera, el Crucero Regio Melnazil lidera la flota de contención ante un resurgir inesperado del enjambre, visto en los análisis de sensores como un chapoteo gigantesco de materia oscura desbordándose entre las estrellas.

El almirante Vezzan Trondsey, un hombre de rostro anguloso y gestos precisos, observa el mapa táctico. Los visorios delinean un avance encofrado del enjambre, como si los propios Jaghra, esas criaturas de materia traducida, exudaran un arte de guerra aprendido a instantes a costa de cien mil derrotas.

“Contactos múltiples por estribor, patrón aleatorio ajustándose,” informa Calmira, la oficial de inteligencia táctica. Su voz es baja y mordaz, como si en todo momento supiera algo que los demás ignoran. “La designación calza con una nueva casta reproductora. Predigo comportamiento de colonia, con focos de asalto suicida y remodelación de escudo ante ataques nucleares.”

Trondsey evalúa aquella información, mientras la memoria tironea. Los informes de la última gran batalla –el Incidente de las Estrellas Frías– aparecen vívidos: cuerpos de jaghranos flotando en fragmentos, humanos convertidos en iridiscencias, y la calma posterior que huele a ozono y miedo.

“Despliega el ariete Harrowin y activa baterías de supresión,” ordena con la dignidad de quien ha ejecutado a un hijo por traición.

El puente se llena de actividad, pero no hay sobresalto, solo ese zumbido callado de los veteranos de guerra, para quienes la adrenalina es como un vino ralo y amargo que se bebe por costumbre. En la sala de mandos, los monitores parpadean, mostrando las formaciones de Jaghra: burbujas negras que se devoran a sí mismas, conjuntos de partículas enlazadas por fuerzas ajenas a la física convencional.

II

La historia de los Jaghra, afirman los archivistas, comenzó en la época de la Segunda Migración, cuando los límites humanos colapsaron ante la expansión desenfrenada. Nadie sabe si los Jaghra son constructos, criaturas, nube pensante o simplemente autómatas planetarios abandonados por dioses antiguos. Solo comprenden la asimilación. Invaden, replican, alteran el flujo de la realidad local. Donde reside la materia familiar, convierten todo en algo más: no muerte, sino mutación por pura desesperación.

Al otro lado del puente, Ninar Kael, comandante de infantería orbital, revisa su exoesqueleto. En los tiempos tranquilos, Kael habría sido un negociador. Ahora, ajusta las conexiones de los cañones de microondas. A su lado, los marines de Sireg aguardan. Son hombres y mujeres adultos, marcados por implantes y cicatrices; muchos apenas distinguen el frío del vacío del sabor metálico de la sangre.

“¿Cuánto crees que resistiremos esta vez?” pregunta un teniente que nadie recuerda cómo se llama.

Kael se encoje de hombros: “Todo depende de si los de arriba deciden suicidio honroso o retirada estratégica.”

Una risa amarga, media cubierta por el rugido lejano de las baterías principales.

De pronto, el Crucero entero vibra. Los disparos gravitacionales cesan, y por una grieta en los sensores, Calmira anuncia: “Han abierto rupturas, nos saltan dentro de la burbuja de realidades.”

“Abandonad las posiciones externas. Responden desde la misma significación de las leyes físicas. Esto será una cloaca de entropía.”

Las escotillas se cierran; los soldados de Kael se agrupan. Por las paredes resuena el trabajo más apremiante de los ingenieros: sellan brechas, ajustan campos de antimateria, entonan viejas canciones.

III

A través de los visores, el combate aparece como un ballet ahogado. Los jaghranos surgen en forma de poliedros y filamentos, se arrastran en sentido inverso a la gravedad, devoran los blindajes, convierten acero y hueso en materia blanda, flexible. Algunos gritan, fundiéndose en hojarasca de memoria. Otros, atados por el deber y los implantes de combate, resisten; pero por cada victoria, una mutación nueva surge del enjambre.

En el puente Melnazil, Trondsey se adhiere a su silla de comando, mientras las lecturas indican caos. “Conectemos con el capitán de la Luna Bastarda,” ordena.

La imagen de la capitana Zgira aparece en el aire. Es una mujer de edad incierta, cabello encanecido y cicatriz labrada por los propios Jaghra. “Adelante, alto mando.”

“El enjambre busca colapsar nuestro núcleo. Si no podemos defenderlo, debemos autodestruir el módulo de antimateria.”

Zgira asiente, aunque el gesto muestre resignación más que obediencia. “Que así se haga. Pero si hay que morir, mejor llevarse a un sector entero de malnacidos a la tumba.”

La comunicación se disuelve en lluvia de interferencias. Quizá ya no existe la Luna Bastarda; quizá ha sido digerida y recreada.

IV

Los pasillos de comando están repletos de humo azul, producto de la combustión de drones tácticos. Ka

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